CENTENARIA GRAN VÍA DE MADRID (3) : LA TELEFÓNICA Y LA GUERRA

Felizmente las ciudades olvidan.

Felizmente las calles no recuerdan.

Vienen, sin embargo, los textos a rememorar:

«La Gran Vía, la ancha calle en la que está la Telefónicacuenta Arturo Barea en «La llama» -, conducía al frente en línera recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos. Estábamos esperando oirlo de un momento a otros bajo nuestras ventanas, con sus tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Asaltarían la Telefónica«.

«Cuando os inclinabais sobre el parapeto para mirar a la Gran Vía la calle era un cañón profundo y estrecho – prosigue Barea -, y desde su fondo profundo el vértigo tiraba de vosotros. Pero cuando mirabais recto, frente a vosotros, todo era paisaje y la guerra dentro de él se extendía delante de vuestros ojos como sobre el tablero de una mesa, como si pudierais alcanzarla y tocarla. Era desconcertante ver el frente tan cerca, dentro de la ciudad, mientras la ciudad en sí permanecía intangible y sola bajo su caparazón de tejados y torres, gris, roja y blanca, cuarteada por el laberinto de grietas que eran sus calles. A veces los cerros al otro lado del río escupían nubecillas blancas, y el mosaico de tejados se abría en cascadas de humo, de polvo y tejas, cuando aún resonaba en vuestros oídos el ulular de las balas cruzando sobre vuestra cabeza. Porque todas parecían pasar por encima de la Telefónica«.

Las calles olvidan y los textos recuerdan:

«En la estrecha calle de Valverde había una cola interminable de mujeres y chiquillos, empapados por la llovizna fría de la madrugada – sigue Barea -, pataleando para entrar en calor, abrazados a paquetes deformes. Cuatro camiones de evacuación, con unas tablas atravesadas de lado a lado por asiento, esperaban para llevárselos. Pero no, éstos esperaban entrar en la Telefónica. Precisamente cuando yo entraba en el edificio, surgía de él la fila de evacuados, mujeres, niños, viejos con las caras verdosas, con las ropas arrugadas oliendo a churre de ovejas, con los mismos bultos y paquetes que las gentes que esperaban fuera, con los mismos chiquillos asombrados, con los mismos chillidos y gritos y blasfemias. (…) La miseria de todo ello no se exhibía. La miseria estaba escondida en cuevas y sótanos, en los refugios improvisados del Metro, en los hospitales sin instrumentos y sin medicinas para enfrentarse con un flujo constante e interminable de heridos».

Felizmente las ciudades y las calles – antes y después de las guerras – olvidan.

Las fotografías y los textos recuerdan.

(En el centenario de la Gran Vía de Madrid: 1910-2010)


(Imágenes.-Gran Vía de Madrid.-archivo AGA.-elmundo.es)

CENTENARIA GRAN VÍA DE MADRID (2) : CANSINOS ASSENS, SOLANA, ANTONIO LÓPEZ

Cuando se está pintando una calleconfesaba Antonio López -, lo que estás viendo es tan extraordinariamente impresionante que a mí, desde luego, me cuesta muchísimo trasladar una parte de aquello. Eso es lo que me hace tardar tanto. Yo no puedo resolver todo ese espectáculo con rapidez“. Esta Gran Vía desierta, de una soledad minuciosa, de un silencio total, pintada amorosamente por Antonio López entre 1974 y 1981, había sido cantada en tono pesimista por otro pintor-escritor, José Gutiérrez Solana, en 1923, en su «Madrid callejero«: » A las antiguas calles- decía – ha sucedido esta nueva red, llena de edificios a la moderna, petulantes, todos muy blancos, estilo catalán  y en los que no se ve ni por asomo un poco de arte y personalidad; los pisos se anuncian hoy en día: todo confort y personalidad. Las tiendas son del mismo estilo pretencioso que las casas: gran derroche de luz, en que se muestran sobre maniquíes de cera, ropas de bazar, pretenciosas y de gusto burgués; escaparates con objetos de caza, muchas escopetas, pistolas (…) Grandes escaparates con pianolas, gramófonos, música mecánica, alternando con fotografías y autógrafos de divos más o menos melenudos; fondas, pensiones, manicuras y círculos y cafés exhibicionistas y, sobre todo, los restaurantes, muy frecuentados por las tardes y en los que se baila con música de negro (…) Ahora que el primer trozo de la Gran Vía está ya terminado, sentimos todos, como un vago temor, la inutilidad de esta obra».

Pero Antonio López, alejado de tantos pesimismos, entregado a un hiperrealismo casi fotográfico, espera pincel en mano que los silencios acudan cuando las gentes se retiran y las aceras prestan a la soledad su escenario. Retoca, rehace, corrige el silencio. Sabe que el silencio se cubrirá enseguida con el vocerío de vehículos y el pasar de frases quebradas, pero el oleo sobre lienzo de la soledad le lleva largos años de trabajo. Es la Gran Vía que quedará en pintura, la Gran Vía que nadie ve puesto que la multitud duerme. Es la Gran Vía que otro escritor, también con tintes poco optimistas, saludará con cierto escepticismo. «La Gran Vía, el sueño de los madrileños -dice Cansinos Assens en «La novela de un literato» -, va a ser al fin una realidad. Ya la piqueta ha empezado su labor demoledora y esas viejas y tortuosas calles de Jacometrezo, Horno de la Mata, Carbón, etcétera, son ya totalmente o en parte montones de escombros, por los que en la noche merodean perros vagabundos. Todo ese antiguo barrio de casas de huéspedes, para estudiantes, de prostíbulos y chirlatas, refugio de vidas miserables y  truncadas, de viejas viviendas llenas de chinches y cucarachas, sin luz y sin aire, con toda la suciedad y falta de higiene del Madrid fin de siglo, es ya una ruina lamentable como los seres que albergaba. En su solar, los arquitectos ha trazado los contornos de la proyectada Gran Vía, ancha y espaciosa, que por el momento no es sino una larga fila de zanjas profundas y siniestras como osarios…».

El pintor mientras tanto deja que la mujer pase para pintar bien la Gran Vía y Antonio López deja que pasen la mujer y el pintor para pintar bien el silencio.

(En el centenario de la Gran Vía de Madrid: 1910-2010)

(Imágenes:-1.-» Gran Vía».-Antonio López.-1974-1981/.-2.-«Gran Vía». Clavel-Antonio López.-1977-1990-/3.-«Gran Vía».-Archivo AGA.-elmundo.es)

CENTENARIA GRAN VÍA DE MADRID (1) : EL TORO MUERTO

A las ocho de la mañana, el toro descaminado que marchaba por la carretera de Extremadura – un toro grande, negro, de poderosos pitones – se desmandó y, en compañía de una vaca, empezó a subir por el madrileño Puente de Segovia, entró en el Paseo de la Virgen del Puerto, ascendió luego por la cuesta de San Vicente y alcanzó la Plaza de España. Allí aparecieron los primeros lidiadores espontáneos. Se cerraron comercios y portales, huyeron muchas gentes asustadas, y el toro – en compañía siempre de la vaca -, pasó de la Plaza de España a la calle de Leganitos, volteó allí gravemente a una mujer, y siguió su rumbo por la Corredera Alta de San Pablo. Entraron los dos animales en el mercado, arrasaron cestas y alimentos y se estacionaron luego en la esquina de la calle de la Palma.

A las once, en aquella mañana del lunes 23 de enero de 1928, el toro entró en la Gran Vía. Pasaba en ese momento por la calle el matador de toros Diego Mazquiarán, «Fortuna» que, acompañado de su mujer, iba a visitar a sus suegros. Despojándose de su abrigo, inició algunos lances mientras le traían del Casino Militar una espada. Viendo que con la espada era imposible acabar con el animal, encargó a un muchacho que fuera en un coche hasta su casa, en la calle de Valverde, de donde le trajeron un estoque. Los quince minutos de espera los empleó el diestro en torear – frente a Gran Vía 13, con las aceras y balcones repletos de curiosos y entre vítores y temores – al animal. Entró por fin a matar de media estocada, levantaron en hombros al diestro y una anécdota singular entró a formar parte de la histórica Gran Vía de Madrid.

Cumple este año – en abril – cien años la Gran Vía. A Diego Mazquiarrán no le entrevistó José López  Pinillos («Parmeno«) en su curioso libro «Lo que confiesan los toreros». Pesetas, palmadas, cogidas y palos» (Turner), pero quizá el torero le hubiera narrado aquel suceso de modo distinto a como lo contaron los periódicos de la época. Pero los toros escapados por Madrid tenían ya historia. Uno de ellos, el 15 de junio de 1801 – el cuarto toro de la corrida – saltó al tendido de la Plaza que entonces estaba situada cerca de la Puerta de Alcalá, y colándose por la Puerta de Alcalá bajó al paseo del Prado, subió por la Carrera de San Jerónimo, siguió por la calle del Prado, calle del León, calle de Cervantes, Costanilla de las Monjas Trinitarias a la calle de los Desamparados y calle de Atocha para desembocar ya en el campo y dirigirse a Vallecas. Aquí, poquito a poco, volvió a su querencia a orillas del Jarama, sin que nada más le ocurriera.

Distintos toros, distintas fechas. Las ciudades tienen estos secretos. La Gran Vía de Madrid guarda muchos de ellos. De sus esquinas  y edificios salen de pronto los fantasmas de muchas anécdotas.

(Imágenes:-1,.fotografía publicada en los periódicos del 24 de enero de 1928: en el centro, con sombrero y abrigo claro, el diestro «Fortuna»./ 2.-cartel de la zarzuela «La Gran Vía».-Biblioteca Nacional)