Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘cuesta De la Vega’

 

 

“Cuando mi madre acabe de recoger la ropa, nos iremos a casa por la Cuesta de la Vega. Me gusta el camino, pues pasamos bajo el Viaducto, un puente de hierro muy grande que cruza por encima de la calle de Segovia (…) El Viaducto está hecho todo de hierro, igual que la torre Eiffel de París, pero claro que no es tan alto. La torre Eiffel es una torre de hierro muy grande, que hizo un ingeniero francés en París, para una exposición que hubo allí cuando yo nací. De esto estoy muy bien enterado, porque mi tío tiene “La Ilustración” y allí está  la torre y el retrato del ingeniero, un señor con una barba muy grande como todos los franceses. Luego, parece que cuando se acabó la exposición no pudieron destornillar la torre, y la han dejado allí hasta que se hunda. El día que se hunda, se caerá sobre el Sena, el río que pasa por París, y hundirá muchas casas. Parece que las gentes de París tienen mucho miedo y algunos se han mudado para que no les aplaste.

El Viaducto, el mejor día le pasa lo mismo y se hunde, porque cuando pasan los soldados a caballo por él, les hacen ir al paso y aún así se mueve el piso del puente. Se pone uno en medio y sube y baja como si hubiera un terremoto. Mi tío dice que si no se cimbreara así, se hundiría; pero es claro que si se cimbrea demasiado se romperá, y esto es lo que va a pasar cualquier día. No me gustaría que me pillara debajo, porque al que pille le mata, pero sería bonito verlo hundirse. El año pasado el Día de Inocentes, el ABC, que trae unas fotos muy buenas, trajo una con el Viaducto hundido. Era una broma de Inocentes, pero mucha gente fue a verlo. Se enfadaron mucho con el periódico, pero creo que les pasó lo que a mí, que se enfadaron porque no era verdad”.

Arturo Barea. – “La forja

(ImagenEduardo Vicente – corrala madrileña)

Read Full Post »

 

 

“Los madrileños de mi edad, sin salir de la capital – recuerda Corpus Barga en “Los pasos contados”-, presenciábamos todos los años el desplazamiento vertical de Castilla, pasaba por la Puerta del Sol y ya no tenía nada de nomadismo, era trashumante y estaba tan bien regulado como la circulación de los ferrocarriles. Por el centro de Madrid había una cañada, la calle de Alcalá y en los meses de trashumancia, en primavera y en otoño, los señoritos madrileños que iban a la cuarta de Apolo (el último sainete con  música  de los cuatro que daba todas las noches el teatro Apolo, la catedral  de ese que llaman género chico y era el postrer eco del teatro español popular) y luego a Fornos, se asomaban de madrugada a la puerta de este café, que estaba en la esquina de las calles de Alcalá y Peligros, para reírse viendo cómo corrían y qué buscaban al pasar por allí con sus rebaños, los zagales y los rabadanes, toda la jerarquía complicada de los pastores.

 

 

El paso nocturno de los ganados trashumantes era el motivo de una fiesta callejera (…) Los rebaños entraban en Madrid por el puente de Segovia y subían por la cuesta de la Vega a la calle Mayor. Los faroles municipales que vistos desde abajo parecían pocos, menos numerosos y menos brillantes que las estrellas, en la calle Mayor, aunque las luces de la ciudad de entonces parecerían ahora apagadas, deslumbraban a los pastores, excitaban a los mastines y amedrentaban a los carneros más que a las ovejas. Ellas eran las que parecían mantener el movimiento continuo del rebaño, estar acostumbradas a la noche artificial, ser las trasnochadoras. En la calle Mayor, del café de las Platerías salían ya los parroquianos a contemplar a los montaraces y generosamente se sacaban del bolsillo los terrones de azúcar que los cafés madrileños, también con generosidad, daban siempre de propina y querían con su dulzura  atraer a los perros albarraniegos; los mastines abrían sus fauces sangrientas enseñando las sanguijuelas que atrapaban en los arroyos, las mujeres chillaban, los parroquianos generosos desistían, excepto alguno, sin duda comerciante, que continuaba ensayando toda clase de tretas habituales en las relaciones cada vez más estrechas de hombre a perro, con el designio secreto, nada generoso pero natural en un comerciante precavido, de llevarse un buen guardián para su tienda. Alguna chulapa acariciaba con entusiasmo a un corderillo  y, en tal caso, nunca faltaba un chusco que hacía reír a los papanatas exclamando: “A ver si nos lo sirves en una fuente con muchas patatas”.

(…) El rebaño bajaba y subía a lo largo de la calle Alcalá, escoltado por los rudos mastines, seguido por los finos borriquillos cargados con las alforjas, las mantas, las trébedes, los calderos, los cuernos de aceite, y salía de Madrid cruzándose con el sol mañanero que por las Ventas del Espíritu Santo empezaba a ejercer su oficio de vendedor ambulante de rayos y dardeaba los ojos de los pastores ciegos”.

 

 

(Imágenes -1-trahumancia.- el país– el mundo- 20 minutos)

Read Full Post »