COPIAR, ROBAR, ESPIAR A LOS ESCRITORES

 

 

 

“En sus “Aspectos de la novela”, el inglés Forster imagina a los múltiples novelistas, sentados en una sala del Museo Británico, escribiendo al mismo tiempo. No sería la historia de la literatura , sino el espacio de la literatura.—decía Ricardo Piglia -. No es la imagen de una evolución o una duración , sino la presencia, sin cronología , en un presente sin tiempo. No es la temporalidad la que define las formas, sino el lugar, la cercanía y las correspondencias. Siempre que releo esas páginas de Forster — continuaba Ricardo Piglia— imagino que los escritores se copian, se espían, se piden las plumas, las estilográficas prestadas, se intercambian los papeles, se los roban.”

Una  imagen que al escritor argentino le perseguía y que comentó  en muchas ocasiones.

(Imagen—dibujo de la sala de lecturas del museo Británico)

EL PERSONAJE ASESINO

Al publicarse ahora los cuadernos de trabajo de Agatha Christie nos sorprende descubrir que – según ella confiesa – cuando se comprometía en la escritura de un libro, la mayor parte del tiempo ignoraba la identidad del culpable, una vez el asesinato tenía lugar. La novelista compartía la misma incertidumbre que sus lectores y avanzaba por las páginas de la ficción dotando a la historia de un poder de seducción más intenso.

«Determinar quién ha sido el asesino – recuerda Roger Caillois en su «Sociología de la novela policial» – es una tarea sembrada de asechanzas. Uno no tarda en darse cuenta de que todos los personajes del drama tenían motivos iguales para matar, y equivalentes posibilidades de hacerlo. Entonces hay que dejarse guiar por otro procedimiento de discriminación. Las condiciones en que se realiza el homicidio suponen cierta psicología por parte del culpable. El detective vacila entre varios sospechosos; los somete a una prueba que los obliga a revelar su verdadero carácter». Y Caillois pone dos ejemplos referidos al juego: en «El asesinato del canario» de S.S. van Dine, el detective adquiere una certeza moral durante una partida de póker; en «El asesino vive en el 21» de A. Steeman, se descubre la verdad jugando al bridge. «Dime como juegas – añade Caillois y te diré si has matado. Pues se juega del mismo modo que se mata: con prudencia o temeridad y arriesgando poco o mucho«.
Pero quienes juegan realmente entre las páginas y con las páginas del libro son los novelistas. Personajes planos o personajes redondos, puntos de vista cruzados, repetición, acumulación y transformación de detalles al construir y hacer andar al personaje, Cientos de caminos. Y sobre todo, en la novela policíaca, el elemento de sorpresa. «El elemento de sorpresa o de misterio -detectivesco, como se le suele denominar (decía Forster) – posee una gran relevancia en cualquier argumento, es una bolsa de tiempo, y no puede apreciarse sin inteligencia».
(Imagen: Gregory Crewdson.- Imagery  Our World)

LOS GATOS VIEJOS

«Los escritores son a veces como los gatos viejos: desconfían de todos los demás gatos viejos, pero son bondadosos con los gatitos», decía Malcolm Cowley en el prólogo de Writers at Work – la colección de entrevistas de The Paris Review. Las célebres entrevistas se empezaron a publicar en 1953 y los profesionales fueron de dos en dos a ejercer su oficio después del memorable encuentro que el novelista inglés Forster mantuvo con los que fueron a verle. La revista necesitaba nombres famosos en su portada, pero no disponía de fondos necesarios para pagar sus colaboraciones. George Plimpton, el director, tuvo una idea feliz: «Conversemos con ellos y publiquemos lo que nos digan».
Ahora acaba de aparecer una nueva serie de las entrevistas de The Paris Review con edición y prólogo de Ignacio Echevarría (El Aleph). Como decía Robert Musil, la entrevista «es la forma artística de nuestra época; la belleza capitalista de este género reside en que el entrevistado hace todo el trabajo espiritual y no recibe nada por él, mientras que el entrevistador no hace en realidad nada pero percibe sus honorarios por ello». No es exactamente así ni es absolutamente justo calibrar este quehacer periodístico tan superficialmente, pero es indudable que ha habido opiniones para todo. Fellini le decía a Liliana Betti: «¿qué sentido tiene todo este ritual increíble de preguntas y respuestas? La concesión de una entrevista a cualquiera, sobre cualquier cosa, en cualquier ocasión, se está convirtiendo en la forma más pervertida de un sistema informativo que ha asumido proporciones delirantes». Y contestando a L`Arc en 1971 añadía el director italiano defendiéndose de quienes siempre le preguntaban lo mismo: «Miren, la respuesta número 2005». Pero quizás el juego del viejo gato y los gatitos en el caso del autor de La Strada se encuentre reflejado de forma fascinante en la entrevista-persecución que hiciera Oriana Fallaci en su diálogo «Famous Italian Director» recogido en su libro Los antipáticos.
Otro de los viejos gatos universales que se ha sabido mover excepcionalmente entre quienes maullaban en torno suyo ha sido García Márquez. «A quien soy incapaz de negar nada- decía el colombiano – es a los periodistas. Yo ejercí periodismo durante muchos años. Siento enorme gratitud por el oficio». Y sin embargo siempre ha detestado las entrevistas, y cuando una muchacha se presentó con la idea para un libro titulado «250 preguntas a García Márquez«, el escritor se la llevó a tomar café «y le expliqué -decía- que si yo contestara 250 preguntas, el libro sería mío».
El ronroneo de los viejos gatos negros o blancos, escurridizos o cálidos, erizados, crispados, juguetones, deslizándose misteriosos por alfombras de diálogos no tendría fin. Habría que citar a Tolkien que protestó :»Mi trabajo necesita concentración y paz de ánimo». Habría que citar a Hemingway: «El hecho de que esté interrumpiendo un trabajo serio para responder a estas preguntas demuestra que soy tan estúpido que debería recibir un severo castigo. Lo recibiré. No se preocupe», le dijo a George Plimpton.
Habría que citar también a los gatos secretos, aquellos que ocultan o cierran los ojos ante los fotógrafos: Thomas Pynchon, J. D. Salinger. William Styron exageró de Salinger: «Nadie le ha visto nunca. Recientemente se decía que Salinger no existía; que, en realidad, era Mailer. Sí, ha sido Nelson Algren quien ha lanzado este bulo: nunca se les ve juntos. Nelson ha llegado a la conclusión de que Salinger era Mailer disfrazado, o al contrario».