LEER EN VOZ ALTA

 

“Existe un vasto grupo compuesto por todos aquellos que alguna vez le leyeron a Borges —evoca Alberto Manguel —: pequeños Boswells que raramente conocen la identidad de los otros pero que, de forma colectiva, mantienen la memoria de uno de los más cabales lectores del mundo. En aquella época, yo desconocía su existencia; tenía dieciséis años. Acepté y, tres o a lo sumo cuatro veces por semana, visitaba a Borges en el estrecho departamento que compartía con su madre y con Fany, la mucama (…) Recuerdo el departamento como un ámbito abrigado, tibio y suavemente perfumado; todo esto debido a que la insistente Fany mantenía la calefacción bastante alta y rociaba con agua de colonia el pañuelo de Borges antes de guardarlo, las puntas asomadas, en el bolsillo del pecho de su chaleco.”

 

 

Esta lectura en voz alta a Borges,  consumado lector, nos lleva de algún modo a las palabras del novelista y profesor Daniel Pennac cuando habla de la importancia de la voz al leer.  “Nosotros “le leemos” —dice —  . El que escucha va a identificarse con los personajes que le presentemos  por el intermediario de nuestra voz, y estos personajes son a la vez el personaje del libro que nosotros leemos, pero de una cierta manera, la encarnación de la persona que él prefiere en el mundo, que es aquella que le lee.”

”Durante varios años, de 1964 a 1968 – prosigue  Manguel -, tuve la inmensa fortuna de contarme entre los muchos que le leían a Jorge Luis Borges (…) Desde mis primeras visitas, se me hizo que la casa de Borges existía fuera del tiempo o, mejor dicho, en un tiempo hecho a partir de experiencias literarias (…) Las pocas estanterías de libros que había en su casa, contenían lo esencial de sus lecturas, empezando por las enciclopedias y los diccionarios, gran orgullo de Borges. “Me  gusta hacerme cuenta de que no soy ciego, que me acerco a los libros como un hombre que puede ver—solía decir —. Ando curioso de nuevas enciclopedias. Me imagino que puedo seguir en sus mapas el curso de los ríos y que descubro maravillas en las descripciones.”

 

 

En las dos estanterías bajas del salón del comedor se hallaban las obras de Stevenson, Chesterton, Henry James y Kipling. De esas mismas estanterías Borges me hizo extraer los volúmenes de los cuentos de Chesterton y los ensayos de Stevenson, que leímos a lo largo de muchas noches y que él comentaba con extraordinaria perspicacia y agudeza, sin ocultar su pasión por estos grandes escritores y mostrándome además de qué manera habían trabajado para construir sus cuentos, desmontando algunos párrafos con la amorosa intensidad de un maestro relojero.”

 

 

(Imágenes—1-Borges y  la Biblioteca- foto Sara Facio/ 2- Anastasia  Lisitsyna/3- Karol Ferenczy – 1905/   3-Roxana Halls)

CANTIDAD Y CALIDAD

 

 

“Está equivocado – decía Chesterton en “El hombre corriente” – quien afirma que lo que importa es la calidad y no la cantidad. La mayoría de los hombres han hecho algún chiste bueno en su vida; pero hacer chistes como los hacía Dickens es ser un gran hombre. Muchos poetas olvidados han dejado caer un poema lírico con alguna imagen verdaderamente perfecta; pero cuando abrimos cualquier obra dramática de Shakespeare, buena o mala, en cualquier página, importante o no, con la seguridad de encontrar alguna imagen que, como mínimo, atraerá a la vista y probablemente enriquecerá la memoria, estamos poniendo nuestra fe en un gran hombre.”

(Imagen – Mark Rothko – 1955)

SOBRE LOS CUENTOS DE HADAS

 

 

“Cenicientarecuerda Chesterton en sus Ensayos – recibió un carruaje del país de las maravillas y un cochero surgido de la nada, pero también una orden – que lo mismo podían haberle dado en Brixton – de que llegase a casa antes de las doce. Además recibió unos zapatitos de cristal, y no puede ser coincidencia que el cristal sea un material tan común en los cuentos populares. Una princesa vive en un castillo de cristal, la otra en una colina de cristal, y la de más allá lo ve todo reflejado en un espejo. Pueden vivir en casas de cristal, siempre que no tiren piedras, pues ese brillo del cristal no es sino la expresión del hecho de que la felicidad es luminosa pero frágil, como la sustancia que con tanta facilidad se hace añicos en manos de la criada o del gato. Dicho sentimiento procedente de los cuentos de hadas también me impregnó a mí y se convirtió en mi sentimiento respecto al mundo entero. Pensaba, y sigo pensando, que la vida humana es luminosa como el diamante , pero frágil como el cristal de una ventana; y aún recuerdo los escalofríos que sentía cuando oía comparar los cielos con un terrible cristal: temía que Dios hiciera desplomarse con estrépito el cosmos.

 

 

Si Cenicienta dice: “¿Por qué tengo que volver del baile a las doce?”, su hada madrina puede responder :” ¿Y por qué tienes que ir hasta las doce?”. (…)  El caso es que dejé los cuentos de hadas en el cuarto de juegos y ya no he vuelto a encontrar libros tan sensatos. Dejé a la niñera, guardiana de la tradición y la democracia, y no he encontrado a ningún moderno tan cuerdamente radical y conservador como ella. Pero lo importante es que, cuando me introduje en el ambiente intelectual del mundo contemporáneo, descubrí que era totalmente opuesto en dos cosas a mi niñera y a los cuentos infantiles. He tardado mucho en averiguar que era el mundo moderno el que estaba  equivocado y que mi niñera tenía razón. Lo verdaderamente curioso era que el pensamiento moderno contradecía las creencias fundamentales de mi infancia en sus dos puntos esenciales.

 

 

Ya he contado que los cuentos de hadas me inspiraron dos certezas: en primer lugar, que el mundo es un lugar absurdo y sorprendente, que podría haber sido diferente, pero que resulta bastante placentero tal como es; y, en segundo lugar, que, ante esa sorpresa y ese absurdo tan placenteros, más vale ser modesto y aceptar las extrañas limitaciones de tan extraña bondad.”

 

 

(Imágenes-1-Alfred Kubin- 1902 – cortesía de Neue gallerie – the New York Times/ 2- Edmund Dulac- ilustración para los cuentos de Edgar Allan Poe/ 3-oftherwate tumblr/ 4-Norman Rockwell)