MIRÓ Y LOS OBJETOS

 

Miró- bgyy- objetos- Cuadre-objet- mil novecientos setenta y dos

 

«Para mí, un objeto es algo vivo –  confesaba Joan Miró-. Este cigarrillo, esta caja de cerillas contienen una vida secreta, mucho más intensas que algunos humanos. Cuando veo un árbol recibo una impresión, como si fuera algo que respirase, que hablara. Un árbol es también algo humano«. El nieto mayor del pintor recordaba que «frecuentar el estudio de Miró – un santuario blanco y azul, amarillo y rojo, y alas de gaviota como techo – es a la vez causa de relajación y de estímulo. No sólo las avasalladoras telas y dibujos explotando en colores sino también los objetos, las cosas encontradas, las composiciones hechas al azar – un caballito de mar colocado sobre un nido de pájaros, media rata clavada en la pared, un esqueleto de murciélago, una corbata estampada de fuegos artificiales – deja atónito día tras día, año tras año, al espectador afortunado».

 

Miró- nhy- objetos- La lámpara de carburo- mil novecientos veintitrés- Museum of Moder Art

 

Ahora la exposición «Miró y el objeto« nos acerca al universo de sus talleres. «Encontré esos dos taburetes en el patio – le iba diciendo el artista a Georges Raillard en 1977 -, los hice fundir en bronce, puse aquel huevo y grabé aquello. Son dos personajes hechos para estar juntos. Yo esto no lo hago para jugar. Estimo que «esto» va sobre «esto«. Y si sobre una silla hecha solamente para sentarse, una silla que no se ve, instala usted un objeto, esta se hace evidente. Yo utilizo siempre objetos vivientes. Yo trabajo siempre en función de lo que se me dicta. Por eso recojo todos los cobres viejos que encuentro en el taller, Por ejemplo, el desgarrón de esta plancha: solo esto dará un hermoso negro. Sólo utilizando lo que hay sobre estas viejas planchas tengo ya dos grabados».

 

Miró- nnhu- objetos- dibujo- collage- mil novecientos treinta y tres- Fundació Joan Miró- Sucessió Miró dos mil quince

 

«Mire este espejo – le seguía diciendo Miró recorriendo el taller -. El hecho de estar ante un espejo me lleva a trabajar de forma distinta que si cogiera un zinc. Ahí fuera tengo un gallinero sólo dedicado al grabado. He pedido que traigan grandes cobres preparados con un barniz. Los colocaré en el suelo, en el gallinero, las gallinas pasarán por encima, lo picotearán… Después de cierto tiempo los retiraré. Luego trabajaré sobre esas planchas».

 

Miró- nggt- objetos- Dona i ocelli- mil novecientos sesenta y siete

 

Así andaba Miró, entre telas y objetos, sumergiéndose en su creación: «Manipulo con las manos. Manipular, ése es el término exacto. Cuando hago litografías me acuesto en el suelo, meto las manos en la tinta y me mancho íntegro. Me encanta estar manchado. No puedo trabajar vestido como estoy ahora. Bajo al taller con unos zapatos viejos llenos de pintura, mis zapatones son como un cuadro y la ropa de trabajo está cubierta de manchas de pintura. Tengo que meter las patas en los colores, en las tintas o en lo que sea».

Miró- nggy- pintura.objeto- Joan Miró mil novecientos cincuenta- colección particular- Sucessió Miró dos mil quince

 

 

  Así era Miró entre los objetos.

 

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(Imágenes.- 1.-Joan Miró-cuadro- 1972/ 2.-Miró- 1923- museum of Modern Art/ 3.-Miró- 1933- Fundación Jea Miró/ 4.-Miró-1967/ 5.- Miró- 1950- colección particular-sucesores de Jean Miró/ 6.-Joan Miró- foto Ugo Mulas– 1963)

 

MIRÓ Y LA TIERRA LABRADA

-Me levanto todos los días a las ocho – le dice Joan Miró a Georges Raillard paseando por el estudio -, me baño y bajo aquí, al taller Sert, donde trabajo hasta la hora del desayuno. Luego continúo hasta las dos. Como, descanso veinte minutos e inmediatamente vuelvo aquí, al trabajo. Por la tarde reviso lo que he hecho por la mañana y preparo el trabajo del día siguiente. Pero la hora en que más trabajo es muy temprano, a eso de las cuatro de la mañana. Trabajo sin trabajar. En la cama. Entre las cuatro y las siete me entrego completamente a mi tarea. Después vuelvo a dormirme, entre las siete y las ocho. Casi siempre es así.

Trabajo absolutamente solo. Sobre todo, que no haya nadie. Nunca. Nadie entra en el taller cuando estoy trabajando. Mientras trabajo no miro el paisaje, que es magnífico. Hay pocas ventanas y corro las cortinas. Nada, nada. Lo que me excita es eso: esa manchita blanca en el suelo. Hay quien se hace leer poemas mientras trabaja, textos, no sé qué. En mi caso está absolutamente descartado. Es esa mancha blanca lo que constituye para mí un estímulo excitante, aquella roja, esta negra.(…) Un día me preguntaron si tenía ayudante para limpiar los pinceles. Desde luego que no. No puedo. Por otra parte, ahora trabajo muchas veces con los dedos. Hundo los dedos en la pintura, en las tintas litográficas. Así, así es como pinto. (…) Por ejemplo, la huella de mi mano. Para hacer las huellas de la mano empiezo por poner negro sobre la tela, y después meto la mano dentro, así; pero la mancha negra que me ha servido de apoyo se va a convertir en otra cosa. Por eso le dije que es el punto de partida lo que me gusta. Por ejemplo, he puesto allí esa mano, pero es preciso que quede allí. De pronto, es necesario que no esté.
Pienso en todo esto mientras visito la exposición «Miró: Tierra» en el Museo Thyssen de Madrid. El pintor de las estrellas no está aquí. Está la tierra labrada como un hortelano, la tierra alejada de los campos siderales, especialmente la tierra de Mont-Roig, entre 1918 y 1923. «Sí – le diría un día a Yvon Taillandier -, trabajo como un hortelano o como un vendimiador. Las cosas llegan lentamente. Mi vocabulario de formas, por ejemplo, no lo descubrí de pronto. Se formó casi a mi pesar. Las cosas siguen su curso natural. Crecen, maduran. Hay que injertar. Hay que regar, como con la ensalada. La cosa madura en mi espíritu. De modo que trabajo siempre en muchas cosas a la vez. E incluso en campos distintos: pintura, grabado, litografía, escultura, cerámica.(…) Para mí, un objeto es algo vivo: este cigarrillo, esta caja de cerillas contienen una vida secreta, mucho más intensa que algunos humanos. Cuando veo un árbol recio recibo una impresión, como si fuera algo que respirase, que hablara. Un árbol es también algo humano.(…) Trabajo en un estado de pasión y arrebato. Cuando comienzo una tela, obedezco a un impulso físico, la necesidad de lanzarme; es como una descarga física. Naturalmente, una tela no puede satisfacerme enseguida. Y al principio siento ese malestar que le he descrito. Pero como soy muy peleón en esas cosas, entablo el combate. Es un combate entre yo y lo que hago, entre yo y la tela, entre yo y mi malestar. Este combate me excita y me apasiona. Trabajo hasta que cesa el malestar.»
Es la tierra labrada del artista que aquí mira especialmente a la tierra de Mont-Roig, en Cataluña. «Aquel paisaje – ha confesado Miró en alguna ocasión – me produjo enorme impacto. Mi padre, que era muy estricto, me consintió al fin que me dedicara a la pintura. Por las tardes, de tres a cinco, iba a la escuela Galí, y de siete a nueve, al Círculo Sant Lluc. De cinco a siete, tomaba apuntes a lápiz por calles y cafés. Galí me enseñaba a pintar. Tomaba un mechero, y con los ojos cerrados, realizaba el proceso de palparlo para tratar de reproducirlo luego en el papel sin tenerlo delante. Claro que también la pintura románica del Parque de la Ciudadela era mi obsesión. Todavía hoy voy a Montjuich. Me apasiona, pero tambien es cierto que no veía del todo el color. Recuerdo que, pintando patatas, apuntes que todavía conservo, fue como aprendí a crear rayos de color que iban venciendo la enorme dificultad del ejercicio».
(Fotos: «Tierra labrada» (1923-1924), Museo Guggenheim de Nueva York, estos días en el Thyssen de Madrid- eshock.com/ taller de Miró/ Joan Miró.)