CIUDAD EN EL ESPEJO (7)

 

CIUDAD EN EL ESPEJO  (7)

 

 

“El doctor Martinez Valdés conoce estos amores de Jacinto Vergel Palomar pero no se detiene ahora en ellos mientras espera que un atasco desanude sus nudos a la altura de la Puerta de Alcalá. Cómo sentir desde el coche la brisa del Retiro, qué hacer con el corazón acelerado de Jacinto Vergel que declaró su amor dos veces a Luisa Baldomero, los dos viudos, los dos solos, los dos trastornados. Los trastornos, Sor Benigna, le dijo una mañana el doctor Valdés a la monja,  no crea usted que son tan fáciles de solucionar, los trastornos, hermana, como muchos otros males de la vida, uno los escucha, los contempla, ha de admitirlos, intenta de algún modo curarlos, porque de qué modo se va a solucionar esa tremenda inquietud de Jacinto, cómo darle, en cambio, vida y compañía a Luisa. A veces, el doctor Valdés piensa que esos trastornos estarían mucho mejor unidos. Y si se casaran, se dice,  e incluso lo habló con la monja. Se casarían, don Pedro, le contestó Sor Benigna, únicamente por lo civil, Jacinto no pisa la iglesia. Pero en ocasiones el doctor Valdés deja que la imaginación vaya vigorosa, y mientras ahora su automóvil sube lentamente por la calle de Alcalá bordeando el Retiro, del Retiro y de sus frondosos árboles que encierran las verjas llega un aroma inusitado de comprensión, un aire extraño que intenta no contaminar a Madrid.

 

 

Son las ocho y media de la mañana y Juan Luna Cortés está vigilando en la puerta del Museo del Prado, la ambulancia que le llevó desangrado y moribundo a Ricardo Almeida García entró hace diez minutos  por el portón de urgencias del Hospital de la Cruz Roja en la calle de Reina Victoria, y Jacinto Vergel Palomar, en bata azul y zapatillas, acaba de descubrir a Regino Cruz Estébanez, uno nuevo, grueso, con gafas y una herida en la frente, que intentó tirarse hace tres días por el puerto de la Morcuera y en el que anida, tierno y amargo como un gusano en su cerebro, la atracción por el abismo, por el veneno, hacia la  muerte. Mi hermano es dentista, le ha dicho a Jacinto en cuanto le ha visto en el pasillo, y en un armarito de cristal, sé que guarda el veneno, yo lo he tenido en la mano, lo he probado, mi hijo mayor me descubrió, él me salvó esta vez. El doctor Martínez Valdés aún no sabe estas cosas, ya se las contarán, ahora vuelve a arrancar despacio su coche intentando avanzar en el denso tráfico y sigue con paciencia el hilo de su fila, va camino de la calle de Menéndez y Pelayo, marcha junto a la verja del Retiro, por el lado derecho de la calle de Alcalá, pasó la famosa Puerta,  el doctor don Pedro Martínez Valdés, va inmerso en una vena circulatoria de Madrid, la palabra africana Magerit quiere decir venas, conductos de agua, desde hace horas saltan en el aire las aguas de las fuentes de la plaza de Colón, forman penachos, suben y se derriten con fuerza, se derraman las aguas en la fuente de Neptuno, mojan la pétrea carroza que conduce a la Cibeles, pero y si Madrid  no fuera vena, y si las disputas por ese nombre nos llevaran hasta Matritum, madre o matriz en el centro de España, matriz del cuerpo de la nación, abertura por la que nace la criatura de España, muchos la quieren dividir, otros tantos la quieren desgarrar, don Pedro Martínez Valdés tiene sus propias ideas políticas, no le gustaron nunca las dictaduras y no aprecia tampoco las democracias engañosas, queda asombrado del eterno amor al buen vivir y la impaciencia en paz del español, su sangre hirviente, el mundo parece imantado por el oro, dinero, posesiones, este país pasó tanta hambre en la última  guerra, sufrió tantos asaltos y quejidos, murieron en tres años tan gran cantidad de hombres, niños y mujeres inocentes que la existencia se acaricia ahora con refinado placer,

 


 

España en este final del siglo XX es tierra de conquistas multinacionales informáticas, tierra de sol para muchísimos, y desconocida tierra que han de explorar otros, por qué no llamar entonces Ursaria al actual Madrid dados los muchos osos torpes, lentos, veloces, en ocasiones voraces, que llegan de todas partes, osos que corren hacia el madroño verde con el fruto rojo, y oso trepando hacia sus ramas, orla azul con siete estrellas de plata, escudo blanco, y encima de él una corona real así son las armas de Madrid, cuánta gente armada  a lo largo de los siglos, qué armaduras y cuánto armamento,  dicen que el oso es recuerdo de cuantos animales con su nombre áspero y salvaje poblaban el término de la ciudad, No he visto osos por él Manzanares el Real, dirá en cuanto le pregunten a Jacinto Vergel, si, en cambio, hermana, mosquitos, no lo niego, le comentará a Sor Benigna, que el embalse de mi pueblo los congrega aunque ellos sean mansos y no piquen, sabe usted, no son mosquitos de agua. Hay ahora, en la esquina del comedor de la planta Segunda del sanatorio Doctor Jiménez, una conversación entrañable, rara y tierna a la vez. Porque el doctor Martínez Valdés sigue atrapado en el tráfico de la calle de Alcalá, mientras Regino Cruz Estébanez, que parece apacible y sin embargo busca en su cerebro el gusano de la muerte, escucha e interrumpe de vez en cuando a Jacinto Vergel, que habla de sus amores con Luisa Baldomero. Están los dos sentidos frente a frente en este comedor alucinado, cristal esmerilado que alumbra tibiamente los tazones del desayuno rebosantes de pan desmenuzado.”

José Julio Perlado

(continuará)

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(Imágenes—1-Chiharu – Shiota -2016/ 2- Cara Barer- artnet)

CIUDAD EN EL ESPEJO (9)

 

CIUDAD EN EL ESPEJO (9)

 

“Luisa Baldomero González también ha acabado de desayunar en el pabellón de mujeres. Hay un jardín verde y fresco en el centro del sanatorio y una pequeña estatua  elevada al doctor Francisco Jiménez, muerto ya en el siglo XlX, y que fundó este recinto de trastornados. No son trastornados feroces ni peligrosos. Madrid, Magerit, Ursaria, todos los nombres de esta gran ciudad ignoran que existe este sanatorio, no se piensa en los dementes, se cree que no los hay, ninguno dirá que existen. Viven los trastornados apaciblemente, mansamente, discurre su vida por pequeñas o grandes desviaciones, no por vías muertas sino tan sólo trastocadas, algo, alguien modificó los cruces y las encrucijadas por algún motivo inesperado y amparado en el misterio. Luisa Baldomero González se ha casado tres veces, enviudó, tiene hijos repartidos por el mundo y nietos que no la vienen a ver, es quizá lo que más siente, aquel olor tibio de los pañales de sus nietos, el sentido del olfato está desarrollado en ella como en la gran abuela única y desamparada que es, novia hoy, a sus setenta y tres años, del espigado mozo Jacinto Vergel tan alto y enderezado aún para su edad. Ahora, a las nueve menos cuarto de la mañana, Luisa le está preguntando a la monja, Oiga, Sor Benigna, usted nos dejaría salir un rato, a Jacinto y a mí, hasta la plaza del Niño Jesús, hasta la calle de Samaria. A Luisa Baldomero le gusta pasear siempre que puede con este hombre pícaro y tieso como una estatua que la ronda y que le dice cosas galantes y no cursis en cuanto están solos. Pero usted, Jacinto, le dirá en la consulta el doctor Valdés, realmente quiere casarse con ella. Luisa Baldomero suele ponerse el mismo vestido de flores estampadas que viste con Jacinto siempre que la llama el doctor Valdés. A mí, no; a mí no me importaría casarme con él, le responderá al médico Luisa Baldomero, y añadirá, Pero siempre que me dejen estar con mis nietos.

 

 

Entonces contará la verdad. Mire, doctor, yo siento aquí, y se señalará  el pecho, y la nariz, y los ojos, Siento aquí el olor de cuando ellos eran pequeños, me necesitan, yo soy su abuela, yo los bañé y los enjuagué a todos, siento el olor de la leche materna dentro de mi, alrededor mío. Una mañana Luisa Baldomero se escapó  sola del sanatorio del doctor Jiménez y cruzó la calle de Menéndez y Pelayo a la altura de la Puerta de Granada, y se internó en el Retiro, creyó que todos los niños que jugaban en los jardines de Cecilio Rodríguez, jardines famosos y afamados del Parque de Madrid, eran nietos suyos. Y sentí el olor, doctor, le dirá a don Pedro Martínez Valdés, Sentí el olor a la leche materna y a pañales que me atraía desde el fondo del Retiro, y vi cómo los bañaba a todos, y de qué modo se escurrían sus carnes junto a mí y yo los secaba, todos, todos nietos míos.

 

 

Qué hacer con esta gruesa mujer que tiene un atisbo de demencia, una obsesión, una preocupación intensa. Puedo, entonces, salir, hermana, le insistirá  Luisa a Sor Benigna, puedo salir con Jacinto hasta  la calle de Samaria. La monja le negará el permiso. No hay permiso del doctor Valdés, el doctor ahora viene. Y efectivamente es así. Bordeó el coche del doctor Valdés la Montaña Artificial, la Antigua Casa de Fieras del Retiro, rejas que contuvieron panteras y tigres y ancianos leones cansados ante el asombro de los niños, rejas y fosos y cuevas de las que salía el cuello de las jirafas, monos obscenos y chillones, Casa de Fieras hoy ya vacía, bordeó el automóvil blanco del doctor Valdés los Jardines de Cecilio Rodríguez, la Puerta de Granada, la Puerta del Niño Jesús, no alcanzó con el coche el Jardín de las Plantas Vivaces, giró a la izquierda donde pudo, entró al fin a las puertas del sanatorio.

Van a dar ya las nueve de la mañana, pocos minutos faltan. En la Avenida de Reina Victoria, en el Hospital de la Cruz Roja, a Ricardo Almeida Garcia, vendadas las tremendas heridas de sus brazos y su cara, lo meten en la camilla de una ambulancia.

—Al Doctor Jiménez —dice alguien.

Va tumbado, vendado, semiinconsciente, viendo con sólo un ojo el techo de esta ambulancia que dispara al aire el sonido de su sirena. El doctor don Pedro Martínez Valdés entra en el sanatorio del doctor Jiménez, saluda a una monja en el vestíbulo. Es un viejo vestíbulo sombrío, sembrado de maderas, antiguo, como un viejo palacete de otro tiempo. Nadie se puede imaginar lo que hay en el piso de arriba, ni la ambulancia que viene velozmente hacia el sanatorio, ni el olor a nietos recién bañados que sigue notando en su nariz Luisa Baldomero González, ni el afán amoroso de Jacinto Vergel Palomar, que limpia los gruesos cristales de sus gafas y echa a andar deprisa, siempre montañero, incluso en el llano del pasillo, buscando a quien hablar. Nadie ve la blanda fatiga en la papada de Regino Cruz Estébanez, ese hombre que parece haber olvidado el veneno.

Sor Benigna entrega un montón de ropa limpia a otra monja.  El doctor don Pedro Martínez Valdés entra en su primer despacho del día, su jornada habitual de los martes y jueves, se quita la chaqueta y viste su bata blanca.

 


 

Al otro lado del sanatorio del doctor Jiménez, al final de la calle de Menéndez y Pelayo, respira misteriosa la hondura del Parque del Retiro. Buen Retiro, así se llamó, y empezó su decadencia con la muerte de su Majestad el Rey Felipe lV.

Es la familia del Rey, la familia de Felipe lV, la que está pintando Velázquez en el techo de ese ojo que ve Ricardo Almeida García mirando semidormido el interior de la ambulancia. Son ya las nueve, exactamente nueve y cinco del martes ocho de mayo. Las Meninas se mueven un poco en el ojo de Ricardo Almeida, él no puede hacer ya nada, ya las acuchilló, o peor, se acuchilló a sí mismo hace hora y media en su pensión. Unos pájaros igual que motas negras, diminutas, sobrevuelan los tejados de Madrid.”

José Julio Perlado

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(continuará)

(Imágenes—1-Twombly- 1983/ 2 y 3- -Mark Rothko/

CIUDAD EN EL ESPEJO (11)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (11)

“Pero él no está aquí para asombrarse sino para discernir, para descubrir. Si alguien entrara ahora con nosotros en esta salita de consulta del sanatorio del doctor Jiménez al final de la madrileña calle de Menéndez y Pelayo, advertirá que don Pedro Martinez Valdés, con su bata blanca y sus gafas de concha, su gran espalda apoyada contra el respaldo del sillón, permanece atento al sufrimiento. Estudió los pliegues del aburrimiento en los seres humanos, intentó conocer lo que es la angustia expectante, también los complejos, esas vueltas y revueltas que suelen dar las distintas conciencias, el carácter de los conflictos, lo que algunos llaman las deficiencias del espíritu, se examinó y obtuvo brillante nota hace muchos años respecto a la frustración existencial, se asomó al pozo en que se hunde la imagen del hombre. Qué es, se pregunta muchas veces cuando está solo, el inconsciente colectivo, cómo atraparlo, de qué modo ver la luz al otro lado de su sombra, cuáles son las mordeduras de los instintos, y sobre todo, cómo abrazar de modo apasionado la libertad humana dejando tan suelto su abrazo que ella quede libre, y así humanidad y libertad se hermanen siempre, qué métodos para aplicar todo esto son los apropiados. Hay tantas cosas en los libros, tantas en la mente, las mentes son tan diversas, la vida luego enseña lo que las letras no dijeron, por ejemplo, que las neurosis no marchan nunca solas, no son singulares, hay neurosis dominicales y neurosis que asoman su cabeza por el alba de días como éste, hubo, y seguirá habiendo neurosis de guerra, las paces también propician neurosis propias, existe el nihilismo en este tiempo de fin de siglo, danzan locas por los vericuetos del cerebro en los hombres las obsesiones más dispares, se escondió el vientre de muchos siglos, el placer y los placeres, pasaron anteriores épocas de psicoanálisis y se prolongan, turbias o claras, eficaces o engañosas, las diversas terapias tan distintas, se alzan tan variadas las psicologías que una llámase analítica , otra de altura, hay una más que denominan profunda, otra aún individual, por fin la psicología psicosomática, y un hermano extraño, quizá bastardo, el psicologismo, y si se sigue en este despacho del sanatorio del doctor Jiménez con el índice del dedo del recuerdo y de la ciencia la tabla de todas las materias, alcanzaremos las psicosis, y luego la psicoterapia dirigida al hombre, porque a quién sí no va a estar dirigida la psicoterapia sino a un humano, y poco a poco nos adentraremos en el racionalismo y con un paso más serio en la razón del ser, y después no olvidaremos nunca, no podrá olvidar el doctor Valdés, la religión, el re-ligare, la relación con Dios. Dios que creó Madrid, y España, y el mundo, y creó la vida de don Pedro Martínez Valdés y la existencia de Lucía Galán Domínguez, y la mantiene y la conserva cada segundo, a pesar de que esta belleza de las negras cerezas en los ojos quiera morirse.

 

 

Pero lo que el doctor Valdés busca en esos ojos de Lucía en cuanto la ve, o mejor aún dentro de esos ojos, en la cavidad de su ser, lo que don Pedro Martínez Valdés indaga en los enfermos, por eso se hizo médico, por ello es psiquiatra y de este modo se encuentra como pez en el agua en este despachito de la consulta, lo que intenta extraer del fondo de los pacientes es el sentido o la carencia de sentido, que de todo hay, respecto a la responsabilidad de la existencia, qué responsabilidad tiene el enfermo, y el hombre mismo, el hombre sano, es que acaso está ausente el individuo de esa responsabilidad, cómo inflamar esa llama de lo responsable, cómo despertar ese pálpito, qué se puede resucitar en lo que parece casi ya moribundo, qué hacer, cómo hacer, cuál es la fórmula más eficaz.

Hay una sensación de falta de sentido  en muchas vidas de Madrid y del mundo, se huye como se puede y en cuanto se puede del sentido del dolor, quién puede señalar hoy, en estos tiempos, cuál es la brújula personal que marca el rumbo para dar  sentido a la vida, cuántos sueños vagan a tientas entre las sombras dormidas de los seres humanos, cuántas sugestiones disfrazadas de sueños, qué imágenes tan grandiosas del super- yo en el recinto de los individuos cuando estos se crecen, qué variadas técnicas para los disimulos y las simulaciones sintiéndose a sí mismos, cuántas transfusiones  de ideas falsas, cómo contar todos los traumas psíquicos que existen si quedan esparcidos y pulverizados en los campos salvajes de los seres que todo lo esconden, que incluso se esconden dentro de ellos mismos, envueltos en una capa negra de mutismo o de interrogación continua, como eso suele hacer Lucía Galán Galíndez, esta belleza de veinte años que ahora mira al doctor Valdés, qué tipo de vacío hay en ella, acaso vacío existencial, se dice el médico, y de qué tipo será ese vacío, cuáles son los valores de Lucía Galán Galíndez  si es que ella tiene escala de valores, cuántos son ellos, en qué orden quedan establecidos los escalones, quizá guarda en su fondo una voluntad de dominio, anida en esta jovencísima mujer una voluntad de placer, tal vez se puede definir en Lucía su voluntad de sentido.

Pero pasa en este momento Sor Benigna, rápida, con cierto nerviosismo, y al lado de la puerta del despacho, se asoma un instante y dice:

—Doctor, en cuanto pueda tiene que ver a Luisa Baldomero.”

José Julio Perlado

(continuará)

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(Imagen —Jasper Johns)

 

 

CIUDAD EN EL ESPEJO (16)

“Por qué no habla este hombre, quién le hará hablar, qué cosas esconde, es que de verdad esconde algo, se ha preguntado muchas veces don  Pedro Martínez Valdés. Hermana, le ha dicho a Sor Benigna, vigílelo, y si le oye hablar con alguien, con quien sea, a la hora que sea, dígamelo. A veces se ha arrepentido el doctor Valdés de aceptar el ingreso de este enfermo; sin embargo es un reto. Los sanatorios psiquiátricos no están para gente muda, don Pablo Ausin Monteverdi no es mudo, alguna vez hablaría, se sabe que es viudo, que se casó con Engracia Lorenza,  y que especializó su restaurante con una carta que él compuso a mano, con letra buena grande y clara, sin decir palabra a nadie. Elegido un buen melón, compuso, de los  llamados “escritos” de Villaconejos, lávese bien su corteza y córtese, del lado menos puntiagudo, lo saliente del extremo para que siente bien puesto de pie. Córtese, del otro lado un cono, añadía el cartel colgado en la cocina del restaurante, que permita extraerle las pipas y las “tripas”, pero no el jugo. Rocíese interiormente con anís de Chinchón, dulce o seco, según el gusto, y déjese refrescar en la nevera, durante dos horas al menos, agitándolo de vez en cuando para que todo su interior se bañe por igual con el líquido que contiene. Cuando esté bien fresco, seguía el cartel de la cocina, preséntese, asentado por la base que se le hizo, en un plato de cristal y en la mesa, córtese en rajas, de arriba a abajo, y sírvase, y luego añadió don Pablo Ausin con letra más grande, Debe tomarse con una copa de vino rancio de Getafe, y es excelente para empezar una comida o al final de ella.

Tal cartel lo tenía ahora en sus manos el psiquiatra don Pedro Martínez Valdés. Lo había  descolgado de la habitación  de don Pablo aquel testamento que pendía de su cama como frontispicio o reclamo mientras observaba a hurtadillas el hombro derecho desnudo del paciente con el tatuaje sembrado por la piel y extendidas entre las notas pardas del pellejo la entera provincia de Madrid. Era un hombro robusto el de don Pablo, pero algún hueso había hecho su aparición como montículo y San Lorenzo de El Escorial , no por su famoso y pétreo Monasterio, sino por su relieve de la edad, aparecía elevado y deslumbrante, bajaba algo Valdemorillo y Brunete y subía en cambio Navacerrada y Peñalara y el Monasterio del Paular en donde, en el fresco de la piel medió entumecida, parecían cantar los monjes. Se asomó el ojo del psiquiatra a aquella piel y nada dijo, Entonces, pensó el doctor Valdés mientras tenía en sus manos aquella receta sobre el melón de Villaconejos al Chinchón, es que este hombre no ha hablado nunca nada, jamás tuvo nada que decir, cómo es eso posible. Mire usted, don Pablo, podrá decirle un día el guía del Prado Ricardo Almeida García si el  destino se lo permite, si el destino no se tuerce, Usted es un privilegiado, tiene a un Goya en su pueblo, en la iglesia, que lo conozco yo, A que usted no sabe quién fue la condesa de Chinchón. Don Pablo Ausin Monteverdi, que habló muy pocas veces, en el caso de que rompiera a hablar, mirará entonces a Ricardo Almeida con una extraña sonrisa. Dígame, le dirá por dentro y sin mover los labios, Cuénteme, a ver, descúbrame mi pueblo. Ricardo Almeida García, natural y vecino de Madrid desde siempre, conoce de memoria esas sonrisas, y adivina a los posibles turistas imaginarios, los descubre y los llega a encantar y a cautivar. No podrá seguir Sor Benigna esa insólita conversación  dado el trabajo que tiene, Pues la condesa de Chinchón, que había posado para Goya siendo niña, y luego de pie, y al fin sentada, le dirá en retahíla precipitada Ricardo Almeida a don Pablo Ausin, en cuanto le dejen, se llamó María Teresa de Borbón y Vallabriga y sería esposa del ministro Godoy, y yo tuve, don Pablo, que estudiármela porque todo hay que saberlo en este mundo, más siendo guía oficial del Museo, el oficio es de uno y si no se lo quitan, Se casó con  Godoy en 1798, y un cuadro suyo, siendo aún niña, con un perrito junto a sus faldas, está hoy en Washington, don Pablo, y otro de pie, se encuentra en Florencia, y al fin sentada, cerca de dar a luz, pocos meses le faltarían, se halla en Madrid.

 

Nada le contestará a todo esto, ni a la condesa de Chinchón ni a Goya, don Pablo Ausin Monteverdi. No le querrá responder al guía del Prado, sólo le sonreirá esta noche, educado como hace siempre.  El mutismo de don Pablo es asustante, le ha confesado Sor Benigna al psiquiatra. Pero es que nada ha dicho en año y medio, preguntará el médico, Nada, contestará la monja al médico. Y el doctor contemplará el tatuaje en el hombro de este enfermo.

—¿Por qué  no habla usted, don Pablo? ¿ Por qué se empeña en no hablar usted?

Cuando el psiquiatra se acerca a don Pablo  Ausin y  tomando una banqueta queda sentado a su lado, otra monja con más flema y algo más paciente que Sor Benigna, una monja muy aguda en sus ojos vivos, unos ojos a los que nada se les escapa, ojos semi ocultos tras redondos cristales levemente oscurecidos, observarán esta  gran cabeza huesuda que don  Pablo aguanta sobre sus hombros. Es cabeza anciana, erguida aún la de este hombre, con una noble proporción que los avatares del tiempo han ido despojando y casi despellejando, o mejor desencarnando, puesto que el pellejo, su piel moteada y estirada se tensa en la mandíbula y la delgadez reseca hace de este mentón un hueco que se esconde bajo el hueso, Todo es nuez, piensa Sor Prudencia, esa monja que sustituye a ratos a Sor Benigna. En los pensamientos dentro de los sanatorios podemos penetrar, e incluso a lo  ancho y largo de las ciudades también podemos hacerlo, los pensamientos vuelan, son motas blancas, ni siquiera nacieron para libélulas, no pueden serlo, sobrevuelan tenues como vaporosos granos de palomas, almas sin hojas que trae y lleva el aire en el polen de mayo en Madrid.’

(Imagen- Mark Rothko – 1969)

José Julio Perlado- “Ciudad en el espejo”

(Continuará)

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CIUDAD EN EL ESPEJO (17)

—¿Qué piensa ahora, don Pablo?—pregunta suavemente el psiquiatra, pero no quiere molestarle demasiado –  ¿Ahora qué  piensa? ¿Cómo se encuentra?

Quedan monja y médico sentados ante don Pablo Ausin y el anciano mira frente a sí inmutable, mira hacia el pasillo, en su profundidad, aunque agradece en el fondo esta deferencia. Qué querrán estos que piense, se dice don Pablo, pienso lo que me da la gana, pienso que la vida es triste y corta, que es menester tenerla bien sujeta y que a pesar de ello se escapa, se va, a uno le han ido arrumbando pco a poco, qué me importa que estos pregunten, se lo agradezco, esta monja parece lista y buena persona, tiene mirada aguda, este médico querría que yo me desnudase ante él, nunca lo hice, por qué hacerlo, el silencio vale más que las palabras, sólo Engracia conoció algo de lo que yo llevo dentro y no conoció todo, mi padre Casimiro me enseñó a no hablar, yo escuchaba sus llaves en la puerta con un temblor y temor como un aparecido, igual que viniendo del campo, con el cráneo tostado y arrugado, me fuera a golpear o  a regañar. Todo esto está pensando don Pablo Ausin Monteverdi, es parte mínima de sus soliloquios, mira al pasillo imperturbable y ladea de vez en cuando la cabeza, mueve muy ligeramente los ojos a derecha y a izquierda, hacia la monja y hacia el doctor, pestañea, pero no abre la boca. Aquel martes de mayo don Pedro Martínez Valdés pensó en llamar al hijo de don Pablo, al grueso Agustín Ausin, y decirle, Lléveselo, métalo otra vez en Chinchón, aguante usted a su padre ya que es su hijo, dialogue con él, charle, sáquele sus secretos, sáquele incluso de sus casillas, aquí ya no puede estar más. Los sanatorios psiquiátricos, ya lo dijimos antes, no son para desvelar mutismos ni silencios, acaso fue o ha sido don Pablo Ausin un demente, no, no lo fue, Entonces, se pregunta  Sor Prudencia, la monja de los ojos oscurecidos tras los lentes, qué hace este hombre aquí, qué secreto guarda.

—Vamos, ¿qué tal, don Pablo? —insiste el médico —¿Necesita algo ? ¿ Puedo ayudarle en algo?

Hoy está don Pablo enflaquecido y silenciosamente quejumbroso. Cuando la vida se va, lo hace brusca o sinuosamente, las arterias se han endurecido, la próstata se hizo enorme, el corazón es una caja de sorpresas, latido a latido, ritmo a ritmo, la tensión ascendió durante años con el vino, con las mollejas, con los sesos, con todos los ricos desperdicios de los corderos y de las ovejas, con la sangre cuajada y con el vino convertido en sangre. La mínima de tensión no consiguió bajar durante años y no acudió don Pablo a muchos médicos, no se cuidó, ahora lo paga. Han quedado fijas las pupilas de don Pablo Ausin en el final de este pasillo del sanatorio del doctor Jiménez, son pupilas bañadas en agua, el lloro va por dentro, los ojos grandes son marrones y permanecen inmóviles, parece mentira que este hombre hace treinta años llevará en su cabeza las cuentas y servicios del restaurante de Chinchón, él solo, sin ayuda de nadie ponía velozmente las mesas en la Plaza, se entendía rápido y enérgico con los viajantes, mantuvo el genio vivo con Encarna Lorenza y regañaba muchas veces a Agustín, ayudó a construir la viviente Pasión de cada Semana Santa del pueblo, él fue San Pedro, el de las negaciones, un año hizo de Judas y no le gustó, volvió a ser San Pedro, no se atrevió a hacer de Judas, no le salía. Yo no te negaré nunca, le gritó a Jesús, Y yo te digo, le contestó el hijo del alcalde que hacía ese año de Cristo, que antes de que el gallo cante me negarás tres veces.

 

Todo esto y muchas cosas más, como estrellas, como recuerdos infinitos, pasa por la mente fija y anquilosada como piedra profunda de don Pablo Ausin, piedra anclada en el fondo de su existencia. Las pupilas clavan unas imágenes insólitas que están saliendo del fanal acristalado de este pasillo y la vida de don Pablo pasa ahora a tal velocidad y vértigo, con tan extraña cadencia, que algo está ocurriendo por dentro en la maquinaria humana de este Ausin, nunca se sabe a ciencia cierta en qué momento las ruedas de la muerte dan un brinco más, las muescas del vivir quedan dañadas de forma irreparable.

—¿Nada me dice entonces? —murmura el psiquiatra — ¿Eh, don Pablo? — le palmea con cariño en la fina y endeble rodilla — ¿Está usted enfadado conmigo? —le sonríe —¿ Eh, don Pablo? ¿Qué le he hecho?

Pero don Pablo Ausin Monteverdi gira tan sólo un poco la cabeza y mira al médico intentando ser bueno y benévolo, suavizando ese mirar duro que siempre tuvo, tal y como si contemplara una beatifica visión.

Buena persona es este hombre, se dice muy por dentro don Pablo mientras fija en el psiquiatra sus pupilas, sí, Buena persona parece. Los labios resecos de don Pablo, unas líneas que un día fueron yemas jugosas y hoy son ríos en cuyo extremo asoman brotes de blanca espuma que no se derrite, que pronto se hace sólida, se curvan un poco, tan sólo un poco, y nada dice.

Nada le arrancarán a este hombre, piensa Sor Prudencia, levantándose de la silla, Es tremendo.

Nada le arrancarán por ahora a don Pablo Ausin. Ni una palabra, ni un gesto, ni una insinuación.

Dieron las once, casi las doce, en el reloj del pasillo de este sanatorio de la calle de Menéndez y Pelayo. En el instante en que el psiquiatra se levantó para seguir su ronda con los enfermos, algo ocurría, así es la vida de las ciudades, al otro lado de Madrid.

 

José Julio Perlado  — “Ciudad en el espejo”

(Continuará)

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(Imagen -Sigmar Polke- 2008)

CIUDAD EN EL ESPEJO (20)

“Pasó el ángelus de ese martes de mayo cerca de la Virgen de la Paloma, a la que había venerado con constancia dos reinas, Maria Luisa de Parma e Isabel ll. Pasó el ángelus con sus Santas Marías y sus Aves Marías cerca de la Virgen de las Maravillas y entró también como soplo de viento no lejos de donde ahora seguía el coche de Begoña Azcárate avanzando, llegó hasta la Virgen de las Carboneras, en la plazuela del Conde de Miranda, casco del Madrid viejo,  antiguo casco de la capital de España, iglesia recogida y casi ensimismada en sus muros, nada lejana a la Plaza de la Villa, en la que se erguía actualmente el  Ayuntamiento, las ciudades, a veces, se cubren de cascos guerreros o pacíficos para envolver cabeza y pies,  cabeza y planos, bronces que protegen su estructura, armadura de piezas tan firmes y bruñidas que el envite del tiempo no logra empobrecer. Juanita Miranda “ la andaluza” había marchado el lunes al frente de su ejército de mujeres limpiando la planta baja del Prado, había pasado frente al salón de actos del Museo y entró en las salas dedicadas a la pintura española del siglo XV, era mujer diminuta y nerviosa, temperamental, hembra de arrestos, había casado con su marido hacía veintitrés años,  conocía el mundo, y a veces, mientras tomaba el bocadillo hacía las once de la mañana refugiándose todos los grupos de mujeres en cuartitos reservados, daba consejos a la más débil y a la vez más extraña de todas, a Eugenia Fernández, la separada del teniente de infantería, Julio Ramón Ortega, nacida ella en la Granja y actualmente residiendo en El Pardo. Tú tienes que aguantar, Eugenia, si a tu hija no la ves, ya vendrá a ti, son egoístas los hijos, buenos pero egoístas, eso los que salen buenos, le decía, Pero es que tú no tienes hijos, Juani, le respondía crispada la otra, tú no sabes lo que es que ella te llame sólo para pedirte dinero, no sé ni dónde está, es que no tiene para eso a su padre, decía Eugenia, o es que su padre no la ve, es que él no tiene un sueldo, porque sí, sí tiene sueldo, y además la ve, que no sé lo que él le ha dado.

 

 

Cecilia Villegas Lucín, nacida en León, a punto de retirarse con sus ahorrillos, callaba y comía, había ya visto demasiado en la vida y contemplaba discutir a las dos, se sentaba cansada en una banqueta y no miraba demasiado su principio de varices, despreciaba sus piernas y su figura, había enterrado a su marido, Antonio Fuertes Bendito no hacía año y medio, bendito Antonio que tanto la había hecho sufrir, se había escapado varías veces su Antonio con bailarinas y actrices de medio pelo, le perdonó cada vez, al fin Antonio Fuertes se estampó una noche con su coche contra una tapia en la carretera de Extremadura, a la altura de Campamento, y quedó inválido de las dos piernas, lo cuidó y lo amparó, lo mantuvo gracias a la pensión de invalidez de él y al trabajo de ella  en el Museo, al fin lo enterró piadosamente, y a pesar de cuanto había sufrido le lloró mucho, y aún ahora, por las noches aunque ella nada contaba, tan discreta era que su historia matrimonial no la sabía bien mas que su espejo, aún ahora en las noches le lloraba desesperada, volcada sobre el catre que le prestó su hermana, hay lloros profundos en Madrid que son intensos y que apenas se notan, difícil es percibirlos a no ser que el oído de la ciudad preste atención al estremecimiento de estos pliegues del sueño, tal era el lloro de esa mujer de sesenta años, Cecilia Villegas, “Ceci” para los amigos, que los lunes, al limpiar, mordía su bocadillo de mortadela y abría su termo de café con leche no lejos de la sala de pintura española del siglo XV, mientras la pátina del tiempo pasaba en volutas sobre los cuadros. Era siempre el tiempo el que parecía pasar y no pasaba, cruzaba de puntillas el dintel desde el tiempo de los muertos.

 

 

Un arte de espectros, le dirá esta tarde con énfasis Ricardo Almeida al médico, son unas  actitudes funerales y una técnica, doctor, para un arte eternamente sepultado, repetirá solemne el guía del Prado ante el psiquiatra don Pedro Martinez Valdés cuando éste le siente en su despacho. Pero es que sólo piensa usted en la muerte, le interrogará el médico, la muerte tanto le obsesiona, le insistirá el psiquiatra. Yo no le hablo de la muerte, don Pedro, le dirá asombrado Ricardo Almeida, yo le hablo de lo que estudié, de la muerte en el arte, es decir, del tiempo de los muertos. A Ceci Villegas Lucín, o a Cecilia Villegas, que de ambas maneras se la puede llamar,  viuda de Antonio Fuertes Bendito,  no le impresionará en cambio la muerte el lunes de mayo que limpie el Museo, sentada y prácticamente derrengada sobre una banqueta muerde su bocadillo de mortadela y bebe a sorbos su café con leche, ha desenroscado la tapa de su termo y piensa unas veces en su Antonio juerguista y que al fin de sus días se quedó paralítico, y otras cuenta cuidadosa y amorosamente los meses que le quedan para retirarse. Once meses, tres semanas y dos dias, Ceci, se dice a sí misma ante el pequeño espejo de su pequeño cuarto, vive en un entresuelo en la calle de Tendis número doce, en el distrito de San Isidro, por la calle de Tendis y subiendo la calle de Valdecelada, ascendiendo enseguida por la calle Carlos Dabán se llega hasta la Vía Carpetana, y doblando a la derecha, esa Via Carpetana alcanza pronto las tapias del cementerio de San Isidro. Ese entresuelo de la calle de Tendis número doce que le prestó su hermana huele siempre a cerrado y a rancio, allí  estuvo sentado ante la ventana y a la altura de la acera, mirando sin ver la vida del barrio, sus ojos mansos como cordero casi degollado, Antonio Fuertes Bendito, fontanero de profesión, que ganó mucho dinero en la vida a base de chapuzas y de arreglos, y que trabajó y se divirtió de lo lindo, que no se perdió una verbena madrileña y que bailó incansable en El Barrio de La Latina y en ciertos cuchitriles de la Plaza de la Cebada, junto al Mercado. Ceci recuerda que su Antonio solía ir al Mercado muchos días muy temprano le atraían las bombillas sobre pintorescas pescaderías madrileñas, siempre le atrajo aquella luz resbalando por el lomo y las escamas de las pescadillas brillantes y muertas, sus cabezas abiertas entre trozos de hielo, el mostrador de aquel Mercado que proseguía  en un barrio típico de la capital, el Mercado lleno de gritos y voceo. Mi Antonio, se decía Ceci Villegas mirándose al espejo y hablándose a sí misma, odió siempre el gigantesco Mercamadrid de las afueras actuales, no quiso verlo, él disfrutaba en las tabernas de la calle de Calatrava, y aún me acuerdo, se repetía Ceci Villegas por las noches, llorando desconsolada, mis cumpleaños en “Casa Paco”, en la plaza del Cordón.”

 


Ha pasado ya el coche de Begoña Azcárate en este martes ocho de mayo no lejos de la Plaza del Cordón, hace tiempo que fue dejando atrás los comercios de la calle Mayor y que entró en la Puerta del Sol, fue pacientemente buscando lugar y sitio en un aparcamiento subterráneo cerca de unos grandes almacenes de la calle de Preciados. Eran algo más  de  las doce y no se puede describir la vida simultáneamente en libro alguno. Van las existencias vestidas con sus trajes, habitan en sus propios disfraces de diverso tamaño y colorido, camina por un pasillo del sanatorio del doctor Jiménez el psiquiatra don Pedro Martinez Valdés, sube una escalera mecánica Begoña Azcárate, los peldaños parece que se comieran a sí mismos, van tragándose sus entrañas, sus rendijas y ranuras, las fauces dentadas de los peldaños de esta escalera mecánica dan la impresión de una portentosa máquina que girara transportando a la gente, las cosas que se inventan en este fin de siglo, cuántos siglos quedarán para que se acabe el mundo,  llevamos veinte siglos desde Cristo y no se cuentan los que quedaron amontonados en la historia anterior y en la prehistoria, a Onofre Sebastián en su trabajo de “Nebraska” le ha llegado la hora de poner los manteles y hacer señas, silbos, suaves pitidos a sus compañeros cuando encarga algo de cocina, gambas, callos, riñones, langostinos, sesos, mollejas, un plato combinado, pero es por la Plaza de la Cebada y por la Plaza Mayor y bajo sus arcos donde se fríen suculentos calamares  y el olor de los fritos entra por el olfato madrileño, aún no hay turistas en la capital, no llegó el desembarco de las lenguas, los mapas y los pantalones cortos, cuando los turistas lleguen a la capital de España perderán sus vergüenzas y mirarán bien y sin timidez la lista de los precios. Eran algo más de las doce de aquel día de mayo y por las dos Cavas, calles estrechas llamadas de la Cava Alta y de la Cava Baja, restaurantes famosos, cada uno a su quehacer y a su oficio, cocineros en las trastiendas o en los sótanos con sus blancos gorros y sus hábiles manos, que los hombres parecen más diestros que las mujeres cuando se disponen a tales faenas, cortan carnes y pescados y ordenan las mezclas de las salsas mientras vigilan el hervir de las cazuelas gigantes, más parecen capitanes de barcos que otra cosa, dueños eficaces al mando de ejércitos. Vivía por entonces un rey Borbón que a veces escapaba con sus amigos hasta “Casa Lucio”, un restaurante de la Cava Baja, y el dueño lo sabía y preparaba y disponía cubiertos, extendía manteles de cuadros blancos y rojos como rojo era el vino de las botellas que reposaban en las bodegas, blanco, rosado y aquel vino tendido tal como si durmiera, bodegas casi a oscuras en el fondo mismo de Madrid, quietud de sus entrañas, añejas cosechas que provenían de distintas comarcas españolas, fluir manso de vapor en sus grados que aguardaba salir y desbordarse, caer en copas y arder en sienes y colarse en estómagos. Luisa Suárez Amores, otra de las limpiadoras del Prado, viuda y con dos hijos a los que había sacado adelante limpia y honestamente, chico y chica, Cayetano y Paloma respectivamente, presumía de haber nacido en el centro mismo de Madrid, no en el actual centro al que algunos se referían hablando del kilómetro cero de España, aquel marcado en las  baldosas de la Puerta del Sol y bajo el famoso reloj, sino en el centro más antiguo, es decir por donde ahora discurría la calle de Segovia, apartado aquel lugar del río Manzanares, que para poco había servido, y apartado también de la gran mole blanca del Palacio Real, nido y nudo ese trozo de la calle de Segovia de la historia más remota de la ciuda,d, del origen de Madrid, matriz y madre de aguas. La capital, ahora, a finales del XX, extendía humos, vahos y vapores, y su aire delgado, fino y delicado, aquel clima que por ser tan sano había compuesto el cuerpo de muchos monarca y vasallos durante varias épocas, aquel clima célebre por el bienestar que derramaban sus cielos, había quedado envenenado por la polución y una capa impalpable pero espesa y grasienta abarcaba ahora la anchura de aquella  capital que en otros siglos fue tan salubre. Luisa Suárez Amores, que el lunes también limpió el Prado, era mujer muy alta, seca en apariencia, firme de compostura, valerosa y decidida. Había quedado viuda muy joven y vivía no lejos del Puente de Segovia, en la calle de Segovia número ciento veinte, a un paso tenía los jardines de las Vistillas donde los veranos brillaban en verbenas costumbristas los aires de la noche. Muerte extraña había sido, muerte extraña y repentina la de Julián Cibeiro Cardoso, su joven marido nacido en Cambados y llegado a Madrid, gallego silencioso y falto de humor, que pocas cosas dijo en su vida y que murió en la cama de madrugada,  junto al cuerpo de Luisa, desgraciadas y tristes son esas muertes mudas, todas las muertes lo son, él era el hijo único de  unos pobres campesinos a quien habían dejado estrecho capital, la madre  de Julián, Rosa Cardoso, había recorrido una y otra vez durante años, vendiendo la fruta y las patatas que sacaban de la huerta, desde Cambados hasta Villanueva de Arosa y desde Villanueva de Arosa hasta Cambados.”

 

José Julio Perlado —“Ciudad en el espejo”

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

(Imágenes—1-  C L Frost/ 2- Yoko Akino/ 3- Rem Jasón Rohlf)

CIUDAD EN EL ESPEJO (23)

“Se quedó aquella jornada sobresaltado el médico. Escuchó y miró a aquel hombre sentado ante él en el pequeño despacho, tanto estudiar libros y pasar exámenes y tanta casuística reunida  para luego encontrar ojos humanos, y caracteres decididos, y voluntades asombrosas, desconocidos cariños inesperados. Estuve allí , don Pedro, discúlpeme, a la luz casi apagada de la enfermería, no sé si dormía o no aquella mujer, viva sí que estaba, que a la mañana siguiente vino su hija desde la Avenida de los Toreros, que yo lo sé  y la vi, sé  dónde vive, a ella se le escapó, eso tiene poca importancia, más importancia tiene el despego y esa falta de cariño que brotan de sus ojos tiznados y pintados, con esa no me casaría yo.

Don Pedro Martínez Valdés ha aprendido su oficio de psiquiatra como todos los seres humanos, de la existencia misma, a golpes de brutales ejemplos tan clavados en su  propia carne y en su mismo pellejo como tatuado está el mapa de la provincia de Madrid en el hombro de don Pablo Ausin Monteverdi, natural de Chinchón. Ángeles Muñiz Cabal poco ha podido hablar con el médico, apenas la han dejado hablar, la abandonaron ya anciana en su silla de ruedas y luego en los altos de la enfermería, y bien se sabe que los viejos cuando ya no pueden moverse, cuando han de estar sometidos a los demás y no dependen ya de sí mismos, parecen igual que muebles, casi son muebles corroídos de carcoma y los finos agujeros de esa carcoma recuerdan a alfileres por donde se clava la puntiaguda memoria, esa antigua memoria plegada en lejanos recuerdos que se hace viva cada vez. Me acuerdo, se decía Ángeles Muñiz ensueños, mejor dicho, entre sueño y vigilia, entre olvido y memoria, Me acuerdo, se repetía a sí misma en la cama de la semidesierta enfermería, el año que yo llegué a Madrid con María, sola, bajando desde Asturias a la capital de España, rehaciendo un hogar, buscando calor y comida para la chiquilla. Pero nunca le has preguntado nada sobre su vida, Pedro, le interrogaba la mujer del psiquiatra al médico en las intimidades del dormitorio o cuando paseaban los dos de tarde en tarde, por las callecitas de Puerta de Hierro. Nada, contestaba Valdés, su hija sólo le lleva el yogur y la acompaña un rato, parece déspota y tiránica con su madre, eso cuando va a verla, que son pocos los días que lo hace, no me preguntes más.

 

No, no se debe preguntar a los médicos, y menos a cuantos se especializan en psiquiatría, psicólogos y psiquiatras son de la misma ralea, buena ralea a veces pero no pueden hablar, no pueden y no quieren, en ocasiones ni quieren ni pueden, hay un secreto profesional que guardan con doble llave y que ni sus mujeres conocen. No, no me preguntes más le había contestado cierto día a su mujer don Pedro Martínez Valdés.

La verdad es que los recuerdos de Ángeles Muñiz Cabal al llegar a Madrid, viuda ya, muy joven, veinte años tenía y ya había sido madre, nunca los confesó a nadie, pero ahora, en la penumbra de la solitaria enfermería aparecían de repente, y de la pared blanca, del fondo de las cortinas recogidas, comenzaban a surgir caballos y coches, sombras apenas esfumadas, oscuros y largos tranvías recorriendo carriles por la calle de Alcalá. Era hacia mil novecientos veinte, a la altura de la Iglesia de las Calatravas, cerca de la Puerta del Sol, Ángeles Muñiz tuvo la suerte de empezar a servir de limpiadora  en el Hotel Regina, pasaba el paño por las mesas de la entrada, acumulaba sábanas en los cuartos del fondo, a veces echaba una mano en el restaurante del Hotel y se hizo muy amiga de la dependienta de al lado, Montserrat Domínguez, que trabajaba pared con pared junto al Hotel, en la tienda de Mantequerías Leonesas. Cómo cambio Madrid, qué calle de Alcalá tan distinta, se había dicho en tantas ocasiones Ángeles  Muñiz estando sola, paseando cuando pudo y tuvo arrestos, que fueron muchos, por aquel  centro y aquella calle de Alcalá que ahora, lo que es la vida, por otro tramo, desde la Avenida de los Toreros hasta Menéndez y Pelayo recorría su hija María algunas mañanas. Cerró los párpados Ángeles Muñiz en el rincón de la enfermería  del sanatorio, oía el zumbar de tubos que la envolvían, no los podía ver, para qué mirarlos, a sus noventa y dos años y aparentemente abandonada de todos, lo que veía bien entre las telarañas de sus cerrados párpados eran aquellos coches de negra capota que le asombraron en su juventud, tranvías como féretros alargados, sus cristales ennegrecidos y ahumados, cerrados en sí mismos, carteles de blanca madera en los que se leía “Puerta del Sol a Ventas”. Había sido una calle de Alcalá la que vivió, cerca de la calle de Peligros que cruzaba, toda ella cubierta de variada confusión, el aire aún palpable, los caballos cruzando de acera a acera en arrastrar de coches públicos, figuras que Ángeles Muñiz Cabal, en la hondura de sus pupilas cerradas que tanto habían visto y escondían nácar de bellezas como si conservaran cristalinas aguas, guardaba en recuerdos aquel ir y venir de sombreros y gabanes oscuros, mozos con espaldas  curvadas transportando sacos enormes, gorras de funcionarios y policías atravesando nieblas o secos fríos madrileños, ventanillas, farolas, bastones, vidas, su hija María jugando entre el aire de mesas y sillas ordenadas en la puerta del Hotel Regina, brillos y oscuridades que emanaban ahora, cerca de la una de la tarde de este ocho de mayo, de la luz y del silencio de la enfermería, las evocaciones antiguas suelen entrar violentas en las memorias. Madrid se rememora ahora, en el rincón de este sanatorio, y la estampa, y el olor, y el  sabor de aquel año veinte asoma en la laguna de los cerrados párpados de esta anciana igual que si la vida volviese, pero ni vida ni existencia dan un paso atrás, es la historia la que pasa las cuentas del rosario del siglo y aquel Madrid que único parecía no volverá jamás a aparecer, carruajes y caballos prosiguen en la pared de esta enfermería, pero tan sólo en la pared, y dan la impresión de que se mueven, aunque estamos  ahora al final del siglo y la vida se va, esta vida arrumbada y solitaria de Ángeles se marcha. No, no puedo contarle nada de ella, le había dicho una tarde, paseando entre las callecitas de Puerta de Hierro, se lo había repetido el psiquiatra a su mujer. Nada o muy poco sé de ella, dijo pensando en la anciana Ángeles Muñiz que tanto había vivido. En verdad, don Pedro Martínez Valdés, bien poco conocía de los secretos de esta vieja asturiana, y aun cuando los hubiera sabido, jamás, nunca, los habría desvelado, los párpados cerrados de la anciana  bien podían quedarse tranquilos.”

 

José Julio Perlado ( “Ciudad en el espejo”)

(Continuará)

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(Imagen— Larry Fox)