“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS ( y 48): LA GRAN VÍA Y FINAL

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Hoy concluyen estas Memorias que han ido apareciendo desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS  ( y 48)  :  La Gran Vía y final

 

 

 

Sí, así había sido. Así había ocurrido. La periodista no había venido nunca. La periodista no existía. Cuando, ya pasadas las seis y media o quizá las siete de la tarde, salí del Museo de Historia de Madrid  y comencé a caminar de nuevo por la acera izquierda de la calle de Fuencarral en dirección a la aún lejana Gran Vía aunque sin ningún propósito concreto sino tan solo deambular a aquellas horas en un verano recién inaugurado, las luces de los escaparates, sobre todo las luces de las esquinas de las calles de Beneficencia y de Farmacia, aparecían envueltas en un suave vaho, una neblina casi transparente que envolvía el paso apresurado de los transeúntes. Aquel tramo concreto de la calle de Fuencarral se encontraba a esa hora invadido de gentes que iban y venían apresuradas, cruzándose a su vez con muy escasos vehículos, para pronto aquel tramo hacerse peatonal, las aceras dieron paso a una amplia calzada salpicada de pequeños árboles aislados y el camino en fin se hizo más atractivo y cómodo. Por el centro de aquella amplia calzada y mezclado con una multitud heterogénea anduve varios minutos observado por las pintadas gigantes, a veces grotescas, que me miraban desde los ángulos de los muros, por numerosos comercios de fachadas multicolor reclamando la atención de los consumidores más jóvenes, por músicos solitarios apostados en las esquinas y en general rodeado de un ambiente amable y festivo como especialmente en los últimos años solía ofrecer aquella calle tan volcada a la modernidad en ciertas horas determinadas. Recuerdo sobre todo haberme detenido unos momentos con especial curiosidad en la esquina con la calle de Hernán Cortés para escuchar el ritmo acompasado de un joven trompetista que, de pie y apartado unos pasos de su pequeña orquesta de aficionados sentados en taburetes y entregados fervorosamente a sus instrumentos, lanzaba su sonido ante un corrillo de gente absorta y entusiasta y lo hacía con toda la fuerza de sus pulmones, girando una y otra vez el cuerpo con la trompeta elevada en el aire, impulsándolo todo con leves movimientos de brazos y piernas. Unos portales más adelante, en la esquina de Fuencarral con la calle Augusto Figueroa, me sorprendió también, como siempre me ocurría cuando pasaba por allí, la ermita Humilladero de la Virgen de la Soledad, una pequeña construcción en ladrillo con una gran puerta en forma de arco de medio punto que generalmente estaba casi siempre cerrada pero que aquella tarde permanecía abierta e iluminada. Me vinieron a la memoria mis lecturas de tiempos pasados sobre las calles de Madrid de Pedro de Répide y cómo hablaba él de aquella ermita fundada en 1712 por el marqués de Navahermosa, para añadir que parecía un santuario campesino en cuyo torno se hubiese alzado la ciudad. Tal afirmación era una completa verdad. Aquel arco de medio punto con barrotes de hierro había sido, al parecer, la puerta de las caballerizas del marqués de la Torrecilla y una vez más me quedé asombrado al contemplar en el atardecer la modesta construcción que había sobrevivido durante tantos siglos en medio del tráfago de la capital. Allí aparecían, en la pequeñísima capilla de forma rectangular presidida por un modesto altar con un retablo formado por dos columnas jónicas , el lienzo de la Virgen de la Soledad custodiado por un marco dorado y también un Cristo de madera policromada de tamaño natural ante el cual permanecían en ese momento, en pie y rezando, tres o cuatro personas, las únicas que podían caber en el estrecho recinto. La tradición decía que aquella Virgen siempre había estado alumbrada por un farolillo, pero ahora, entre las primeras luces de los comercios que provenían de la calle atrayendo una especial luminosidad y las cinco velas encendidas junto al altar, aquel recinto presentaba un aspecto insólito y sorprendente. Volví a pensar en el tema del tiempo, como tantas veces me ocurría, pero más que en el paso del tiempo, en la incrustación de un tiempo sobre otro, es decir, en la incrustación de aquella ermita del siglo XVlll dentro del siglo XXl y en su permanencia, por encima de tantos avatares, en el centro de Madrid. Me ocurría en cierto modo lo que me había pasado pocas horas antes, al principio de mi paseo de aquella tarde, al evocar los célebres pozos de la nieve a la altura de la glorieta de Bilbao y cuantas reflexiones me habían suscitado. Pero esta vez el tema era distinto, y en cierto modo más singular, ya que la ermita del Humilladero había quedado como trozo vivo de una época pasada, una especie de reliquia que nadie se había atrevido a suprimir desde hacía siglos. El tiempo, me fui diciendo conforme volvía a caminar por Fuencarral, me empujaba a la vez a avanzar por aquella calle con una ligera emoción que siempre me acompañaba, con un cierto afecto, puesto que aquella calle siempre me transmitía un eco especial, ya que unos portales más adelante, exactamente en el número 5, había nacido yo un mes de febrero de 1936 a las 6 de la tarde de un domingo, en medio de las explosiones de la guerra. Todo lo que me habían contado mis padres y mis abuelos, los periódicos y libros que yo había leído años después sobre aquellos momentos, las fotografías que había podido repasar en colecciones y bibliotecas, me llevaban, desde el balcón del número 5 de Fuencarral, hasta los sacos de arena amontonados para intentar proteger los edificios de los obuses y hasta los andenes nocturnos repletos de gente aterida de frío en los fondos del metro Gran Vía, aguardando bajo tierra, entre carteles de deshilachada propaganda y sacos de dormir, a que los ataques cesaran. Más o menos un año o casi un año y medio después de ese febrero, es decir, en abril o mayo de 1937, al otro lado de los cuatro tabiques de mi pequeña habitación infantil (así me lo contarían muchos años después), podía oírse perfectamente el eco de los proyectiles que disparaban sobre el gran edificio de la Telefónica de 81 metros de altura y 17 plantas – un rascacielos único para entonces – pegado al número 5 de Fuencarral, un edificio ocupado tan sólo hasta el piso octavo, abandonados y vacíos los pisos superiores por razones de seguridad y concentrados en el piso quinto varios corresponsales y escritores que allí tenían su oficina para transmitir la contienda, entre otros Barea, Dos Passos o Hemingway. Nunca pude imaginar que desde el inicio de mi vida la literatura la hubiera tenido tan cerca. A los dos primeros los leí años más tarde y al tercero lo conocí y charlé con él 22 años después, un 23 de mayo de 1959 en una armería de la calle de Serrano y aún recuerdo el poderío de su altura, sus ojos luminosos tras los lentes y su barba blanca. La Gran Vía, recordaba yo perfectamente y diría que casi palabra por palabra puesto que había leído en varias ocasiones los textos de Barea, la ancha calle en la que está la Telefónica, decía él, conducía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos, recalcaba Barea. Estábamos esperando oírlo de un momento a otro nosotros bajo nuestras ventanas, con sus tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Tal era el clima de aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía en donde yo viví los primeros meses. Pero junto a aquellas páginas de los escritores compuestas a posteriori, los relatos personales de mi familia me iban contando cómo mi abuelo, enfundado en una bata sobre el pijama, bajaba a la Gran Vía, al frío de la madrugada y con más de sesenta años, intentaba ponerse en la cola donde repartían botes de leche condensada, uno de ellos indudablemente para mí. Aquellos relatos narrados mucho tiempo después y suavizados como siempre ocurre por la distancia, nunca podrían reflejar la dureza de las noches y las madrugadas. En todo aquello seguía yo pensando mientras avanzaba por la calle de Fuencarral ya cerca de su final, mejor dicho de su principio, y recordaba igualmente, volviendo una vez más hacia aquellos escritores, antiguas lecturas mías, también de Dos Passos, sobre todo su “Manhattan Transfer”, publicado en 1925, es decir, doce años antes de llegar a Madrid y de instalarse en la Telefónica. Volvía a pensar en todo aquello conforme caminaba e iba dejando atrás el luminoso reflejo de los escaparates, y le daba vueltas a aquel juego que había hecho Dos Passos con sus escenas cambiantes y entremezcladas, anuncios, personajes, noticiarios, recortes y publicidad que conformaban el cuerpo de su novela, y así, dándole vueltas a las cosas, pensé, no sé por qué, que en cualquier lugar del mundo podría establecerse de algún modo una especie de mosaico o lo que es lo mismo, de reunión de materiales, para poder levantar también un “Manhattan Transfer” singular, aplicado por ejemplo a cualquier año, por ejemplo a 1936. Aquel año del 36 nacía Yves Saint- Laurent y morían Lorca, Unamuno, Valle-Inclán y Gorki, la empresa Corning Glass Works presentaba recipientes de vidrio que podían ponerse directamente al fuego, el profesor Henri, psicólogo y quirósofo abría su consulta diaria para que el paciente pudiera ver su destino, un terremoto convertía en ruinas la ciudad de San Vicente en El Salvador causando 250 muertos y 800 heridos, Eugenio O’ Neill recibía el Premio Nobel de Literatura, una cazadora costaba ese año 25 pesetas, una estufa de gas 45, una radio a plazos suponía pagar 5 pesetas al mes, se podía comprar “¡Protegeos!”a 60 céntimos, con consejos, normas y precauciones a adoptar frente a los bombardeos aéreos, “A mal tiempo -aconsejaba un anuncio -, Ron Negrita Bardinet” ; “Jabón de La Toja, inmejorable para tocador por su fino y exquisito perfume”decía otro anuncio; en Pirados, Chile, llegaba la lluvia después de 91 años de sequía, se estrenaba “Tiempos modernos” de Chaplin, “Lejía Conejo’ se anunciaba en Barcelona, Bilbao y Zaragoza ; la programación de la radio, a las 12,25, emitía “Cocktail del día” de Pedro Chicote; “Niños flacos, harina lacteada Nestlé” indicaba otra publicidad ; un par de medias costaban 11 pesetas, unas zapatillas 5 pesetas, una noche en un Hotel de lujo 10 pesetas ; la actriz Carol Lombard aparecía en la portada de “Lecturas”, en los trajes se introducían tejidos que imitaban la seda natural; en Alemania mandaba Hitler, en Estados Unidos Roosevelt, en España Azaña, en Italia Mussolini, en Francia Lebrun ; un paraguas costaba 8 pesetas, unos zapatos de señora 19 pesetas, unas gafas 5 pesetas; Miguel Hernández publicaba “El rayo que no cesa”, se inauguraba el puente más largo del mundo en la ciudad de San Francisco, abría en Alemania la fábrica de automóviles Volkswagen, Antonio Machado daba a luz su “Juan de Mairena”, Nehru se constituía heredero de Gandhi. Y así, con todos aquellos materiales y muchos más reunidos de todas partes podían perfectamente reconstruirse pieza por pieza los fondos del año 1936, su suelo y su mapa oculto de imprevistos, nacimientos, defunciones, espectáculos, costumbres y curiosidades, sólo faltaba que una mirada literaria, como la que había tenido Dos Passos en Nueva York, y más tarde ampliada en su trilogía USA, se extendiera sobre los países y en concreto descendiera sobre Madrid y fuera mostrando toda una situación de conflicto y pobreza. Pero en aquel 1936, en aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía, existían también otras coordenadas, y así lo iba pensando yo en aquel atardecer. Levantaba la mirada hacia el cielo azul de Madrid a la altura de la calle de San Onofre, entre el gentío de las tiendas abiertas, y evocaba otros cielos contiguos y desconocidos, dilatados y extendidos en galaxias, una sensación parecida a la que me solía ocurrir de vez en cuando ante el mundo de los peces y el universo submarino, aquella sensación singular de que todas las cosas emergían al unísono, la trama de la vida, sus arterias y ciclos vitales, las raíces, hojas y ramas de los bosques, la expansión de nubes y cielos, un panorama que volvía a mi memoria. Pero no tuve tiempo de distraerme mucho en tales reflexiones porque casi enseguida llegué ante el balcón del número 5 donde yo había nacido y, como siempre solía hacer al pasar por allí, me detuve unos momentos ante la fachada de la casa, ante aquel balcón del segundo piso, e imaginé la figura de mi madre entre nítida y vaga en aquel muy lejano domingo de febrero, pero sólo fueron unos segundos ya que pronto emprendí de nuevo mi camino, rocé los grandes muros del edificio de Telefónica, doblé despacio a la derecha y me encontré de improviso con la luminosidad y el rumor tumultuoso de la Gran Vía. Debían de ser entonces las ocho u ocho y media, o quizás las nueve de la noche, no puedo precisarlo bien, pero lo que sí tengo en la memoria fueron las múltiples iluminaciones casi deslumbrantes entre el fragor de los coches brillantes bajo las luces y las muchedumbres yendo y viniendo por las nuevas aceras, ahora más amplias, que hacía pocos meses habían quedado inauguradas. Aquella Gran Vía de Madrid yo la conocía muy bien porque la había recorrido durante años de arriba abajo, especialmente antes de casarme, en los años cincuenta, muchas veces en verano, de diez a once de la noche, cuando dejaba en su casa del paseo de Rosales a quien luego sería mi mujer y cruzaba todo Madrid para volver andando hasta casa de mi tía Amparo, en la calle de Goya, donde yo entonces vivía, o cuando muchas mañanas llegaba en metro a la histórica estación de Gran Vía, precisamente situada frente a la Telefónica, una estación con elevador de tres paradas y su templete de granito coronado con una marquesina en hierro y cristal que resaltaba por su originalidad. En aquellos años la Gran Vía era espectáculo abierto a muchos autobuses de dos pisos con sus largos y grandes anuncios horizontales trazados bajo sus ventanas animando a consumir MARTINI o MORILES, mientras la neblina suave de cada invierno matizaba al pasar las largas faldas femeninas y los sombreros masculinos caminando en dirección a Callao, el mismo trayecto que ahora, por la acera de la izquierda, estaba haciendo yo. Aquella Gran Vía de los años cincuenta mostraba grandes y casi históricos edificios, muchos de ellos dedicados a proyecciones cinematográficas, nombres casi míticos, como el Avenida o el Palacio de la Música, o joyerías también célebres como Aleixandre, esquina a Montera, y yo en aquellos momentos me sentía caminar como siempre entre evocaciones cruzadas, igual que tantas veces me había sucedido en la vida, y una vez más, lo mismo que ante un resplandor, veía, por decirlo así, un Madrid desaparecido, la mano invisible pasando por encima de las ciudades y transformándolas. Al llegar a la altura del antiguo Palacio de la Música, ahora convertido en un amplio comercio de modas y del que estaban entrando y saliendo en esos momentos numerosos compradores, quise dar unos pasos hacia atrás en la misma acera, apartarme como pude de la multitud y levantar la mirada para contemplar de abajo arriba aquella compleja fachada que yo conocía muy bien, que yo había contemplado muchas veces, aquellos huecos excavados por hornacinas con jarrones prolongándose en los extremos hasta llegar a lo que podría llamarse el ático de la coronación, ascendiendo más arriba por una galería de orden jónico que combinaba columnas y que aún se alzaba más, hasta una balaustrada erizada de pedestales. Toda aquella zona muy cercana a Callao, tanto en la acera de la derecha como en la de la izquierda, había sido un enclave de ocio y diversión en los años cincuenta. Al lado del Palacio de la Música aún recordaba yo con claridad el gran vestíbulo del antiguo cine Avenida, por el que tantas veces había cruzado para entrar a ver una película, aquellas películas largas, en perfecto color y con perfectos amores, aventuras y traiciones, y cómo me habían sorprendido siempre, ya que me parecía una decoración de lujo, aquellas dos escaleras simétricas que conducían al anfiteatro y el paso a la sala sorteando columnas de mármol bajo espejos grabados recubriendo el techo donde se reflejaban brillantes arañas de cristal. Era un mundo que con las pequeñas salas de los cines modernos y sobre todo con la invasión implacable de los comercios, había desaparecido. Aún quedaba a pocos metros, al otro lado de la plaza, y ahora podía verla bien al entrar en ella, la imponente fachada del cine Callao, una creación de Gutiérrez Soto, con decoración típica del arte-deco y profusión de dorados, y sobre todo con su gran torreón de esquina iluminando en parte como un faro el resto de la Gran Vía junto al edificio Capitol, una Gran Vía que iba poco a poco descendiendo hacia la plaza de España. Y no sé por qué, si fue por la muy larga caminata emprendida durante toda aquella tarde desde mi casa con sólo un respiro de algunos minutos en una silla del Museo de Historia de Madrid hacía ya varias horas, o por diversas otras razones, lo cierto es que allí, en el centro de la plaza del Callao, rodeado por la gente y contemplando la iluminada fachada del cine, me sentí de improviso algo cansado y pensé a la vez, no sólo en el final que tenían todos los recorridos sino también de algún modo en el final de los libros. A aquel libro que yo había ido escribiendo poco a poco durante muchos meses entre errores y aciertos, “Los cuadernos Miquelrius”, aún le faltaba, pensaba yo, toda una labor de bastantes semanas de recapitulación, corrección y pulido, una labor parecida, me imagino, a la del carpintero que, creyendo ya su mesa aparentemente concluida, toma sin embargo su cepillo manual y realiza aquí y allá pacientes tareas de alisado en sus piezas de madera, rebaja nudos y cantos, permite que el ojo humano y también la mano no encuentren al pasar apenas ninguna dificultad : en el fondo algo necesario y difícil. Pero hasta el momento en que llegara esa tarea final de artesano había que seguir avanzando y así lo hice caminando entre la gente por aquella plaza del Callao, hasta, por un movimiento de inercia, llegar a una estrecha calle situada frente a mí, entre Preciados y unos grandes Almacenes, la calle del Postigo de San Martín, donde estaba situada la librería “La Central” a la que acudía tantos lunes por la mañana. A pesar de la hora observé con satisfacción que la librería aún no estaba cerrada y me decidí a entrar en ella, en parte para curiosear una vez más la aparición de alguna novedad y en parte para descansar un rato en alguno de los dos sillones que allí existían. Realmente en aquellos momentos había muy escaso público en “La Central” y yo, atravesando el vestíbulo sembrado de ofertas y revistas, tomé el ascensor como solía hacer siempre y subí hasta el segundo piso ahora casi vacío, aquel dedicado a libros de ensayo que era el que siempre me atraía. Y allí, y tal y como si fuera un sonámbulo, caminando entre hileras de libros y estanterías en todos los idiomas, sin duda apremiado por el cansancio acumulado de toda la tarde, llegué hasta la pequeña habitación acristalada, casi oculta en un rincón pero que desde hacía tiempo era ya como mi segundo espacio de trabajo, y viendo que la habitación aparecía solitaria busqué pronto el reposo en uno de los dos sillones. Me quedé largo rato pensativo. Frente a mí, al lado del ventanal que daba a una pequeña terraza por donde se adivinaba el cielo azul, aparecía sin ocupar el otro viejo sillón que siempre me había acompañado, un viejo sillón que yo había querido utilizar para sentar en él muchas veces de modo absolutamente imaginario, a Ricardo Senabre, antiguo catedrático de Salamanca y exigente critico de “El Mundo”. Senabre había sido, junto con la periodista, el único personaje de ficción que yo había introducido en mi libro. Senabre de algún modo me había servido para aconsejarme y animarme gracias a frases suyas que yo había leído en muchas de sus obras y él también me había atraído de modo casi misterioso puesto que era verdad que por muy pocos años de diferencia los dos habríamos podido coincidir como alumnos en las aulas de la universidad de Zaragoza, aunque aquello no había sucedido y siempre lo lamenté. Ricardo Senabre había fallecido en Alicante en 2015, pocos años antes de que yo comenzara “Los cuadernos Miquelrius” y sin embargo, por sus escritos y conferencias, él había estado muy presente en mí. Nunca nos habíamos, pues, conocido aunque siempre le había considerado muy cercano gracias a tantas lecturas. Nunca sabría lo que opinaría de aquellos “Cuadernos” pero me quedé mirando pensativo el sillón y le seguí dando vueltas a mis recuerdos e ideas.

José Julio Perlado

– “Los cuadernos a Miquelrius” – Memorias

Capítulo final

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (25) : NUNCA SE CONOCE A UNA PERSONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (25)—Nunca se conoce a una persona

 

—Veo que le sigue impresionando el tiempo. Entonces, ¿le impresionaba todo aquel “cementerio de los elefantes”, como usted lo ha llamado?

 

– Mas que impresionarme me hacía pensar. Mire usted, como usted sabe, yo estoy ahora en trance de escribir un libro, mas bien avanzo muy poco a poco en unas páginas que yo quisiera titular “Los Cuadernos Miquelrius”, (y el título se lo he dado precisamente por esos cuadernos que usted ve aquí, sobre esta mesa, estos cuadernos alargados) : intento que ese libro reúna, no sé si lo conseguiré, una serie de reflexiones en las que quiero incluir, e incluso mezclar, recuerdos, entrevistas y fórmulas de Diario, quizá alternadas con cuentos ( no lo sé aún), y ese libro no aspira a ser otra cosa que una especie de evocación de la memoria, o tal vez unos extractos de Memorias, no sé, no quiero subtitularlas “casi Memorias” porque no lo son, serán memorias inconexas, poco lineales, tampoco muy completas.

En mi vida, como alguna vez usted misma me lo ha querido recordar, he tenido la suerte o el privilegio de conocer a personas relevantes, destacadas, al menos para mí, en el campo de las artes. A veces las he encontrado de repente, sin buscarlas, por ejemplo a Ezra Pound en Spoleto, una mañana soleada de 1965, aunque no pude hablar con él ; o a Hemingway en Madrid; otras veces, en cambio, las he buscado yo: he ido, por ejemplo, en Madrid a hablar con Baroja en 1955. De alguna forma u otra a estas personas, aún no sé cómo, las citaré en el libro.

-Es gente muy interesante. ¿Va a hablar de todos ellos?

-A algunos los citaré. A otros les he dedicado ensayos o artículos, por ejemplo a Hemingway cuando murió, en 1961.

– ¿ Entonces esos ” Cuadernos Miquelrius” de que me habla no van a ser un libro de ficción, una novela, algo parecido a lo que ha escrito usted en otras ocasiones…?

– No, no pienso que sea exactamente un libro de ficción, será un libro de Memorias,  pero sí tendrá algo de ficción porque ya sabe usted que la memoria recoge, modifica y amplía, y hace mil cosas casi sin querer, y luego ella se muestra como quiere; por ejemplo, creo que en ese libro la construcción, la técnica, los mismos cuentos si al final los incluyo, que aún no lo sé, pueden aportar ficción, en realidad lo aportarán. Usted misma estará retratada en ese libro

– ¿ Yo?

– Sí, usted viene por aquí muchas tardes, viene a verme, a preguntarme. Yo sé lo agradezco. Lo hace con interés. Es lógico que usted aparezca en el libro. Por cierto, hace unas semanas, hablando con un buen amigo mío, un gran crítico literario con el que suelo verme de vez en cuando en una librería de Madrid, me preguntó no sin cierta ironía si usted existía. ¿Existe esa periodista?, me dijo. El cree que usted es una invención mía. No, usted sabe bien que existe. No es una invención. Y yo creo que existe porque me basta con verla aquí, como tantas tardes, siempre tan interesada, tan puntual, sentada como está hoy con su pantalón rojo y su jersey blanco, con su grabadora preparada encima de la mesa y tomando notas a la vez en este despacho, tan atenta siempre a cuanto digo.

-Cumplo con mi obligación, con lo que hemos acordado…

– Y cumple usted muy bien, no lo dude. Se lo digo porque sus preguntas tienen siempre la lógica curiosidad que debe poseer todo periodista. Ya sabe usted que sólo hay dos tipos de personas a quienes hay que interesar en una entrevista. La primera es al entrevistado; si el personaje se siente interesado por lo que se le pregunta, hablará y contará muchas cosas. Y la segunda es al lector sencillo y corriente: si se ha conseguido interesar antes al personaje y se ha logrado extraerle cosas de interés, esas cosas interesarán siempre al lector corriente. De todos modos, aunque la entrevista es un género muy útil para intentar conocer a quien uno tiene delante, por mucho que me entreviste usted largamente nunca me llegará a conocer.

-Lo sé. ¿Se refiere usted con eso a su propia personalidad o se refiere a todo el mundo?

-No. Me refiero a todo el mundo. Nunca se llega a conocer profundamente a una persona.

-Pero usted quizá lo dice porque siempre habrá reservas…

–Sí, siempre habrá reservas, es lógico. Lo digo porque siempre existen las lógicas intimidades humanas que nunca se muestran. Y en absoluto lo estoy diciendo por usted ni tampoco por sus preguntas, que me parecen siempre oportunas y me ayudan a reflexionar; lo digo sencillamente porque a una persona nadie la llega nunca a conocer por completo, es decir, conocer de una manera total; nunca nadie llega al conocimiento del auténtico interior de una persona. Ni siquiera ella misma se acaba de conocer completamente. Ni tampoco a lo largo de su vida, aunque esta vida sea muy larga. Existen numerosas aproximaciones para llegar a su interior, eso es cierto ¿ Pero quién conoce de verdad a una persona con la que uno incluso puede hablar diariamente, por ejemplo, un esposo, una esposa, un hijo? Se dice que las madres conocen muy bien a sus hijos. Sí, quizá eso sea lo más aproximado, lo más cierto. Pero al ser humano en su profundo interior es muy difícil conocerlo. Ni siquiera, como le digo, en el matrimonio se conoce la auténtica verdad de la otra persona y eso aunque transcurran muchos años. A mí me ayuda siempre esa imagen tan plástica y normal, pero tan representativa, que solemos ver en las calles. Dos personas están hablando en una esquina y entre ellas, entre esos dos rostros, pasa un estrecho hilo de aire, un espacio, una pequeña corriente de aire que naturalmente separa a las dos figuras y a los dos rostros. Ese estrecho pasadizo de aire es lógico que exista, pero ese pasadizo del aire simboliza también algo: nos recuerda de algún modo la constante y lógica separación entre dos intimidades que están hablando. Una intimidad se protege siempre de la otra intimidad que le interroga y la que está enfrente hace lo mismo. Cada intimidad contará y desvelará solamente en esa conversación o en otra cualquiera aquello que ella quiera contar y de la forma en que lo quiera contar, o lo que en ese momento le interese contar y también ocultar; a veces incluso llegará a confesar cosas muy personales, pero nunca revelará todo por completo, es muy difícil que desvele toda su intimidad. Existe una frontera, existe una natural protección por uno mismo. Uno no desvela nunca todo. Además, hay cosas, como le decía antes, que incluso el propio yo no conoce.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (6)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Han comenzado a publicarse el 30 de marzo y van apareciendo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (6) : Mujica Láinez

 

 

26  abril

 

– ¿Y por qué habla usted tanto de lo invisible? – me pregunta hoy nada más entrar la periodista – ¿siempre le intrigó lo invisible?

– Sí, siempre me ha intrigado. Muchas cosas importantes que nos rodean son invisibles. Únicamente vemos o sentimos sus efectos. Un ejemplo entre mil, la electricidad, la corriente, no la vemos: vemos la luz. Y así hay muchas cosas invisibles en el mundo. Lo invisible y lo misterioso han convivido permanentemente en mí junto a lo real, al menos eso me suele ocurrir, y precisamente, en torno a eso tan invisible sobre lo que usted ahora me pregunta, recuerdo algo que me dejó impresionado y que viví hace años: una conversación que tuve con el escritor argentino, Manuel Mujica Láinez.

A Mujica lo conocí en Madrid en 1979. Estábamos sentados él y yo en la habitación de un hotel cercano al Ateneo, en el centro de la ciudad, cuando me contó la historia de la desaparición de su sortija. Y más o menos, me dijo lo siguiente: “tenía yo una sortija que me habían regalado entre veinte amigos, porque era extremadamente cara: era un ágata que tenía tallado el perfil de Shakespeare. Y ese anillo lo usé siempre, siempre – me repitió – , hasta hace unos dos años en que nadie sabe cómo desapareció. Como si fuera algo mágico. Era un día de mucho frío; yo no salí ni al jardín, me acosté a dormir la siesta, me puse una manta sobre el cuerpo… y cuando me desperté noté que no tenía mi sortija… Todo fue muy raro; no había nadie extraño en la casa, era el mismo servicio que ahora tengo…, se revolvió todo, incluso la chimenea, las cenizas por si se me había caído…Jamás, jamás apareció”.

Aquello me lo contó Mujica con la voz suave que él tenía y con sus maneras elegantes, corteses y agradables con que hablaba, y cuando yo creía que ya había terminado, me añadió otro suceso inexplicable. Un día paseando él por Londres, me dijo, vio de repente una pequeña librería cerrada y en su escaparate un libro abierto que mostraba la imagen de un hada… Le gustó el libro y pensó comprarlo a la vuelta de su visita al Museo Británico. Una hora después, en la misma plaza, le extrañó no ver la librería. Preguntó a un guardia y le contestaron que jamás había existido una librería en esa zona. Volvió al día siguiente, pero nunca jamás pudo hallarla.

Naturalmente me sorprendió aquello que Mujica me contó pero le creí. ¿Por qué no iba a creerle? ¿por qué iba a exagerar, a inventar o a mentirme? Mujica era un autor de diversos libros en donde se mezclaban mito y realidad; sobre todo le interesaba el tema del tiempo y de los antepasados, sus averiguaciones sobre los antepasados, pero también era escritor que estudiaba al detalle la realidad que describía. Yo conocía su gran novela “Bomarzo” en la que relata la vida de un duque italiano del Renacimiento, Pier Francisco Orsini, muerto en Bomarzo en 1572. Contemplando Mujica cuatro siglos después, en 1958, el Sacro Bosque de los Monstruos de Bomarzo, pronunció una frase clave ante las ruinas: “ Yo he estado aquí alguna vez”. Y de aquella revelación nació toda su novela. Era la reconstrucción de un tiempo pasado, como antes lo había hecho con una finca de las afueras de Buenos Aires y sobre ella había escrito un libro de cuentos titulado “Aquí vivieron”.

Y precisamente fue ese “aquí vivieron” de Mujica Láinez – ahora que cito el título y aunque yo nada tenga que ver con su literatura- , lo que me acompañó varias veces en mis paseos por Madrid. Recuerdo en ese sentido una concreta mañana en la esquina de Callao con la Gran Vía – sería ya pasado el mediodía – , cuando al avanzar por la plaza del Callao entre el gentío, al intentar abrirme paso entre tantas figuras diversas con las que casi tropezaba, hombres y mujeres que parecían surgir incesantes desde todas las esquinas, la mayoría de ellas apresuradas, yendo y viniendo a sus quehaceres y negocios, quise retener, no sé con qué intención, alguno de aquellos rostros fugaces que pasaban a mi lado y me descubrí de pronto pensando en cuántas historias guardaban sin duda aquellas caras, aquellas figuras vestidas de mil colores que intercambiaban gestos y conversaciones, también silencios, como fragmentos de vida. Era un mundo lleno de historias, como las que deseaba encontrar, según me había confesado aquella estudiante de medicina días atrás con la que había coincidido en la librería, y por un momento, en la esquina de Callao con Gran Vía, quise pararme en medio del tráfago humano que casi me arrastraba y me volví para observar a la multitud. La multitud subía y bajaba con enorme densidad por la Gran Vía y yo quise divisar desde allí, como muchas otras veces hacía, cómo detrás de cuatro o cinco manzanas de casas se encontraba el lugar y la calle donde yo había nacido. Yo he nacido en la calle de Fuencarral casi esquina con el edificio de Telefónica, y por lo que me habían contado mis padres y luego pude contemplar en muchas fotografías, mi nacimiento tuvo lugar en un año en donde una Gran Vía descarnada y violenta, sembrada de estampidos, vivía estremecida por la guerra. Siempre me ha entretenido imaginar que la cara de las ciudades es lavada varias veces al día, como si una mano pasara por encima de los tejados cada madrugada y dejara otra vez las aceras desiertas y limpias, preparadas para la irrupción de la nueva multitud. Parecida operación me ha gustado también imaginar que podría muy bien aplicarse a la Historia y así en aquella esquina de Callao con Gran Vía donde ahora me encontraba, la Historia, de repente, me trajo a la memoria todas las fotos que yo había repasado tantas veces en mi adolescencia, ilustradas y comentadas por mis padres, con escenas fijas de aquella gran calle madrileña hacía muchos años, principalmente fotografías en colores blancos y negros de los portales, carteles desgarrados en fachadas, adoquines levantados, tranvías desvencijados en lo que entonces, según creo, se llamaba la Red de San Luis, cadáveres dispersos tendidos en las aceras, y ante todo una imagen que siempre me persiguió : un gran caballo muerto en la calzada y sobre cuya grupa, habilitada por los soldados como trinchera, apoyaban sus fusiles los combatientes para disparar. Yo no había conocido lógicamente todo aquello, pero cuando mis padres me quisieron contar mi nacimiento y el transcurso de mis primeros meses de vida con sus vicisitudes y contrastes, aquellas escenas de una Gran Vía envuelta en explosiones en 1936 surgían en mí cada vez que, años después y en muchas ocasiones, tuve que pasar por esa calle de Fuencarral. Un niño de meses, tras los ventanales de un balcón, no comprendería aquellos estruendos imprevisibles que conmovían hasta estremecer las paredes y felizmente nunca vería el penacho de aquellas inmensas nubes polvorientas rodeando la cúpula de Telefónica sobre la que las bombas acababan de actuar con precisión y celeridad. Toda aquella esquina y toda la calle, los amplios despachos del edificio de Telefónica ocupados entonces, en plena contienda, por corresponsales de guerra, entre ellos por escritores afamados como Hemingway o Dos Passos, y asimismo las viviendas de Fuencarral y Gran Vía alcanzadas por las explosiones, cobijaban infinitas historias humanas cuyas raíces se perdían por los vericuetos de las familias.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará )

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RECUERDOS DE “LA ESTAFETA LITERARIA” (3) : HEMINGWAY Y CAMUS

 

 

“Quizá los dos artículos más queridos por mí en aquella  Tercera Época de “La Estafeta Literaria” (1957- 1962) en la que fui redactor- jefe de la Revista — siguiendo aquí con mis recuerdos —, sean los dedicados a Hemingway y a Camus con motivo de sus muertes súbitas. A Hemingway lo había conocido en Madrid el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en la puerta de una armería en la calle de Serrano; habíamos hablado unos momentos y  él, muy amablemente , me dedicó un afectuoso autógrafo. (Hemingway había llegado ese mes a Madrid, exactamente el 13 de mayo, con objeto de asistir a las corridas de San Isidro —como años después contaría Castillo- Puche con el que hablé  en muchas ocasiones, ya que él era colaborador de “La Estafeta” —, y en ese mes de mayo del 59 el autor de “Fiesta” comenzaría una gira infatigable  por las principales plazas de toros de España siguiendo a Antonio Ordóñez y recogiendo material fotográfico y notas para su largo reportaje “El verano peligroso” que en diversas entregas publicaría “Life” en  septiembre de 1960. En Madrid se hospedaba en el hotel Suecia y durante su estancia en la capital raro era el día que dejaba de hacer una visita matinal al Museo del Prado.)

Pues bien, aquella mañana de mayo del 59, cuando charlé con Hemingway, no podía imaginar el disparo con el que se suicidaría a las siete de la mañana del 2 de julio de 1961 en Ketchum, Idaho  y que supondría un estampido en la literatura. Tiempo después, entre otros libros sobre su vida y su obra — como, por ejemplo, el excelente que le dedicó Philip Young o  la biografía- ensayo  de Carlos Baker  —, me iluminaron  mucho su figura las páginas de Anthony Burgess en “ Ernest Hemingway y su mundo” , un pequeño volumen lleno de perspicacia y de aciertos. Trece días después de su muerte – el 15 de julio — publiqué en “La Estafeta” un recuadro titulado “El disparo de Hemingway”, con una buena ilustración de Mampaso, que no recuerdo por qué apareció sin  la firma de mi nombre, quizá porque en ese mismo número publicaba yo otro texto y decidí no firmar a la vez dos colaboraciones. En “El disparo de Hemingway” evocaba trazos de su vida y con una mayor amplitud  este artículo apareció años más tarde en uno de mis libros y también en MI SIGLO.

 

 

 

El segundo artículo del que hago aquí memoria llevaba por título “Ante un Albert Camus horizontal”  y se publicó en “La Estafeta Literaria” el 15 de enero de 1960. Camus había muerto once días antes de modo fulminante e imprevisto, a los 46 años de edad, en la carretera Nacional 5, entre  Champigny-sur- Yvonne y Villeneuve – la- Guyad, cuando el automóvil  de  Michel Gallimard , que era el que conducía, chocó a las 13: 55 horas contra un árbol y se partió.  Camus salió despedido contra el cristal, su cabeza lo había atravesado y tenía fractura de cráneo y el cuello roto y falleció en el acto. En el interior del coche viajaba también el manuscrito sin acabar — ciento cuarenta y ocho hojas de una escritura apretada –  de  su última obra, “El primer hombre”. Camus había escrito muchas páginas de ese libro en una casa  que había comprado en Lourmarin,  en la Provenza. Allí, voluntariamente solo durante largas temporadas, trabajaba. Se  levantaba  a las cinco de la mañana, daba un paseo de un kilómetro  para espabilarse y escribía de pie en su despacho o sentado en la terraza, fumando “gauloises” o una pipa. Olivier Todd  y Herbert Lottman  han contado muy bien  todos esos detalles. “No hay nada más absurdo — había dicho el autor de “La Peste” a un amigo —que morir en un accidente de automóvil.”

Pero más que las biografías y los estudios sobre Camus que fui consultando en años posteriores  ( yo había publicado ya sobre Camus algunos artículos en “La Estafeta” ) , me ilustraron mucho  más su figura  dos libros que compré en Paris en 1968 : los recuerdos de Jean Grenier y el volumen “La mer et les prisons”, de Roger Quilliot. Ellos me dieron una imagen distinta y cercana de  aquel escritor que yo quise evocar en 1960 en posición horizontal, un artículo que ampliaría luego en una de mis obras y que más tarde apareció en MI SIGLO.”

(Continuará)

((Imágenes: —1- Hemingway – foto  Yousuf Karsh/ 2-Camus- foto Yousuf Karsh)

“EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS”

 

 

 

“El cráneo rasurado de Marlon Brando como coronel Kurtz, el río entre maleza y humaredas, la danza vagneriana de helicópteros y tantas cosas más en “Apocalypse Now”, no pueden sustituir la vía y el fluir del otro río anterior,  el río literario, aquel que en 1889 Conrad remontó, el río Congo hasta Stanley Falls.  Conrad, ya desde pequeño, tenía pasión por lo que él llamaba “los espacios en blanco”, aquellos espacios que encontraba al perderse en los mapas. “Me pasaba horas y horas —confesaba —mirando Sudamérica, o África, o Australia, y cuando veía un espacio en blanco particularmente tentador en el mapa, ponía mi dedo sobre él y decía: “Cuando sea mayor iré  allí.” Es prácticamente lo mismo que leemos al principio de su novela: “En verdad, ya en aquel tiempo no era un espacio en blanco. Desde mi niñez se había llenado de ríos, lagos,  nombres.  Había dejado de ser un espacio en blanco (…) Se había convertido en un lugar de tinieblas. Había en él especialmente un río, un caudaloso gran río, que uno podía ver en el mapa, como una inmensa serpiente enroscada…”

 


 

En torno a ese río es donde Conrad presenta de forma oral  sobre todo  el oír y el contar — más aún que  el ver— , construyendo la base de una historia.  A Kurtz, por ejemplo, se le escucha y de él se habla mucho más de lo que se le ve. Es enigmático y parece distorsionado. “Kurt —leemos— aparentaba medir por lo menos dos metros (…) Le vi abrir la boca desmesuradamente ; le daba un aspecto misteriosamente voraz, como si hubiera querido tragarse todo el aire, toda la tierra, a todos los hombres que tenía ante sí.” Escrito “El corazón de las tinieblas” en poco más de dos meses, entre finales de 1898 y principios de 1899,  un libro que impresionó  a Eliot ( el cual comienza uno de sus poemas con una cita de esta obra) , y admiró a Hemingway y a Faulkner, está considerado como una obra clave en el modernismo literario y no es un relato documental sobre cierto número de hechos presenciados por Conrad, sino una  gran obra de creación que, como recuerda Edward Said,  mantiene una compleja estructura que tiene media docena de “lenguajes” dentro de sí. Conrad nunca nos permite olvidar que la narración escrita transcribe una narración oral que llama la atención sobre sí misma como proceso de aproximación cada vez mayor al  centro. Así, el viaje de Marlow hacia las diferentes estaciones comerciales del interior sitúa a Kurtz como el objetivo final. De Kurtz se dice que está en la Estación Interior, y se habla mucho de él. Con su aproximación a él Marlow espera poner coto a todos los rumores que ha oído y ver finalmente  por sí mismo y de forma callada qué es exactamente Kurtz y qué es lo que ha hecho. No obstante, como recuerda Said, la mayor parte del tiempo tanto el lector como Marlow deben conformarse con pocas palabras, que serán ninguna una vez que se ha llegado al centro.

Quizá muchos ojos sigan guardando aún la fuerza plástica que recibieron en su día de las imágenes de Coppola entre antorchas, cuerpos mutilados y barbarie, pero para los amantes de la literatura son en cambio las entrecortadas frases de este relato en la búsqueda metódica del centro las que nos enseñan e impresionan. La concreción de Conrad en las descripciones aleja la abstracción  y los detalles  nos fijan ; ante un hombre moribundo , por ejemplo, a los pies de Marlow, Conrad escribe: “mis pies estaban tan calientes y húmedos que tuve que mirar hacia abajo (…) tenía los zapatos llenos; un charco de sangre permanecía muy quieta, brillante, de un rojo oscuro bajo la rueda.” Estos detalles acompañan al largo fluir literario de ese viaje que más de un crítico ha comparado al descenso de Dante a los círculos del infierno en la “Divina Comedia.

Varios han sido los modelos de Kurtz, cómo anotan  los comentaristas. Quizá uno de ellos, con algunas alteraciones,  pudiera ser  Alphonse Kayaerts, un agente de la compañía durante un viaje anterior que Conrad hiciera por un río. Pero el famoso pronunciamiento sobre el genocidio, la atrocidad y las profundidades de la degradación humana : ¡el horror! ¡El horror!, quedará en nuestra memoria, quizá con la ayuda plástica de Coppola, pero sobre todo por el talento eficacísimo de Conrad que tanto se esforzó  con el lenguaje.

José Julio Perlado

 

 

 

(Imágenes—1-escena de”Apocalypse Now”/ 2-Ruth Hallensleben/ 3- Conrad – Wikipedia)

PAISAJES DE HEMINGWAY

 

 

“Mirar la nieve, la lluvia, la hierba, tiendas de campaña, vientos, cambios de estación… charlar – decía Hemingway -, volver a ver a tus hijos, una mujer, otra mujer, varias mujeres, pero sólo una mujer de verdad,  algunos amigos, la velocidad, animales, cobardía, valentía, orgullo, co- ordinación, la migración de los peces, muchos ríos, la pesca, bosques, campos, todos los pájaros que vuelan, perros, caminos, toda la buena escritura, toda la buena pintura, las variaciones estacionales de la Corriente del Golfo, sus variaciones mensuales, los vientos alisios, corrientes alternas, la plaza de toros española, bares, vinos, el Prado, Pamplona, Navarra, Santiago de Compostela, Casper, Wyoming, Michigan, Florida, Arkansas, Montana.”

(Imagen – foto de Yousuf Karsh)

MIRÓ EN LOS TIEMPOS DE PARÍS

 

 

“Fue André Masson quien me presentó  a Hemingway– contaba Joan Miró – . Enseguida se interesó por mi obra y sobre todo por “La Masia”. Hicimos gran amistad. Él vivía entonces en rue Notre Dame – des- Champs. Era cordial, simpático. Pobre como yo. Los dos lo pasábamos muy justo. Y para ganar algún dinero, Hemingway hacía de “sparring” de los pesos fuertes. Yo también hacía deporte. Me ayudaba a mantenerme en forma y a tener la cabeza despejada por completo. Solía acudir al gimnasio del Club Americano en el boulevard Raspail, y boxeaba con Hemingway.”

 

 

Se lo contaba así  Miró a Lluís Permanyer y él lo recogió años más tarde en “Los años difíciles” . “Yo boxeaba con Hemingway – decía el pintor – al igual que los demás. El pegaba. Pegaba duro. No a mí, claro. Formábamos una pareja muy divertida: él tan fornido y yo tan chico. Entonces mi horario de trabajo era el de siempre. Siempre he sido muy metódico. Solía  levantarme temprano, bastante temprano. Hacía yo mismo la limpieza del taller. Lo tenía muy ordenado. Yo trabajaba sin descanso, cada mañana y cada tarde. Me costaba concentrarme. El taller de Masson era contiguo al mío, sólo nos separaba una delgada pared. Se oía todo. El vivía entonces con Odette, la que fue su primera mujer, y solían mantener, con admirable regularidad, acaloradas discusiones. Parecía como si los tuviera en mi propio taller. Tenía que hacer grandes esfuerzos para poder concentrarme en mi trabajo.

 

 

Mis diversiones eran el deporte y salir con los amigos. A unos pocos metros del taller de la rue Blomet había un café en cuya trastienda funcionaba un baile negro. Allí acudíamos a menudo. También nos pasábamos horas y horas charlando en la Rotonde. Fue centro de reunión de los Picasso, Modigliani… Recuerdo también que solía ir a cenar “Au Nègre de Toulouse”. Joyce iba casi cada día. Hemingway me lo presentó. Era un tipo un poco raro, poco comunicativo. Le acompañaba siempre su hija, que le hacía de secretaria. Él estaba muy mal de la vista. Frecuenté la librería Shakespeare and Company. Hemingway acompañó a Sylvia Beach a mi taller.

 

 

Es difícil explicar lo que yo sufría cuando tenía que trasladar mis telas de un lado a otro de París. Al oír el ruido que hacían, colocadas sobre el techo del taxi, lo pasaba muy mal, porque temía que se estropearan.

Por mediación de Hemingway conocí a Gertrude Stein. A ella nunca le interesó lo que yo hacía, pero siempre se mostró muy hospitalaria. Stein, tan gorda, en todo momento iba acompañada de su amiga Toklas, que era como un pajarillo”.

 

 

(Imágenes -1-Joan Miró – 1927- metropolitan museum/  2- Hemingway/ 3- Joan Miró- 1934- metropolitan Museum/ 4- James Joyce y su hija Lucía/  5- Joan Miró -1925)

EVOCACIÓN DE MONTMARTRE

 

 

Mientras Scott Fitzgeral o Hemingway adoptaron Montparnasse, muchos célebres pintores se refugiaron en Montmartre. El novelista, periodista y viajero Joseph Kessel escribía en uno de sus libros: “Hay un lugar al que algunos vienen de tiempo en tiempo, cuando están hartos del trabajo, de penas o de riquezas, el banquero de Nueva York en su despacho, el propietario argentino en su hacienda, el industrial alemán en su oficina, el comisario del pueblo en su celda. Este lugar, que el alejamiento, el recuerdo y  su renombre singular y magnético adorna todos los encantos y todas las luces, se llama Montmartre“.

“En ningún lugar del mundo – recordaba Francis Carco en 1910 – me he visto sorprendido por estos parajes desde que los vi la primera tarde. Me parecía que los conocía desde hace mucho tiempo. Los descubrí tal y como me los había imaginado y, aunque parezca que no soy justo, me orienté enseguida de tal suerte que en un instante adquirí la posesión de mí mismo y del barrio. Las gentes, en vez de expresarse en verso, lo hacen en argot. No deseo ver lo pintoresco, deseo conocer la verdad de estos hombres, traducir sus pensamientos, entender sus reacciones”.

 

 

El pintor Georges Michel, del siglo XVlll,  desdeñaba los paisajes mitológicos o las vistas de Italia  y pintaba los molinos de Montmartre.  Primer artista que quiso residir allí, supo traducir el carácter patético de los paisajes de las afueras y aquella tierra dominada por unos cielos plomizos cargados de nubes. Dejó una visión de Montmartre al fin de aquel siglo como colina agreste, salpicada de numerosos molinos, jardines y viñas rodeadas de agua. Es ese Montmartre cuyo nombre ha sido muy discutido. Aseguran unos que viene de “Mons Martis” ( el monte de Marzo), otros quieren derivarlo de “Mons Martyrum” ( el monte de los mártires”) recordando que en tiempos de la ocupación romana,  en la colina se levantaban dos templos dedicados a los dioses  Marzo y Mercurio y a la vez mucho más tarde del testimonio del martirio de santos.

 

 

(Imágenes -1- Montmartre- 1930/ 2-Montmartre- 1947 – Paul Almasy/ 3- Montmartre 1955 – fotógrafo desconocido)

“EL NADADOR” DE JOHN CHEEVER

 

“Tardé en escribir este cuento – decía John Cheever–  tres días, tres semanas, tres meses. Casi nunca leo mi propia obra. Me parece una forma particularmente ofensiva de narcisismo. Es como poner grabaciones de la propia conversación. Es como mirar por encima del hombro para ver cuánto corrió uno. Por eso he utilizado con frecuencia la imagen del nadador, el corredor, el saltador. La clave es concluir algo y pasar a lo que sigue. También siento, aunque no con tanta fuerza como antes, que si miro por encima del hombro moriré. Este cuento fue muy difícil de escribir. Porque ni siquiera pude levantar la mano para opinar. Estaba cayendo la noche, el año terminaba… No era una cuestión de problemas técnicos sino de imponderables. Cuando el personaje descubre que está oscuro y hace frío, eso ya tiene que haber sucedido. Y, por Dios, sucedió. Después de terminar ese cuento sentí que estaba oscuro y hacía frío durante un tiempo. A veces, los cuentos más fáciles para el lector son los más difíciles de escribir’.

 

 

Ahora que se publican las Cartas de Cheever – un paso más en la indagación de su compleja personalidad -, algunos de los cuentos del escritor norteamericano vuelven a la actualidad. “Hay aproximadamente quince cuentos que me hicieron sentirme particularmente bien. Amaba esos cuentos, amaba a todo el mundo…amaba los edificios, las casas…estuviera donde estuviera. Era una sensación grandiosa. La mayoría eran cuentos escritos en un período de tres días y con una extensión de aproximadamente treinta y cinco páginas. Los amo, pero no puedo reelerlos, en muchos casos, dejaría de amarlos si volviera a leerlos”.

Comentando los cuentos de Cheever, Harold Bloom opinaba que no se le podía mencionar entre los modernos narradores americanos de mayor eminencia pero que sí en cambio permitía una comparación bastante favorable con los autores de segundo orden, como Sherwood Anderseon, Malamud, Updike, Carver o la canadiense Alice Munro. Como les pasa a ellos – comentaba Bloom – adolece de la originalidad imperecedera de Hemingway y Faulkner, pero Cheever tiene la misma seguridad y el mismo esmero que Updike.

 

 

(Imágenes-1- William Mackinnon– 2015/ 2-Maria Svarbova– 2016/ 3- Benjamin Anderson)

EN CONVERSACIÓN CON LOS DIFUNTOS

 

 

“Hay muchos queridos difuntos amontonados en los estantes de casa – decía Rafael Chirbes -, con ellos hablo; a ellos escucho. Desde Aub y Galdós, a Tolstoi, Montaigne, Yourcenar, Lucrecio y Virgilio, Faulkner, Döblin, Proust, Balzac, Eca de Queirós, y tantos y tantos. Salgo poco de casa, así que los releo al azar o movido por alguna intuición que me dice que ése y no otro es el difunto al que debo oír en determinado momento. En general no me equivoco. También sueño con difuntos a los que conocí cuando estaban vivos, y hasta toqué, y ahora ya no están en ningún sitio, y saber que no están y no puedo hablarles ni escuchar su voz me angustia cuando me meto en la cama. Algunas noches se apoderan de la habitación, su ausencia me roba el aire y tengo que encender la luz para no ahogarme”.

 

 

“Se cita a Quevedo y citaré a Gracián: de joven se dialoga con los muertos, con los que nos han precedido  – dice a su vez  Eduardo Mendoza enMil bosques en una bellota” -; en la madurez, con los vivos; en la vejez, con uno mismo. Creo estar en la tercera etapa. Pero he dialogado con muchos muertos. Como empecé a escribir muy joven, tuve como modelo los autores juveniles ( Verne, Rider Haggard, Conan Doyle) y nunca he renunciado a su legado. Baroja me abrió la puerta a mi propio estilo. Siempre he tenido a la vista los grandes clásicos del XlX y del XVlll. Pero creo que los grandes clásicos son como las grandes montañas. De lejos oxigenan y engrandecen; escalarlas es peligroso”.

 

 

“En un momento me di cuenta – decía Ricardo Piglia – de que en el “Ulises” de Joyce y en “En busca del tiempo perdido” de Proust la palabra metempsicosis aparecía ligada al acto de leer. Las almas muertas descansan en la página. Mis reencarnaciones favoritas han sido Hemingway y Roberto Arlt; los leí cuando era muy joven y traté -inútilmente – de escribir como ellos. A esa edad uno está muy atento a las mutaciones póstumas y a la voz escrita de los antepasados. La tradición literaria como un espiritismo de la letra”.

 

 

(Imágenes -1- Faulkner/ 2- Tolstoi – Wikipedia/ 3- manuscritos de Proust – arcadia ego universite urbana champion de Illinois / 4- Hemingway – foto de Ken Heyman  – stateooftheart- pophotocom)

HEMINGWAY Y PAMPLONA

escritores-buec-Ernest Hemingway

 

“Quedamos con Antonio Ordóñez para la hora de cenar en “Las Pocholas”. Y regresamos hacia la Plaza del Castillo. Hemingway pisaba las grandes losas con la dignidad y el gozo de quien vuelve a tomar posesión de algo muy suyo. A fin de cuentas, a partir de “Fiesta había comenzado su vida literaria.

Se fue derecho a la terraza del bar “Choko”, después de echar una mirada a la plaza entera.

– Antes iba al “Iruña”, allí enfrente – dijo Hemingway -, pero se ha puesto cargante ese bar.

Además del “Choko” había a mano otros bares, el “Kutz” o “El Torino”, y como el día era largo, habría tiempo para probar las sillas de uno y otro.

Y seguía constante, clamoroso, arrebatado, el homenaje del pueblo, no sólo del pueblo navarro, sino de españoles de todas las regiones que se mezclaban en la cola con los extranjeros. Hemingway hablaba, firmaba. Y de vez en cuando se quedaba abstraído, aturdido, como burlado. De repente, a mí me entraban ganas de preguntarle sobre personajes o hechos pasados.

– ¿Qué tal era Belmonte cuando lo conociste?- le dije en un descanso.

– Más bien callado, un tipo poco expresivo.

– ¿Tímido acaso?

– Un poco raro. Se pasaba uno con él un mal rato hasta que se ponía en facha. Cuando se ponía bromista era divertido, pero esto ocurría poco. Lo natural es que se mantuviera taciturno, como desdichado.

– ¿Tanto?

– Siempre me pareció preocupante”.

 

escritores.-thhui.-Hemingway

 

Todo esto lo cuenta Castillo Puche en su “Hemingway“, cuando pasea con el escritor por Pamplona y por diversos sitios de España. Es sabido que Hemingway, años antes, en el verano de 1924, había vuelto a los Sanfermines (había estado ya en 1922 y 1923) y corre los toros por las calles. En Pamplona se hospeda  en el Hotel Quintana, cuyo dueño le presenta a  diversos toreros. “Aunque los tablones del encierro estaban puestos – prosigue contando Castillo Puche-, todavía no había aparecido el personaje principal de la Fiesta: el toro”. Lo sucedido en Pamplona le fascinó por completo. Anthony Burgess recuerda que Hemingway idolatró al torero Nicanor Villalta y pensó que cuando tuviera un hijo le iba a bautizar con ese nombre. Durante años escribió breves apuntes de las corridas, apuntes vigorosos, sangrientos, para unos imparciales, para otros brutales.

 

escritores.-Ernest Hemingway

 

Las relaciones con el arte taurino y el arte de narrar han sido estudiadas por muy diversos autores. “La gran cosa es resistir – escribe Hemingway hablando de su oficio enMuerte en la tarde – y hacer nuestro trabajo, y ver y oír e intentar comprender; y escribir cualquier cosa cuando sea;  y no antes; y no demasiado tarde (…) Se trata de trabajar y aprender a rendir”. “Escribiendo para un periódico – había dicho en otra ocasión – se cuenta eso que sucede y, con uno o dos trucos, se llega a transmitir  la emoción gracias al elemento de temporalidad que hace emocionante no importa el tipo de suceso que se haya producido ese día. Pero la verdadera realidad, el encadenamiento de movimiento y de hechos que constituyen la emoción y que serán aún válidos un año o diez años después, esto no se encuentra aún a mi alcance, y debo trabajar muy duro para intentar alcanzarlo (…) Yo querría dotar la prosa de una cuarta dimensión, algo más difícil de escribir que la poesía, escribir sin trucos y sin mentira alguna, sin nada que arriesgue el corromper la prosa inmediatamente”.

 

escritores,-.55ec.-Hemingway.-Jean Philippe Charbonnier.-1950

 

(Imágenes.- 1,2 y 3 – Hemingway/ 4.- Hemingway- Jean Philippe Charbonier- 1950)

INFLUENCIA DE LOS LIBROS

 

Greene-nnhhy-Graham Greene con Alec Guiness-

 

“La influencia de los primeros libros es profunda – confesaba Graham Greene -. Una parte del futuro descansa en los estantes: las primeras lecturas tienen más influencia sobre la conducta que cualquier enseñanza religiosa. Estoy seguro de que nunca habría dado el paso en falso que me hizo ingresar, a los veintiún años, a la Compañía de Tabaco Británico- Americana, que me había prometido un cargo en China, si no hubiera leído La columna perdida, del capitán Gilson; y, sin conocer a Rider Haggard, ¿me habría sentido más adelante atraído por Liberia? Y esto derivó finalmente en un empleo de guerra en Sierra Leona. Y sin duda debe haber sido La hija de Moctezuma y el relato de la desastrosa retirada en la noche triste de Cortés lo que iba a llevarme a México veinte años después. Por otra parte, Los antropófagos de Tsavo dejaron en mi mente una imagen tediosa de África oriental, que ni siquiera Hemingway pudo cambiar más tarde”.

 

Naipaul- indiatvnews com

 

En “El ojo y la palabra” quise recordar las lecturas que el novelista Naipaul, siendo niño, escuchaba de labios de su padre. “Varios parlamentos de Julio Césardecía -, páginas sueltas de los primeros capítulos de Oliver Twist y David Copperfield, unas cuantas páginas de El molino junto al Floss; algo de los Cuentos de Shakespeare, de Lamb; relatos de O´Henry y Maupassant, y unas cuantas páginas de Somerset Maugham“. Esa era la voz de la lectura, las voces de las madres y de los padres que, con intención y ternura, trenzan diversas influencias, abren el surco de la literatura.

 

Manguel- vfr- tinkuylibros com ar

 

El río de las influencias sortea las edades y esas mismas edades purifican el agua de las influencias mismas. Al cabo de los años uno podría irse encuadernando su propia antología personal, salpicada no sólo de títulos sino también de frases, pequeños hallazgos en versos, principios y finales, diálogos que nunca se olvidan, párrafos que nos hicieron pensar. Manguel, que tanto ha leído, ha recogido parte de su antología individual: “un pasaje en una novela policial de Dorothy Sayers, un poema de Dylan Thomas, están Rey Lear, la Divina Comedia, Alicia en el país de las maravillas, está El hombre que fue jueves, de Chesterton, ciertos pasajes de Chateaubriand, está Kim, de Kipling, está la primera frase de La bestia debe morir, de Nicholas Blake (…) Y, por supuesto, hay numerosos textos breves, frases de Borges, y muchas cosas más”.

Las influencias dejan su sello en nuestra infancia; luego, en nuestra madurez, nos acompañan.

 

libros-nju- Paul Signac

 

(Imágenes.-1.- Graham Greene con Alex Guinness/ 2.-Naipaul- indiatvnews/ 3.-Alberto Manguel- tinkuylibros com ar/4.- Paul Signac)

PARÍS ( ERA ) UNA FIESTA

 

París-dgh-Gisele Freund- mil novecientos sesenta

 

París no tiene fin y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí difiere del de todas las demás. Siempre regresábamos a Parísasí lo escribía Hemingway -; no importa quiénes fuéramos ni lo que hubiera cambiado ni cuán difícil, o fácil, fuera llegar. París siempre valía la pena y siempre te daba algo a cambio de lo que tú le dieras. Pero París era así en los viejos tiempos, cuando éramos jóvenes y pobres y muy felices (…)

Con tanto árbol en la ciudad, uno veía acercarse la primavera de un día a otro, hasta que después de una noche de viento cálido venía una mañana en que ya la teníamos allí. A veces, las espesas lluvias frías la echaban otra vez y parecía que nunca iba a volver, y que uno perdía una estación de la vida. Eran los únicos períodos de verdadera tristeza en París, porque eran contra naturaleza. Ya se sabía que el otoño tenía que ser triste. Cada año se le iba a uno parte de sí mismo con las hojas que caían de los árboles, a medida que las ramas se quedaban desnudas frente al viento y a la luz fría del invierno. Pero siempre pensaba uno que la primavera volvería, igual que sabía uno que fluiría otra vez el río aunque se helara. En cambio, cuando las lluvias frías persistían y mataban la primavera, era como si una persona joven muriera sin razón.

En aquellos días, de todos modos, al fin volvía siempre la primavera, pero era aterrador que por poco nos fallaba”.

 

río- nyuu- París- Albert Marquet- mil novecientos ocho

 

“La prosa de estos párrafos – quiso comentar Anthony Burguess – es Hemingway puro, sencilla y muy evocadora, aceptando la vida, pero, como siempre en su obra, matizándola de melancolía. La melancolía reside en la forma misma de las frases que, siempre evitando el ritmo periódico, no pueden huir de una cadencia doliente La melodía de Hemingway es elegíaca incluso cuando más enaltece la alegría. La melodía de Hemingway fue una contribución nueva y original a la literatura mundial. Está en los oídos de todos los hombres y mujeres que empiezan a escribir”.

 

París-nhu- Tsuguharu Foujita

 

Con esta melodía atravesamos hoy calles desgarradas de esta ciudad, leyendo despacio las prosas en “París era una fiesta“.

 

París- ness- Brassaï- mil novecientos cuarenta y cuatro

 

(Imágenes.- 1.-Gisele Freund– 1960/ 2- Albert Marquet- 1908/ 3.- Foujita/ 4.-Brassaï– 1944)

 

HABITACIONES DE HOTEL

interiores.-rvgy.-hoteles.-Paul G. Oxborough.-en el Hotel Warwick

 

Los hoteles y la literatura han tenido siempre excelentes relaciones. Escogiendo algunas de ellas, ahí están los hoteles de Agatha Christie o los hoteles provincianos de Maigret, las divagaciones de Paul Auster, las “estancias tenebrosas” de Julien Gracq o los best-sellers antiguos como el del “Grand Hotel” de Vicky Baum. Olivier Rolin (el llamado Georges Perec de las habitaciones de hotel), al escribir sobre el hotel Crystal, anota dimensiones, muros, techos, pinturas, muebles, objetos, cortinas, radiadores, grabados, y luego avanza lentamente sobre piezas anexas, cuartos de baño, ventanas, vistas, y  todo ello con un propósito exhaustivo y preciso, para que sus recuerdos no salgan nunca de estos recintos.

 

interiores- vddtt-Edward Hopper- Hotel Lobby - mil novecientos cuarenta y tres

 

Ahora algún periódico ha querido resucitar los personajes y la historia de  ciertos hoteles célebres de Madrid. Y cuando atravesamos los vestíbulos, subimos a los ascensores, caminamos por las alfombras de los pasillos y metemos la llave en la hendidura de la puerta he aquí que encontramos, por ejemplo en el Palace madrileño,  a Borges y a Alejo Carpentier, a Sinclair Lewis, Emil Ludwig, Keyserling, Paul Morand, Spengler, Brodsky, Dürrenmatt o Hemingway entre tantos otros.

 

periódicos.-879.-Hopper.-1932.-habitación de hotel

 

En los interiores de hoteles pequeños o grandes han transcurrido vidas de paso, retazos de conversaciones y silencios que inmortalizara Hopper, pasillos con pensamientos furtivos

 

interiores.- 53ddv.- Auguste Chabaud.- pasilllo de hotel

 

y vistas desde ventanales irreales con ciudades al fondo que se dejaban contemplar.

 

ciudades.-55tt,--.Boston.-antigua casa de la Aduana de Boston desde la habitacón del hotel.-Abelardo Morell

 

(Imágenes.- 1.- Paul G Oxborugh en el Hotel Warwick/ 2-Edward Hopper- 1943/3.- Edward Hopper- 1932/ 4.-Auguste Chabaud/ 5.-Abelardo Morell)

HEMINGWAY, LOS TOROS Y EL ARTE DE ESCRIBIR

Sanfermines- eecy- spanishinspain wordpress com

 

Entre toro y toro de San Fermín y entre toro y toro de cada novela Hemingway fue dejando en su camino literario una serie de reflexiones sobre el arte de escribir. “La gran cosa – decía – es resistir y hacer nuestro trabajo y ver y oír y aprender y comprender”. “Un escritor debe esforzarse por escribir algo de tal manera que pueda ser parte de la experiencia de aquellos que le leen”. ” Escribir implica, en el mejor de los casos, una vida solitaria… El escritor trabaja solo, y si es un buen escritor, cada día debe afrontar la eternidad o la ausencia  de eternidad. Para un escritor auténtico cada libro debiera ser un nuevo principio donde de nuevo se esfuerza en algo que está fuera de su alcance. Debiera esforzarse siempre en algo que nunca haya hecho o que otros hayan intentado y no conseguido (…) Así, alguna vez, con mucha suerte triunfará. Cuán sencillo sería escribir literatura si sólo fuera necesario escribir de otra forma lo que ha sido bien escrito. Es porque hemos tenido tan grandes escritores en el pasado por lo que un escritor es empujado mucho más allá de donde puede puede ir, lejos, donde nadie puede ayudarle”.

 

escritores.-442.-Hemingway

 

Los toros cruzaron corriendo por la vida de Hemingway desde aquellos sucesos de Pamplona de 1925 de los que nacieron “Fiesta”, y como recordaba Anthony Burgess, lo que le impulsó  a escribir aquella novela fue un amasijo de emociones que tenían que encontrar su catarsis. Son toros que yo he visto, toros al amanecer, antes de salir de los corrales, toros que intenté retratar literariamente en un reportaje a mitad de los años sesenta, en visita inolvidable a Pamplona en plenos sanfermines. Al final de los años cincuenta me crucé también con Hemingway en la puerta de una armería de la madrileña calle de Serrano y allí, sobre un papel, él me puso unas amables palabras con su firma.

 

Sanfermines- bff-nosencantaviajar com

 

Pero las palabras importantes entre toro y toro de la vida hasta su disparo último quedaron como siembra perdurable para el oficio de crear. ” Yo no sé qué significa el Hombre ( con la H mayúscula) y no sé lo que significa un Hombre ( con la H mayúscula). Sé lo que significa el hombre (con la h minúscula) y sé lo que significa un hombre ( con la h minúscula) y he aprendido algo sobre los hombres ( con la h minúscula) y alguna cosa también sobre las mujeres y los animales”. “Yo nunca he escrito un libro bueno manipulando los símbolos e introduciéndolos dentro. Los símbolos de este género son como los granos de uva en el pan con uvas. El pan con uvas es bueno, pero el simple pan está aún mejor”.

 

escritores.-3sxxx.-Hemingway

 

(Imágenes.-1.-corrida de sanfermines-spanishspain wordpress/ 2 y 4.-  Hemingway/ 3.- corrida de sanfermines- nosencantaviajar com)