VIEJO MADRID (87) : EL PARTERRE DEL RETIRO

 

Vista de EL PARTERRE, en los JARDINES DEL BUEN RETIRO de Madrid (España).

“Recuerdo un olor… simplemente el olor del arrayán cortado, lo recuerdo extendido por un gran espacio en el que la luz también se extendía con el furor de la mañana, ya cerca de las doce —evoca Rosa Chacel —. Entrar en el clima del arrayán era el final de algo y el principio de otro algo interminable. El ámbito del arrayán era — o es —el Parterre, atrio del Retiro, por la parte contraria a mi casa. La que me correspondía como entrada era la gran puerta del paseo de coches, principio de O’ Donnell. Esa entrada era como pasar corriendo: a la izquierda la Sociedad Colombófila y el laberinto, en el que se podía perder mucho tiempo. Luego se avanzaba según el móvil y sin móvil alguno: claro que predominando el de las exposiciones… Ansiedad por los grandes paseos que enfocan los dos Palacios y esos días, el trébol en flor, bien alto y junto al Palacio de Cristal el aroma del paraíso —olivo de Bohemia —breve árbol exquisito… Y otros rincones que se hacían íntimos por algún otro olor —tal vez celindas —o por el arrullo de las tórtolas. Avanzando se llegaba — antes de llegar se empezaba a oler el arrayán… Avanzábamos por el Parterre, lugar radiante, luminoso y oloroso con un olor duro, sugeridor de la tijera que disciplinó  los durísimos troncos casi tan duros como el boj, tan graves como el ciprés.

 

 

Bueno, ya estábamos en el Parterre, ya no había más que cruzar la calle y entrar en el Casón. Se impone la terrible evidencia: si hablo del Casón, tengo que pedir un crédito que no sé si mereceré, no sé si me será  posible dar una idea de algo realmente visto y que ya nadie verá porque ahí quedan las bellezas del Retiro, ninguna explosión las destruyó, pero lo que había en el Casón ya no existe, se lo llevaron a no sé qué aula escolar y allí quedó. (…) Ahora me pongo a revivir aquello sólo para clamar por su ausencia… para imaginar el aura de aquel tiempo vagando por la soledad de las mañanas radiantes que, sin duda, repetirán el juego de los rincones íntimos, con celindas y tórtolas, pero no derivarán a aquel templo en el que se vivía la libérrima —sagrada por absoluta —belleza del cuerpo que, por ser humano, destellaba el saber… digamos el secreto del hombre, la medida, que dibuja el parterre del conocimiento. Aroma —hálito — de hojas recortadas en regular armonía, hasta la estricta norma que hoy día explora la materia como la más exquisita y misteriosa flor”.

 

(Imágenes—1- parterre del Retiro / 2- el Casón / 3- el parterre)

FLOR DE AGUA

 

 

“Se abre a ras del agua más limpia del mundo: la de los lagos, que está hecha de esponja de nieve. Es pequeña, blanca-marfil, melisa, toronjil. Es una flor que bebe. Los pétalos se acucharan, recogen el agua, cuando están bien llenos se junta deprisa en capullo para que el agua no se derrame y se la beben. Después se abren perezosos y descansan.  Cuando están descansados, vuelven a beber. Cada noche hacen lo mismo. Cuando acaba la floración la planta encoge los tallos y deja a sus criadas, las flores, solas con el agua. Todo el provecho de tanto y tanto beber era para la planta. Para las flores nada. Sólo el gran trabajo, un poco de frescor dentro y un cementerio azul”.

Mercé Rodoreda – “Viajes y flores” (1980)

(Imagen- Jasmina Danowski -2008- sapiernam modern -New York – artnet)

MADRES E HIJAS


 

    ” Estoy escribiendo estas líneas en Nueva York la noche del 17 de noviembre de 1980 – confesaba Carmen Martín Gaite enAgua pasada” -,  y de repente he mirado a la ventana y he visto que ha empezado a nevar: los copos menudos giran sobre el fondo oscuro de la fachada de enfrente, en torno al resplandor de una farola que parece soplarlos ella misma, como si fueran palabras pequeñitas saliendo de una boca desconocida y dándole vueltas a la canción de siempre.

     Mi madre murió en diciembre de 1978, pocos días antes de que me concedieran el Premio Nacional de Literatura por mi última novela El cuarto de atrás, que a ella le encantaba y había leído dos veces. Y desde entonces he andado con los rumbos un poco perdidos, aunque parece que ya los voy recobrando. Y al decir esto, a ella se lo digo; tengo su retrato enfrente, pinchado en la pared de mi apartamento neoyorkino, que de repente, al alzar yo la cabeza de la máquina, se ha llenado de la fiesta de la nieve y de la sonrisa de mi madre mirándome escribir.

     No sé si se sonríe de lo raro que le parece encontrarse conmigo en esta ciudad tan lejana y en un cuarto tan distinto del cuarto de atrás y de que nos estemos mirando a la luz de la lámpara alquilada, mientras cae la primera nevada sobre la calle 119 West, o simplemente se sonríe de lo de siempre, del milagro de mi resurrección. No sabe lo que estoy escribiendo, pero le da igual.

     “¿Lo ves? ‑dice‑. ¿Lo ves?”

Lo que le confirma la madre desde la pared a esta escritora española se lo podría haber dicho igualmente durante la infancia o en la pubertad. Es la voz de la madre en esta noche neoyorkina un aliento tácito en el aire por encima de los años y de la nieve, por encima de las edades y de los desánimos, sobre los valles violáceos de las depresiones y sobre el triunfo de los éxitos. Esa voz perdura desde la mirada de la madre, no se sabe bien si es mirada o si es voz, pero sí es conocimiento, es fe en su hija, es sentido común, es fe en el quehacer, es sabiduría.

 

    

“Mi madre – seguía diciendo Martín Gaite -,  una de las personas más sabias que he conocido y desde luego la que más me quiso en este mundo y adivinó lo que me estaba pasando, aunque yo no se lo contara, sólo con oírme la voz o verme la cara cuando la iba a visitar, ya se enteraba de si me andaba rondando por la cabeza o no una historia nueva que tenía ganas de contar. Y cuando me veía callada o con poco apetito o le sacaba a relucir que tenía la tensión baja o fastidios domésticos, se sonreía sin mirarme, sabía que eran pretextos, cosas que no me importaban nada ni tenían que ver más que anecdóticamente con mi depresión. Nunca me aconsejaba que tomara vitaminas, que fuera al cine, que hiciera un viaje ni nada por el estilo. Se limitaba a decir, como al desgaire, como si no estuviera diciendo nada importante: “En cuanto te pongas a escribir otra cosa, se te pasará: ten paciencia.” Había puesto el dedo en la llaga, y yo la miraba como a un oráculo y le preguntaba con un dejo de desmayo en la voz, a veces casi con miedo: “Pero, mamá, ¿y si no se me vuelve a ocurrir nada?”

 

    

Ella alzaba entonces los ojos de la labor que estuviera haciendo y nunca podré olvidar el tono dulce, firme e inequívoco de su respuesta, acompañada a veces de una caricia ligera sobre mi pelo, el timbre de su voz cuando decía: “Eso mismo me dijiste la última vez.” “Te lo dije porque me lo creía”, protestaba yo.

     “Ya lo sé, mujer, ya sé que te lo creías, que siempre que terminas un libro te parece el último de tu vida y cuando lo empiezas, el primero. Por eso se te ocurrirá otro. Porque siempre estás empezando.”

     No volvíamos a hablar de aquello hasta que al cabo de los días o de los meses, cuando me veía de nuevo locuaz y animosa, interrumpía cualquier conversación que estuviéramos manteniendo para preguntarme inopinadamente, a veces incluso sin tenerme delante, simplemente por teléfono: “¿Lo ves, mujer? ¿Lo ves?” Y claro que lo veía, era como volver a ver, a través de sus ojos que lo veían todo. Y guardaba silencio, esperando la pregunta que venía luego indefectiblemente: “¿De qué trata tu nueva novela?” Yo me echaba a reír. “Pero si no sé todavía nada, sólo le ando dando vueltas, no sé siquiera si va a ser una novela o qué.”

     “Pues lo que sea, qué más da. Pero dale muchas vueltas, hija, y que te dure.”

J. J. Perlado – “El ojo y la palabra”, págs. 33- 35

 

 

(Imágenes.- 1. Edouard Boubat– 1961/ 2- Wiliam Mainwaring– 1899/  3-August Sander– 1926/ 

Nguyen Thanh Binh)

FLOR DE VIDA

 

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Matusalén la descubrió, la metió en una maceta, metió la maceta en una bolsa de color de nata, cosida al vestido, y se pasaba los ratos perdidos mirándola a la sombra del cedro y del ciprés, delante de un campo de lirios en delirio. Comía cocas de uva. ¿Y el gozo qué es? Pero un día espeso de nubes y encortinado de lluvia resbaló en el charco de barro, se le rompió la maceta y Matusalén se murió a los tres míl años y pico, de ver pasar el mundo y las golondrinas. La flor fue a buscar vida y a darla más lejos. Una generación pasa, una generación viene: la una de cara a la locura, la otra de cara al juicio. Los hombres iban con una maceta con la flor. Se encontraban en la Plaza de Todos y se preguntaban los unos a los otros : “¿ Y la tuya?”. ” Ha florecido siete veces”. “¿ Y la de tu padre ?”. “¿ Y la de tu hermano?”. La flor vivía resguardada, nutrida de hermosas palabras y de pura sabiduría. Cada día había más flores. Más hombres con mucha vida. No estaban nunca enfermos. Los años les caían encima, los años iban bajando y elllos los aguantaban con los hombros, con las manos si era nenester. Hasta que una mañana de sol rabioso, cuando las serpientes andan erguidas, se reunieron en un establo los médicos, los farmacéuticos, los notarios, las mujeres casadas, los hijos  deseosos de heredar… Quemaron las flores en medio de la plaza, rompieron las macetas y todo acabó haciendo cola en el cementerio porque no se daba abasto a cubrir de tierra a viejos con cara de lechuza y con los huesos carcomidos”.

Mercé Rodoreda – “Viajes y flores” (1980)

 

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(Imágenes- 1-James Hilliard/ 2.-Robert Mapplethorpe- 1983)

EL AGUA ENSIMISMADA

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“El agua ensimismada

¿piensa o sueña?

El árbol que se inclina buscando sus raíces,

el horizonte,

ese fuego intocado,

¿se piensan o se sueñan?

El mármol fue ave alguna vez;

el oro, llama;

el cristal, aire o lágrima.

¿Lloran su perdido aliento?

¿Acaso son memoria de sí mismos

y detenidos se contemplan ya para siempre?

Si tú te miras, ¿qué queda?”

María Zambrano. -“El agua ensimismada”

 

agua.-8987.-por Ray Charles White.-2005.-Marcia Rafelman Fiine Arts.-Toronto.-Canadá.-artnet

 

(Imágenes.- 1.-myprivatehermeneuticircle. gif/ 2.-Ray Charles White- 2005- marcia-rafelman fine arts- Toronto. Canadá- arnet)

 

LOS PRIMEROS JAZMINES

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“¡Ay jazmines, jazmines blancos!… Recuerdo la vez primera que se llenaron mis manos de estos jazmines, ¡de estos blancos jazmines! He amado después el rayo de sol, el cielo, la tierra verde; he oído el líquido cristal del río en la sombra de la medianoche;  a la vuelta de un camino solitario, la puesta de sol del otoño me ha salido al paso como una novia que alzara su velo para decir que sí a su amado… Pero mi memoria sigue perfumada de aquellos jazmines blancos que cogí en mis manos de niño.

¡Cuánto día alegre tuve en mi vida! ¡Cómo he reído con los más felices, las noches de fiesta! En las mañanas grises canté a la lluvia mis perezosos cantares. Y ha adornado mi cuello la guirnalda nocturna de baculas, tejida por la mano del amor… Pero mi corazón está aromado aún del recuerdo de aquellos primeros jazmines frescos que llenaron mis manos de niño. ¡Ay, jazmines, jazmines blancos!”.

Rabindranath Tagore.- La luna nueva” (traducción de Zenobia Camprubí)

 

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(Imágenes.-publispain. com/ 2.- Sánchez Picazo- regmurcia. com)