DOS MÁS DOS SON CINCO

 


“Siempre he pensado que en muchos terrenos del arte y la literatura dos + dos son cinco.  Es el salto a la fantasía, yo diría que el salto a la creación. La suma de los realismos nos entrega siempre el cuatro. La suma de las innovaciones, de los atrevimientos, de las vanguardias, nos entregará el cinco.  Dos + dos nos dan el cuatro siempre que un ojo esté situado  — y normalmente está situado —a la misma altura del otro en  el rostro de una mujer, uno a cada lado . Pero cuando Picasso pinta dos ojos juntos en la misma mejilla ha asumido hace tiempo que dos + dos son cinco y ese cinco le da la libertad de crear, de romper con lo que creíamos que era  lo establecido. Y el público ama ese cinco, aunque al principio le descoloque. Ese cinco es el salto de la aventura , sin ese cinco todo seguiría igual, la historia del arte sería  quizá un cuaderno de repetición.

 

 

Lo mismo ocurre  en la literatura . Lo tenemos en Gógol,  cuando un funcionario de San Petersburgo pierde su nariz y ésta adquiere vida  propia y recorre una experiencia distinta. O en el italiano Ítalo Calvino  que nos presenta  al “barón rampante”, Cosimo, que vive entre los árboles y viaja por los árboles; o en el “vizconde demediado”, Medardo de Terralba, partido en dos por una bala de cañón y viviendo dos vidas distintas; o en “el caballero inexistente”, esa armadura vacía, sostenida solo por su voluntad de ser. Calvino quiso reunir estos tres relatos bajo el título de “Nuestros antepasados”, pero yo creo que no son antepasados sino que están muy presentes porque abren una ventana a la fantasía y a la libertad creadora, algo que los recintos cerrados de otros textos anhelan de vez en cuando.

 

Si nos asomamos  por otro lado a Chagall veremos a gentes  viajar tumbadas y cruzadas entre las nubes, en el silencio de la noche, procesiones de sombras que nos revelan ese cinco del que hablamos al sumar dos + dos en la creación.  En el Arte Fantástico el Bosco nos proporciona imágenes  tremendas e inolvidables, el milanés Archimboldo compone con flores y frutas rostros  sorprendentes, Dalí se adentra en  audaces realidades oníricas, y habría que seguir en una lista muy numerosa de invenciones y atrevimientos que arte y literatura nos ofrecen.

No me queda por añadir mas que amo ese cinco. La resultante de esa suma del dos y el dos que da un salto de repente,  ilumina una chispa y en vez de caer al vacío deja extendido el mágico campo  de la sorpresa y la imaginación.”

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes— 1-Picasso- 1937/ 2-Giuseppe Archimboldo-1566/ 3-Chagall – homenaje a Gógol- momaourgt/ 4-Chagall – sobrevolándo vitebsk)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (44): CALLE DE FUENCARRAL Y “EL CAFÉ COMERCIAL”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

——————-

MEMORIAS :  (44) : Calle de Fuencarral y el  “Café Comercial”

 

 

 

30 junio

 

No sé por qué me fui dando cuenta una de esas tardes en las que no vino a verme la periodista que de algún modo debía de ir clausurando aquellas entrevistas que nos habían ocupado a los dos durante varios meses, y lo sentía, porque a su manera aquella joven profesional, tan atenta y precisa en sus preguntas, me había ayudado a recobrar personajes y a revivir situaciones, pero pensé que en líneas generales ya estaba todo dicho, o al menos casi todo de lo que yo en el fondo quería decir, y muchos aspectos de mi vida no había por qué forzarlos más. Así que aproveché una de aquellas tardes, creo que fue la tarde del 21 de junio – era el primer día de verano y era primera hora, una tarde hermosa, llena de los colores de Madrid – y me envolví en mis recuerdos como suelo hacer algunas veces, y salimos los dos, mis recuerdos y yo, del portal de mi casa en la calle Jerónimo de la Quintana hacia las tres o tres y media para doblar a la izquierda y entrar enseguida en la calle de Fuencarral camino de la glorieta de Bilbao. Allí muy pronto mis recuerdos me detuvieron. Me encontraba frente por frente a la fachada del Café Comercial, exactamente en la esquina donde comenzaba la calle de Carranza, y podía ver al otro lado de la glorieta dibujada en forma de estrella los toldos y los amplios ventanales del Café, uno de los célebres lugares de tertulias literarias madrileñas en épocas pasadas, ahora remozado al haber cambiado de dueño, pero que había perdido bastante el encanto de tiempos anteriores, cuando presumía por ejemplo de sus divanes de peluche, sus grandes espejos, su escalera de caracol o las partidas de ajedrez junto al ventanal. De pie en la sombra de uno de los portales del gran edificio de Seguros Ocaso situado frente al Café, allí estuve bastante tiempo dudando si cruzar o no hasta el Comercial y recuerdo que allí precisamente, como así me había sucedido en otras ocasiones puesto que el lugar siempre me atraía, estuve evocando casi sin querer lecturas de otros tiempos en torno a aquel punto concreto, sobre todo la referencia que el historiador León Pinelo en sus “Anales de Madrid” contaba sobre lo ocurrido en ese sitio el día de San Lorenzo de 1640, a las diez de la mañana, cuando al volar por los aires la casa de la pólvora de la entonces Corte toda la gigantesca explosión afectó a los llamados pozos de la nieve, situados no muy lejos de la esquina donde yo en esos momentos me encontraba. Unos años después, en el famoso “Plano de Texeira” de 1656, aparecían perfectamente señalados aquellos pozos de la nieve que siempre me habían intrigado, unos pozos surgidos del monopolio que el catalán Pablo Xarquíes había conseguido para la distribución de la nieve en Madrid, y gracias a los cuales el Rey y los ciudadanos podían abastecerse. Aquel célebre Plano de Texeira yo lo conocía a través de distintas reproducciones y en muchas ocasiones me había inclinado sobre él y sobre sus veinte hojas y, con ayuda de una lupa, había descubierto y agrandado el dibujo de huertas, caminos, fuentes, calles y jardines, además, naturalmente, de los que señalaban los agrupados edificios de aquel Madrid del siglo XVll que entonces medía tres kilómetros de norte a sur y dos de este a oeste, sin contar el Retiro. Había momentos, lo recordaba perfectamente, en que habiéndome tropezado en el plano con dos hojas casi pegadas, los contornos aparecían difuminados y poco nítidos en razón de la poca calidad del dibujo, pero en general el plano podía contemplarse bien y era un auténtico placer poder viajar y perderse de forma única por aquel Madrid de otro tiempo que siempre me había interesado. Es así como había descubierto en el plano, entre otras cosas, aquellos pozos de la nieve que, según informaciones y lecturas posteriores, se utilizaban para la conservación de alimentos y medicinas, así como para enfriar bebidas, costumbre mantenida en la Edad Media gracias a las comunidades árabe y judía. La nieve, pues, la traían los neveros desde la sierra del Guadarrama, y los edificios para conservarla solían ser alargados con tejados a dos aguas, una puerta y una ventana, y en su interior se encontraban los pozos separados y aislados por tabiques, sin ventilación ni comunicación para que se mantuviera el frío. Estuve allí aún un largo rato, en la esquina de Carranza con la glorieta de Bilbao, pensando en aquellos sorprendentes pozos de la nieve de hacía varios siglos, y una vez más, como le había hecho ver en varias ocasiones a la periodista y yo también me lo había dicho a mí mismo, el Madrid antiquísimo se había ido superponiendo igual que si fuera una capa misteriosa sobre el Madrid actual, o quizás al revés, no lo sabría decir, pero lo cierto era que el pasado de la ciudad volvía de nuevo a mi memoria como me había ocurrido tantas veces y como también, por ejemplo, había querido cubrir en su momento el pasado de Roma sobre la Roma presente, al recordar aquellas conversaciones de hacía años con Jean D’ Hospital, mostrándome los tiempos antiguos del Foro, con sus enormes bueyes bamboleantes caminando entre las ruinas famosas. Pero no quise seguir demasiado con aquellos pensamientos que tampoco sabía si me llevaban a alguna parte y al fin me decidí a cruzar la calle y entrar a tomar un café en El Comercial. Nada más empujar las grandes puertas giratorias de la entrada descubrí a la izquierda, tras el mostrador, los dos grandes salones ahora remozados y decorados de un modo distinto al que yo estaba acostumbrado, con una sucesión de columnas, espejos y lámparas iluminando algunos manteles blancos que sin duda invitaban a largas sobremesas, y en torno a ellos una serie de pequeñas reuniones muy variadas que de algún modo podían calificarse de espontáneas tertulias. Recordé, mientras preparaban mi café en el mostrador y contemplaba al fondo aquellos salones en la primera luz de la tarde del reciente verano y observaba intrigado unas piezas de fruta artificial colocadas junto a los ventanales, las célebres tertulias, muchas veces nocturnas, celebradas en El Comercial durante años y a las que habían acudido dibujantes, cineastas, periodistas, novelistas y poetas. Muchos de ellos venían en cierto modo voluntariamente expulsados del Café Gijón, y alguno incluso proveniente del Europeo, el café que habían frecuentado muchos años antes los hermanos Machado, o el de de Platerías, todos de épocas más antiguas, y enseguida me vino a la memoria la figura de Ignacio Aldecoa, un asiduo del Comercial, un gran cuentista de trazo realista y estilo muy trabajado y pulido, con quien yo había charlado en 1966, tres años antes de su muerte. Recordaba cómo en su domicilio madrileño, Aldecoa, mientras deambulaba por aquel cuarto de trabajo su amable e inteligente mujer, Josefina, también novelista, me había confesado que el estilo, para él, era un anhelo o deseo de precisión por medio del vocabulario y de cómo el idioma no era sólo un principio estético, sino un instrumento y un vehículo (y en eso sí me había insistido varias veces) de alta precisión. Aquella precisión, me dije ahora mientras seguía en el mostrador del Comercial tomando mi café, intentaba fijarse sobre la palabra escrita, pero en cambio la palabra hablada, aquella de Aldecoa y también la repartida por todos los demás contertulios en cualquier café del mundo, se expandía y se perdía lógicamente por los aires, era una palabra gaseosa y viajera, trenzada frecuentemente de ocurrencias y observaciones, en ocasiones algo ayudada por el vino y el humor, y pensé casi inmediatamente en muchos cafés célebres de distintas ciudades y en el universo casi infinito de palabras que habían ido girando en torno a sus mesas y a sus tazas pero también pensé en sus silencios, y no sé por qué, en ese preciso momento, quizá por una extraña asociación de ideas ante el decorado que estaba contemplando al fondo, me acordé de los silencios que yo había sentido, asumiéndolos casi de un modo sagrado, en el famoso Caffé Grecco de Roma, una mañana de 1965, sentado en uno de aquellos rincones profundos del local, exquisitamente preparados gracias a la infinidad de cuadros de todos los tamaños, verdaderas obras de arte en cuanto a paisajes y retratos, muchos de ellos acompañados de históricas dedicatorias que cubrían casi absolutamente todas las paredes del café romano, gracias también a sus pequeños y redondos veladores y a sus sillas y diminutos divanes tapizados en elegante color rojo, y desde los que uno podía imaginar que escuchaba y así al menos lo hice yo aquella mañana cerrando los ojos, las palabras y los silencios de Gógol y de D’ Annunzio, de Listz y de Berlioz, de Goethe, de Mendelsson, de Byron y de tantos otros que a lo largo de los siglos habían pasado por aquel rincón. Allí, las palabras en el Caffe Grecco de via Condotti, abierto desde 1760, es decir, el más antiguo de Roma y el segundo más antiguo de Italia, superado sólo por el Caffé Florian de Venecia inaugurado cuarenta años antes, eran una muestra del poderoso ejercicio de reflexiones e interrupciones, de debates, opiniones y hallazgos que podía guardar cualquier café importante. Como también pensé en los silencios de otro café italiano, éste ya en el norte del país, en una ciudad fronteriza, celebrado y resucitado por Claudio Magris en su “Microcosmos”, el Caffé San Marcos de Trieste, al que habían acudido, entre otros, Joyce e Ítalo Svevo, y en la decoración de unas máscaras situadas en la altura de sus paredes, concebidas muy posiblemente por el pintor vagabundo Timmel, que brillaban encima de las numerosas mesas de ajedrez, asomándose sobre fruteros y botellas de champán y uniéndose a los dibujos relucientes de lámparas y medusas. En mi caso, a pesar de que en muy contadas ocasiones me había animado a participar en tertulias literarias, sin embargo siempre me había sentido intrigado ante el poderío que podía llegar a tener la palabra en aquellos locales cerrados y frecuentemente envueltos en humo en los que se hablaba y hablaba interminablemente, y tampoco me era difícil recordar cómo un día Valle-Inclán, tan aficionado siempre a todo tipo de cafés, había declarado con su peculiar acento y en un arrebato muy razonado, que el madrileño Café de Levante, situado en la calle del Arenal, con su abigarrado mundo de músicos, pintores, escultores, dibujantes, poetas y grabadores, había tenido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo, según él decía, que dos o tres Universidades y Academias.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

TOM WOLFE Y “El NUEVO PERIODISMO”

 

 

“Si se sigue de cerca el progreso del Nuevo Periodismo a lo largo de los años sesenta – decía Tom Wolfe, recientemente fallecido – se observará un hecho interesante: que los periodistas aprenden las técnicas del realismo – particularmente de Fielding, Balzac, Dickens y Gógol – a base de improvisación. A base de tanteo, de “instinto” más que de teoría. Esa fuerza extraordinaria surgía principalmente de sólo cuatro procedimientos. El fundamental era la construcción escena- por – escena, contando la historia saltando de una escena a otra y recurriendo lo menos posible a la mera narración histórica y registrar el diálogo en su totalidad. Eso constituía el procedimiento segundo.

 

 

Es decir, el diálogo realista capta al lector de forma más completa que cualquier otro procedimiento individual. Al mismo tiempo afirma y sitúa al personaje con mayor rapidez y eficacia que cualquier otro procedimiento. (Dickens sabe fijar un personaje en tu mente de tal modo que tienes la sensación que ha descrito cada pulgada de su apariencia.., sólo que al volver atrás  descubres que de hecho se ha ocupado de la descripción física en dos o tres frases; el resto lo ha conseguido con diálogo.) Los periodistas estaban trabajando con el diálogo como totalidad.

 

 

El tercer procedimiento  era el “punto de vista en tercera persona”, la técnica de presentar cada escena al lector a través de los ojos de un personaje particular, para dar al lector la sensación de estar metido en la piel del personaje y de experimentar la realidad emotiva de la escena tal como él la está experimentando. Los periodistas habían empleado con frecuencia el punto de vista en primera persona – Yo estaba allí – igual que habían hecho autobiógrafos, memorialistas y novelistas. Sin embargo, esto significa  una grave limitación para el periodista, ya  que sólo puede meter al lector en la piel de un único personaje -él mismo – un punto de vista que a menudo se revela ajeno a la narración  e irritante para el lector. Según esto, ¿ cómo puede un periodista, que escribe no-ficción, penetrar con exactitud en los pensamientos de otra persona? La respuesta se reveló maravillosamente simple: entrevistarle sobre sus pensamientos y emociones, junto con todo lo demás.

 

 

Y el cuarto procedimiento – seguía diciendo Tom Wolfe – ha sido el que menos se ha comprendido. Consiste en la relación de gestos cotidianos, hábitos, modales, costumbres, estilos de mobiliario, de vestir, de decoración, estilos de viajar, de comer, de llevar la casa, modos de comportamiento frente a niños, criados, superiores, inferiores, iguales, además de las diversas apariencias, miradas, estilos de andar y otros detalles simbólicos  que pueden existir en el interior de una escena. ¿Simbólicos de qué? Simbólicos, en términos generales, del status de vida de las personas, empleando ese término en el sentido amplio del esquema de comportamiento y bienes a través del cual las personas expresan su posición en el mundo, o la que creen ocupar, o la que confían alcanzar.

 

 

La relación de tales detalles no es meramente un modo de adornar la prosa. Se halla tan cerca del núcleo de la fuerza del realismo como cualquier otro procedimiento en la literatura. En él radica la esencia misma de la capacidad para “absorber” de Balzac, por ejemplo. Balzac apenas recurría al punto de vista en el sentido de refinamiento con que Henry James lo empleó más tarde. Y sin embargo el lector termina con la sensación de que ha estado aün más completamente “dentro” de los personajes de Balzac que los de James. ¿Por qué?  Porque Balzac acumula detalles implacablemente y al mismo tiempo con tanta meticulosidad que dispara los recuerdos del lector sobre su propio “status”, sus propias ambiciones, inseguridades, deleites, desastres, además de las mil y unas humillaciones y golpes que su condición recibe en la vida cotidiana y los dispara una y otra vez hasta que crea una atmósfera rica y absorbente.”

Así relataba la esencia del “nuevo periodismo”  Tom Wolfe, que acaba de morir.

Descanse en paz.

 

 

(Imágenes -1- André Derain – 1914 – museo sindicate/ 2- Juan Gris/ 3- Stuart Davis – 1924 – artnet/ 4- Bernard Fleetwood walker/ 5- Larry Fink- artnet/ 6- Tom Wolfe- rolling stones)

EN TORNO AL ESCRITORIO

 

praz-nj-casa-de-mario-praz-turism-roma

 

“En este rincón del salón, cerca de la ventana, está colocado el escritorio – nos va diciendo al mostrarnos su casa- museo en Roma el gran crítico de arte y también gran coleccionista Mario Praz. Recogida toda esta visita que hacemos con él en su libroLa casa de la vida“, Praz continúa: ”  Para un escritor este debería ser el mueble principal, el primero en buscar conforme al concepto que se haya formado de su propia misión, el cual no puede dejar de poseer un cierto grado de nobleza, por más reparos que quiera poner su modestia. El escritorio es para él lo que para la mujer hermosa es la psique; y el espejo será en su casa la hoja en blanco sobre la que se reflejará el contenido de su alma, por lo que sobran razones para llamar al escritorio la psique del escritor. El primer mueble del que habría debido ocuparme debería haber sido por tanto el escritorio, pero como ya he dicho, el germen de mi predilección por el  estilo Imperio nació en el dormitorio (…)

 

praz-bhu-citymumur

 

Sobre este escritorio, que le había comprado al anticuario Subert de Milán en 1932, escribí casi todo lo que salió de mi pluma hasta 1954, cuando el escritorio francés condenó al exilio a este mueble más modesto (…) ¿Debo añadir que, después de todo, la mesa sobre la que uno escribe no tiene demasiada influencia sobre el mérito de las cosas escritas? ¿Que probablemente no tiene ninguna? Ciertamente no escribí nada digno de mención sobre la mesa que tuve de joven antes de que la pretensión de un mobiliario elegante me hiciese comprar un escritorio de finales del siglo XVlll, de pies todavía molturados, del que me deshice enseguida cuando encontré el de las esfinges del anticuario Subert. Pero, ¿cabría esperar cosas sobresalientes de un joven que no fuese un genio? Escribí la tesis sobre D Annunzio (…)  Y no recuerdo las mesas ante las que me senté en las habitaciones alquiladas de Liverpool y de Manchester, donde, también, escribí varios textos de crítica y de filología. Algunas de mis mejores páginas además las he escrito sin la ayuda de ningún escritorio, como cuando sentado bajo un pino de la pineda de Viareggio, en las horas de más calor, redactaba el relato de mi viaje a España, apoyando el papel sobre un libro que descansaba en mis rodillas. Diré que también hay quien se maravilla de que pueda escribir en un salón tan ricamente decorado como el mío, que el propio Goethe prefería un ambiente desnudo y sin adornos para escribir, y que un arquitecto al que conozco, que tiene una villa en Capri con deliciosas vistas desde las ventanas, ha preferido para su estudio una habitación cuya ventana da a una pared blanca. Realmente creo que podría escribir en cualquier sitio, siempre que a mi alrededor no hubiese ruidos molestos. Pero ha habido quien ha opinado que los ruidos secundaban su inspiración como Gogol cuando escribía en las tabernas romanas. Incluso una circunstancia que normalmente se consideraría susceptible de molestar, como la presencia de un olor desagradable, puede ser propicia, como en el caso de Schiller que se excitaba con el olor a manzanas podridas que tenía en el cajón”.

 

praz-ngr-turismo-roma

 

Uno lee estas confidencias y recuerda cuántos escritorios ha vivido y utilizado. Sobre todo aquellos sostenidos casi en el aire, apoyado el papel en un cuaderno y el cuaderno apoyado a su vez en las rodillas, en el interior del automóvil o al aire libre. Al levantar la mirada de la página pasaban ante mí muy despacio árboles de los bosques de Galicia, carreteras blancas de Castilla, amaneceres en los tejados de Madrid.

 

praz-nhu-casa-museo-mario-praz-turismo-roma

 

(Imágenes.- casa-museo de Mario Praz- turismo Roma)

SOBRE LO GROTESCO

“Nuestro mundo ha desembocado en el grotesco igual que en la bomba atómica – escribió el suizo Dürrenmatt, autor de “La visita de la Vieja Dama” -, del mismo modo que son grotescos los cuadros apocalípticos de Jerónimo Bosch. Pero lo grotesco no es sino una expresión sensible, una paradoja sensible, a saber, la figura de una no figura, el rostro de un mundo carente de rostro. Al parecer, nuestro pensamiento ya no puede prescindir del concepto de lo paradójico y exactamente lo mismo sucede también con el arte, con nuestro mundo que sólo está porque existe la bomba atómica, quiero decir, por el miedo que se le tiene”.

Ahora que está teniendo lugar una exposición en el Museo Picasso de Málaga sobre el factor grotesco parece que vinieran a visitarnos también las figuras literarias tan admirablemente comentadas por Wolfang Kayser enLo grotesco” (Nova). Por ejemplo, la naríz de Gógol– de la que ya hablé en Mi Siglo – o los personajes excéntricos de E. T. A Hoffmann asomados a sus célebres cuentos. Igualmente la descripción de habitaciones que el escritor suizo Gottfried Keller hace en una de sus novelas: “Abrió la otra puerta y vio una extensa sala que desde arriba hasta abajo estaba colmada de cuadros de los antepasados. El suelo estaba formado de azulejos hexagonales de diferentes colores, el cielo

raso se componía de estucados de yeso con figuras de hombres y animales, coronas de frutas y blasones, de tamaño natural y que parecían flotar casi libremente por el aire. Delante del espejo de la chimenea, de diez pies de alto, se hallaba un anciano diminuto y encanecido; estaba envuelto en una bata de terciopelo escarlata y tenía la cara enjabonada. Pataleaba de impaciencia y exclamaba con voz llorosa: “¡Ya no puede afeitarme! ¡ Ya no puedo afeitarme! ¡Mi navaja no corta y no hay nadie que me ayude! ¡Ay de mí, ay de mí!”.

Personajes, situaciones y objetos que se van enlazando en las diversas vicisitudes de lo grotesco. Umberto Eco en su Historia de la Belleza recuerda que Victor Hugo, teórico de lo grotesco como antítesis de lo sublime y novedad del arte romántico, es el que ofrece una galería inolvidable de personajes grotescos, desde el jorobado Quasimodo al rostro deforme del “Hombre que ríe“, y cuando Bajtín estudia a su vez a Rabelais destaca la boca y la nariz como papel importante en la imagen grotesca del cuerpo. Las formas de la cabeza, las orejas, y también la naríz, no adquieren carácter grotesco sino

cuando se transforman en formas de animales o de cosas. “El cuerpo grotesco – dice – es un cuerpo en movimiento. No está nunca listo ni acabado: está siempre en estado de construcción, de creación y él mismo construye otro cuerpo. (…) El mundo grotesco de la representación del cuerpo y de la vida corporal ha dominado durante miles de años la literatura escrita y oral. Considerado desde el punto de vista de su propagación efectiva, predomina incluso en la época actual: las formas grotescas del cuerpo predominan en el arte no solamente de los pueblos no  

 europeos, sino incluso en el folklore europeo; además, las imágenes grotescas del cuerpo predominan en el lenguaje no oficial de los pueblos, sobre todo allí donde las imágenes corporales están ligadas a la injuria y la risa”.

grotesco.-7jjnn.-René Magritte.-La bella sociedad.-1965-1966.-BEGAP .-Málaga

Es así como – entre tantos  – Gógol nos asombra, como nos asombra Poe, como nos asombran las situaciones y personajes de Hoffmann.

(Imágenes:- 1.- Louis-Lépold Boilly.-reunión de 35 cabezas.-Museo Eugéne Leroy Tourcoing/ 2 .James Ensor.-máscaras contemplando una tortuga.-Museo de Málaga.-elpais.com/3.-Roy Lichtenstein.-golpe de brocha ll.-1987.-The Estate of Roy Lichtensenstein.-Museo de Málaga.- el pais.com/4.-Otto Dix.- doncellas en domingo.-1923.-VEGAP.-Málaga/ 5.- Juan Sánchez Cotán.-Brígida del Río, la barbuda de Peñaranda.-1590.- Museo del Prado/6.-Leonardo da Vinci.-dos perfiles grotescos.- Royal Collection Trust/ 7.-René Magritte.- La bella sociedad.-1965.-Museo de Málaga)

“EL QUE NO INVENTA NO VIVE”

“Una nariz paseando en carroza por San Petersburgo, Gregorio Samsa intentando avanzar como insecto por el pasillo de la casa de Praga, las dos mitades del vizconde separadas en Italo Calvino, un barón que ya no bajará nunca de los árboles, nadie ‑es decir, Agilulfo‑ dentro de una armadura… Estamos, no en las autopistas de la información, sino más bien en las autopistas de la invención, o mejor dicho ‑por usar aquí otro título anterior de Calvino‑, en el sendero de los nidos de araña de la imaginación, en ese recorrido inesperado y sorprendente que le hacía decir a Nabokov al dictar sus cursos universitarios en Cornell:” La verdad es que las grandes novelas son grandes cuentos de hadas (…) La literatura nació el día en que un chico llegó gritando el lobo, el lobo, sin que le persiguiera ningún lobo (…) La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza. La Naturaleza siempre nos engaña. Desde el engaño sencillo de la propagación de la luz a la ilusión prodigiosa y compleja de los colores protectores de las mariposas o de los pájaros, hay en la Naturaleza todo un sistema maravilloso de engaños y sortilegios. El autor literario no hace más que seguir el ejemplo de la Naturaleza.”

Por el sendero de los nidos de araña de la embaucación, las gentes entran en las librerías y pagan por llevarse mentiras encuadernadas que les hagan escapar unas horas de la chata realidad del metro, de la oficina, de la cocina, del tráfico y del comedor para sumergirse en esa otra realidad del metro, de la oficina, de la cocina, del tráfico o del comedor que cuenta cada escritor a su manera, algunos imitando mucho la realidad pero entregando la esencia impalpable de una atmósfera familiar de interiores (como Chejov, como Cheever, como Carver) o enriqueciendo también lo auténtico con la inserción de lo fabuloso en la vida real, modificando así esa realidad hasta hacerla pasar sencillamente por los anillos del asombro.

En el fondo lectores y escritores hacen lo mismo. Como si se citaran en ese punto equidistante que es la historia imaginada, la historia de ficción (encuadernada o bien proyectada en una pantalla), cada uno ha salido de la casa de su realidad, que tiene ya muy vista y habitada, para marchar en busca de otra casa diferente y nueva, la mansión de la ficción. Calvino lo explica claramente:” yo me puse a escribir de la manera que me era más natural, es decir, siguiendo los recuerdos de lecturas que me habían fascinado desde mi infancia. En lugar de esforzarme por construir el libro que yo debía escribir, la novela que se esperaba de mí, he preferido imaginar el libro que a mí me hubiera gustado leer, un libro encontrado en un granero, de un autor desconocido, de otra época y de otro país“. El escritor deja su carga de inventiva en medio de los bosques narrativos y al poco tiempo llega el lector a buscarla paseando entre los árboles. Cada uno retorna luego a su casa. El lector, ya en la suya, se sienta ante el libro y escucha:“Relájate. Recógete ‑le está diciendo el escritor nada más empezar, desde las primeras páginas‑ Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: “¡No, no quiero ver la televisión!”. Alza la voz, si no te oyen: “¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!” Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita (…) Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de costado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura yoga. Con el libro invertido, claro”.

El lector está así, en su casa de la lectura, sumergiéndose, disfrutando de cuanto le va diciendo ‑le va escribiendo‑ el escritor”.

(“El ojo y la palabra“, páginas 86-.87)

En el día en que Ana María Matute ha recordado al recibir el Cervantes: “El que no inventa no vive

(Imagen:-1- Ida Outhwaite.– en la espesura del bosque/2.-Ana María Matute en la ceremonia de rececpción del Premio Cervantes en Alcalá de Henares.-elpais.com)


SAN PETERSBURGO Y EL POETA

“Nací y crecí en la otra orilla del Báltico – decía Brodsky en su Discurso de aceptación del Premio Nobel -, o, por así decirlo, en su página opuesta, gris y movida por el viento. A veces, en un día claro, especialmente en otoño, desde alguna playa en Kellomäki, un amigo señalaba el norte, al otro lado de esa gran hoja de agua y me decía: ¿Ves aquella franja azul de tierra? Es Suecia“.

Son los poetas los que rodean a las ciudades. Las rodean con sus versos, las cantan con sus poemas. En el caso de Brodsky – al que más de una vez he aludido en Mi Siglo -, es San Petersburgo con sus imágenes sucesivas las que nos va llevando de Pushkin a Gogol, de Bieli a Dostoievski. Sobre el río Neva descansan imágenes fluidas, teatros, bailarinas, atardeceres, batallas.

Pasan al costado del río los Palacios,

Desciende la nieve,

Llamean los incendios,

Danzan las bailarinas,

Un cuarteto nos eleva a la música,

Estallan asesinatos,

Se preparan alineados los jinetes,

Se extienden los asedios,

Y un fotógrafo mientras tanto lo capta todo. Al menos intenta captar todo San Petersburgo. Bajo su paraguas  -contra el sol y  la lluvia – este fotógrafo en la esquina de la calle recoge las imágenes:

Resuena mientras tanto la sabiduría de Brodsky, las advertencias que nos da el poeta:

“Tengo la cereteza – dice – de que, para alguien familiarizado con la obra de Dickens, matar en nombre de una idea resulta un poco más problemático que para quien no ha leído nunca a Dickens. Y hablo precisamente de leer a Dickens, Sterne, Stendhal, Dostoievski, Flaubert, Balzac, Melville, Proust o Musil; es decir, hablo de literatrura, no de alfabetismo o educación. Una persona cultivada, tras leer algún tratado o folleto político, puede ser sin duda capaz de matar a un semejante y sentir incluso un rapto de convicción. Lenin era un persona culta, Stalin era una persona culta, Hitler también lo era; y Mao Zedong incluso escribía poesía. Sin embargo, el rasgo que todos estos hombres tenían en común consistía en que su lista de sentenciados a muerte era más larga que su lista de lecturas”.

(Imágenes:-1.-el río Neva.-por Dubovskoy.-1898.-encspb. ru/ 2.- vista del Neva.-1810.-encspb.ru/ 3.-palacio Anichkov.-por Sadovnikov.-1862.-encspb.ru/4.- San Petersbugo.-acuarela por Bragants 1860-1862.-encspb.ru/5.- fuego en San Petersburgo en mayo 186.-encspb.ru/6.-Anna Paulova en el ballet “La Sílfide”.-por serov.-encspb.tu/7.- cuarteto Vielporsky- por Rohrbach.- década 1840.-encspb.ru/ 8.- asesinato de Alejandro ll en marzo 1881.-por Rudneva.-encspb.ru/ 9.- jinetes en el puente Pevchesky.- 9 de enero 1905.-encspb.ru/10.-asedio de Leningrado.-encspb.ru/ 11.-fotógrafo KK Bulla.- 1853-1929.- estatua en la calle Malaya Sadovaya.-encspb.ru)

PALABRAS, GASTRONOMÍA, LITERATURA

A veces las especias de las palabras, salsas y grasas de las frases, condimento de párrafos, han logrado que la gran literatura irrumpa incluso en los  patios de butacas, como ocurrió con la pieza del inglés Wesker, “La cocina“, en la que el dramaturgo señalaba que si el mundo pudo ser un escenario para Shakespeare, para él era una cocina, en la que entraba y salía gente. “Las cocinas enloquecen todas – señalaba Wesker instruyendo a sus actores -, principalmente durante los períodos de servicio activo: hacen su aparición el apresuramiento, las pequeñas peleas, los falsos orgullos y el esnobismo. (…) En ningún momento – indicaba en su introducción a la obra – se sirve comida real. Por supuesto, cocinar y servir platos no resultaría práctico en el teatro. Por lo tanto, las camareras transportarán platos vacíos y los cocineros harán en mímica los movimientos propios de sus tareas. (…) Pero los dos puntos importantes son: 1.-que ciertas acciones deben ser hechas en mímica durante toda la obra, diciendo al mismo tiempo los parlamentos respectivos y murmurando entre sí; y 2, que más o menos cuando todo está listo para iniciar el servivio real, tienen una serie de vasijas y ollas de “comidas y salsas” muy bien ordenadas y en condiciones de ser entregadas a las camareras a medida que las vayan pidiendo”.

Así, sentados en nuestro patio de butacas, podemos seguir la evolución de los actores:

La calidad de la comida – seguía diciendo Wesker a los intérpretes – no es aquí tan importante como la velocidad con que se la sirve. Las personas tienen todas su tarea particular y propia. Sobre cada uno lanzamos una ojeada, poniendo de relieve, por así decir, al individuo”.

Palabras, literatura, gastronomía. Y todo ello a lo largo de los siglos. Desde Aristófanes a Zola, desde Juvenal a Cervantes o a Gogol, pasando por Fielding o Goldoni y tantos otros, la poesía, la novela o el teatro, han ido reflejando la sensibilidad gastronómica de cada época. Jean- Francois Revel en “Un festín en palabras“, recuerda que Nereo de Chio cocinaba un caldo corto exquisito y digno de dioses, que Lamprias fue el primero en imaginar el estofado negro y que Aftónitas fue el inventor de la morcilla. Se han trufado lenguajes, se han cocinado palabras a lo largo del tiempo. A finales del siglo XX restaurantes de París ya anunciaban entradas con nombres de postres – “sorbete de cabeza de jabalí” -; se invertían nombres  de carnes y pescados – “solomillo de lenguado” o “zarzuela de menudillos” -, y se reconvertían finales y principios: “sopa de higos o de fresas“.

Y luego está toda la unión de sensaciones, el eco de la literatura que se aleja en el tiempo hasta encontrar la infancia, aromas desperdigados entre migas de la célebre magdalena de Proust: “en cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado de tila que mi tía me daba – dice el gran escritor francés – (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina, y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a los recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo“.

En el fondo, desde lo profundo del paladar – paladar de tantas palabras – está la infancia recobrada.

(Imágenes:-1.-abandonando el restaurante.-Varela.- La ilustración Española y Americana.-cervantesvirtual/2.- dibujo de Sancha.- 22 de diciembre de 1906.- La ilustración Española y Americana.– cervantesvirtual)

“LA NARIZ” DE GÓGOL

El día 10 de julio escribí en Mi Siglo sobre Hoffman y la  mágica invención. Comentaba “El puchero de oro” y me refería a 1813. Veintidós años después, en 1835, el escritor ruso Nicolás Gógol  publica La nariz dentro de los Cuentos de San Petersburgo (en donde también aparece  su celebérrimo El abrigo) y  da un salto imaginativo enormemente audaz, adelantándose más de un siglo a las aperturas fantásticas de un García Márquez.  Hoffman lograba la mágica invención en la literatura alemana  y Gógol  la conseguía  en la literatura rusa. El relato de Gógol es sencilla y simplemente la desaparición súbita de una nariz.

    ” Iván Yakovlevich, por razón de decencia – escribe Gógol -, se puso el frac sobre la camisa y, habiendo tomado asiento a la mesa, echó sal, preparó dos cabezas de cebolla, tomó el cuchillo y, después de hacer una mueca significativa, se dispuso a cortar el pan. Una vez que hubo partido el pan en dos pedazos miró al centro y, con asombro, vio algo que brillaba. Iván Yakovlevich lo limpió cuidadosamente y lo examinó con los dedos.

     ‑¡Está duro! ‑se dijo‑ ¿Qué podrá ser?

     Metió los dedos y se quedó helado: ¡una nariz!…; sus manos se apartaron, empezó a frotarse los ojos y a tocarla: una nariz, en efecto, una nariz, y hasta le parecía que fuese de un conocido. (..) sabía que la nariz era del asesor colegiado Kovalev, a quien afeitaba los jueves y domingos.”

Y Gógol, tras describir cómo el asustado barbero Iván Yakovlevich se desprende de la nariz arrojándola al río, pasa a contar con toda naturalidad lo que le sucede a su vez al mayor Kovalev, que se ha quedado sin nariz:

     “Así el lector podrá juzgar ya la situación de este mayor cuando se encontró en vez de su nariz, bastante aceptable y regular, por otra parte, con un estúpido sitio liso y plano.

     Como, por desgracia, no hubiera ni un cochero en la calle y se viese obligado a ir a pie, se envolvió la cara en su capote, y, con el rostro cubierto con el pañuelo, al verlo daba la impresión de que tenía sangre.

     “A lo mejor me lo ha parecido a mí así: no es posible que haya perdido la nariz tontamente”, pensó, y de modo intencionado penetró en una confitería con objeto de mirarse en un espejo..”

Y Gógol prosigue impertérrito describiendo las andanzas del mayor Kovalev por la ciudad:

    ” (…) De pronto se halló como enterrado a la puerta de una casa; en sus ojos tuvo lugar un fenómeno inexplicable: ante un portal se detenía un coche, se abrió la puerta y saltó fuera y se inclinó un señor vestido con uniforme, subiendo con presteza las escaleras. ¡Cuál no sería el terror y, al mismo tiempo el asombro de Kovalev, cuando se dio cuenta de que era su propia nariz! A la vista de ese espectáculo extraordinario le pareció que todo daba vueltas ante sus ojos; sintió que apenas podía tenerse en pie; pero se dispuso a esperar su vuelta al coche, pasara lo que pasara, aunque temblaba como febril. Dos minutos después salió la nariz, en efecto. Iba con uniforme bordado de oro, con el cuello levantado, llevaba pantalones de gamuza y una espada al costado. Por el sombrero podía deducirse que tenía el rango de consejero de Estado. Podía suponerse que iba de visita. Miró a ambos lados y gritó al cochero: “¡En marcha! “. Se sentó y partió.

Esto está escrito en la primera mitad del siglo XIX, como también en esa primera mitad del siglo escribe Hoffman su mágica invención. Gógol se explaya aún más : cuenta cómo esta nariz se pasea en carroza por la ciudad de San Petersburgo con uniforme de gran funcionario. El consejero Kovalev trata en vano de convencer a la nariz para que vuelva a su sitio pero no lo consigue. La audacia del escritor ruso es asombrosa y  admirable. Nabokov, en su estudio sobre Gógol (Littera), recuerda en este escritor  “el leitmotif nasal a lo largo de toda su imaginativa obra y resulta difícil –dice –  encontrar a cualquier otro autor que haya descrito con tanto entusiasmo olores, estornudos y ronquidos (…) Las narices gotean, las narices se mueven de forma nerviosa, a las narices se las toca cariñosa o groseramente; un borracho intenta serrar la nariz de otro; los habitantes de la luna (así lo describe un loco) son Narices. El hecho de si “la fantasía engendró la nariz o la  nariz engendró la fantasía” no es esencial. Considero más razonable olvidar que la exagerada preocupación de Gógol por las narices se basaba en el hecho de que la suya fuese anormalmente larga y tratar el olfativismo de Gógol  – e incluso su propia nariz  – como una estratagema literaria relacionada con el amplio humor de las fiestas en general y con el humor nasal ruso en particular.Nosotros estamos alegres de narices o tristes de narices. El despliegue de alusiones nasales que tiene lugar en una famosa escena del Cyrano de Bergerac de Rostand no es nada comparado con los cientos de proverbios y dichos rusos que giran en torno a la nariz. Gógol había descubierto nuevos olores en la literatura (que llevaron a un nuevo “escalofrío“). Como reza un dicho ruso, “el hombre con la nariz más larga ve más allá”; y Gógol veía con sus narices”.

De cualquier modo, un ejemplo más de que la mágica y prodigiosa invención en la literatura se remonta siglos atrás, camino arriba de las novelas y de los cuentos y que en absoluto es propiedad del siglo XX. 

(Imágenes: Marc Chagall, “Homenaje a Gógol“.-moma.org/retrato de Gógol.-centros5.pntic.mec.es/ representación teatral de “La nariz”/ escena de “El inspector“, otra de las obras de Gógol.-escenicas.univable.edu.com)