UN DÍA DE SARAH BERNHARDT

 

“Delante de la puerta se detiene un carruaje. De su interior sale una mujer envuelta en pieles, abriéndose paso con una sonrisa entre la multitud que se ha congregado allí —escribía Edmond Rostand contando un día de Sarah Bernhardt—.Sube por una escalera de caracol; se zambulle en una habitación atiborrada de flores y caldeada como un invernadero; lanza su pequeño bolso adornado con cintas junto con sus contenidos aparentemente inagotables en una esquina y su sombrero alado en otra; se quita las pieles e instantáneamente queda reducida a una simple vaina de seda blanca; se apresura hacia un escenario tenuemente iluminado e inmediatamente llena de vida a un público apático, lánguido e indiferente; se mueve de un lado para otro, inspirando a todo el mundo con su energía febril; se acerca a la cabina del apuntador, organiza sus escenas, señala el gesto y la entonación adecuados, se levanta airada e insiste en que vuelvan a empezar de nuevo; grita con rabia; se sienta, sonríe , bebe té, y empieza a ensayar su propio papel.

 

 

Al cabo de unas horas regresa a su habitación para cenar; se sienta en la mesa espléndidamente pálida debido a la fatiga; reflexiona  sobre sus planes; se ríe con carcajadas bohemias; no tiene tiempo de terminar de comer; se viste para la actuación de la noche mientras el director le habla desde el otro lado de la cortina; actúa con todo su cuerpo y alma; discute sobre negocios durante los entreactos; permanece en el teatro hasta que termina la actuación y se queda allí organizando varios asuntos hasta las tres de la madrugada; no decide marcharse hasta que no ve a sus empleados esforzándose respetuosamente por mantenerse despiertos; se sube a su carruaje, se arropa con sus pieles y anticipa los placeres de tumbarse y descansar por fin; luego, estalla en carcajadas  al recordar  que hay alguien esperándola para leerle una obra de cinco actos; vuelve a casa,  escucha la obra, se emociona, llora, acepta el papel, se da cuenta de que no puede dormir y ¡aprovecha el momento para empezar a estudiar su nuevo papel!”

 

 

(Imágenes —1-Ohaio Sugimoto – 1980- artnet/ 2- Gerard Gauci – 2009- gallerie de bellefeuile/ 3-Sarah Bernhardt – foto Nadar – 1864)

LA MAGIA DEL TEATRO

“El manto es demasiado estrecho; es menester agregar un ancho más. En el momento del asesinato de Banquo, hacer la noche total. Pintar de un rojo más vivo los frutos que están en la mesa. Los velos de las brujas deben estar interiormente sostenidos con una armazón de alambre; no deben ir pegados a las cabezas; quizá deba ponérseles corona, resultaría una especie de adorno y recordarían las SibilasMacbeth no debe batirse con manto de armiño“. Estas recomendaciones hacía Goethe en una carta perfilando hasta el mínimo detalle la puesta en escena de Macbeth. Desde siempre los grandes escritores de todos los siglos han sido atraídos por la magia del teatro: por los ropajes, las luces, los parlamentos, la dicción de las frases. En el arco de 1791 a 1817, es decir, en lo que va de sus cuarenta y dos años a sus sesenta y ocho, Goethe dirige un teatro permanente ; ambiciona hacer de él un lugar de comunión, de exaltación, de amor, de consolación, de fe.

Léon Chancerel  recuerda en su “Panorama del teatro” que Goethe logra llevar a cabo 4.136 representaciones: 77 tragedias, 372 comedias o dramas, 17 farsas, 31 óperas cómicas y 1.040 óperas. Su preocupación – casi obsesión – por los intérpretes le obliga a colocar en una “tablilla” colgada de la puerta de los camerinos: “Me han hecho observar – escribe – que muchas veces desde el palco del duque se oye mal a algunos actores, y que en el curso de la representación, y muy particularmente en las escenas de pasión, muchas cosas se pierden. El primer deber del actor es el de hacerse oír desde todos los puntos de la sala. En el futuro, en caso de que un actor no hable de manera inteligible, se le llamará inmediatamente al orden : así me lo ha señalado el duque. He querido informar de ello a la Compañía a fin de que nadie se sienta sorprendido si incurre en falta”.

Le consumía al autor del Fausto un celo ejemplar, gastando en ese teatro sus propios fondos, reclutando y educando a los actores enviciados por falta de buena dirección, alternando y sustituyendo poco a poco las óperas y comedias de baja estofa por espléndidas representaciones de Schiller o de Shakespeare. El actor Genest en sus” Memorias” retrata las intervenciones de Goethe dirigiendo. Un día yo ensayaba en una obra de Calderón el personaje de un capitán que venía a detener al emperador Aureliano. Salí con seguridad de entre bambalinas y, espada en mano, avancé con dignidad. Apenas había dado algunos pasos en el escenario cuando Goethe, desde la sala, me interpeló:

“Mal; así no se detiene a un emperador. Recomenzad”.

Me hizo repetir cinco veces la entrada. Y a cada nueva tentativa, repetía: “Recomenzad”. Finalmente saltó él al escenario. Aún lo veo con su chaquetón azul, con el sombrero sobre su cabeza. Me quitó la espada de las manos y me dijo: “Quedaos ahí y miradme”. E interpretó la escena con tal ímpetu y autoridad que aquello me marcó para siempre”.

La magia del teatro hizo salir a Goethe – como a tantos otros – de la erudición y de los libros. Parlamentos, luces, decorados y ropajes le impulsaron a una nueva vida.

(Pequeño apunte cuando el actor José Luis Gómez va a ingresar pronto en la Academia con su viaje lingüístico de aprendizaje)

(Imágenes:- 1.-Gerard Gauci.-Teatro Yousupov.-St Petersburgo -2009.-Galerie de Bellefuille/2.-actor en su camerino.-Edouard Vuillard/ 3.-Macbeth viendo el espectro de Banquo.- Théodore Chassériau.-wikipedia)