“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (24) : EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (24) : El cementerio de los elefantes

 

 

 

 

– Como complemento a todo esto, he leído que en alguna entrevista de hace años usted hacía una alusión a lo que llamaba “el cementerio de los elefantes”. Me gustaría que me hablara algo de eso…

 

-Bueno, sí, es una expresión mía que frecuentemente he empleado, es una convicción, más bien una lección – al menos para aplicar a la literatura, pero yo creo que podía abarcarlo casi todo. Recuerdo, por ejemplo, una vivencia muy concreta en Madrid, un sábado por la mañana. Era una de esas mañanas de sábado en que yo comencé a bajar la cuesta cercana a la estación de Atocha, una cuesta que descendía desde la calle de Alfonso Xll hasta el paseo del Prado, en pleno barrio de los Jerónimos, una pendiente llamada popularmente Cuesta de Moyano, instalada junto a la verja del Jardín Botánico, y allí me fui deteniendo en aquellas casetas o cajones hechos con madera de pino, cada uno de ellos de quince metros cuadrados, ya dotados por fin con agua, electricidad y teléfono, y donde reposaban, aún vivos, algunos muertos eminentes y otros desconocidos de la literatura de todos los siglos. Estaban allí sus cuerpos extendidos, algunos sobre repisas inclinadas mirando desde sus lápidas al transeunte y otros colocados desde hacía mucho tiempo en estanterías antiguas como nichos mostrando sus lomos y el nombre de sus autores. Allí aparecían muchos títulos editados por la casa Caro Raggio, donde habían publicado, entre otros, Pío Baroja o Eugenio D’ Ors, páginas casi amarillas, ediciones de 1923; estaban allí también los pequeños libros de la editorial Renacimiento, con las “Escenas de la vida moderna” de “Andrenio”, a dos antiguas pesetas según se leía en la contraportada, impreso en 1913; estaban allí los volúmenes de los editores e impresores V.H. Sanz Calleja , en donde aparecía “La novia de Cervantes” de Azorín al lado de “Humillados y ofendidos” de Dostoievski; podían encontrarse igualmente volúmenes de la editorial “Mundo Latino”, de 1922, con las “Crónicas” de Gómez Carrillo; estaban allí varios volúmenes de la Casa Editorial Hernando, iniciada en 1828, herederos de Pérez Galdós, con “Fortunata y Jacinta”. Aparecía allí “Azul” de Rubén Darío, de 1943, en Afrodisio Aguado o el “Dante” de Louis Gillet, de 1947, en el editor José Janés; estaba allí en tamaño minúsculo la biografía de Gerardo de Nerval por Ramón Gómez de la Serna editada por La Gacela; se encontraba también la editorial Sempere, de Valencia, con “El circo” de Gómez de la Serna con ilustraciones del propio autor; estaban por supuesto las obras de Eca de Queiroz en la editorial Biblioteca Nueva, según marcaba el libro, por cuatro pesetas. Y al entreabrir y hojear aquellos libros se advertían columnas, márgenes, títulos de capítulos, cursivas y redondas, comillas y citas, muchas veces dibujos, miniaturas, pero sobre todo palabras, palabras, palabras, todos aquellos autores que habían estado inclinados durante largos años en intensas mañanas y tardes sobre la aparición de las palabras, la unión de las palabras, cómo contar amores y traiciones sirviéndose de palabras, infidelidades, duelos, lances de capa y espada con palabras embozadas, rencores, ilusiones y venganzas, y mientras que yo iba observando todo aquello, aquellas palabras aisladas , y algunos párrafos incluso los leía por encima aunque de modo muy pasajero y superficial y únicamente por descifrar algún diálogo o escena, el grueso librero al que yo aún no había visto porque estaba casi sumido en la penumbra y que había estado sentado hasta entonces en una retirada banqueta detrás de un mostrador, se levantó y se fue acercando lentamente hacia mí como desconfiado y receloso, observándome en silencio con su rostro enrojecido y apacible, escrutándome de modo aparentemente distraído, intentando adivinar sin duda qué tipo de comprador podría ser yo, si un mero paseante ocasional o un aficionado a la rareza, a la belleza, quizá al coleccionismo, y si aquello de trastear yo las pilas de libros lo estaba haciendo por pasión o por pasatiempo, por vocación o por afán de posesión, y así el librero, de eso estoy seguro, intentaba calibrarlo todo al observarme, enfundado su abultado estómago en un oscuro blusón de grandes bolsillos y con el cigarro medio apagado en la boca, moviendo lentamente sus manos mientras vigilaba las palabras de las sobrecubiertas en venta, aquellas sepulturas ofrecidas a los ojos del transeúnte, cambiando de vez en cuando de postura a algunos de aquellos cuerpos para que no los pudriese el tiempo, y colocando bien y de modo derecho, por ejemplo, la portada de un Valle Inclán o la de un Quevedo antiguo. En una pequeña vitrina apoyada en un extremo del mostrador y que permanecía con las puertas abiertas podían verse perfectamente y muy ordenadas diversas revistas antiguas, “La Esfera”, “La Ilustración Española y Americana”, Nuevo Mundo”, “Revista de Arte”, “Blanco y Negro” y otras muchas y allí estuve entreteniéndome con los ejemplares y admirando los dibujos de Emilio Freixas o de Rafael de Penagos, ilustraciones vaporosas para posibles historias de hadas en el primero y figuras femeninas azules y rojas, cubiertas de elegantes sombreros y estilizados perfiles, en el segundo. Recuerdo que me detuve sobre todo en uno de los grandes grabados de Tomás Carlos Capuz para “La Ilustración Española”, uno que llevaba por título “Aguardando la procesión”, donde doce figuras entrelazadas en un balcón mostraban muecas y posturas entre abanicos, mantillas, tapices, dimes y diretes, confidencias y requiebros. Aquel grabado se había publicado en septiembre de 1899 en la Revista y conservaba todo el movimiento de la espera inquieta ante una ceremonia en la calle, los cuchicheos de las majas y el bullir de los trajes, el tipismo de una ciudad posiblemente de provincias. Pero al dejar a un lado el grabado de Capuz y colocarlo en su sitio, de improviso y de modo sorprendente me encontré que asomaba entre una revista y otra y entre una y otra colección una carpeta conteniendo unas grandes hojas sueltas que parecían como desprendidas de algún libro y que enseguida me llamaron la atención. Se trataba de una serie de reproducciones de Honoré Daumier, el gran caricaturista francés y también pintor, el hombre que había creado cuatro mil litografías para la prensa y que al final se había quedado ciego. Pero lo que me asombró de repente era verme retratado precisamente allí de algún modo, en una de aquellas primeras pinturas, como si yo me mirara en un raro espejo, porque la postura y la atención con la que el personaje de Daumier se presentaba en ella era la misma que yo estaba adoptando en ese instante. En la imagen de Daumier aparecía un hombre examinando una carpeta de grabados, que era lo mismo que estaba haciendo yo, y como él también yo sostenía ahora con mi mano izquierda el borde de aquella carpeta e iba pasando con mi mano derecha la sucesión de láminas. Por lo que distinguí en la parte inferior de aquella hoja, su fecha – 1860 – hacía que nos separara a ese hombre y a mí bastante más de siglo y medio, y me fijé igualmente lo que alguien había dejado escrito en una de las esquinas: que aquel trabajo se conservaba en el Petit Palais de París y que Daumier probablemente había ambientado su escena en una sala de exposiciones del Hotel Drouot. Me acordaba perfectamente de aquel Hotel Drouot, no muy lejos de la que había sido mi primera vivienda en París, y casi inmediatamente, al ir revolviendo con gran cuidado más litografías y caricaturas, recordé cuántas veces también yo había revuelto libros y carpetas en las orillas del Sena cuando vivía en París, en el encanto de los célebres “buquinistas” al lado del río y cómo las aguas tan cercanas se iban llevando mansamente obras, títulos y autores en un fluir casi interminable, el fluir del tiempo. Sucedía aquello en muchas ciudades del mundo y era lo que yo frecuentemente llamaba, como usted me ha recordado antes, “el cementerio de los elefantes”, es decir, el lugar donde vivían los gigantescos paquidermos literarios, poderosos rinocerontes e hipopótamos, de piel gruesa y dura como también era la de los elefantes, escritores e ilustradores que habían mostrado un enorme peso en su época, con sus tres o cuatro dedos en las extremidades escribiendo y dibujando siempre, vendiendo y atrayendo de manera continua al público y que luego, poco a poco, habían sido apartados y reducidos a meros recuerdos, tanto en la fuerza de sus láminas como en el poderío de sus volúmenes. Por allí, por aquellos casetas parisienses al lado del Sena que siempre soportaban muy crueles inviernos y gozaban en cambio de alegres primaveras, había visto muchas veces colgadas y ofrecidas al espectador algunas hojas sueltas del “Charivari” o de “La Caricatura”, revistas satíricas del XlX, donde precisamente Daumier había volcado tantas ocurrencias suyas y mi imaginación, siguiendo aquel camino de los cajones al lado del río, se había entretenido con frecuencia en las escenas del gran dibujante francés en donde tremendas muecas distorsionadas de los abogados de París se mezclaban con el jolgorio y las volteretas al aire de los saltimbanquis callejeros. Daumier había logrado captar atmósferas interiores y exteriores, desde los pasillos y las escenas gesticulares de las Audiencias en el Palacio de Justicia hasta la plasticidad viva de las calles, pero ahora, el tiempo, que seguía pasando lenta y continuamente bajo el agua de los puentes de París, como así ocurría también entre mis manos en Madrid al contemplar aquellos grabados, el tiempo, como digo, lo había ido arrumbándolo todo, desplazándolo todo, y aquello ya no serían nunca más novedades sino objetos, quizá reliquias – algunas sin embargo muy valiosas – de curiosidades y recuerdos.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

 

(Continuará )

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LA VOZ DE LA CARICATURA

 


“La caricatura  fue, sobre todo, llamada a la humildad  —le hace decir el italiano Giovanni Papini al dibujante Daumier en su “Juicio universal” —. El hombre era desconocido para sí mismo. Cada uno tenía para su persona y para su alma una indulgencia que nacía del orgullo y lo agigantaba . Quise descubrir con la crueldad del dibujo al innoble, al sátiro, al déspota , al egoísta, al tartufo, ante ellos mismos, para que, al fin, se conocieran. Bastaba acentuar levemente algunos rasgos para mostrarle a cada uno su verdadero rostro, es decir, su verdadera alma.

 

 

Quise entonces que el lápiz, la pluma, el buril se hiciesen en mi mano armas para el restablecimiento  de la justicia. No esperaba cambiar los humanos destinos, pero pude, por lo menos, hacer reír ante los hocicos de fiera y las barrigas porcinas de los amos del pueblo. Toda mi arte fue la guerra de los escuálidos contra los hartos, de los débiles contra los poderosos , de los despellejados contra los desolladores.

 

 


No tenía que recurrir a la deformación  pictórica para hacer patente la deformidad espiritual de mis modelos.  Bastaba un leve golpe del pulgar, una línea un poco más decidida , una sombra un poco más densa.

 

 

 

(Imágenes—  1- caricatura de Daumier- oldbook ilustrations/ 2- thearteoff/ 3-punto crítico derechos humanos/ 4- caricatura de Daumier-oldbookilustrstion)

EL SECRETARIO PARTICULAR DEL MINISTRO

 

 

“Verdadera ave de paso – escribe Balzac en su “Fisiología del funcionario” -, el secretario particular de cada ministro sale corriendo y reaparece a veces con él. Si el ministro pierde el favor real o las esperanzas parlamentarias, se lleva a su secretario para volverlo a traer; o lo manda a descansar a algún pastizal administrativo, a la Corte de Cuentas, por ejemplo, este albergue donde los secretarios esperan que pase la tormenta.

El secretario particular siempre es un hombre joven cuyas capacidades sólo las conoce el ministro. Conoce todos los secretos, trata de convencer a los poco entusiastas, lleva, comunica y entierra las proposiciones, dice los “no” o los “si” que el ministro no se atreve a pronunciar. Es el que recibe los primeros fuegos y los primeros momentos de desánimo o de furia. Nos lamentamos o nos reímos con él. Desempeña el papel de hombre comprometido, aplaca a los diarios, y opera con los redactores. Anillo misterioso a través del cual muchos intereses se vinculan al ministro, es discreto como un confesor: sabe y no sabe, a veces sabe todo y a veces no sabe nada; debe andar con cuidado y prestar atencion; dice de su ministro lo que el ministro no puede decir de sí mismo. Por último, con él, el ministro se atreve a decir lo que él es, se saca su dentadura postiza, deja de lado sus escrúpulos y se pone en pantuflas, desabotona sus marrullerías y descalza su conciencia.

Este hombre joven no es precisamente un hombre de Estado sino que es un hombre político, y a veces la política de un hombre. Casi siempre joven, es a las tareas ministeriales  lo que el ayuda de campo al general. Su papel es el compromiso, halaga y aconseja al ministro, obligado a halagar para aconsejar, a aconsejar mientras halaga y a disfrazar el halago bajo el consejo. También, casi todos los hombres jóvenes que hacen este trabajo tienen un rostro bastante pálido. La costumbre permanente que tienen de hacer un movimiento afirmativo con su cabeza para aprobar lo que se dice, o para darse importancia, comunica algo extraño a esa cabeza. Aprueban directamente todo lo que dicen. Tienen un lenguaje lleno de “pero; sin embargo; no obstante; por mi parte yo haría;  yo en lugar de usted”, todas estas frases que preparan la contradicción.”


 

(Imágenes-1 y 2- Daumier -1834- meisterdrucke)

SOBRE LA CARICATURA

 

daumier-nnyy-oldbookillustrations-com

 

“La caricatura es una forma de estudio eficaz. Una caricatura pone de relieve los rasgos más característicos, los que sean, sin tener en cuenta la variedad del modelo. Pero no dejes que la caricatura se apodere de todos tus dibujos. Caricaturiza tanto la acción como el animal.

Si tienes dudas respecto a las articulaciones, trabájalas por analogía con el esqueleto humano, cuando esto sea posible – aconsejaba el gran escultor y dibujante Alexander Calder -. Muchos de los esqueletos animales se corresponden estrechamente con los de la osamenta humana. Sé consciente de los músculos de todas las partes del cuerpo. Éstos hacen que todas las grandes líneas del cuerpo sean convexas. La actividad constante es la mejor receta para cualquier tipo de dibujo. Lleva siempre papel y lápiz. Y úsalos. No seas tímido.

Dibuja en el transporte público. Ahí sólo habrá personas, pero si te paras a pensarlo te darás cuenta de que la mayoría se parecen a algún animal. Estúdialos atentamente y descubre cuáles de sus rasgos o gestos te recuerdan al animal. Entonces dibújalos, haciendo que se parezcan más que nunca al animal”.

Baudelaire decía de la caricatura: “la sorpresa de que ese arte caricatural produzca risa o diversión cuando debiera producir miedo o compasión es debido a que la caricatura, como lo cómico en general, nace de una equilibrada dialéctica entre nuestra necesidad de sentirnos superiores y nuestra conciencia de ser inferiores”.

(Imagen.- Daumier– oldbookilustration)

 

AÑO DE CERVANTES (1) : ESCUCHEMOS A ROCINANTE

Rocinante- yun- ilustración de Honoré Daumier

 

“En eso oyóse un débil relincho que movió a risa al barbero, quien se dirigió al mustio animal en  el siguiente modo:

-Metafisico estáis.

Y Rocinante contestó:

-Es que no como…

Don Pero Pérez interrogó a su vez:

-¿Extrañáis acaso la compañía del asno?

-El asno es de mi agrado – dijo Rocinante– . Sobre sus anchas ancas se balancea la alforja que ofenderían las mías, que toca, al compás del paso, la espada de mi señor. Hecho estoy para los menesteres de la guerra. Cuando mi amo cruza la lanza y ensancha la visera con la palma de la diestra para ponerse más avizor, siento bajo mi pellejo el hervor de la impaciencia y desearía que todos los follones y malsines se juntaran en el camino para saltar yo en medio de él y mostrarles lo que puedo y debo. No pienso entonces que estoy al azar de golpes terribles. Sólo veo lo que he de hacer, y mascando la coscoja, para que la ira no me enloquezca, salto hacia adelante y quisiera que de un tajo se derribasen las  cabezas de los enemigos y de un bote cierto se viesen, a través del hueco dejado en

 

Rocinante- yhh- circulo de Le Nain- mil seiscientos cincuenta- foto National Gallery of Scotland- colección privada

 

el pecho de los gigantes, cómo se les escapa la vida. Así soy. He aprendido mi oficio heroico en los largos ayunos del corral, y en las noches claras, al recostarse el dueño mío a la sombra de un árbol a contar las estrellas, aprendí a amar la gloria. Ya sé yo que es más envidiable la suerte de los caballos de quienes cuidan en la cuadra del príncipe palafreneros diligentes y a quienes montan garridas señoras que van de caza con halcones y dengosos donceles. Comen de la buena cebada y les limpian los lomos con blandos trapos. Mas, no les envidio. No conozco la envidia, que, según dice mi amo, anida en los corazones que alimenta lo ruín. ¿Quién hablará de ellos en los siglos venideros? ¿Los nombrará, acaso, y los recomendará a las trompetas de la fama, el maestro Cide Hamete Benengeli? En

 

Rocinante- vgi- André Masson- mil novecientos treinta y cinco- vg Bild-Kunst- Bonn

 

cambio, cuando se hable de lo que hizo Don Quijote y se sepa que lo llevé en los entreveros, cubierto de sudor y tembloroso de hambre, dirán de mí que fui digno de tal guerreador, y en los tiempos corridos y por correr resonará el recio jadeo con que soporté la fatiga y el peligro. Sí, venerable cura; sí, venerable barbero; no os riáis de mis costillas peladas ni de mi cola sin peinar. Más vale magro caballo de paladín y más servicios tiene prestados al mundo que un doctor de Sigüenza que se pasa los días con las manos en la barriga meditando en el ahorro que le dejará la viuda o si habrá en el casamiento de su feligrés, además de la carne al horno, dádivas por la jaculatoria. Y

 

Rocinante- bvc- zoomnews es-

 

diré otra cosa:  quiero al asno que monta el greñoso escudero y que le da tantos latigazos cuantos refranes le salen del hocico. Cuando estuvimos de colación con los cabreros y Don Quijote dio en decir aquellas palabras que todavía humedecen los ojos de quien las repite, el rucio lanzó un rebuzno, que no era de gusto por el pasto ni de regocijo porque oliera una pollina en la vecindad. Comprendí que el jumento estaba como yo, animado de altos deseos, y que iría, con el andar de los sucesos y si mis lecciones le aprovechaban, a ser una persona de bien. Acabaría con mi enseñanza a no ser un simple asno”.

(Así hablaba Rocinante y así lo traslada Alberto Gerchunoff en su agenda cervantina, que él llama “La jofaina maravillosa”)

(evocación en El año de Cervantes)

 

Rocinante- nu- ilustración de Honoré Daumier- mil ochocientos sesenta y siete

 

(Imágenes.- 1.-ilustración de Honoré Daumier/ 2.-círculo de Le Nain- 1650- foto National Gallery of Scotland- colección privada/ 3.- André Masson- 1935- bild Kunst- Bonn/ 4.- zoomnews/ 5.- ilustración de Honoré Daumier- 1867)

LA NOCHE DE LOS MUSEOS

pinturas-nnhuu-museos- Giacomo Favretto- mil ochocientos setenta y cinco

 

” La verdad – decía Alan Bennet hablando de los museos -es que la gente viene aquí por las razones más dispares: para relajarse un poco, o para resguardarse de la lluvia, o para mirar los cuadros, o tal vez para mirar a las personas que miran los cuadros. Es de esperar, e incluso hay que confiar en que estas obras consigan de algún modo emocionar los y que, al salir, se lleven consigo algo inesperado e imprevisible”.

 

13.17

 

Paul Valèry quiso exponer su visión negativa sobre los museos : “los museos no me gustan demasiado. Las ideas de clasificación, conservación y utilidad pública, ideas justas y claras, tienen poca relación con las delicias (…) Me encuentro en medio de un tumulto de criaturas congeladas, cada una de las cuales exige, sin conseguirlo, la inexistencia de todas las demás (…) Ante mí se desarrolla en el silencio un extraño desorden organizado. Me asalta un horror sagrado. Mi paso se hace religioso. Mi voz cambia, se vuelve un poco más alta que en la iglesia, pero menos fuerte de lo que sería normal. Pronto ya no sé qué he venido a hacer en estas soledades enceradas, que evocan el templo y el salón, el cementerio y la escuela (…) ¡Qué fatiga, me digo, qué barbarie! Todo esto es inhumano. No es puro. Esta proximidad de maravillas independientes y enemigas, tanto más enemigas cuanto más semejantes son, resulta paradójica (…) El oído no aguantaría a diez orquestas tocando juntas. El espíritu no puede seguir una multiplicidad de operaciones distintas, no existen razonamientos simultáneos. Pero he aquí que el ojo (…) , en el instante en que percibe, se encuentra obligado a admitir un retrato y una marina, una cocina y un triunfo, personajes en los estados y posiciones… más diversos, y no sólo esto, sino que debe acoger en su mirada armonías y modos de pintar incomparables (…) obras que se devoran unas a otras (…)”

Umberto Eco comenta que Valéry quizá debía estar ese día de mal humor. Lo cierto es que, como en tantas cosas de la vida, hay opiniones para todos los gustos. Todas hay que respetarlas.

 

 

pintores-nggu-museos- Daumier- mil ochocientos setenta y nueve

 

Personalmente, tuve la fortuna hace años de vivir en directo y de modo solitario , “la noche de los museos”. Tras pedir los correspondientes y difíciles permisos al Prado – y para documentarme para una novela – me permitieron entrar a las once de la noche para irme deteniendo y tomando apuntes sobre las pinturas negras de Goya. Me acompañaba un solo vigilante y aquella sala la dejaron iluminada.

Fue una hora nocturna con Goya que nunca olvidaré.

(Imágenes.-1-Giacomo Favretto- 1875/ 2.-William Trust Richards- 1884/ 3.-Daumier)

CARICATURAS

 

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Hablando de uno de los mas grandes caricaturistas que han existido –Honore Daumier, que firmó más de cuatro mil caricaturas –, Baudelaire escribía: “Como artista, lo que distingue a Daumier es la seguridad : dibuja como los grandes maestros; su dibujo es generoso, fácil, de continua improvisación y, sin embargo, nunca es “chic”.  Su memoria privilegiada y casi divina le proporciona los modelos . Todas sus figuras tienen aplomo, y sus gestos son verdaderos, tiene un talento para la observación tan certero que no encontramos una sola cabeza reñida con el cuerpo que la soporta. A tal nariz, tal frente, tal ojo, tal pie, tal mano. Es la lógica del sabio trasladada a un arte ligero, fugaz, que lucha contra la movilidad misma de la vida”.

 

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En estos tiempos en que se debate sobre caricaturas resuenan las palabras de Gutiérrez Solana hablando de Daumier: ” Este caricaturista – dice – es uno de los mas grandes artistas franceses; es el mas creador y literario, es el Balzac del lápiz; pero la mayoría de las veces lo supera por ser mas conciso. Por sus dibujos va desfilando toda la vida francesa de su época : los mercados cuando se abren, las limpiezas de Paris casi al amanecer, los trasnochadores, las escenas callejeras, el organillero, el carnicero, los políticos, los burgueses, la vida del teatro.

 

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Unas veces exagerado, otras deforme; pero siempre grande y humano. Yo le veo con su cara rasurada, envuelto en su abrigo, con sus melenas blancas y rebeldes bajo las alas de su enorme sombrero de copa, su traje algo aviejado, con su cartera debajo del brazo, llena de dibujos inmortales, camino de su casa; ya anciano, cargado de hombros y cansado, después de una noche de insomnio y trabajo en una redacción de un periódico de Paris, entrar en una modesta casa, donde una portera, casi centenaria, acaba de abrir el portal y empieza a hacer la limpieza. Daumier habla bondadosamente con ella, se interesa por su salud y comienza la subida de una interminable escalera. Ya, por fin, llega el gran artista, busca en el bolsillo del paletó la llave, la introduce en la cerradura con el pulso algo temblón, y después de cruzar un pasillo lleno de cuadros – unos con cristal y otros clavados

 

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con chinches -, llega a una pequeña habitación, deja la cartera sobre una mesa, se desnuda rápidamente y se mete en la cama. Un gato negro, que es el único que le espera, salta sobre el y se acurruca a sus pies. Daumier le llama por su nombre y le acaricia las orejas; luego, se duerme”.

 

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(Imágenes .- dibujos de Daumier -oldbookillustrations. com)