“CIUDAD EN EL ESPEJO” (2)

Pale Blue II 1970 by Jules Olitski 1922-2007

Ahora son las seis y media de la mañana. Mientras el doctor Valdés se abrocha la camisa y se anuda la corbata, nada en su cálido dormitorio y ante el espejo de su armario desvela el fragor de la gran capital que hace ya tiempo despertó y que mucho antes de las cinco de la madrugada abrió sus ojos y sus faros y sus ruidos en los pueblos de cercanías, alumbrando sus ciudades-dormitorio mientras empiezan a moverse y a llegar trenes y automóviles y autobuses repletos, vehículos que avanzan solitarios o en caravana trayendo hasta el centro de Madrid cerebros semidormidos, miembros entumecidos, caras largas y mudas, mujeres y hombres con problemas que se agrandan o se empequeñecen según el temperamento, según las marcas que dejó la infancia, la educación, los tratos o la presión del entorno. Madrid en este final de siglo hace tiempo que ensanchó su pulmón y al fondo de sus arterias del norte aparece Fuencarral y el barrio del Pilar, al rordeste Hortaleza, Canillas y Barajas, al este Canillejas, San Blas y Vicálvaro, al sureste Vallecas, en el término sur San Cristóbal y Villaverde, mientras suben a la inversa de las agujas del reloj Carabanchel y Cuatro Vientos, y después se extiende por el oeste  Campamento y la Casa de Campo, para al fin, al noroeste, por Aravaca, antes de que se escape hacia arriba el pequeñito río Manzanares, la carretera de La Coruña quiere huir y no puede, apresado su asfalto bajo las ruedas de los automóviles. Qué será de Madrid en el futuro, en el siglo XXl, en el XXll, qué fue de Madrid en el XlX, en el XVlll, en el XVll, nada piensan de ello las multitudes que van y vienen por el Madrid subterráneo, cintas veloces del Metro que cruzan en negro y rojo andenes y túneles, avanzan los vagones desde Fuencarral hasta la Plaza de Castilla, se abren en vertiente los cauces por Cuatro Caminos y la Avenida de América, llega ciega e iluminada una máquina por la línea 4, desde la estación de Esperanza, la esperanza nunca se pierde al ver este caos circulatorio de Madrid que se anuda más, que se aprieta más aunque parezca ensancharse, es una cuerda de ahorcado que ahoga la libertad de la capital, aquellos carros de mulas por el Puente de Toledo, aquellas estampas cansinas que cubrieron amarillentas postales, los grabados valiosos, el tiempo venerable quedó asesinado por la celeridad y por el ruido, a veces sólo por el ruido y por el humo matando incluso a la velocidad. Madrid pende del árbol de la prisa a estas horas primeras de este martes ocho de mayo, parece que se fueran a matar las venas oscuras que suben de Legazpi en el Metro, parece que fueran a chocar con las que llegan de Portazgo, de Palomeras, del Alto del Arenal, de Miguel Hernández. Nada ocurre. El tejido subterráneo de Madrid tiene millones de pisos, escaleras mecánicas que bajan a sus infiernos, sótanos innumerables, capas superpuestas, inútiles, que se acoplan unas sobre otras en esta infraestructura móvil, como si se hubiera horadado el mundo de la ciudad y de su bajo vientre siguieran apareciendo a esta hora incansables y cansinas figuras.

El doctor Valdés acaba de ponerse su camisa, afloja un poco el nudo de su corbata, se viste un jersey fino para subir a su estudio. Begoña continúa durmiendo en la cama matrimonial, Lucía y Miguel, sus dos hijos, apuran sin saberlo su último

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

sueño antes de levantarse para ir a la Universidad, y el doctor Valdés aprovecha estas horas primeras del día para leer y tomar notas, para envolverse en el silencio. Tiene una doble, triple, cuádruple personalidad el doctor don Pedro Martínez Valdés, es hombre activo, filantrópico, temperamental, ha tenido muchos problemas, ha vivido muchas tensiones, él mismo ha sido tensión y solo a los cincuenta años parece haberse remansado un poco, tan sólo un poco su vida. Si sus enfermos supieran cómo es, si los enfermos del mundo descubrieran cómo son sus médicos, quedarían asombrados. A los médicos no se les puede preguntar nunca cómo están ni qué les pasa, a quiénes, entonces, se confiarán los médicos, ante quién consultarán los problemas de su existencia, qué les suele pasar a los médicos cuando ellos van al médico es algo misterioso, intrincado e inexplicable. Gracias a Dios, ningún enfermo del doctor Valdés le ve ahora subir las escaleras de su estudio, sólo le seguimos nosotros, escalón a escalón, son siete escalones de madera blanca que ascienden desde el mismo dormitorio, se abre una pequeña puerta, he aquí que estamos en el alto del chalé, la habitación reservada, una buhardilla desde cuya ventana se ven bien los árboles de las casas vecinas de Puerta de Hierro y se dominan perfectamente los jardines. Es habitación insonorizada, no muy grande, cuarto aislado del resto de la casa, con servicio propio, con un minúsculo cuarto de baño al lado, buhardilla con estanterías de libros y una mesa y una silla para escribir, un sillón cómodo para leer junto a una lámpara. El doctor Valdés es alto, ancho, de grandes espaldas, pesa ochenta y cuatro kilos y mide un metro ochenta: por eso esta buhardilla la construyó después de comprar el chalé, a la medida de su tamaño humano, la hizo construir cuando vino de Barcelona. Tiene su llave y cuando quiere se aisla del mundo. Ahora nadie en Madrid puede ver al doctor don Pedro Martínez Valdés con sus ojos tras las gafas de concha: viste un jersey azul muy elegante que no ha comprado sino que le tejió Begoña, gran tejedora, de las que ya no quedan entre las aficionadas al punto y la costura, ha tejido también disgustos y fracasos en su matrimonio, igual felicidades y parabienes, los chalecos que terminó a su marido los cosió en  interminables horas de espera junto al teléfono, confiando al silencio amarguras y desesperanzas.

Mira el doctor Martínez Valdés por la claridad de la ventana de esta buhardilla y la entreabre. Llega despacio, hasta las aletas de su nariz, hasta nosotros también, un olor a hierba recién mojada, el aroma peculiar de la tierra sembrada de lluvia artificial, las flores de mayo que despiertan a la única vida que vivirán, vida olorosa, fragancia en la aparente quietud de este

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

jardín, los hombres no sospechan el movimiento interno de los tallos, de los capullos, el nerviosismo inquieto de los brotes, la sangre de la savia en la naturaleza tan bullente, el mapa madrileño del diminuto y gigantesco mundo de los gusanos y de las sabias hormigas, las idas y venidas de la tierra en primavera que abre su universo ante los ojos limitados de Valdés, este hombre interesado en la medicina, volcado en ella, No puede abarcarse todo, doctor, le dirá esa misma tarde, sentado ante él, Ricardo Almeida García, me pregunta usted si me atrae la naturaleza, claro que me atrae, pero no salgo a ella, apenas la miro, recuerdo las veces que he ido al campo y cómo me han asombrado y casi anonadado las alturas, el eslabón de las gigantescas montañas, no, no tengo vértigo, jamás lo tuve, el campo me tranquiliza, sí, pero reposo en su gran superficie, extiendo mi mirada, no me fijo en cambio en las pequeñas cosas, sólo cuando me siento en el suelo, cuando iba al bosque siendo niño, y aún después, ya mayor, aquel río de hormigas subiendo y bajando del tronco del roble me dejaban prendido, fascinado, eran alucinación para mí.

No habla así Ricardo Almeida, no es ese su especifico lenguaje, no escoge tanto los vocablos ni elige cuidadosamente las palabras, no es tan culto como aquí puede suponerse, pero si a Valdés le diera tiempo un día para rememorar esta consulta y pudiera acaso reescribirla a mano, en el cuaderno rayado que suele usar, lo haría así, con cierto aliento, elevando la calidad de la conversación y dignificando aún más lo que escuchó, aquello que le impresionó tanto, el doctor Valdés tiene una veta de literato y otra de médico, será que quizá es más escritor que doctor, acaso será mejor médico que escritor, tal vez querría haber sido un gran relator, lo conseguirá o lo ha conseguido alguna vez, esto es algo que nadie puede decir, aunque no, tal es el destino, pero nunca podrá reescribir esta consulta.

Madrid, pues, este martes de mayo es un caos circulatorio en su tráfico de hombres y automóviles y en su tráfago de hormigas, el doctor Martínez Valdés deja entornada la ventana de su estudio y volviéndose en el pequeño cuarto busca un libro en la estantería. Los libros, mi querido amigo, le dirá esa tarde al paciente Ricardo Almeida, son buenos amigos del

 

 

figuras.-5lala.-Sandy Skoglund.-all-art.org

 

 

hombre, y luego le preguntará interesado, Lee usted libros, Me dediqué a eso, doctor, durante tres años, antes de irme al Museo del Prado; más bien, se corrige algo avergonzado, yo hacía que los demás leyeran, ayudaba, serví libros durante tres años en la Biblioteca Nacional. Quedará algo sorprendido el doctor Martínez Valdés, ese día y en ese momento quedará ligeramente sorprendido, pero nada dirá. El ha tenido pacientes de todas las profesiones, abogados, maestros, militares, amas de casa, gente feliz y desdichada a la vez, las luces y las sombras entremezclándose en las vidas. Jamás, sin embargo, ha tenido frente a él a un hombre con este oficio. Nada dice y su rostro no se inmuta, apenas parpadea. Mira con curiosidad, tras las gafas de concha, a este hombre de frente grande y abultada, el mirar extraviado, cuerpo pequeño, encogido, actitud acosada, con las manos crispadas. El doctor Valdés ha conocido en su vida a muchos hombres y mujeres que se han sentado frente a él y han jugueteado, como lo hace Ricardo Almeida, con las plumillas colocadas a propósito sobre la mesa para comprobar la tranquilidad o la inquietud de las manos del enfermo, si las tocan o si las dejan, el juego nervioso de los dedos, la calma o el afán de esas extremidades de los seres humanos que suelen delatar a veces lo que revela o esconde el corazón.

Pero no estamos aún aquí. El doctor Valdés toma su agenda, pasa las páginas, consulta algo, luego deja la agenda sobre la mesa”.

José  Julio  Perlado

(Continuará)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

figuras-ttvvd-Ad Reinhardt

 

(Imágenes.-1.-Jules Olitski- 1970/ 2.-Dirk Skreber -2001- engholm galerie- kerstimengholm/ 3.-Uta Barth– 2005- colección Magasin- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 4.-Sandy Skouglund- all- art- org/ 5.-Ad Reinhardt)

 

 

LOS MOMENTOS DE LA INSPIRACIÓN

 

 

“Podemos distinguir – escribe Nabokov enOpiniones contundentes” –  diversos tipos de inspiración que pasan de una forma a otra de manera gradual, al igual que todas las cosas en este fluido e interesante mundo nuestro, al tiempo que se prestan amablemente a un remedo de clasificación. Un resplandor preliminar es algo que el artista aprende a percibir en una fase muy temprana de su vida. Esa sensación de cosquilleo, de bienestar, se ramifica a través de su cuerpo como el rojo y el azul en la imagen de un hombre despellejado bajo el encabezado de Circulación de la Sangre (…) Se expande, resplandece y remite sin revelar su secreto. Mientras tanto, sin embargo, se ha abierto una ventana, ha soplado un viento auroral, los nervios han sentido hormigueo. Al poco todo se disuelve: regresan las preocupaciones habituales y las cejas vuelven a describir su arco de dolor ; el artista sabe que está preparado.

Pasan unos días. La siguiente fase de inspiración es algo que uno espera ardientemente… y ya no es algo desconocido (…) El narrador presiente lo que va a contar. El presentimiento se puede definir como una visión instantánea que se convierte en un veloz discurso (…) El escritor experimentado de inmediato toma nota, y mientras lo hace transforma lo que es poco más que un borrroso discurrir en algo que poco a poco va cobrando sentido, con epítetos y construcciones de frases que crecen tan claros y elegantes como quedarían en la pągina impresa.

(…) Podemos ver la inspiración como algo que acompaña a un autor mientras éste trabaja en su nuevo libro. Lo acompaña mediante unos fogonazos sucesivos a los que el escritor podría acostumbrarse hasta tal punto que cualquier repentino chisporroteo de la iluminación doméstica podría pasar por un acto de traición”.

 

 

(Imágenes -1- Victoria park – 1915 – McCord museum/ 2- Drago persic– engholm gallerie)

UNA CASA, UN LIBRO, LA SOLEDAD

“Carpinteros, cerrajeros, estucadores, albañiles: a veces les oigo discutir de su trabajo, en el bar. Comentan las dificultades con las que tropiezan, se cuentan unos a otros cómo las resuelven. Al tiempo, levantan paredes, ponen puertas, instalan grifos, colocan barandillas. En lo que hace sólo unos meses era un descampado, si pasas ahora descubres que se levanta una casa en la que alguien se asoma a la ventana. y desde cuyo interior llegan voces, o música. Ellos siguen hablando en el bar sobre si han hecho una buena obra o les han obligado a hacer una chapuza. Les envidio esa posibilidad de trabajar juntos, de poder poner a prueba sus habilidades. Lo que dura, lo que no se agrieta, lo que soporta la acción del agua, lo que encaja, la puerta que no cede”.

Confiesa todo esto el novelista Rafael Chirbes en Por cuenta propia. Leer y escribir (Anagrama) y añade: “Entre tanto, me veo a mí mismo braceando entre sombras, incapaz de nada, vacío un día tras otro. Echo de menos esas certezas artesanas: tener los avatares del tiempo por testigos.(…) Ya sé que un libro no tiene la solidez de una casa, pero en Moscú quedan pocas casas de las que se construyeron cuando Tolstoi vivía, y de la vieja Alexanderplatz berlinesa qué quedaría de no ser por el libro de Döblin. Me digo que puedo discutir sobre la resistencia de los materiales con los obreros del bar, porque una casa y un libro son expresiones de la sorprendente dureza interior que guarda ese frágil animal humano al que cualquier accidente tumba”.

Sobre la artesanía del escritor al construir y trabajar he hablado varias veces en Mi Siglo. Es la soledad del quehacer personal, la obligada incomunicación y concentracion imprescindibles para crear. Patricia Highsmith, hablando de ese trabajo, anota que para el escritor “la gente puede ser estimulante, desde luego, y una frase dicha al azar, una anécdota o algo parecido puede poner en marcha la imaginación del escritor. Pero en la mayoría de los casos, el plano de las relaciones sociales no es el plano sobre el que vuelan las ideas creativas. Es difícil ser receptivo hacia el propio inconsciente cuando se está en grupo, o incluso con una sola persona, aunque esto último resulta más fácil. Es curioso, pero a veces las personas que nos atraen o de las que estamos enamorados son como una especie de caucho que nos aisla de la chispa de la inspiración (…) Hay algunas personas, a menudo las más inesperadas -sosas, perezosas, mediocres en todos los sentidos -, que por alguna razón inexplicable estimulan la imaginación”.

Bendita soledad, permanente compañera del escritor, donde se fragua todo: el cuaderno en el que se escribe, el libro donde vivirá el lector.

En el fondo, su casa.

(Imágenes.-1. Drago Persic– 2007-.-Engholm Galerie– Viena/ 2.-“X NaNa Subroutine”.-Constanze Ruhm.-Engholm Galerie.-Viena)