EN CONVERSACIÓN CON LOS DIFUNTOS

 

 

“Hay muchos queridos difuntos amontonados en los estantes de casa – decía Rafael Chirbes -, con ellos hablo; a ellos escucho. Desde Aub y Galdós, a Tolstoi, Montaigne, Yourcenar, Lucrecio y Virgilio, Faulkner, Döblin, Proust, Balzac, Eca de Queirós, y tantos y tantos. Salgo poco de casa, así que los releo al azar o movido por alguna intuición que me dice que ése y no otro es el difunto al que debo oír en determinado momento. En general no me equivoco. También sueño con difuntos a los que conocí cuando estaban vivos, y hasta toqué, y ahora ya no están en ningún sitio, y saber que no están y no puedo hablarles ni escuchar su voz me angustia cuando me meto en la cama. Algunas noches se apoderan de la habitación, su ausencia me roba el aire y tengo que encender la luz para no ahogarme”.

 

 

“Se cita a Quevedo y citaré a Gracián: de joven se dialoga con los muertos, con los que nos han precedido  – dice a su vez  Eduardo Mendoza enMil bosques en una bellota” -; en la madurez, con los vivos; en la vejez, con uno mismo. Creo estar en la tercera etapa. Pero he dialogado con muchos muertos. Como empecé a escribir muy joven, tuve como modelo los autores juveniles ( Verne, Rider Haggard, Conan Doyle) y nunca he renunciado a su legado. Baroja me abrió la puerta a mi propio estilo. Siempre he tenido a la vista los grandes clásicos del XlX y del XVlll. Pero creo que los grandes clásicos son como las grandes montañas. De lejos oxigenan y engrandecen; escalarlas es peligroso”.

 

 

“En un momento me di cuenta – decía Ricardo Piglia – de que en el “Ulises” de Joyce y en “En busca del tiempo perdido” de Proust la palabra metempsicosis aparecía ligada al acto de leer. Las almas muertas descansan en la página. Mis reencarnaciones favoritas han sido Hemingway y Roberto Arlt; los leí cuando era muy joven y traté -inútilmente – de escribir como ellos. A esa edad uno está muy atento a las mutaciones póstumas y a la voz escrita de los antepasados. La tradición literaria como un espiritismo de la letra”.

 

 

(Imágenes -1- Faulkner/ 2- Tolstoi – Wikipedia/ 3- manuscritos de Proust – arcadia ego universite urbana champion de Illinois / 4- Hemingway – foto de Ken Heyman  – stateooftheart- pophotocom)

LA VOZ DEL ESCRITOR

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“Se reconoce a un escritor por su voz – recuerda Pierre Assouline en su “Diccionario de escritores” -. No hay más que leerlo para identificarlo. Un libro que transmita la voz, o lo que otros llamarán estilo, tono o pequeña música, más que entregarnos a un escritor nos entregará a un autor. Una página, un parágrafo, incluso a veces una sola frase es suficiente para colocar un nombre sobre un texto, y desde ese momento prestar oído al sonido que emite. Si es un desconocido que firma su primera novela, la voz es suficiente para definir a un nuevo autor. O no. La voz permite saber a qué se dedica y en qué trinos trabaja. Se trate de Modiano o de Proust, la voz que surge del libro no se equivoca. Con los extranjeros, es algo más delicado puesto que la voz puede variar según el traductor, que superpone la suya propia sobre la del novelista que interpreta. Pero de los escritores que uno tiene el privilegio de amar, se retiene en el fondo la voz de la persona más aún que aquella de sus escritos”.

Voz de Faulkner, voz de Conrad, voz de Proust.

Tardó años en encontrar la voz para uno de sus libros Yourcenar, años para encontrar la voz para otro de sus libros García Márquez.

A veces hay que esperar – trabajar – pacientemente hasta encontrar la voz.

(Imagen.-Cy Twombly- 1983)

REY DEL RING

“Los pesos pesados – escribe Norman Mailer enRey del ring” (Lumen) – jamás tienen tan simple equilibro. Tan pronto llegan a campeones, comienzan a tener vida interior a lo Hemingway y a lo Dostoievski, a lo Tolstoi, Faulkner, Joyce, Melville, Conrad, Lawrence o Proust. El más claro ejemplo es Hemingway. Por querer ser el más grande escritor de la historia de la literatura, sin dejar de ser una inmensa figura de todas las artes corporales que su siglo y su edad le permitieran, se quedó solo, y siempre tuvo conciencia de ello”. En Mi Siglo ya hablé de esa gran pieza periodística que Mailer escribió – junto a “Los ejércitos de la noche” -: el movimiento de las palabras en combate con la página, la flexión de las piernas sorteando a la imaginacion, sus puños dirigidos al mentón de los vocablos. Y siempre la observación, la constante obervación de los sentidos que todo reportaje ha de tener y que fue muy valorada en el Nuevo Periodismo. En “Un fuego en la luna” – su seguimiento de la aventura del Apolo Xl en 1969 – Mailer se retrataba en tercera persona: “Él prefería adivinar un suceso – decía – a través de sus sentidos; dado que era tan corto de vista como vanidoso, tendía a olfatear el núcleo de una situación desde cierta distancia. Así su pensamiento permanecía a menudo fuera de contacto en las elaboraciones de su cerebro, durante muchos días en la misma época. Llegado el momento, loado sea el cielo, él parecía haber comprendido el suceso. Ésa era una de las ventajas de usar la nariz, la tecnología todavía no había logrado elaborar una ciencia del olfato”.

EnRey del ringMuhammad Ali baila sobre la lona y Mailer le sigue con su olfato de palabras: “El sparring – escribe– bombardeaba el estómago de Ali y Ali imprimía lánguido movimiento ondulatorio a su cuerpo, torciendo de vez en cuando el cuello hacia atrás cuando el sparring dirigía un golpe alto a la cara, rebotando de las cuerdas a los puños, de los puños a las cuerdas, como si su torso se hubiera convertido en un formidable guante de boxeo que absorbiera el castigo, con lo que Ali penetró en un más profundo concepto del dolor, como si el dolor dejara de ser dolor cuando se acepta con el corazón en paz”.

Muhammad Ali es interesante – le confesaba Mailer a Lawrence Grobel en “Una especie en peligro de extinción” (Belacqua) y también le confiaba la violencia que el autor deLos ejércitos de la noche llevaba dentro. Esa violencia alternaba la contundencia con la suavidad de la prosa y así podía escribir queAli descansaba en las cuerdas y absorbía puñetazos en la barriga, con leve expresión de desdén, como si los golpes, curiosos golpes, no profundizaran demasiado en su cuerpo, y después de uno o dos minutos, habiendo ofrecido su cuerpo como si fuera el cuero de un tambor en el que un loco batiera un solo, salía violentamente de aquel estado de comunión consigo mismo, y lanzaba una cascada de puñetazos como destellos de luz en el agua”. El periodismo seguía golpeando una y otra vez al vientre y a la realidad de la vida ” y entonces – continuaba Mailer – fue como si el espíritu de Harlem por fin hablara y viniera en su ayuda, y se aparecieran los fantasmas de los muertos en el Vietnam, y algo le mantuvo en pie ante el triunfal Frazier, el Frazier con los brazos agarrotados por la fatiga, casi fuera de sí, que acababa de propinarle el más potente puñetazo que había lanzado en su vida. Y así discurrieron los últimos segundos de una gran pelea, con Ali todavía en pie, y Frazier vencedor”.

Cuando se reeditan ahora célebres fotografías de Muhammad Ali boxeando, releer también memorables reportajes sobre el tema nos conducen a las singulares peleas del periodismo.

(Imágenes:-1.-fotografía del libro sobre Muhammad Ali publicado por Taschen/2.-comic de Superman contra Muhammad Ali.-foto Andrew Henderson.-The New York Times/ 3.-foto del libro publicado por Taschen/4.-Muhammad Ali noqueado en 1966.-elmundo.es)

JIRONES DE ESCRITURA

Cuenta Claudio Magris en “Alfabetos” (Anagrama) que su formación de lecturas no sólo comenzó en Salgari y Kipling, pasó luego por Lucrecio, Leopardi, Dante y Kant, se extendió después a Tolstoi, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Melville, Kafka, Canetti, Svevo, Dickens, Goldoni, Cervantes, Sterne, Gadda y  tantos otros, sino también bebió en “fragmentos, inscripciones fúnebres o pintadas de taberna, jirones de escritura que, como decía Kafka, me han golpeado de un puñetazo”. Y Magris añade: “otro gran hallazgo ha sido la autobiografía de Alce Negro, el indio sioux. Es una autobiografía escrita por alguien que vive realmente arraigado en la totalidad de la vida, que mira la vida desde lo alto de una colina, que piensa – y dice – que vivir es amar todas las cosas verdaderas. Pero en este libro el narrador habla también de un personaje, Caballo Loco, el famoso indio asesinado por los soldados americanos después de haberse rendido, que se pasea durante la noche en el campamento indio y se comprende que es un hombre inquieto, un hombre fuera de su sitio, ajeno al sentido armonioso de la vida de Alce Negro. No sé si Alce Negro, aunque lo retrata admirablemente, era capaz de entender a Caballo Loco o si Caballo Loco podía comprender fácilmente a Alce Negro. Creo que quizá fuera más probable que Caballo Loco, el Hamlet caído por error entre los pieles rojas, como Saúl en el Antiguo Testamento, podía comprender a Alce Negro, su hermano de tribu y su auto-creador más que al revés. Pero no lo sé con certeza”.

Lo que sí se sabe con certeza es el caudal tan enriquecedor y diverso de lecturas que recoge la formación de Magris. Jirones de páginas y jirones de escrituras múltiples -algunas trazadas sobre paredes y otras divisando colinas y campos -, ambición y obsesión de lecturas que recuerdan aquella célebre expresión del Quijote en su Primera Parte: “Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles a un sedero: y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desde mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía…”

Y así Magris se detuvo a leer a a Alce Negro y a seguir la historia de Caballo Loco.

(Imágenes:-1.-sobre Jane Austen.-foto Eamon McCabe/ 2.-Caballo Loco.-elabrevadero.com)

CESARE PAVESE

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Cesare Pavese , nacido el 9 de septiembre de 1908 en Santo Stefano Belbo, y releo aquella entrevista  que el escritor italiano  quiso conceder a  la RAI en junio de 1950, dos meses antes de morir en Turín.

“Traducir – dijo entonces Pavese -, hablo por experiencia, enseña cómo no se debe escribir; me hace sentir a cada paso de qué modo una diversa sensibilidad y cultura ha sido expresada en un determinado estilo, y me esfuerzo por hacer que este estilo esté curado de toda tentación que pudiese quedar alimentada por algo mío. Al concluir un intenso periodo de traducciones – Anderson, Joyce, Dos Passos, Faulkner, Gertrude Steinyo sabía exactamente cuáles eran los modulos y las maneras literarias que no me eran consentidas, es decir, que me resultaban extrañas, que me dejaban frío”.

“En una época como la nuestra en la cual quien sabe escribir parece que no tenga nada que decir y quien comienza a tener algo que decir aún no sabe escribir, la única posición digna de quien al menos se siente vivo y hombre entre los hombres me parece ésta: enseñar a las masas futuras, que tengan necesidad, una lección de cómo la caótica y cotidiana realidad nuestra únicamente puede ser transformada por el pensamiento y la fantasía”.

Pavese no se preocupa de “crear personajes” – continuó diciendo el propio escritor hablando de sí mismo -. Los personajes simplemente le sirven para construir fábulas intelectuales. He aquí por qué Pavese, con razón, retiene los “Diálogos con Leucó “ como su libro más significativo, y después de él vienen las poesías de “Trabajar cansa“. A Pavese le gusta mucho Shakespeare, pero no por la razón romántica de que él logre crear personajes inolvidables, sino por una más verdadera: su absurdo y maravilloso lenguaje trágico ( y también cómico), las terribles frases del quinto acto en el cual, por diversos que sean los caracteres de los personajes, todos dicen siempre la misma cosa. Le gusta, como narrador, Giovanni Battista Vico – narrador de una aventura intelectual. En fin, le gusta también “Moby Dick”, que ha traducido, no sabe bien si con mucha competencia, pero sí con mucho entusiasmo, hace ya una veintena de años, y aún ahora le sirve de estímulo para concebir sus relatos no como descripciones sino como juicios fantásticos de la realidad”.

“¿Qué querría decir a nuestra crítica? Se sabe que sin Kipling no se explica Hemingway, sin el expresionismo alemán y ruso no se explican ni O`Neill ni Faulkner, sin Maupassant no se explica a Fitzgerald“.

Traductor, poeta, narrador, las contrariedades con quien fuera el último amor de su vida, la joven actriz norteamericana Constance Dowling, le condujeron al final aquel  27 de agosto de 1950 en Turín.

(Imágenes: Cesare Pavese.-edebiyat kisvesonde asiri sanat/ Constance  Dowling.–internetculturale.it/ Pavese y Constance Dowling en Cervinia.-internetculturale.it)

“ADRIANO” DE YOURCENAR

“Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. Esta frase de Flaubert que Marguerite Yourcenar leyó en 1927 fue uno de los desencadenantes de las “Memorias de Adriano“. “Gran parte de mi vida – dijo la novelista – transcurriría tratando de definir, y luego de pintar, a ese hombre solo y, por lo demás, unido a todo”. Labor constante, transpiración perpetua. Cuando se imparten cursos de creación siempre se divide en dos la gran esfera: por un lado, antes de nada, la inspiración; por otro lado, después de todo, la realización, es decir, la disciplina, el quehacer, la tenacidad en encontrar soluciones a los inevitables  problemas; en resumen, la transpiración:  dedicación y  concentración.  99 % de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo, decía Faulkner. Muchos hallan de improviso la inspiración y muchos también abandonan o empobrecen la realización porque la disciplina les parece ardua y les supera.

La exposición “Adriano, imperio y conflicto“, abierta en el British Museum de Londres hasta el 26 de octubre, nos lleva otra vez a esta enigmática figura a la que Yourcenar hizo hablar, creando unas Memorias inventadas, y alcanzando con ellas una cumbre en la novela histórica. Seguir el rastro de la transpiración de la escritora es algo apasionante por los vericuetos que nos presenta, por los atajos que recorre, por los logros que consigue. “Este libro tiene una larga historia – dirá ella en 1951, en una de sus Cartas -. Lo empecé hará más de veinte años, en una época de la vida en que aún se padecen ciertas suficiencias, ciertas imprudencias… Lo volví a coger en 1936, dándole su forma actual, las memorias de un hombre que hace un repaso de su vida desde la perspectiva de su próxima muerte. Pero no escribí más de quince páginas. Aún no estaba lo bastante madura, en aquella época, para llevar a cabo este proyecto tan amplio”.

En febrero de 1949 reemprende la redacción de “Adriano” donde la interrumpió en 1937. Tiene que tomar el tren para Chicago, luego para Santa Fe, en Nuevo México, y durante un viaje de dos días escribe sin parar. “Me llevaba las hojas en blanco conmigo para empezar de nuevo ese libro, como un nadador que se tira al agua sin saber siquiera si alcanzará la orilla. Hasta muy tarde en la noche, trabajaba en él entre Nueva York y Chicago, encerrada en mi coche-cama. Y todo el día siguiente, en el restaurante de una estación de Chicago, donde esperaba a un tren bloqueado por una tempestad de nieve. Luego, de nuevo hasta el alba, sola en el coche de observación del expreso de Santa Fe, rodeada por las grupas negras de las montañas del Colorado y por el eterno dibujo de los astros. Los pasajes sobre la comida, el amor, el sueño y el conocimiento del hombre fueron escritos así de una sola tirada. No recuerdo haber vivido día más ardiente ni noches más lúcidas”. Esta es la transpiración de Yourcenar como transpiración era el escribir de pie de Hemingway, creando sobre la superficie de un atril a causa de sus problemas de espalda o transpiración era la de Thomas Mann, viajando también en tren a Chicago y escribiendo allí, en el mismo vagón,  el capítulo catorce de Doktor Faustus.

Toda profesión humana lleva consigo un esfuerzo y él arrastra consigo un natural cansancio. La creación es un quehacer más. En el caso de las Memorias de Adriano (Pocket Edhasa), los Cuadernos de Notas de la autora reflejan parte de esa constancia y de esa paciente elaboración. “Solía escribir en griego durante una o dos horas – confiesa – antes de ponerme a trabajar, para acercarme más a Adriano“. O también:  “Había tomado la costumbre, cada noche, de escribir de manera casi automática el resultado de esas largas visiones provocadas donde yo me instalaba en  la intimidad de otros tiempos”. Y en otras ocasiones al no trabajar: “Hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe”. Al fin su personal hallazgo, el tono esencial:    “Retrato de una voz. Si decidí escribir estas Memorias de Adriano en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo”.

Tal fue la transpiración de Marguerite Yourcenar – como la de tantos otros seres humanos. Fue la transpiración, el tesón, la elaboración constante de esta autora, aquella que firmó una gran definición: “Una de las mejores maneras de reconstituir el pensamiento de un hombre es reconstituir su biblioteca”.

(Imágenes: Adriano.-Museo Bitánico/ Marguerite Yourcenar)

EL NEGRO BLANCO


Ayer, como hacía una noche espléndida, tuvimos una grata tertulia en la terraza de Mi Siglo, al aire libre, contemplando a lo lejos todo Madrid. Como estaban de paso varios escritores norteamericanos el asunto no podía ser otro que Obama, pero enseguida pasamos a uno menos circunstancial y de más variadas opiniones, como era el tema negro.

– Tu “Hombre invisible” – le dijo William Goyen a Ralph Ellison en determinado momento recordando su gran novela – es la historia de un hombre en busca de su identidad. Pero ¿quién es? ¿Qué puede hacer en el mundo que le rodea? Tu héroe encarna la juventud, más especialmente la juventud de hoy, su deseo de descubrir una individualidad, su impulso personal. Quiere una nueva sociedad, un nuevo yo, un nuevo mundo. Quiere CAMBIAR las cosas. Quiere tener derecho a la palabra, la suya, en la organización de la sociedad. “El Hombre invisible” simboliza el deseo de aventura espiritual de los jóvenes. Busca el sentido de la vida; afirma con aplomo el derecho a descubrirse. Llama, despierta y anima el pensamiento moral y la acción sincera.

Norman Mailer, que estaba en un rincón paladeando su wisky, quiso también hablar del tema que trataba la novela:

– El negro es ciertamente en Norteamérica – le dijo a Ellison – el menos invisible de los hombres. El hecho de que el blanco sea incapaz de reconocer la personalidad de cada negro no es tan rico en significado como tú nos pareces querer indicar. La mayoría de los blancos son, desde hace mucho tiempo, invisibles unos para otros… Quizás una solución sería que te aventuraras por el mundo blanco que conoces muy bien y que materialices la invisibilidad, todavía más terrible, de los blancos…

Ellison se quiso defender. Más que defender – porque tampoco nadie le atacaba – prefirió argumentar sus opiniones:
– Mi novela –explicó – es una ocasión para acumular mis esfuerzos en orden a responder a las siguientes preguntas: ¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo?¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hacer de la vida que me rodea? ¿Qué celebrar? ¿Qué rechazar? ¿Cómo confrontar las estridencias entre el bien y el mal? ¿Qué significa la sociedad norteamericana cuando la contemplo con mis propios ojos, cuando la animo con mi propio pasado y la observo con la complejidad de mi vida presente? En otros términos, ¿cómo expresar mi visión de la condición humana sin reducirla a un grado que la hace estéril, antes de efctuar la reducción necesaria y trágica, y aun cuando sea enriquecedora, quién dará vida a la visión novelística? No es imposible que el potencial novelístico de los escritores negros norteamericanos tenga un fallo en ese nivel concreto: la negativa del escritor a concebir una visión del mundo y una riqueza técnica a la medida de la complejidad de la situación determinada. Muchas veces los escritores temen abandonar los tranquilos santuarios de los problemas raciales para probar su suerte en el terreno del arte.
Yo escuchaba en silencio. Me acordaba de las páginas de Mailer, “El negro blanco” (Tusquets), leídas hace tiempo y me interesaba todo aquel debate. Les recordé a los que estábamos en aquella agradable tertulia aquellas frases de Faulkner de 1958: “El negro no es todavía capaz más que de ser un ciudadano de segunda clase. Su tragedia consiste en que todavía no está calificado para la igualdad más que en la medida en que tiene sangre blanca. No le bastará pensar y obrar como un blanco. Deberá pensar y obrar como el mejor de los blancos, porque si el blanco, a causa de su raza y de su color, puede poner en práctica la moral tan sólo el domingo, es decir, un día por semana, el negro no puede fallar ni apartarse del recto camino”.
Pensé que íbamos a hablar ya de Obama, pero entonces intervino Richard Wright:

-La visión del escritor negro no tiene necesidad de ser simplista o expresada en términos primarios: porque la vida del pueblo negro no es simple. La presentación debe ser simple, pero deben estar presentes toda la rareza, la magia y sorpresa ante la vida que arroja luz sobre la realidad. Repitiendo la expresión de un novelista ruso, hay que encontrar la simplicidad perfecta.

Y a su vez quiso decir James Baldwin:

– El negro ha sido siempre aquí un poco como un cadáver con el que no se sabe qué hacer, flotando en la superficie de nuestra vida nacional. De hecho, casi todo se define en Norteamérica en relación con el negro, casi todo, incluida el alma nortemaricana. Una relación simplemente humana, he ahí lo que tratamos de establecer, al menos entre algunas personas, y de proponérsela como ejemplo a los demás. Porque el color importa poco, y no debería constituir el azote que tantas veces interviene en nuestras vidas. Hay un medio de salir de la pesadilla si se acepta el mirarse a la cara y decirse la verdad.
Estaba empezando a refrescar, recogimos las sillas de la terraza, yo cerré los ventanales de Mi Siglo y en la noche estuvimos viendo perfectamente las luces de Madrid en la lejanía.
(Fotos: Ralph Ellison.-medalofreedom.com) (Richard Wright.-everseradio.com)(James Baldwin, foto Jenkis.-viewimages.com.)

INTERPRETACIÓN Y TRADUCCIÓN


¿Es cierto que la mejor traducción en nuestra prosa de A la busca del tiempo la hizo Pedro Salinas, como afirma Andrés Ibáñez? ¿Es cierto que gran traducción fue la de Cortázar a las Memorias de Adriano de Yourcenar, la de Alfonso Reyes a Chesterton, la de Borges a Las palmeras salvajes de Faulkner, la de Dámaso Alonso a Retrato del artista adolescente, la de Juan José del Solar a La metamorfosis de Kafka? De todo esto habla y se pregunta un gran traductor como es Miguel Sáenz, que ha vertido al español obras de Brecht, Grass o Thomas Bernhard en un interesantísimo artículo, El castellano bien temperado (“Quimera“, octubre 2007).

Miguel Sáenz – empleando el paralelismo de la traducción con la interpretación musical – confiesa que cuando se sitúa ante un texto ( que normalmente coloca sobre un atril) , se siente como un músico dispuesto a acometer la tarea de descifrar, asimilar y expresar lo que otro compuso. Esta similitud entre interpretación musical y traducción, tan querida a Sáenz, la apoya él, entre otras cosas, en un texto de la finlandesa Oili Suominen que dice: “Todos los traductores de Grass tienen la misma partitura delante, pero cada uno toca su propia interpretación y frasea a su modo, y cada instrumento tiene su propio sonido”.

Viene esto a cuento del amable y muy preciso comentario que he recibido a mi entrada “Traductor, pero no traidor” de hace pocos días. Defiende muy lógicamente quien lo envía, hablando del traductor, “el reconocimiento de un trabajo en la sombra, para que el lector recuerde quién le ha trasladado, o le ha aproximado al carácter de la obra inicial”. Sáenz, refiriéndose a ese valor y a ese reconocimiento, declara que “resulta evidente por qué el nombre del traductor debe figurar en la portada del libro: nadie quiere escuchar simplemente una Novena de Mahler sino una Novena dirigida, por ejemplo, por Abbado“.

“La inteligibilidad del texto, la experiencia y estilo del traductor, que puede permitirse ciertas licencias para justificar su trabajo” , como señala quien me manda el comentario, es algo obvio. El ejemplo de Georges Perec y sus vocales a la hora de traducir es bien palpable. Por otro lado, la musicalidad de los escritores austriacos – de Roth o de Bernhard, entre otros – exige, como dice Sáenz, un buen oído. Son los ritmos, melodías y armonías internos los que mueven tantas veces la lengua. Como en ese artículo se cita, el cantaor Enrique Morente dijo en una ocasión: “Un amigo me habló de un poema que cuenta cómo se sufre traduciendo un poema. Para mí, eso es la esencia del arte: una continua traducción y bastante angustiosa por cierto. Se trata de traducir sentimientos, de plasmar los sentimientos de la tradición, los caminos transitados antes por otros, en tu propio idioma”.

TRADUCTOR, PERO NO TRAIDOR

Me aportan un agudo comentario a mi entrada del 5 de febrero Librerías de “arte y ensayo” hablándome de la traduccción. Oficio complejo el de traductor. Su verdadero logro – se ha dicho – es el de mantenerse invisible ante los ojos de un receptor. El traductor es el eslabón invisible entre lenguas y culturas. A principios del XX ya alguien importante señaló las tres dificultades de toda traducción : los criterios de fidelidad al texto original, atender a la comprensibilidad del lector y utilizar aquellos recursos retóricos de la lengua que mantengan mejor el mensaje y sean más acordes con la mentalidad del receptor.

Pienso en excelentes traductores españoles, entre muchos otros, en Miguel Sáenz ( que se ha ocupado, por ejemplo, de las obras de Thomas Bernhard o de Kafka) o en Carlos Fortea. Al traducir siempre se pierde caudal, pero la labor del buen traductor consistirá en que se pierda lo menos posible. Por tanto se deberá ser fiel tanto a la lengua de origen como a la lengua de llegada, como el traductor habrá igualmente de ser fiel a la cultura de origen lo mismo que a la cultura de llegada. La profesora Jenny Brumme, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha señalado que “no se entiende al traductor como un mero transmisor entre dos lenguas, sino como un especialista multicultural que tiene que recrear, en una situación determinada, para una cultura de llegada, un texto impregnado de una cultura de origen”(Revista Especulo). El traductor, pues, tendrá que estudiar el original y su contexto, prestando especial atención al momento histórico en el que se produce, la sociedad en que aparece, la biografía del autor original y todos los factores socioeconómicos que lo rodean. No basta entonces con conocer con rigor la lengua y su funcionamiento, hace falta mucho más.

Quien aporta ese comentario añade que prefiere muchas veces leer las obras en la lengua original. Es normal. Faulkner lo pide. Proust lo pide. Pienso en los largos monólogos de Absalón, Absalón, en los movimientos proustianos del universo más sensible, allí donde la célebre magdalena se empapa en el famoso té o donde las sombras de las muchachas en flor pasean con sus sombrillas blancas en los parques de París.

La lenguas y las culturas se enlazan con el hilo de la buena traducción. Pero ese hilo debe ser invisible. Al traductor no se le ve. Lo admiramos porque no se le ve. Oculto en las profundidades de la lengua se ha hecho invisible para que con nuestros ojos veamos y leamos mejor.