IMPERTURBABLE ANTE LOS ATAQUES

 

 

“Para aquel que es centro de ataques como usted lo es — le decía  Ibsen a un amigo en una de sus cartas —,  para aquel que es atacado por mentiras, calumnias, etc, yo le doy un consejo que sé que es bueno, por experiencia propia. Eleve el alma. Esta es la única arma que se puede usar en este caso. Mire hacia adelante. No permita que piensen que sus ataques le han afectado. En una palabra, haga como si ignorase su existencia. ¿Cree que estos ataques son vivos, tienen fuerza de vida? Hace años, cuando yo leía un violento artículo contra mí, me decía: “Ya soy un hombre acabado, jamás me recuperaré.” Pero sí, me recuperaba. Nadie se acuerda ya de lo que entonces se escribió. Yo mismo, después de tanto tiempo, lo he olvidado. Por tanto no caiga usted en la vulgaridad de intentar defenderse. Siga su trabajo.  Comience una nueva serie de conferencias, tenga calma, mantenga una sangre fría irritante, y un desdén alegre.”

(Imagen —Felix de Boeck)

VISITANDO A ONETTI

 

 

 

Ahora cruzaba yo la Castellana para ir subiendo hasta la Avenida de América 31, y llegar al octavo piso, apartamento 3, donde vivía Juan Carlos Onetti. Cuantas veces me habían hablado del escritor uruguayo me habían advertido que él solía conversar, escribir y vivir sin moverse de la cama ya que se había refugiado en ella desde hacía años y allí había construido un mundo propio colocándolo todo al alcance de su mano: cuadernos, novelas policiacas, cigarros, mecheros, una campanita para llamar, papelera, pastillas y mil cosas más, y así lo pude comprobar al doblar el pasillo siguiendo a Dolly, su mujer, y llegar hasta la habitación donde un Onetti en pijama y tumbado en la cama, apoyado y casi aplastando completamente su cuerpo y su hombro derecho sobre la almohada, la mano izquierda sosteniendo un cigarrillo, enfundado en una camisa blanca, me miraba en cuanto entré en el cuarto con unos ojos saltones, enormemente agrandados, casi dilatados tras sus gruesas gafas de concha. Tenía yo aquella mañana de 1979 cuarenta y tres años y Onetti setenta y era la mañana, recuerdo, de mi cumpleaños. Y así comenzamos casi directamente, sin apenas muchos preámbulos, una larga conversación entre los dos, una conversación real e imaginaria a la vez, mezclando lecturas y vida. “Mi preocupación – me decía Onetti mirándome fijamente desde la cama – es hacer el futuro, para mí escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo. Si escribir significara para mí un trabajo, no haría ninguna línea, ningún día. Pero de pronto uno necesita escribir. Y yo no me siento escritor. Sí, en todo caso un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir. A veces me levanto por la noche y escribo. Sí – agregó -, es verdad que existe la “sequedad” del escritor. En Valle – Inclán, por ejemplo, en “La lámpara maravillosa”, se habla de esa sequedad del escritor. Pero de pronto, todo viene a mí como un torrente. Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver. Y sobre todo me interesa el lector desconocido. Pero yo sólo soy un pobrecito hombre llamado Onetti, que escribe”, repetía sin dejar de mirarme fijamente desde la cama, sosteniendo en la mano el cigarrillo. Así estuvimos hablando largamente, de modo especial de sus novelas y de la ciudad de Santa Maria, su lugar inventado. “El médico – abrí el libro suyo que llevaba y le leí una de sus páginas, un ejemplar muy subrayado – vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí , un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza.” Me hizo acercar el libro a la cama. “¿A ver, a ver?, se acercó su propia novela hasta las gafas, observó las notas que yo había colocado en los márgenes, sacó su pluma y escribió en la primera página mi nombre y añadió: “para este lector implacable”. Trazó una línea horizontal y exclamó: “Ahora, querido, vamos a tutearnos”. Y gritó animado cuando entró su mujer: “!Déjanos! ¡¡ La cosa se está poniendo brava!!”.

José Julio Perlado

(Imagen —Félix de Boeck)

 

HISTORIA DE LA JOVEN CIRCUNFERENCIA

 

 

‘Había una vez en el espacio una línea horizontal infinita —cuenta Felisberto Fernández  en susNarraciones incompletas”—. Por ella se paseaba una circunferencia de derecha a izquierda. Parecía como que cada punto de la circunferencia fuera coincidiendo con cada punto de la línea horizontal. La circunferencia caminaba tranquila, lentamente e indiferente. Pero no siempre caminaba. De pronto se paraba: pasaban unos instantes. Después giraba lentamente sobre uno de sus puntos. Tan pronto la veía de frente como de perfil. Pero todo esto no era brusco, sus movimientos eran reposados. Cuando quedaba de perfil se detenía otros instantes y yo no veía más que una perpendicular. Después comenzaba a ver dos líneas curvas convexas juntas en los extremos y cada vez las líneas eran más curvas, hasta que llegaban a la circunferencia de frente. Y así, en este ritmo, se pasaba la joven circunferencia.

 

 

Pero una vez la circunferencia violentó su ritmo. Se detuvo más  tiempo que de costumbre: quedó parada con el perfil hacia mí y el frente hacia la línea infinita. Parecía observar en el sentido opuesto de su camino. Pasó mucho tiempo sin ver nada a lo largo de la línea infinita. Pero la intuición de la circunferencia no erró: de pronto, con otro ritmo violento, de andar brusco, de lados grandes, se acercaba un vigoroso triángulo. La circunferencia giró sobre uno de sus puntos y los demás volvieron a coincidir con los de la horizontal en el mismo sentido de antes.

 

 

Pero el ritmo de la circunferencia fue distinto al de antes; no era indiferente ni tan lento. Poco a poco iba tomando la forma de una elipse y su ritmo era de una gracia ondulada. Tan pronto era suavemente más alta como suavemente más baja. El vigoroso triángulo se precipitaba regularmente violento. Pero su velocidad no prometía alcanzar a la elipse. Sin embargo, la elipse  se detuvo un poco hasta que el precipitado triángulo estuvo cerca. Esa misma corta distancia los separó mucho tiempo y nada había cambiado hasta que el triángulo consideró muy bruscos sus pasos: prefirió la compensación de que fueran más numerosos y más cortos y se volvió un moderado pentágono.”

 

 

(Imágenes-1- Félix de Boeck/ 2- Macaparana/ 3- Louise Bourgeois/ 4- Alex Olson – 2013)

PRESENCIA DEL VERDE

 

 

En estos días de verano el ojo descansa sobre la perspectiva de los verdes horizontales, duerme en la naturaleza de los valles; en estos días de verano el ojo también se alarga a orillas del mar hasta tocar la línea verde y azul del agua. El ojo y el verde han provocado estudios de gran interés, como el firmado por el especialista en colores, el francés Michel Pastoureau que en su ensayo “Verde” ” Historia de un color” (du Seuil)  recuerda que ” en los jardines públicos todo es verde, no solamente los árboles y los arbustos, las plantaciones, sino también las sillas y el mobiliario, las verjas y los kioscos, las pancartas, los basureros e incluso el uniforme de los guardas. Verde tierno o crudo para lo vegetal, verde gris para los objetos: la gama de los verdes aparece extremadamente larga. El santo de los santos es el “teatro de verduras”, lugar protegido donde el público puede venir a sentarse en un océano de plantas de todas las esencias y de todas las mezclas, y allí asistir a espectáculos. Cualquiera que sea el lado hacia el cual se gire la mirada, cualquiera que sea el objeto sobre el cual la mirada se pose, el color verde está presente.

 

 

Hacia 1900, en el corazón de las ciudades, este verde vegetal e higiénico se une con el verde de los médicos, nacido hacia el fin de la Edad Media y que ha atravesado discretamente toda la época moderna. La medicina y la farmacia tienen desde hace largo tiempo como color emblemático el verde, probablemente porque durante siglos la mayor parte de los remedios estaban hechos a base de plantas. En muchas universidades de Europa, es el color de la toga que distingue a los médicos de los farmacéuticos en los rituales académicos y, en el campo de batalla, encontramos las insignias que llevan los diferentes cuerpos de la armada. Las cruces que en las ciudades señalan las farmacias también aparecen en verde y han contribuido a unir este color con las profesiones de la salud.

Verde igualmente suelen ser los vestidos de los cirujanos  e incluso el verde existe en los pasillos y en las habitaciones de los pacientes. Hay indudablemente excepciones ( en Italia, por ejemplo, las cruces de las farmacias son rojas) y recientemente la paleta de colores de los hospitales se diversifica (el azul y el blanco toman gran distancia), pero el verde es aún – y por largo tiempo – un color médico, sanitario, tranquilizador”.

El verde recorre la Historia  y Pastoreau lo encuentra en la Biblia, en el Islam, en las primaveras de las épocas, en la juventud y en la esperanza, en el estandarte de muchos héroes, en los colores de los pintores y en los poetas, en la moda y en todos esos valles y montes donde nuestra vista descansa y el ojo se alarga al final de la tarde sobre esa línea azul del mar que el verde confunde.

 

 

(Imágenes- 1-Eduard Boos- 1904/2.-Dora Carrington/ 3.- Felix de Boeck)

SOBRE LA MELANCOLÍA (1)

 

figuras-ttvvb-Barnett Newman- mil novecientos cuarenta y nueve

 

“Es necesario explicar que hay esquizofrénicos que han sido muy buenos vividores en la escuela – me decía el psiquiatra alemán Hubertus Tellenbach en 1975 -, y un día comienzan una evolución en la cual ellos no encuentran “el gusto” de trabajar. Quieren ser como los “hippies”. Únicamente gozan de la vida de una manera apasionada, pero no desean el rendimiento. Pero ante nuestra sociedad, que es una sociedad de rendimiento, mi proposición es la siguiente: dejarles hacer lo que deseen. Por ejemplo, un estudiante de Medicina que ha triunfado en los exámenes, se ha transformado en un esquizofrénico, entonces no desea en absoluto continuar sus estudios de Medicina y lo que desea es transformarse en un mero trabajador de la agricultura. Mi propuesta es dejarle hacer lo que él quiera, no intentar conducirle hacia el rendimiento.

 

figuras-unree-Sohan Qadri- dos mil siete

 

En cuanto a la estructura de la personalidad melancólica es una estructura en torno al rendimiento. Ellos se encuentran en las fábricas, en los despachos y trabajan tan bien e incluso mejor que la normalidad. Pero cuando el hombre se encuentra enfermo, un trabajador, por ejemplo, está bien asegurado por la Seguridad Social y abre sus ojos y piensa que puede ganar dinero sin trabajar: este hombre se encuentra bajo la depresión de no poder trabajar. Es en nuestra civilización, en la cual se trabaja como máquinas – entre computadoras y datos -, donde se descubre las condiciones más aptas para que existan tipos melancólicos. Si se encuentran en el trabajo, pero no rinden suficientemente, se hallan en una situación preparada para la melancolía. Por ejemplo, en un empleado que ha llegado a tener más responsabilidad, es decir, que puede ser de categoría superior, su responsabilidad aumenta, y entonces no puede aceptar un fracaso, o sea, la culpa. En ese momento de su ascenso, él puede transformarse en un melancólico. Sin esa situación creada, él no llegaría a ser un melancólico. Por tanto, si la industtrialización sigue elevándose, cada vez habrá más melancólicos”.

 

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(Imágenes- 1-Barnett Newman- 1949/ 2.-Sohan Qadri- 2007/ 3.-Felix de Boeck)