ENTREVISTA A TUTANKHAMON

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El escritor italiano Giorgio Manganelli, desde la distancia del siglo XX, se dirigía así, entrevistando a la figura de Tutankhamon:

–  Discúlpeme usted: realmente no sé cómo dirigirle la palabra…

–  ¿Usted considera  que debe dirigirme la palabra?

–  Para eso he afrontado un viaje singular, a la vez que hipotético y arduo.

–  Un viaje hipotético y arduo… estas palabras tienen un sonido grave y familiar…¿Por qué quiere hablarme?  ¿ Y cómo quisiera  dirigirse a mí?

(…)

–  Se  dicen muchas cosas acerca de su muerte…

–  Lo he olvidado. Sé que mi decadencia parece infinita. Los dioses que habían devuelto a la vida me miraban con odio, porque mi cuerpo estaba monstruosamente deformado por mi suerte solar y mortal (…) Con frecuencia  me he preguntado de qué modo morí. Ya que entre yo y mi muerte está la pared oscura de los dioses restaurados, ya no puedo ver. Estoy convencido de que no me maté: estaba tan del lado de la muerte que matarme habría significado una desobediencia a mi propio cuerpo. Tal vez fuí hallado muerto, una mañana, en mi cama larga y estrecha; y tal vez me desvanecí en mi trono, me aferré a la falsa paternidad de un guerrero, y dejé de existir.

 

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– Muchos creen que le mataron…

– Mi muerte no me alcanzaba  nunca, es posible que los sacerdotes  fueran presa del pánico. Es posible que mi poder, en la inminencia de la muerte, comenzara a crecer (…) Es posible también que la necesidad de matarme surgiera repentinamente, para remediar alguna peligrosa condición del cielo (…) En este caso, no creo que me mataran en el palacio real (…) Supongo, por consiguiente, que mi tumba estaba ya preparada, completada por los operarios para embalsamar mi cuerpo, y que me mataron en mi tumba, de modo que mi horrible poder quedara inmediatamente bajo control. Si esto es cierto, supongo que todos aquellos que trabajaron sobre mi cuerpo habrán sido eliminados, por estar, probablemente, contaminados por el poder solar de mi cuerpo. Para animarme y al mismo tiempo amenazarme fui encerrado en un sarcófago de oro, y éste en otros sarcófagos, y éstos en ataúdes para que yo permaneciera allí dentro,  perdido en aquel esplendor que sólo unos ojos vacíos podían descifrar. Creo que mi cuerpo, después de mi muerte, no llegó a volver a ver la luz del sol: los sacerdotes sentían miedo. En cualquier caso, es cierto que fui sepultado apresuradamente, en una tumba estupenda; una tumba que debía persuadirme a permanecer encerrado allí dentro, para siempre.

–  Pero hace cincuenta años…

–  ¿Quiere usted saber por qué mi tumba fue descubierta? Usted no cree en el azar. No sé. No es imposible que mi cuerpo hubiera conservado la facultad de enviar mensajes. Tal vez los dioses nuevamente desaparecidos ya no eran capaces de mantenerme encerrado. ¿Digamos que tal vez quería reaparecer? En cualquier caso,  la solución fue horrenda.

 

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– ¿Por qué murieron los descubridores? ¿Los sacerdotes habían sepultado un veneno?

–  Los sacerdotes me habían encerrado a “mí”. Yo no sé por qué murieron aquellos hombres de piel pálida; pero existe una desesperación de los muertos, y mis nervios eran letales. ¿No cree que eso pueda provocar la muerte? Tal vez fue una casualidad. En cualquier caso, los sarcófagos fueron abiertos, uno tra otro, y al final salió a la luz mi máscara de oro. ¿Qué ocurrió, entonces, dentro de mí? ¿ Me acordé de la capital abandonada? ¿Del dios muerto? Oh, fue una historia a un tiempo angustiosa, melancólica, infantil y grotesca. Como usted sabe, mi tumba fue violada, y yo – precisamente yo,  el frágil adolescente contaminado por el sol – fui trasladado a un museo.

–  Su tumba es la maravilla de Egipto.

–  ¿Es todo lo que se le ocurre decir? El sucesor de Ekhnaton, en un museo, y sus ataúdes, los sarcófagos, los juguetes, ¿todo es una maravilla del pasado? Cuando por la noche se cierra aquel museo, ¿están seguros de lo que ocurre en aquellas vitrinas inmóviles? Oh, nada novelesco. Pero supongamos que en los enflaquecidos cuerpos, en el mío,  siga subsistiendo algo de energía. Este cuerpo, estos objetos que ahora paseáis por el mundo, en vuestras ciudades  sin sol. ¿Creéis  acaso que yo, Tutankhamon,  soy únicamente un deshecho, un cadáver reseco del reino de Egipto? ¿No sabéis que estos labios míos, infantiles y arrugados,  sin agua desde milenios, pueden moverse, oh, ligeramente, para convocar, detrás de todas las nieblas, a las miasmas de las que vivís, ese cadáver inmortal, redondo, en el cielo? Morí a los dieciocho  años : tal vez no  consumí mis ganas de jugar”.

Así entrevistó Giorgio Manganelli a Tutankhamon y lo recogió en su libro “A y B” (Anagrama) en 1975.

 

Tutankamon- unnh- Khaled de Jouki. AFP- Getty images

 

(Imágenes- 1.- Tutankhamon- slate com / 2.- guías viajar/ 3.- quepai info/ 4.-Khaled Desouki- AFP)

 

 

 

CUANDO ENTONCES

Me escriben un e-mail de Radio Uruguay, de la Emisora del Sur, invitándome a participar en un próximo programa, y mis recuerdos se van cuando entonces (el título de una obra de Onetti ) con el que estuve charlando largamente en Madrid, en su casa de la Avenida de América, el 23 de febrero de 1979.

Cuando entonces todos mis recuerdos siguen en pie, “y espero, espero siempre – escribí aquel día en mi entrevista -, tendido días enteros sin comer ni dormir, y fumo incansable, bebo, abandono la Biblioteca de Uruguay y escucho a través del tabique del insomnio, no creándolo aún, pero ya imaginando que esa puerta va a abrirse y que algo de un libro abierto, poco más que episodios, va a entrar con personas que tan sólo son una y muchas a la vez, duplicadas, triplicadas, fundidas en unión clara y confusa. Y yo le haré entonces hablar a Juan Carlos Onetti, y lo soñaré hablando, y escribiré para mi personaje: ese acto de amor del escribir donde estaré ya obligado a imaginar que estoy aquí sentado, y, poco a poco, dibujar un sofá, y hacer la habitación, y poner en punto mi reloj, y concentrarme hasta ser Onetti periodista que espera al novelista Onetti; o tanto da – haciendo trampa, como “él” lo hacía cuando era “yo”, tomando el ómnibus hasta la Gran Punta de las Carreteras, en el departamento de Frieda, entrando en la catedral, y haciéndome bendecir mi viaje -: tanto da; a Onetti, el novelista-periodista, lo he visto ya. Ha entrado. Quiero, y quiere hacerme este pobre muchacho de setenta años, una entrevista a mí; y yo a él. Está hecho el sofá y la habitación. Mando (manda él) que todos salgan del cuarto. Mirándolo con mis ojos cansados tras las gafas, la vista desviada, ese lector que ahora ya nos imagina, ese lector real – imaginario-, es aquel que soñando se pregunta : “¿Quién es? ¿Cuál de los dos es el Onetti auténtico?”. Mientras nos lee y está a punto de dejar de leernos, le sirvo a Onetti vino, y Onetti espera a que Onetti beba el primer sorbo de su vaso”.

Cuando entonces ( en aquel febrero de 1979, meciéndose hacia adelante y hacia atrás en el sofá el escritor uruguayo), me dijo Onetti dejando el vaso sobre una mesa: “No me siento escritor. Sí, en todo caso, un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir”.

Cuando entonces bajé las escaleras de aquella casa de Madrid y describí nuestra charla larga y la publiqué luego en mi libroDiálogos con la cultura“.

Cuando entonces ocurrió todo aquello. Aún recuerdo a aquel hombre alto, de contemplar cansino, cuando acercó su última novela hasta las gafas, apoyó el libro en sus rodillas y sacó su pluma para poner unas palabras.

Cuando entonces sucedió todo aquello.

Cuando entonces.

UNA PARTIDA DE AJEDREZ


Al enterarme hoy de la muerte del gran Bobby Fischer telefoneo al novelista y guionista mejicano Vicente Leñero para que vayamos a casa del también mejicano Juan José Arreola, el autor de Confabulario Personal (Bruguera), gran apasionado del ajedrez.
Comenzamos la partida a media tarde. Es un tablero de palabras, el girar de los dedos mueve las piezas de las preguntas y Leñero, sentado frente a Arreola (yo miro simplemente cómo juegan), va interrogando al escritor mejicano sobre los misterios del ajedrez.
– El ajedrez – dice Arreola– nace al pie de la torre de Babel como una especie de proposición: ¿quieres embarcarte en la aventura espacial más grande que tu razón pueda concebir? ; ¿quieres agotar todos los recursos de tu imaginación? : yo te voy a proponer la trampa mental: el gambito de las 64 casillas. En un espacio limitado de ocho casillas por ocho, que pueden ser de un centímetro o de un metro, el hombre encuentra y captura el infinito.
Siguen jugando y hablando Arreola y Leñero mientras yo observo los movimientos en el tablero.
-El tablero que se encontró al pie de la torre de Babel – continúa Arreola – aparece después en Egipto y se habla de una reina de la decimoctava dinastía tan aficionada al juego del ajedrez, que pide ser envuelta en un sudario de 16 casillas; en los relieves se advierte la imagen de dos personas que juegan sobre un tablero con piezas verticales, no con fichas, ¡con piezas erectas!
Se ha dicho – prosigue el escritor mejicano mientras mueve un caballo – que el ajedrez fue traído a Europa por los cruzados, pero no es cierto. Por el norte africano, el ajedrez llega a Europa con los primeros árabes que ingresan en España. De allí se difunde por todas partes. En Europa el ajedrez es anterior a las Cruzadas. Ya en el siglo nueve existe en Europa un tratado de ajedrez donde se habla de torres, de alfiles, de rey y dama, con detalles interesantísimos: el alfil, por ejemplo, es considerado un ministro; luego, en Inglaterra, se convierte en obispo, mientras que para los franceses siempre es un juglar: el fou: el loco. Con los peones llegan a sutilezas increíbles: se les otorgan especializaciones: el peón de caballo-dama es labrador, el peón de alfil-rey es tejedor. Eso, y la simbología, que continúa válida en nuestro tiempo. Al alfil, por ejemplo, lo podríamos calificar de maquiavélico, porque se mueve siempre de manera oblicua. El alfil es el José Fouché del ajedrez, avieso como político. La torre, en cambio, es un castillo, es recta, sólida.
Veo que poco a poco le está ganando la partida Leñero a Arreola, quizás por el empleo de sus palabras, por el movimiento de sus preguntas.
– Desde luego – continúa Arreola -, por razones psicológicas hay personas que mueven mejor los alfiles que los caballos. Un audaz preferirá jugar con caballos. Una persona prudente tratará de cambiar de inmediato la dama, los alfiles y los caballos para jugar con torres…”Oblicuo alfil y reinas agresoras”, decía Borges.
Curiosamente – sigue diciendo Arreola ( y yo creo que ahora se distrae y que está perdiendo la partida) -,los más grandes enemigos en el ajedrez se buscan el uno al otro, se necesitan mutuamente para confrontarse y para resolver esa querella universal que significa lo antagónico. El más grande drama de Capablanca no fue que Alekhine le arrebatara el campeonato del mundo, fue que Alekine lo eludió, no le dio jamás la revancha y prefirió jugar con Max Euwe, el holandés.
De repente hay jaque mate inesperado y Arreola pierde. Al salir, Leñero y yo hablamos de la muerte de Fischer y recordamos aquella gran partida con Sapssky en 1972. Le pregunto cómo sabe tanto Arreola de ajedrez.
– Todo lo que me ha dicho lo publiqué ya hace muchos años en mi libro Talacha periodística (Diana. Mexico) . Allí lo tienes.
Esta noche leeré entera esa partida de literario-ajedrez tan inolvidable.

UN DÍA EN LA VIDA DE ALEXANDR SOLZHENITSIN

Ahora que está a punto de aparecer una gran biografía de Solzhenitsin pacientemente investigada y escrita por Ludmila Saráskina durante siete años, me viene a la memoria mi descubrimiento hace mucho tiempo del gran libro “Un día en la vida de Iván Denísovich” y la entrevista que en 2003 concedió el Premio Nobel al canal estatal ruso “Rossía” con motivo de su 85 aniversario.
En aquella entrevista-reportaje intervenían varios de sus hijos y su actual mujer.
-Usted dice que la cárcel es buena para el artista.-le preguntó el periodista.
-Allá está dicho – contestó Solzhenitsin -. Buena es para los que sobrevivirán. Y para los que lograrán sacar la enseñanza moral.
-Y lo que narra en “Iván Denísovich“, ¿ eso es de su experiencia?- le preguntaron.
– Eso es de mi propia experiencia -respondió el escritor-. Eso yo lo podía tomar solamente de mi experiencia. Sin la experiencia propia no lo comprenderías. Observando no lo comprenderías. Eso debe ser uno mismo.
Otro de los hijos del novelista mostraba desde Vermont, en Estados Unidos, la casa en donde Solzhenitsin escribía.
-Aquí está la casita – decía-. La mañana era su momento sagrado para el trabajo. Precisamente sobre esta mesa escribía la novela sobre la revolución rusa. Esta era la pequeña ventana. Nosotros hemos visto que a través de ella pasa la vida, pasa el trabajo. Él era nuestro profesor de matemáticas. Esa roca en la tierra era nuestro Pegaso. Nuestro padre nos dijo que esto era un caballo pero transformado por un mago. Y que en este caballo íbamos a volar hacia Rusia. Por eso para nosotros eso fue el caballo encantado.
Por otro lado, la esposa del escritor confesaba:
-Cuando entro en la habitación, percibo su estado de ánimo. No lo percibo por cómo está sentado, ni por cómo me mira o se mueve. Él está de espaldas. Lo sé por la calidad del silencio en la habitación.
Por fin, el propio Solzhenitsin comentaba entre otras cosas:
-Entre los artistas hay muchos y diferentes ismos. Pero no son esenciales. A menudo son inventados. Así como también lo es la división entre los artistas creyentes y no creyentes. Ellos dicen que están libres de alguna instancia superior, que sobre ellos no hay nadie. “Yo no creo y yo soy creador del Universo. Yo he creado el mundo”- dicen. Normalmente tales artistas se esfuerzan pero no pueden llegar alto. Pero el artista que cree en Dios, o por lo menos que en él hay conciencia de Dios, conciencia de que hay en el mundo una fuerza superior, se comporta como el aprendiz-ayudante de Dios. El orgullo es un pecado muy pesado. Uno no tiene que tener orgullo. Puede tener satisfacción. Si tienes satisfaccción das gracias a Dios. Pero tener el orgullo, el orgullo nacional, el orgullo estatal, no.
Así concluía aquella entrevista en el canal estatal ruso cuando cumplió el gran escritor 85 años.