“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (36): LA PALABRA Y LA IMAGEN

 

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS:    (36) : La palabra y la imagen

 

13 junio

– El otro día – me reanuda hoy el diálogo la periodista entrando en el despacho – hablábamos de las declaraciones suyas en la universidad de Montevideo sobre la belleza. Pero hoy me gustaría que me ampliara un poco otro tema muy querido para usted, algo que escribió extensamente en “El ojo y la palabra”: la relación entre el artista y la imagen. Como usted ha recordado muchas veces, estamos en el universo de la imagen, pero también ha insistido en que la palabra sigue siendo esencial.

-Sí, naturalmente. En “El ojo y la palabra”, el libro que acaba usted de citar, comentaba yo, por ejemplo, que Van Gogh no había creado el azul, tampoco Picasso, tampoco Miró. Son todos “subcreadores“-en frase de Tolkien – y lo que descubren son las formas o los reflejos de la gran Creación en donde sí está ya creado el Azul desde el principio de los tiempos Todo esto significa, al menos para mí, que el artista sí tiene la última palabra en muchos sentidos: está dotado gratuitamente de una capacidad de observación, de contemplación y de arrebato ante la Belleza que seguramente otros muchos no poseen y que, sin embargo, sí estarán dotados para muchas otras cosas. El artista, pues, se siente impelido a recoger esa Belleza que descubre y contempla y a transmitirla a su modo y manera, con sus técnicas propias. En ese aspecto sí tiene la última palabra, porque, aunque él no lo quiera, en cierta medida se siente obligado interiormente a reflejar esa belleza. Aunque no quiera, nota que no tiene más remedio que hacerlo. Se diría que no sirve para otra cosa. En ese caso, no sería fiel a su vocación de artista si no lo cumpliera.

 

Por tanto el artista, y así lo indicaba también en aquella entrevista de Montevideo, sí tiene la última palabra en esta cultura de la imagen. ¿Quién, si no, la va a tener? Él es responsable de saber contemplar la Imagen con mayúscula ( o las imágenes que transmite el mundo), y él es el responsable también de transmitir la imagen o imágenes a los demás. De lo deseable de la Belleza que contemplamos nace el deseo del artista por copiarlo, interpretarlo, entregarlo y, por parte de quienes no son específicamente artistas, el deseo, podríamos decir, de apropiárselo, el deseo de convivir con ello largo tiempo, el tiempo mayor posible. Aunque a nuestro rápido entender no nos quepa en principio en la cabeza que no nos pueda cansar una puesta de sol, la verdad es que la belleza de una puesta de sol con sus infinitos matices contemplados podría llegar a no cansarnos nunca. Siempre que mantuviéramos viva la capacidad de asombro, que es lo que recordábamos el otro día. Esto no llegamos a admitirlo porque este mundo nos obliga al sentido de la utilidad, de la concreción por la utilidad inmediata, y entonces nos preguntaríamos, ¿para qué me es útil una puesta de sol? Y el siguiente paso sería decir entonces, ¿para qué me es útil la belleza?

Titulé mi libro “El ojo y la palabra” entre otras cosas porque creo que el ojo es lo último que queda del ser humano, el color de la pupila, el ojo entreabierto antes de partir, especialmente ese color, como digo, que encierra cada ojo. Se empobrecen los miembros, los músculos, los movimientos, también las palabras, al fin esas palabras van quedando en monosílabos e incluso reemplazadas por gestos. En el caso del ojo, cuando uno está a punto de abandonar la vida, y mucho antes también, en los meses o semanas anteriores, el ojo va quedándose quizá estático, perdido, sin fuerza ni fijeza, pero, aunque palidezca algo, nunca abandonará su primitivo color. Pueden estar satisfechos los ( o las) que tengan un color de pupilas bonito, porque ese azul o ese color – el que sea- será lo último que se cierre. Además, cuando se emplea la expresión ante el momento de la muerte, “Vamos a cerrarle los ojos“, se dice así, y no “vamos a cerrarle las palabras“, porque las palabras seguramente enmudecieron ya mucho antes.

Por otro lado, la palabra y el ojo van siempre de la mano. A través del ojo vemos el ejemplo que se nos da, y lo que al fin le queda a un ser humano cuando permanece ya solo en la vida, con sus padres ya fallecidos, es el ejemplo de ellos, lo que VIO en la familia y en la vida, no tanto lo que le dijeron. Pocas personas guardan palabras numerosas y aleccionadoras de sus padres y educadores, pero en cambio sí ha quedado en su retina aquello que vio con sus propios ojos, actitudes y ejemplos, buenos y malos, que indicaban coherencia o no coherencia respecto a las palabras que se pronunciaban a lo largo de su educación. Por tanto, el ojo que nos ve en los hijos o en los alumnos recoge más lecciones aún que las palabras. Ese ojo además es el que paseamos a través de la vida en general: en viajes, en acontecimientos, en un fluir incesante de palabras cotidianas, etc. Pienso a veces, y así lo dije en esa entrevista de Montevideo, que las palabras se desgastan porque se usan mal y se abusa de sus contenidos, y el ejemplo de la política y los políticos en general en el mundo – con ese desfile de sucesos, líderes, elecciones y promesas – hacen que uno devalúe la palabra escuchada. El ojo también juzga todo eso, pero, como siempre, es el ejemplo el que va viendo el ser humano, y aunque le llegue también el escepticismo ante lo que ve, es distinto al escepticismo o a la incredulidad ante tantas promesas de palabras.

 

Hay que recordar también que en las familias, todas las casas están llenas de palabras desde el inicio del día a la noche, las madres especialmente se vuelcan en palabras hacia sus hijos y su formación, sencillamente porque, en principio, están más tiempo con ellos que sus padres. Pero creo que ese fluir de palabras tan necesario, incluso un hijo lo puede esquivar, harto ,en determinadas edades, de escuchar lo mismo: lo que es mucho más difícil que esquive es el ejemplo, a veces sin palabras: un ejemplo coherente y firme, en el que se pueden mirar los hijos como en un espejo. Después, naturalmente, ejerciendo su libertad, harán lo que quieran. Pero insisto en esta pequeña valoración porque creo que el mundo actual está sobrecargado o saturado de palabras, – además de las imágenes – y, como he dicho antes, hay un empobrecimiento de las palabras, muchas palabras se manipulan como mentiras, y el excelso valor de la palabra – hasta cuando uno “da su palabra” a otro – se ha vaciado muchas veces de contenido.

 

-Hablaba usted en esa entrevista del “centro” y de los “vaivenes” de la vida…

– Sí, cuando se contempla la historia actual, por ejemplo con sus complejos temas económicos y financieros a nivel mundial, hay que pensar, al menos así lo pienso yo, que son “vaivenes” – a veces esenciales y muy importantes y de grandes repercusiones -, pero que no pueden ocultar de ningún modo el centro ni la profundidad de las cosas, las esencias. Si se pierde el centro, los vaivenes son los que reinan y hay que preguntarse si el mundo, desde hace años, no va detrás de los impulsos de esos vaivenes, arrastrado por las modas y los modos que ellos comportan, viajando a merced de las corrientes imperantes y haciendo que esas modas y esas corrientes sustituyan a lo capital, es decir, haciéndolo capital.

El centro es el centro, y si uno no tiene personalmente un centro vital sobre el que haga girar su vida tendrá que buscarlo y agarrarse a él. Por ejemplo, ¿ es que quizá el “centro” de una vida intelectual puede ser, simplemente,, el “postmodernismo“? Eso causaría risa. No habría más que ver, en ese caso concreto, el resumen de los “ismos” que hacen Guillermo de Torre o Juan Eduardo Cirlot para saber que todos esos “ismos” pasan y que con ellos se escapan épocas y actitudes que son sustituidas inmediatamente por otras. Todo eso son los “vaivenes“, muchas veces deslumbrantes, que, naturalmente deben ser motivo de estudio y de trabajo, pero que no pueden constituirse como “el centro” o el eje de una vida.

La palabra, pues, es la palabra y la Palabra con mayúscula es la que ha engendrado a las otras palabras. “En el principio fue la Palabra“, dice San Juan. No dice “En el principio fue la imagen”, aunque ahora, en nuestra época, la imagen parece que lo ocupara todo. La palabra en ningún caso puede ser apartada ni olvidada. Lo más que puede hacer es completar a la imagen, explicarla. Pero hay que pensar que quienes han escrito sobre “la lectura de imágenes” , por ejemplo, “Cómo se lee una obra de arte“, de Omar Calabrese, o “Leer imágenes” de Alberto Manguel, no tienen más remedio que emplear palabras para glosar tales imágenes, y no pueden glosarlas con otras imágenes. Por tanto, para crear una historia en Imágenes hay que, después de “verla”, edificarla y construirla mentalmente con palabras, que son las que harán en su momento el guión, y luego, para glosar y comentar esas imágenes, también habrá necesidad de emplear palabras. Es decir, siempre – y felizmente – estará la palabra del hombre.

-Esto, de algún modo, está relacionado con lo que cuenta usted en “El ojo y la palabra” al describir los atentados de las Torres Gemelas…

-Sí, me impresionó mucho aquella imagen de 2001. Recuerdo que el 11 de septiembre de 2001, en el momento de los tremendos atentados de Nueva York, estaba siguiendo en casa, como suelo hacer a esa hora, el telediario del mediodía. No se interrumpió ante la catástrofe. Más aún, como era su obligación informativa, lo retransmitió en directo. Vi al detalle todo cuanto ocurría. Meses después escribí sobre aquello: “se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan. La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto. El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recorre esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos. Minutos después aparecen pañuelos de vida en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad. Las dos Torres están llenas de vidas, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas todas esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor. Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician , mucho menos las palabras impresas. Pero las palabras impresas – primeras ediciones de periódicos – pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace en la pantalla. ¿ Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? Y sobre todo, ¿por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros.” Más tarde los porqués de los análisis en esos libros intentarán explicarnos de algún modo los qués, lo que hay detrás de los qués para que haya tenido que suceder y estallar todo esto.

– Por tanto, usted se reafirma en que es la palabra la que explica la historia y no solamente la imagen.

– Lógicamente. La palabra puede estar en un libro, en un soporte de las nuevas tecnologías de la comunicación, en un móvil, pero la palabra es la que explicará siempre las razones de la imagen. Es la que la completará.

No puede olvidarse tampoco que la palabra no es sólo la palabra leída o escrita sino, antes de ello, la palabra hablada, el diálogo, ya en la infancia, enseñado por los padres al bautizar con palabras cada objeto que el niño mira – mira la imagen que representa al objeto y los padres lo definen con palabras – y lógicamente esto sucede también en la escuela primaria y en los primeros diálogos. La palabra fluye incesantemente por todo ese mundo, y no las imágenes. El diálogo, esencial en la convivencia humana, es un eslabón de palabras y lenguas y no puede ser sustituido por imágenes. Por mucho que se hable de la devaluación de la palabra, la palabra está ahí, y no se la puede ignorar, despreciar o manipular. El gran problema está en saber si en el futuro una videoteca, por ejemplo, por sí sola y sin palabras, llenará intelectualmente lo que hoy una biblioteca y su lectura puede llenar. El reto estará en saber cómo se compagina la enseñanza de la sabiduría con el mundo de las imágenes.

Los adolescentes, y los que pronto abandonarán la niñez, han visto desde siempre el televisor – y hoy los móviles – como un elemento más de su casa y de su vida. Igual que antes ocurrió con el automóvil o con el frigorífico. Edward Albee, entre otros, hizo ver este dato. También Foster Wallace. Los ejemplos de autores serían múltiples. Con la imagen se vive, y también se come y se cena ante ella, y la imagen le persigue a uno a lo largo del día. Pero querría ya citar aquí unas palabras de George Steiner en “Presencias reales” que dicen así: “Si el niño queda vacío de textos, en el sentido más cabal del término, sufrirá una muerte prematura del corazón y de la imaginación y subrayo “en el sentido más cabal del término”. El despertar de la libertad humana puede darse también en presencia de cuadros, de música. Es, en esencia, un despertar por medio del pulso de lo narrativo a medida que golpea en la forma estética. Pero parece que son las palabras las que golpean con mayor seguridad la puerta“.
Creo que esta última frase es reveladora. La palabra es la que golpea con mayor seguridad y no la imagen. La imagen golpea instantáneamente, puede estremecer en un segundo, pero golpea la conciencia quizá con menos profundidad. Es decir, su sonoridad queda más pronto amortiguada

Ante el paralelismo de las palabras y la imagen hay que preguntarse también quíén pronuncia las palabras. ¿Las madres, como yo digo en “El ojo y la palabra“ al hablar de los padres y madres de los escritores?. ¿Quién pronuncia esas palabras que marcan ? ¿El libro? ¿El profesor?

Habrá que aprender a educar con imágenes, y las nuevas generaciones piden que se les explique así el mundo. Pero eso no basta. Consumir sólo imágenes no hace que penetremos en los secretos del pensamiento. Además, la velocidad instrumental de la imagen es rapidísima. Me refiero a que ya tenemos imágenes en el reloj de pulsera. Paralelamente, las palabras en los mensajes se reducen a píldoras de comunicación brevísima. Entonces, ¿cuándo es el momento en que recibimos las palabras reales, las profundas, las de los “por qués“? ¿En la escuela? ¿Y en el momento en que dejamos el colegio o la Universidad? ¿Y cuando ya no tenemos las palabras familiares de nuestros padres educándonos en la medida en que les deja su tiempo libre? Se diría que el hombre, arrojado al vértigo social de la vida corriente, se alimentará de imágenes, pero ¿quién decide y manipula esas imágenes? Se hace difícil que ese hombre se alimente con la lectura. Entonces, ¿cuándo va a enlazar cuando sea mayor con la corriente de la sabiduría ? ¿Quién va a explicarle a ese hombre los porqués? Aparte de esto, todos cuantos exponen imágenes en películas o televisión, sobre todo si escriben un guión, y por tanto quieren dar un mensaje a través de la sucesión de imágenes, tienen que profundizar antes en las ideas, y esas ideas suyas las captarán y elaborarán estudiando y comparando testimonios y lecturas, es decir, palabras. Es un mundo fascinante.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

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