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Posts Tagged ‘Daniel Vázquez Diaz’

 

 

“En la calle del Conde de Aranda donde vivía antes Juan Ramón – contaba Alfonso Reyes en suTertulia de Madrid” -, él se compuso un cuarto sordo, acolchado, que le costó mucho dinero y paciencia. Los obreros no le entendían, y él mismo se equivocaba al principio en la elección de los medios.

Comenzó por forrar los muros de corcho. Pero yo, que tenía mis dudas – continuaba Reyes -, consulté a un mecánico belga, vecino mío. Y mi vecino me explicó que el corcho interrumpe las vibraciones motrices, pero no las acústicas, que contra los ruidos, lo mejor era el fieltro.

Juan Ramón rehizo la obra, apuró un poco, y al fin dió con una sustancia ensordecedora especial que le trajeron de los Estados Unidos, donde las cosechan para sanatorios de hombres fatigados. El resultado fue fantástico.

– Parece – decía el poeta Moreno Villa – que le arrancan a uno los tímpanos al entrar aquí.

Pero lo peor no era esto, sino que se apagaba del todo la atmósfera sonora, ese ambiente o baño de rumores indefinibles en que vivimos como sumergidos; se borraba, en fin, el fondo del paisaje – ! pero en cambio, resaltaban, únicos, individuales y más discernibles que antes, los ruidos más fuertes, los ruidos esporádicos, acaso los más turbadores de todos! Así, el fotógrafo de al lado, el loro del piso bajo, el pavoroso ruido que lanzan los muebles de tiempo en tiempo, y, sobre todo, la pianola de los cubanos de arriba, que todo el día bailaban tangos argentinos con unos tacones matadores…

– Estoy seguro – decía en su exasperación el poeta – estoy seguro  de que usan tacones metálicos.

 

 

Al fin, derrotado, Juan Ramón decidió mudarse. Y en la nueva morada – una pequeña terraza de una de las calles más amplias y señoriales de Madrid – se oía de tiempo en tiempo el chirrido del tranvía en la curva y, al anochecer, el grito de la castañera.

Juan Ramón se ha acostumbrado a levantar la pluma y suspender la labor unos segundos, mientras acaba su quejido el tranvía. Y en cuanto a la castañera, afortunadamente, ha desaparecido con el buen tiempo.

(…) Azorín, curioseando un día en unas ediciones escogidas, le descubrió un antecedente a Juan Ramón Jiménez: resulta que Lamartine padecía del mismo mal y también había caído en el error del cuarto acolchado. Sólo que Lamartine tenía un cuarto al parecer espacioso, y el de Juan Ramón era diminuto, aunque daba la ilusión del espacio, y aún del aire libre, un espejo que duplicaba la longitud y reproducía la ventana de la calle.”

 

 

(Imágenes -1- Juan Ramón Jiménez – Daniel Vázquez Díaz/ 2- Carl Holsoe/ 3- Raoul Dufy)

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“Cuando Unamuno cumplió los 60 años confesó que había publicado 4.000 artículos en la prensa. Ese quehacer le acompañaría toda su vida. El Noticiero Bilbaíno, Las Noticias de Barcelona, Hojas Libres, El Liberal, El Mercantil Valenciano, Vida Nueva, La Estafeta, Diario del Comercio, España, de Buenos Aires, Hispania, de Londres, La Nación y muchos otros más fueron altavoces de sus ideas. Como ha recordado María Cruz Seoane, las dos razones fundamentales que llevan a los escritores al periódico en esa época ‑de1898 a 1936, la edad dorada del periodismo literario, o de la literatura en el periódico‑ son la económica y el deseo de tener éxito, de darse a conocer. Para la inmensa mayoría de escritores, la colaboración periodística suponía una fuente de ingresos complementaria o imprescindible; Unamuno decía que aunque él y sus hijos no comían de las colaboraciones, sí cenaban de ellas. Él escribía más de 25 ó 30 artículos al mes, de7 a 9 por semana como asiduo colaborador de al menos 15 diarios y revistas. “Hay un número de artículos de diario o revista ‑le escribía a Ortega‑ que me obligan a hacer ineludibles necesidades de padre de familia. Pero no me pesa. Ello me obliga a pensar, un poco al día, pero en público. Una pluma en la mano es mi mejor excitante.

Esa avalancha de colaboraciones, las cataratas de artículos escritos para poder vivir no sólo oprimían a Unamuno. También Maeztu confesaba en una carta: “No le exagero si le digo que me dejaría cortar las dos piernas si pudiese disponer de dos horas más de atención concentrada al día. Los periódicos me están comiendo vivo, literalmente” Y Gómez de la Serna proclamaba a su vez: “El literato aquí, por mucho que trabaje, tiene que cubrir sus gastos de primero de mes con el sueldo periodístico, y después sufragar cada semana con los artículos de las revistas acogedoras y salvadoras”.

Pero además de las exigencias económicas ‑como le sucede hoy a muchos escritores‑ había ese deseo lógico de verse en la prensa ‑(hoy añadiríamos en los medios, es decir de estar vivo)‑, esa necesidad de situarse en la primera fila de los periódicos de entonces. El libro siempre ha sido laborioso y el periodismo instantáneo y efímero. Y también el periodismo ‑mal o bien‑ siempre ha sabido pagar con cierta puntualidad y frecuencia. El libro, no. A Valle Inclán, que colaboró en El Imparcial con una serie de artículos, le habían pagado en El Sol por Divinas Palabras trescientas pesetas y le sugirieron que pidiera por La corte de los milagros en La Nación de Buenos Aires dos mil pesos, algo que ninguno de sus libros le había dado. “Todos los escritores españoles contemporáneos ‑comentaba ante todo esto José María Salaverría afluyen actualmente al periodismo. La fatalidad de los tiempos ordena que el periódico devore al libro, y que, mientras el libro concede cada día  menos la posibilidad de una flaca ganancia, el periódico pague, si no precisamente estipendios fastuosos, por lo menos cantidades decorosas y al contado. Otorga también al contado el éxito. Estamos en el momento de la ‘civilización periodística’ y la literatura, es claro, ha tenido que rendirse a la fatalidad. Todos los escritores españoles, con sus cuartillas bajo el brazo, tienen que desfilar ante las mesas directivas de los diarios.”

Pero existe lógicamente un tercer motivo ‑además del del dinero y el de la presencia‑ para publicar artículos en la prensa. Se trata, como apunta Seoane, del deseo por realizar una labor cultural o política eficaz, es decir, de proponer o aportar en la plazuela del periódico ‑y así lo decía Ortega‑ la aristocracia de las ideas. Esas ideas en Unamuno pueden resumirse así: desde su primer artículo en la Hoja Literaria de El Noticiero Bilbaíno en 1879 le preocupa la unión del pueblo vasco para reunir fuerzas y salvar la paz; a esas preocupaciones vascas, enfocadas sobre todo desde la función social, hay que añadir el tema de la envidia cainita de una parte y el del peso de la lengua y sus valores de otra. Dos cuestiones completamente distintas. El ser de España, el alma de España, la casta y el casticismo, la estética, la filosofía y su personal visión de la espiritualidad, acompañarían como motivo a sus artículos toda su vida. Si a ello añadimos su atracción por el paisaje ‑por todo paisaje de la geografía española, pero sobre todo por el paisaje de Vasconia y de Castilla, e incluso ante estos paisajes y preocupaciones viajeras por las notas que le acercan al costumbrismo del XIX ‑tendremos sintetizadas las principales ideas de Unamuno que él desgranó en los periódicos hasta su muerte, en 1936. Desde su sosiego como Rector en Salamanca en 1901 las páginas de los periódicos le ofrecen tribuna para declamar en sus artículos todo lo que él piensa. Esos “apuntes preparatorios”, como él los llamaba, esos “cartones de estudio para un cuadro” ‑(de esta forma calificaba a sus artículos)‑ son los que Don Miguel iba entregando casi diariamente a la prensa. La asiduidad y el apremio no incidían en su calidad. Acaso esa forma de acercarse a los temas, ‑el pergeñar bocetos y esbozos y no caer al redactar artículos en lo que (robándole nosotros la expresión a Foxá) supondría escribir bajo el peso de la gravedad y de la púrpura‑ beneficiaba sin duda a sus colaboraciones. Ese “menester tan menesteroso” de su trabajo en la prensa daba pie, poco a poco, a transformar sus “cartones para un cuadro” en cuadros definitivos para un libro, es decir, en “cuadros con unidad y colorido”. De ahí nacen, por ejemplo, Por tierras de Portugal y de España, Andanzas y visiones españolas, Paisajes del alma, De mi país, y tantos otros.

Pero hay algo en la concepción del artículo en Unamuno digno también de reseñarse brevemente. En una dirección que algo nos puede recordar el fervor por las “cosas pequeñas” que tenía Azorín, cabe destacar el título Ansia de cosas pequeñas publicado en Las Noticias de Barcelona. Ahí Don Miguel defiende por qué él ha preferido siempre el artículo periodístico como vehículo de opinión: “Trabajos hay ‑dice‑ en que ponemos reflexión y ahínco, amontonando notas, tomando apuntes, revisando y volviendo a revisar las cuartillas. Y sin embargo, no reflejan nuestro espíritu tan bien como aquello otro que a la buena de Dios fluye (…) ¡Quién sabe si esta labor al parecer pequeña, desparramada, si esta intermitente cháchara no será lo que de más eficacia deje uno!”. Y en 1905 apuntaba: “Y así en vez de recogerse en uno a meditar sus propias concepciones y las ideas que parecen de otros, y organizarlas y tramar una obra orgánica completa, se apresura a echar fuera lo que se le vaya ocurriendo. Y hasta los libros hacen el efecto de ser colecciones de artículos de periódicos (…) Hay que escribir no para salir del paso, sino para entrar en la queda.

Singular defensa del artículo periodístico, de su espontaneidad, de su frescura. Los “apuntes preparatorios” y los “cartones de estudio para un cuadro” suponen en Unamuno un reflejo de la fragmentación que todo artículo aporta a un conjunto. Él está más cómodo volcándose en cada fragmento, que ya cada fragmento se articulará en una composición definitiva”.

(J.J. Perlado: “El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes“.-págs 55- 58)

(pequeño apunte al iniciarse la celebración del  Año Unamuno)

(Imágenes:- 1.-Unamuno en su despacho/ 2.-Unamuno antes de pronunciar un discurso en el Ateneo de Madrid, en 1922.-Ateneo de Madrid/ 3. retrato de Unamuno por José Gutiérrez Solana/4.- Unamuno, por Ramòn de Zubiaurre, retrato expuesto en 1913/5.-retrato de Unamuno por Daniel Vázquez Díaz.-unamuno usual/6.-retrato de Unamuno por Sorolla.-1920.-museobilbao)

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