CAFÉS CON WILLY RONIS

Cuando se empuja esta puerta del café en rue Montmarte, las brumas, el pitillo, los cristales en niebla, el anuncio pegado a la puerta, toda esa atmósfera en blanco y negro, nos trae la voz de Willy Ronis cuando dice, «yo, cuando salgo con mi cámara, no parto en busca del Grial. No me siento investido de ningún mensaje que deba transmitir a nadie ni siento el estremecimiento de ninguna transcendencia.(…) Mis fotos no son revanchas contra la muerte y yo no conozco ninguna angustia existencial. No sé incluso donde voy, salvo al encuentro – más o menos fortuitamente –  de las cosas y gentes que amo, que me interesan».

Es así como entramos en otro café. La luz de la cerilla y el cigarrillo encendido, mejillas iluminadas ante el hombre solícito, lumbre de amor que el espejo refleja. «La naturaleza – nos sigue diciendo Ronis mientras paseamos entre las mesas – me ha atribuido, por azar, un tipo de sensibilidad que me ha procurado bastantes disgustos pero también inmensas alegrías. ¡Gracias por todo! Yo me he clavado en mi sillón gracias a mi instinto, a mi pequeña honestidad, he disfrutado con frecuencia, y eso compensa el resto, que con buen humor se olvida fácilmente».

Después nos asomamos a este otro café. Juegan a las cartas. Juegan a los recuerdos y a la jubilación, juegan a los naipes de la vida arrojando dobladas y manoseadas las estampas del azar. Los contemplamos desde la escalera y Willy Ronis comenta: «¿ hace falta decir que mirar una fotografía no es un acto pasivo? La palabra «lector» supone una actividad lenta y reflexiva, aquella que requiere un texto escrito. Desde mi viejo Larousse aprendí que la lectura es el primer grado de la enseñanza moderna. Sin embargo, en nuestra civilización de la imagen, muchas fotografías son merecedoras de más de una ojeada. Opciones para una extensión de la palabra lectura. Aprendamos a leer las fotografías».

Aún al salir queda otro café – una madre y un niño alejándose entre lluvias y nieblas  -, y París viene sobre nosotros. «Ahí en París están todos los compañeros – dice Ronis -, todas las maravillas antiguas y nuevas, los quais, las hermosas muchachas que se cruzan, los cines, el metro, el Louvre, los bistrots, los escaparates, el paso de las estaciones. Ciudad de la belleza que se hace indestructible, yo me pregunto temblando si es cierto que yo no quiera ya vivir allí».

Y al fin, Willy Ronis nos quiere despedir haciéndonos un retrato, haciéndose a si mismo una fotografia.

(Imágenes:- 1.-Willy Ronis.- rue Montmartre.- 1955/ 2.-Willy Ronis.- café de la Bidule.- 1957/ 3.-Willy Ronis.- café de la rue des Cascades.-Ménilmontant.- 1948/ 4.-Willy Ronis.- café.-Ménilmontant.-1947/ 5.- Willy Ronis.- autorretrato.- 1951)

SERENOS DE PARÍS, CON ATGET Al FONDO

«Yo soy el sereno de la calle de Flandre,

yo vigilo mientras duerme París.

Hacia el norte un incendio lejano enrojece la noche.

Oigo pasar los aviones por encima de la ciudad.

Yo soy el sereno del Point du Jour.

El Sena se desliza en la sombra, tras el viaducto de Auteuil,

bajo veintitrés puentes, a través de París.

Hacia el oeste oigo explosiones.

Yo soy el sereno de la Poterne des Peupliers.

El  viento del sur me trae un humo amargo,

unos rumores inciertos y unos estertores

que se disuelven en alguna parte, en Plaisance o Vaugirard.

Yo soy el sereno del Pont-au-Change

vigilando esta noche no solamente en París,

esta noche de tempestad solamente sobre París en su fiebre y su cansancio,

sino sobre el mundo entero que nos rodea y acucia.

En el frío aire todos los ruidos de la guerra

caminan hasta el lugar donde desde hace tanto tiempo viven los hombres.

Yo soy el sereno del Pont-au-Change,

y, en el umbral del día prometido, yo os saludo

a vosotros, todos los camaradas de la calle de Flandre, de la Poterne des Peupliers,

del Point du Jour a la Porte Dorée.

En la Porte Dorée, en el Point du Jour,

en la calle de Flandre y en la Poterne des Peupliers,

a través de toda Francia, en las ciudades y en los campos,

mis camaradas acechan los pasos en la noche

y mecen su soledad con los ruidos y los rumores de la tierra.

En el umbral de la próxima mañana os damos los buenos días,

a los que estáis cerca y también

a los que recibiréis nuestra felicitación matinal

en el momento en que el crepúsculo dorado entra en vuestra casa.

¡Y buenos días, a pesar de todo, buenos días para mañana!

¡Buenos dias con todo nuestro corazón y con toda nuestra esperanza!

Buenos días, buenos días, el sol va a salir sobre París,

incluso si las nubes lo esconden, saldrá,

¡buenos días, buenos días, de todo corazón, buenos días!».

Robert Desnos: «El sereno del Pont-au-change»

De Eugène Atget he hablado en alguna ocasión en Mi Siglo. Del paso del tiempo por sus fotografías. El paso del tiempo resonaba hace ya muchos años en  las botas invasoras que marcaban el paso por la calles de París. Robert Desnos las cantaba y las contaba desde los poemas y desde las esquinas. Los ojos de Atget contaban y cantaban a su vez la calma, ese paso del tiempo en botas silenciosas sobre la piel de la ciudad. Ahora en Madrid una exposición de Atget nos acerca una vez más al permanente milagro de la imagen. El tiempo al pasar nos deja la fotografía.

(Imágenes:-1.-rue de Nonmains con la rue de L`Hotel de Ville.-1889.-elpais.com/ 2.-rue des Fosses Saint Jacques.-wikimedia/ 3.-rue du Seine.-wikimedia/ 4.-rue Moffeta.-wikimedia/ 5.-rue des Pretes Saint Sèverin.-wikimedia/ 6.-place de Saint Sulpice.-wikipedia/ 7.-rue Amelot.-wikimedia/ 9.-Eùgene Atget en 1927.-elpais. com)

MÚSICA Y LITERATURA

Vinteuil en Proust, el compositor fantástico en «En busca del tiempo perdido«, Adrián Leverkün en Thomas Mann, el compositor imaginario en «Doktor Faustus» – la figura en la que se reconoció Arnold Schönberg -: músicos y escritores entrelazados en obras y en historia. En el caso de Proust sus conocimientos musicales fueron acompañados por los gustos familiares, por la frecuentación de los salones donde se celebraban conciertos, por las veladas musicales en el Ritz, las listas de representaciones de óperas, los ballets a los cuales asistió o la invitación para escuchar cuartetos. César Franck, Debussy, Fauré, Wagner, Chopin y Beethoven, entre otros, serán nombrados siempre por Proust con admiración. Ante ese «discurso sin palabras» – que así llamará él a la música – se trataba de reconstruir en cierto modo la obra musical dentro de la gran novela que con ecos y  ritmos propios participaría igualmente de la poesía.

En el caso de Thomas Mann podemos leer en «La novela de una novela«: «No he de olvidar una magnífica interpretación del cuarteto de Busch, en Town Hall, con la perfecta ejecución del opus 132 de Beethoven, esa obra suprema que yo, como por disposición del destino, oí por lo menos cinco veces en los años del «Faustus«. Muy numerosas veces la música ha penetrado en la poesía y en muchas otras ocasiones ha sido ésta la que ha penetrado en la música. En «Il vento de Debussy«, como se ha demostrado certeramente,  la música influyó decisivamente en la poesía del italiano Montale. Como se han mantenido juntas – según varios autores – las poesías de Goethe y los Lieder de Schubert, la poesía de Mallarmé y la pieza de Debussy.

Igual que en en las relaciones entre música y pintura – al que alguna vez me he referido en Mi Siglo al hablar de Chopin y Delacroix -, la música ha transportado a escritores y pensadores, elevándolos por encima del tiempo. El francés Charles Du Bos contaba en su «Diario» (Emecé) al escuchar a César Franck: «Yo no tengo ninguna esperanza de traducir con palabras lo que significa para mí desde hace veintisiete años el quinteto. Desde los primeros compases me siento como girando, enviado de un lado a otro en el espacio, entre cielo y tierra, en una gigantesca hamaca donde, sin embargo, la misma opulencia reviste el valor y la coloración del heroísmo. Uno se siente «transportado» en el sentido etimológico y fuerte de la palabra. Sí, es esto lo que hace el quinteto de Franck: transportar«.

(Pequeña evocación cuando han aparecido una serie de volúmenes de la colección «Los escritores y la música«.-Ediciones Singulares)

(Imágenes:-1.-el violonchelista.-1957.-Robert Doisneau.-all-art.org/2.-Schönberg.-tres piezas para piano. op 11.-nº 1.-wikipedia/3.-trabajo de músico.-Siegerland, Alemania.-August Sander.-all-art.org)

PAPELERAS DE RECICLAJE

«Ahora, con la crisis, han aparecido muchas gentes rebuscando en las papeleras de reciclaje. Yo las suelo ver con los prismáticos, cuando me levanto del ordenador. Antes, mientras el ordenador se iba apagando lentamente, tenía por costumbre, como puro entretenimiento, mirar la plaza desde el ventanal, pasear los prismáticos por la noche desierta, y seguir los movimientos de los harapientos que venían en grupos a husmear los restos de comestibles o los trastos viejos que se amontonaban en los portales. Pero ahora es distinto. Nunca me había fijado en que el ventanal es como una pantalla y la pantalla como la ventana del comedor. Apartando un poco las sillas y corriendo los visillos se puede uno asomar a la noche, con los prismáticos en los ojos y sin que nadie pueda sospechar que le estamos mirando. Así, la otra noche, observando vagamente lo que ocurría en la plaza, descubrí a los nuevos harapientos, que tampoco deberían llamarse así en rigor, ya que no van vestidos como ellos. Algunos aparecen hacia las doce, cuando ya ha pasado el último autobús, y lo hacen con su traje de calle o de oficina – un traje algo sucio ya y polvoriento, quizás el único que les queda -; ellas suelen llevar algunas bolsas, seguramente vacías. Suelen estar  repartidos en grupos por la plaza, yo creo que muchos de ellos no se conocen, y pienso que quizá se ha corrido la voz de que, con la crisis, muchas gentes están desembarazándose con premura de las papeleras de reciclaje y vienen a ver qué pueden encontrar. Lo cierto es que a la puerta de los grandes almacenes que tengo bajo mi balcón y también congregadas en las esquinas, unas sobre otras y amontonadas de cualquier modo, aparecían medio reventadas las papeleras de reciclaje de los ordenadores, muchas de ellas con sus fondos blanquecinos y grisáceos y con esas virutas de alambres cenicientos que suelen desprender y que no son otra cosa que residuos provocados al destruirse los documentos. Yo siempre he escuchado, cuando he tenido que pulverizar definitivamente una documentación que creía inservible y en el momento en que la máquina me preguntaba “¿está seguro de que desea mover este archivo a la Papelera de reciclaje?”,  siempre he escuchado, tras mi “click” oportuno oprimiendo el SÍ, un pequeño y confuso ruido de astillas consumidas, como si se entrecruzaran al fondo de alguna lejana habitación las entrañas mismas del archivo, como si se hiciera trizas el tamaño del documento, su fecha de modificación y sus páginas. Todo había terminado al fin, me decía instantáneamente. Pero no era así. Existen, al parecer, documentos que aún se pueden aprovechar, o al menos, si no documentos enteros, restos de documentos, porque ahora, desde mi ventana, podía comprobar a través de los prismáticos la habilidad que tenían aquellos nuevos harapientos o mendigos de ideas (no sé cómo llamarlos) para rebuscar con prontitud, incluso, diría yo, con cierta pericia y hasta con avidez, escogiendo rápidamente  lo que podía serles útil.

Lo que asomaba de aquellas papeleras reventadas eran, naturalmente, cosas sueltas, esas cosas que ya no nos interesan o nos fastidian, antiguos correos obsoletos o absurdos, o bien publicidad inadecuada y engañosa. Uno no tiene tiempo de leerlo todo, muchas cosas del correo habitual a veces no se abren, y si se abren se mandan pronto a la papelera y en paz. Pero sin duda esas cosas pueden servir aún a otros (yo nunca lo había pensado) porque, graduando ahora más mis prismáticos y enfocándolos más cerca desde mi ventana, llegué a distinguir a varios individuos inclinados y con sus espaldas curvadas, iluminadas por el farol, hasta que poco a poco descubrí en uno de ellos sus facciones. Era un hombre de unos cuarenta y cinco o cuarenta y siete años, no creo que llegara a los cincuenta, con rostro huesudo, una barba incipiente y una gran calvicie, vestido con un traje azul de ejecutivo y llevando en su mano una gran cartera. En el fondo, un hombre común. Y precisamente por no destacar en nada, me recordó a uno de esos prejubilados a los que el Estado o las empresas están poniendo prematuramente en la calle y que deambulan por la ciudad de parque en parque, procurando matar el tiempo, a veces acodándose ante las zanjas de las obras municipales para ver trabajar a los obreros y distrayéndose como pueden hasta volver a casa a la hora de comer. Este hombre, al que yo ahora miraba desde la ventana, hurgaba en los restos de una papelera de reciclaje ayudándose con una especie de bastón metálico, algo parecido a una de esas armas cortas que suele llevar a veces la policía, y con aquel instrumento tan pequeño, y además con sumo cuidado, con una habilidad enorme, iba separando aquí y allá lo que encontraba, que en verdad no eran más que puntas de cables cortados y quemados, algunos de ellos hechos ya ceniza, pero entre los cuales, quizá – no puede saberse con seguridad -, podía aparecer de cuando en cuando un resto de papel aún sin destruir. Entonces aquel hombre, con la punta de su bastón metálico, iba pinchando el trozo de papel elegido y, tras arrastrarlo por la acera, lo colocaba bajo el farol. No sé si lo leía o  lo distinguía bien, yo creo que no, que la lectura, si la hacía, la quería dejar para más adelante, en un sitio más seguro. Ahora únicamente apartaba lo que quizá creía que en su momento le pudiera servir.

Debí hacer yo, sin querer, un pequeño ruido en el cristal de la ventana porque de repente, en el silencio de la noche,  él levantó la cabeza y, asombrado, miró hacia arriba. Metió rápidamente en su gran cartera todo lo que había encontrado y se alejó en la crisis.»

José Julio Perlado: (del libro «La vida cotidiana«)  (relato inédito)

(Imagen: Lucie & Simon.-photographers gallery.-artnet)

EL FUTURO DE LA COMUNICACIÓN

Copio de eCuaderno estas muy interesantes declaraciones de José Luis Orihuela en una entrevista concedida al Centro de Investigación de Medios y Sociedad Andes (CIMAS), de la Universidad de los Andes, con motivo de su reciente visita a Chile.

«La evolución de las tecnologías de la información, los soportes móviles y la digitalización han producido un cambio radical en los modos de gestión de la información pública. Queda fracturada buena parte de los paradigmas con los que hasta ahora hemos entendido la comunicación pública, el sentido de los medios, la propiedad intelectual, los derechos de autor, etc.

En el antiguo entorno, la figura del gatekeeper o editor, administraba de manera exclusiva en todas las industrias (música, cine, editorial y artística) la posibilidad de que los generadores de contenidos publicaran o comunicaran. En el nuevo escenario existe la posibilidad para todas las personas que generan contenido de comunicarlo públicamente sin mediación. Con lo cual todo ha cambiado en este escenario de la comunicación pública. No tiene sentido mantener, prolongar o proyectar los modelos de negocio o las formas de gestión de derechos basadas en la reproducción física de copias en un entorno en el cual podemos distribuir los contenidos independientemente de los soportes. Tampoco tiene sentido mantener un sistema de pago en un escenario en que existen productos gratuitos de calidad alternativa.

El gran desafío para los creadores es mostrar de una manera eficaz su talento, hacerse escuchar o ver en un espacio en el que todo el mundo tiene voz y así descubrir y generar modelos de negocio que hagan sostenible su actividad como artistas, escritores, productores, guionistas. Y todo esto no necesariamente proyectado desde los modelos de negocio anteriores.

A veces para un músico es mucho más eficaz que sus obras circulen libremente por la red y generar suficiente volumen de atracción y de visibilidad como para que sus conciertos resulten multitudinarios. Pueden vender entradas que a veces duplican o triplican el precio de la distribución física de su obra.

Las personas que se quieren dedicar profesionalmente a la generación de contenidos tienen una oportunidad que no ha existido nunca en la historia de hacer público su arte y talento sin ningún tipo de intermediación: ni instrumental, ni funcional, ni personal, ni mediática.

Ese escenario ha debilitado la estructura y funciones y los modos de financiación de las industrias tradicionales. Afecta a la industria de la música, del cine, la industria periodística, pero no tiene vuelta atrás. No hay ninguna posibilidad de volver a la situación anterior en la que existían instituciones, personas y empresas que administraban la comunicación pública y los contenidos generados por los artistas.

¿Cómo harán los medios tradicionales para no desaparecer como intermediarios? ¿Cuál es su futuro frente a la falta de mediación?

Creo que este tema no debería preocuparnos. Por ejemplo, ante el desarrollo del ferrocarril, la pregunta ¿qué debemos hacer para mantener la diligencia a caballo? no es la correcta, sino que ¿cómo transformamos nuestro negocio, nuestra identidad para aprovechar la aparición del ferrocarril?

Estamos frente a un tipo de innovación que deja fuera de la historia a algunas industrias. Es un proceso progresivo, no desaparecerán esas industrias en los próximos 50 años. Lo que no va a desaparecer y es importante que no desaparezca son los perfiles profesionales asociados a la gestión profesional de formación de contenidos. Tal vez los periódicos – tal cual los conocemos- o las revistas de papel y los programas de televisión y de radio dentro de 25 años hayan desaparecido o sean diferentes. Más que esto interesa ver cómo los profesionales hemos sido capaces de transformar nuestros talento, arte y oficio para desarrollarlos eficazmente utilizando las nuevas plataformas y llegando de nuevas maneras al público y a los usuarios.

Creo que esa desaparición de medios tradicionales no es un proceso inminente, es a medio o largo plazo. Se trata de un proceso más o menos inevitable, no será una desaparición absoluta porque tradicionalmente no ha habido una sustitución de medios viejos por medios nuevos, sino que ha habido una mutación. Dentro de 15 ó 20 años probablemente le llamaremos revista, libro o diario a una cosa que, físicamente no se parecen a los objetos que ahora llamamos así. Quedará sólo el nombre o sólo el nombre paulatinamente transformado. Es menos importante la pervivencia de los medios –cómo vamos a hacer para que estos medios no desaparezcan- que el cómo haremos para que siga habiendo un espacio social y cultural para la gente que se quiere dedicar de manera profesional a la comunicación, al arte o a la creación. Esto es lo crucial.


¿Habrá espacio para los periodistas?

Ese espacio ya existe. En el viejo entorno, uno se podía topar con un estudiante que se quejaba por su escasez de oportunidades para demostrar su talento en crónicas deportivas porque no conseguía publicarlas en el periódico de su ciudad. Ahora esa limitación no es real. Cómo hacerlo rentable es un problema diferente sobre el que no hay respuestas definitivas porque es un proceso que estamos viviendo ahora. Lo que es evidente es que no se podrán proyectar los viejos modelos de funcionamiento de negocios. Me parece que no hay vuelta atrás y que la necesidad de la sociedad de consumir información, cultura y ficción seguirá existiendo, sólo que será resuelta mediante otro tipo de productos, en otras plataformas y por más gente.

Con las nuevas redes se genera un problema de derechos de autor, vida privada, derecho a la propia imagen, etc.. que están sin resolver…

En este tema hay cuatro puntos importantes:

Primero, a veces el discurso de la privacidad va directamente en las plataformas, cuando debería ir primero en las personas. La gente está haciendo pública su vida privada porque quiere. Publica fotos de su boda, de sus vacaciones, de sus hijos, etc. sin que nadie le obligue a hacerlo. Estamos compartiendo nuestra vida públicamente.

Segundo, en el ámbito específico de las redes sociales hay algunas limitaciones o condicionamientos. El usuario puede determinar qué tipo de público puede tener acceso y qué contenidos publica.

Tercero, el uso por parte de los medios de comunicación tiene que ver con las condiciones de uso de las plataformas. Por ejemplo, las condiciones de uso de facebook impiden que cualquier cosa publicada salga a los medios de comunicación. En la práctica eso no se hace. Creo que no se puede hacer un uso público de lo publicado en facebook. Eso está especificado en las normas de uso de la plataforma.

Cuarto, en procesos más complicados deberíamos empezar a acostumbrarnos a especificar a los usuarios de buena voluntad con qué tipo de licencias publicamos ciertos contenidos. Esto es especialmente grave en el caso de profesionales. Cuando se publican fotos, videos o textos, hay que indicar qué se puede hacer con esos contenidos. Algunos de esos contenidos interesa que sean reproducidos en medios de comunicación, siempre citando la fuente. Esta conciencia de indicar un tipo de licencia específica para cada contenido ayuda a proteger el trabajo.

Es importante entender que lo nuevo en el ámbito de las comunicaciones y de los medios no es un problema, sino una oportunidad. El análisis de lo nuevo como un problema se suele realizar cuando se mira lo nuevo con los paradigmas de lo viejo. Si queremos entender y participar en la cultura que están generando estas nuevas herramientas y nuevas formas de la tecnología tenemos que pensarlas en términos de oportunidad, de la maravillosa oportunidad que supone para una institución universitaria tener acceso a contenidos de investigaciones publicadas en universidades de todo el mundo, a publicar los trabajos de nuestros estudiantes, y muchísimas otras ventajas».

(La negrita es mía)

( A veces en un blog no hay nada más que añadir)

(Imágenes:-1.-Arman.- La acumulación informativa.-1969.-artnet/2.-Larry Fink -artnet)

SOMBRAS

«Las sombras, una vez que hemos muerto, son los acusadores, los testigos, las puebas de cuanto hemos hecho en vida; y a algunas de ellas se les presta fe total, porque siempre están con nosotros y no abandonan nunca nuestros cuerpos». Eso recita Luciano de Samosata en «Menipo o la nigromancia» mientras veo las fotografías de Bernard Plossu, hombre rozando el muro de la soledad,  perfil negro vencido,  pasos hacia ninguna parte,  sombra que camina de exteriores a interiores y penumbra que llena el vacío de los cuartos.

Ahí, en esa silla, estaba sentada hace años – cinco minutos – la luz con sus nombres y apellidos, con una edad y una cabellera y unos ojos, y también con su sonrisa. Hablaba y hablaba de recuerdos radiantes. Ahora está sólo la sombra: recibe el visillo luminoso, el resplandor abierto en el ventanal.

La sombra, el lado oscuro del rostro, refleja en la pared aquello que no llegamos a controlar, mentón, ceja y naríz que alguien dibuja sobre el lienzo del muro, retrato del otro yo que nos habita y que no conseguiremos conocer. «¿Ha visto usted alguna vez, lector, – pregunta Tanizaki en su «Elogio de la sombra«» – «el color de las tinieblas a la luz de una llama«? Están hechas de una materia diferente a la de las tinieblas de la noche en un camino, y si me atrevo a hacer una comparación, parecen estar formadas de corpúsculos como de una ceniza tenue, cuyas parcelas resplandecieran con todos los colores del arco iris«. Es la sombra perfilada, la segunda naturaleza del ser, la imagen de las cosas fugitivas, aquellas irreales y cambiantes que la luz persigue.

Y luego está la sombra del campo, la mano que va pasando sobre las cordilleras, adormece a las piedras, acuna a los valles, la mano del sueño, del apaciguamiento. La luz escapa al contacto de esa mano y el mundo respira en la noche.

(Imágenes:- 1-Bernard Plossu.-homelesmonalisa.darq.uc.pt/2.- Bernard Plossu.-Níjar 2002.-fomatocomodo.com/ 3.-Sombras.-Andy Warhol/ 4.-Bernard Plossu.- Archipel de Riou.-Bouches -du-Rhôme- institutfrances.org)

GENTE AL SOL

«Un pequeño grupo de gente toma el sol en unas sillas colocadas en fila. ¿Pero están ahí con ese propósito? – se pregunta Mark Strand al hablar de Hopper – Si es así, ¿por qué están vestidas como si estuvieran en el trabajo o como si se encontraran en la sala de espera de un médico? ¿Es que están siempre esperando, no importa dónde se encuentren, y el mundo entero es su sala de espera? Quizá. ¿Y qué deberíamos pensar del joven que lee, sentado detrás de la fila de cuatro? Parece absorto en la cultura, más que en la naturaleza, y sin embargo está sentado afuera, con los otros, al lado del camino, bajo el sol. La luz es peculiar. Desciende sobre las figuras, pero no crea una atmósfera. De hecho, una de las peculiaridades de la luz de los cuadros de Hopper es que tiene poco que ver con la atmósfera, en comparación, por ejemplo, con la luz de los cuadros impresionistas. Uno no puede imaginar que esta gente esté realmente tomando el sol. Más bien parecen mirar a lo lejos, tan lejos como es posible, hacia un amplio prado que se extiende hasta una hilera de colinas. Y las colinas, en tanto se alzan en un ángulo muy parecido al que aquella gente asume reclinada en la silla, dan la impresión de devolver esa mirada. La naturaleza y la civilización casi parecen estar mirándose la una a la otra. Esta pintura es tan extraña que en ocasiones pienso que las figuras sentadas están mirando un  paisaje pintado, y no el paisaje real que evidentemente observan».

Ese sol de Hopper es de 1960. El sol que cae sobre los rostros de las peluqueras descansando con los ojos cerrados es de 1966. Es un sol de Robert Doisneau, fuente de luz que viene del mismo Hopper, fuente de calor y vida que se trasvasa de Hopper a Doisneau y de Doisneau a Hopper y cuyos rayos tocan con mágicas varitas la piel. Fortalece y seca. Ilumina y calienta. El centro del cielo baja a las terrazas de la pintura y de la fotografía y se pasea por los rostros que le reciben. Rayos solares que vivifican el cuerpo entrando por poros abiertos, diminutos pinchazos que los inmortales chinos recibían como prodigiosa esencia. Se levanta el sol cada mañana y se acuesta; se levantan cada mañana y se acuestan cada tarde las criaturas de Doisneau y de Hopper en una horizontal pasividad, dejando que ruede el corazón del mundo, dejando que ese amarillo corazón resbale. Las mejillas, los párpados, la frente reciben los reflejos de las flechas indoloras y luego vendrán las silenciosas despedidas, sillas que quedan vacías y el día que se recoge para anochecer.

(Imágenes: 1. Edward Hopper.-Grupo de gente al sol.-1960.-2000, Smithsonian American Art Museum, Washington. D.D. Art Resource/ Scala, Florencia.-ciudad de la pintura/ Robert Doisneau.-les coiffeuses au soleil.-1960.-flickr)