LEER LA PINTURA

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“La pintura es una escritura que crea signos – decía el célebre historiador del arte, coleccionista y propietario de una galería,  Daniel Heny Kahnweiler  -. Una  mujer en un lienzo no es una mujer, son signos, es un conjunto de signos que leo como mujer. Cuando usted escribe en una hoja de papel m-u-j-e-r, la persona que sabe leer, leerá no sólo la palabra mujer, sino que verá por así decirlo a una mujer. Es lo mismo en pintura,  no hay ninguna diferencia. La pintura, en el fondo, no ha sido nunca un espejo del mundo exterior, no ha sido nunca como la fotografía; es una creación de signos que sólo eran leídos por los contemporáneos, después de un  cierto aprendizaje, no obstante. Los cubistas crearon signos completamente nuevos, y eso fue lo que dificultó la lectura de sus cuadros durante tanto tiempo”.

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“Si, como pienso yo, la pintura es una escritura – sigue diciendo Kahnweiler en su  libro  “Mis galerías y mis pintores” (Ardora) -, es evidente que toda escritura es una convención. Así que hay que aceptar esa convención, aprender esa escritura: es lo que se suele hacer por simple costumbre. (…) ¿Sabe por qué se reía la gente? – le preguntaba el coleccionista a su interlocutor, Francis Crémieux,  comentando la reacción que produjo el cubismo -La gente no se habría reído si esos cuadros no hubieran representado nada. La gente se reía porque veía vagamente lo que representaban. Para ellos, eran caricaturas horrorosas, eran monstruos, como siempre se ha dicho. Evidentemente, veían la pierna demasiado larga según ellos, la nariz torcida. Pero como Picasso me dijo muy bien un día, y encuentro esta reflexión absolutamente admirable: “En aquel tiempo, se decía que yo ponía la nariz torcida ya en Las Señoritas de Avignon, pero la tenía que poner por fuerza torcida para que vieran que era una nariz. Estaba seguro de que verían más tarde que no estaba torcida“. ¿Entiende?, eso es lo que hizo reir. Ahora ya no hay nada que haga reir. El gran error de toda esa gente, y que mantiene su pintura en la decoración, la simple decoración, es que sus cuadros, o lo que ellos llaman así, se quedan en el lienzo, se quedan en la pared. Mientras que el verdadero cuadro no se forma más que en la conciencia del espectador. Es como en la música. La música es un ruido vago mientras no se discierna el hilo conductor. La pintura es lo mismo. Primero tiene que rehacer el cuadro uno mismo”.

 Lectura de la pintura, pues, entre muchos otros temas que aquí aborda Kahnweiler con una gran capacidad didáctica, evocando las relaciones que mantuvo tanto con Braque, como con Picasso, Gris o Léger. No sólo tuvo contacto con sus obras sino sobre todo con sus personalidades. Lectura de la pintura como lectura de cualquier imagen, tal y como Alberto Manguel nos anima a hacerlo en Leer imágenes (Alianza),  contemplándolas como relato, ausencia, acertijo, testigo, comprensión, pesadilla, reflejo, violencia, subversión, teatro, memoria o filosofía. “Cuando tratamos de leer una pintura – nos dice Manguel -, nos puede parecer que ésta se hunde en un abismo de equivocaciones o, si lo preferimos, en un vasto abismo impersonal de interpretaciones múltiples”. 

Podemos leer tanteando con la pupila, exponiéndonos al principio a no comprender. Y podemos leer ya con la pupila acostumbrada, paseando la vista sobre cuanto el arte nuevo nos ofrece:  un mundo distinto que nos hace precisar la visión un poco más  para contemplarlo bien.cubismo-3-gris-frutero-lyceo-hispanico

(Imágenes: Braque: vasos en una mesa.- Flickr.-Lyceo Hispánico/Picasso: mujer con mandolina.-Flickr.-Lyceo Hispánico/Gris: frutero.-Flickr.-Lyceo Hispánico)

EL CIRCO Y El ARTE, Y El ARTE DEL CIRCO


Las joyas de las mujeres de circo son las joyas más maravillosas del mundo, son las joyas superiores a las de la corona de Inglaterra. Los brillantes, sobre todo los que se colocan sobre la cabeza, son como estrellas, marcando en el espacio los radios de las estrellas radiosas y sus seis puntas clásicas. Las gargantillas las ahogan en espesor y en luz, haciendo arder sus cuellos.
Los sprits también son cosa rica, son grandes manojos que elevan su figura hasta hacer de ellas mujeres altísimas. También usan plumas de las aves del Paraíso, que cuando suben a los centros de luz lucen su amarillo único, su amarillo volandero y angélico, porque no todos los ángeles tienen las alas blancas.
Así era escribiendo Ramón Gómez de la Serna, el gran Ramón, inventor de la greguería, autor de obras inimitables, como El Rastro (1915), Pombo (1918/1924), El circo (1916) o Automoribundia (1949). Creaba desde su página números de saltimbanquis de las letras, hacía subir y bajar por las escalas adjetivos y adverbios que se cruzaban luego en el aire con sustantivos vestidos de payasos de cuyas cintas pendían bailarinas de interrogaciones y de admiraciones. El público aplaudía, muchos lo hemos leído y como yo cuento en mi último libro El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes tuve incluso la fortuna de asistir a la sesión que el Circo Price dedicó a Ramón el 25 de enero de 1963 y allí pude ver a su viuda, Luisa Sofovich.
El circo le debe a Ramón muchos homenajes y estos días en Segovia acabo de ver la exposición “El Circo en el arte español” en donde se reúnen cuadros con eternos motivos de malabarismos, trapecios, animales domésticos y salvajes, el movimiento y el equilibrio en lienzos y esculturas firmados por Juan Gris, Picasso, Maruja Mallo, Vázquez Díaz, Cuixart, Guinovart, Juan Muñoz, Alberto García-Alix, Cristina Garcia Rodero y tantos otros antiguos y contemporáneos, la pintura y la fotografía unidas en la pista de la memoria.
Mientras tanto hay que recordar en el tiempo cuando el 21 de noviembre de 1923 el Gran Circo Americano quiso ofrecer un homenaje más a Ramón Gómez de la Serna como su cronista oficial.
Quiso pronunciar Ramón una conferencia desde el trapecio y así lo hizo:
Así – dijo leyendo un larguísimo papel -, por primera vez realizo yo con franqueza lo que muchos oradores hacen sin darse cuenta: columpiarse y estar en el trapecio de la coladura. Sólo sabiendo como yo ahora que se está de verdad en el trapecio, no se está en la higuera.
Eso sí, ya que la red es muy entretenida de tender, pedí que pusieran debajo una de esas colchonetas de circo de deformes abultamientos que están rellenas con artistas malogrados, deshechos, y que así no pierden el contacto con el espectáculo y son algo útiles.

En caso en de apuro bajaré por la escala de mi larga cuartilla.
(…)
El mundo, al fin, se dará cuenta del sentido humorístico de la vida y acabará siendo un gran circo, franco, sincero, desengolado, en que los regisseurs lucirán las casacas ministeriales, a las que habrán sacado los ojos que hoy las decoran, y la gran farsa caprichosa y disparatada del mundo habrá encontrado su sincero ritmo y su estilo verdadero.
He dicho.
Y ahora, maestro, ¡música!