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Posts Tagged ‘cuadernos’

 

“Aquel verano veía también los árboles, eran hayedos y hojas y senderos donde las ruedas de mi coche pasaban hasta encontrar un sitio bajo los hayedos, estaba el tronco, las ramas, un gran silencio al apagar el motor, mi hijo iba detrás, tenía que estudiar alguna asignatura de verano y yo bajaba las ventanillas, era otro agosto, abría mi cuaderno Miquelrius y empezaba o seguía un relato, mi hijo me miraba, yo escribía sentado al lado del volante, entraba el silencio por las ventanillas, si levantaba la mirada veía los libros como árboles, de los árboles sale el papel para los libros, de los árboles sale el papel para los cuadernos Miquelrius, apuraba los bordes de la hoja y escribía, escribía, de vez en cuando hay que parar para leer qué ha hecho el personaje, si lo que está haciendo concuerda con lo que hizo antes y si hay un río de verosimilitud, un sentido común en lo que se escribe. Horas y horas escribiendo como horas y horas está el artesano sobre la madera, sobre el hierro, atenazando y puliendo y encajando los soportes y luego afinando los bordes, procurando que haya un sentido común en la mesa o en el hierro, no les hacen entrevistas a los artesanos, están con su gorra de visera cubriéndoles los ojos para concentrarse en el borde del hierro, en las dificultades del cristal, pasan los periodistas sin detenerse, siguen los artesanos en el fondo de sus talleres, a veces en pequeños huecos al borde de la calle, casi debajo de la calle, parecen zapateros ignorados y constantes en el repiqueteo del martillo sobre la suela, los clavos, la madera, el hierro, son artistas a los que nunca preguntarán, ¿por qué me preguntan a mí?, hay como una fascinación por las palabras, ¿y usted cómo escoge las palabras?, ¿cómo las elige? , ¿prefiere usted más el sonido de las palabras o el fondo de la historia que escribe?, no lo sé, no puedo contestarle, escribo y escribo bajo los hayedos y en estos casos nada puede molestarme, de vez en cuando me distraigo porque un pájaro diminuto, rechoncho, indeciso, viene y va en su paseo junto al árbol, muy cerca de la ventanilla, viene y va y él no sabe que lo estoy metiendo en el relato, viene y va por la imaginación, necesita un nombre, le pondré un nombre, ¿qué voy a contar de esta vida de pájaro?, él me lo irá diciendo o yo se lo iré diciendo a él antes de que se asuste y se dé la vuelta y se ponga a volar, pero ¡ya vuela!, acaba de salir del relato y toma el sendero hacia el árbol y se posa en la rama”.

José Julio Perlado

(Imagen-Arthur Streeton– 1907)

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escribir-ffvvy-cuadernos- Arnaud Maggs- mil novecientos noventa y siete   “Yo he escrito mis primeras palabras ante un muro, a los diecinueve años, en una prisión militar. Estaba sentado sobre el cemento helado de una celda y trazaba mis primeras palabras en un cuaderno, parecido a otro que reposaba en un taburete.

Había tres cosas en aquella celda, un taburete, una plancha apoyada en un muro para dormir y un orinal que yo iba a vaciar cada mañana al final del patio y del paseo.

Seis meses en aquella fortaleza. Yo escribía la palabra árbol y veía el árbol, escribía la palabra viento y sentía el viento, la palabra luz hacía entrar en el cielo puntos de humedad. Y los caminos rojizos de Provenza se abrían ante mis ojos desde el momento en que la tinta sobre la página dibujaban la huida. Yo me he evadido durante seis meses por un camino de palabras. Tomaba mi pluma y el mundo entero entraba en ella. Nunca me he sentido solo tras los altos muros de aquella fortaleza, abría mi cuaderno y lo veía todo.

Yo tengo siempre un cuaderno a mi lado. Hace cuarenta años que compro cuadernos de finas líneas rojas, violetas y azules. Pocas veces tomo el tren y aún menos el avión, entro en mis cuadernos como se empuja la verja de un parque, de un territorio mágico. Son ruidosos los arboles, el viento, las ciudades y la luz. Cada página es ruidosa como una estación o como un puerto. Cuando me despierto por la noche, no enciendo, no me muevo, escribo bajo mis párpados, dibujo palabras de luz sobre la página oscura del insomnio”.

René Frégni

 

escribir-nbbg-escritores- Samuel Beckett- cuaderno de notas

 

(Imágenes.- 1.-Arnaud Maggs– 1997/ 2.- cuaderno de notas de Samuel Beckett)

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En cuanto empiezo a escribir – dice Paul Auster -, ya no existe más que el trabajo. El entorno desaparece. Carece de importancia. El lugar en el que estoy es el cuaderno. El cuaderno es la habitación. Esto es la casa del cuaderno“. En Mi Siglo he hablado alguna vez de estos refugios de artistas que son las casas de los cuadernos, pasillos por donde van y vienen los personajes y por donde nosotros nos cruzamos con ellos, casas y libros con sorprendente dureza interior, unión de artesanías, de inspiración y de esfuerzo.

Italo Calvino, en “Si una noche de invierno un viajero“, cierra bien la puerta de esa casa del libro que estamos leyendo, la habitación de la lectura, “adopta la postura más cómoda – recomienda a cada uno -: sentado, tumbado, ovillado, acostado. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama“. Lo importante es leer, lo importante es escribir. El escritor lo hace en la casa de su cuaderno y el lector abre a la vez las hojas de las puertas de su casa, que son las páginas, y entra en las estancias que el escritor le muestra.

Y paralelamente a esas casas personales, llenas de concentración y de intimidad, se elevan en muchos libros las casas literarias, obsesiones y persecuciones en la mente del escritor. Varias podríamos citar: “La casa” , de Mujica Láinez, por ejemplo, o “Casa de campo” de Donoso, tan ferviente enamorado de casas muy distintas a lo largo de sus desplazamientos continuos. Pero quizá queden en la memoria dos más relevantes: la que describe Carlo Emilio Gadda en 1957, en “El zafarrancho aquel de via Merulana” (Seix Barral), calle y casa plena de dialectos, universo de personajes múltiples, arquitectura novelística que se aparta de caminos conocidos, y “La vida instrucciones de uso””  (Anagrama), de Georges Perec, la casa parisina de la calle Simon-Crubellier con sus noventa y nueve piezas de puzzle, en donde el escritor “imagina un inmueble en el que se ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles”, como así lo comenta Perec en “Espèces d`espaces(Galilée)

“Poco antes de que surjan del suelo aquellos bloques de vidrio, acero y hormigón – escribe Perec en esta novela -, habrá el largo palabreo de las ventas y los traspasos, las indemnizaciones, las permutas, los realojamientos, las expulsiones. Uno tras otro se cerrarán los comercios, sin tener sucesores, una tras otra se tapiarán las ventanas de los pisos desocupados y se hundirá su suelo para desanimar a squatters y vagabundos. La calle no será más que una sucesión de fachadas ciegas – ventanas semejantes a ojos sin pensamiento -, que alternarán con vallas manchadas de carteles desgarrados y graffiti nostálgicos.

¿Quién. ante una casa de pisos parisién, no ha pensado munca que era indestructible? Puede hundirla una bomba, un incendio, un terremoto, pero ¿si no? Una ciudad, una calle o una casa comparadas con un individuo, una familia o hasta una dinastía, parecen inalterables, inasequibles para el tiempo o los accidentes de la vida humana, hasta tal punto que creemos poder confrontar y oponer la fragilidad de nuestra condición a la invulnerabilidad de la piedra”.

Especies de espacios, en la casa de la lectura siempre hay un lector junto a la lámpara leyendo un libro y en la casa de la escritura – junto a la lámpara – siempre hay un escritor que está escribiendo un libro para la casa de la lectura.

(Imágenes: 1.-Alexandre Rabine.-1989.-Mimi Fertz  Gallery.-arnet/ 2.-Gerhard Richter.-1994.-Overpainted photographs/ 3.-La soledad-1898.- Albert Lorieux.- Peter Nahum.-Leicester galleries)

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Becquer escribía sus Rimas en prosaicos libros de contabilidad, Galdós, Pereda y Pardo Bazán solían hacerlo en cuartillas apaisadas, a veces reutilizadas en el reverso de otros escritos (en el caso de Galdós se han encontrado apuntes o versiones desechadas de novelas). Otros poetas españoles improvisaban sus composiciones en folios, cuartillas u octavillas de papel de mala calidad. Ramón Gómez de la Serna escribía con tinta roja sobre papeles amarillos y empleando a la vez varias plumas estilográficas sobre distintos borradores. Curiosamente esa tinta roja se utilizó siglos antes para trazar una raya vertical a lo largo de las iniciales, en lo que entonces – en los monasterios – se conocía por rubricar.

¿Es ahora el fin del manuscrito con el teclear ante la pantalla del ordenador? Parece ser que sí. “Las diferencias emotivas entre el texto domesticado y encerrado en el ordenador – recordaba un gran especialista – nos lleva a pensar que la escritura, cuando ésta es manuscrita, traza en su recorrido las etapas sucesivas de la creación, la respiración, el pensamiento del autor, el gesto de su mano, incluso sus arrepentimientos“.

Borges en “El Aleph”, Beckett en “El innombrable“, Keats en sus Cartas o Barrington, por ejemplo, certificando el don de Mozart para la música, nos traen cada uno de ellos el tono del pulso (incluso los ritmos interiores) al oprimir los dedos sobre el papel. Auster confiesa que siempre ha trabajado con cuadernos de espiral y que prefiere las libretas de hojas sueltas. “El cuaderno – declara – es una especie de hogar de las palabras. Como no escribo directamente a máquina, como todo lo escribo a mano, el cuaderno se convierte en mi lugar privado, en un espacio interior…Naturalmente, acabo utilizando la máquina de escribir, pero el primer bosquejo siempre está escrito a mano”. “Con la nieve – dice Beckett en enero de 1959, en su casa de campo de Ussy -, el cuaderno escolar se abre como una puerta para permitir que me abandone en la oscuridad”. Ya desde hace años las grandes Bibliotecas del mundo aceptan en su sección de manuscritos los originales de un autor mecanografiados, puesto que la máquina de escribir se ha considerado siempre un instrumento, igual que la pluma, que el autor ha utilizado según su necesidad, añadiendo luego, de su mano y con pluma, las pertinentes correcciones. Pero el ordenador es distinto: suprime el procedimiento intermedio – el original, el manuscrito – para realizar directamente la impresión.

Hemingway escribía en muchas ocasiones de pie y sobre un atril. También Tabucchi, apoyándose sobre un alto arcón, a causa de sus problemas de espalda. Pero lo importante en este caso no es la postura sino el soporte elegido. Como Auster, Tabucchi confiesa, como tantos otros, que escribe a mano, “en viejos cuadernos de tapas negras, que cada vez tengo más dificultad en encontrar. Los suelo comprar en una vieja papelería de Pisa, pero no siempre los tienen, por lo que debo encargarlos a Lisboa, donde todavía se encuentran en tiendas tradicionales, o bien abastecerme de una buena reserva en mis viajes a Portugal. Escribo en la página de la derecha y dejo la izquierda para posibles correcciones. Utilizo el cuaderno porque no sé escribir a máquina, escribo con un solo dedo. Si escribiera a máquina creo que podría hacer poesía concreta“.

(Imágenes:- 1.-manuscrito de Samuel Beckett.-Biblioteca Nacional Francesa/ 2.-manuscrito de “El Aleph” de Borges.-Biblioteca Nacional.-Madrid/ 3.-manuscrito de John Keats.-silvisky5-files/4.-fragmento de códice de “Las virtudes y las artes” de Nicolo da Bologna.-Biblioteca Ambrosiana de Milán.-divulgamat.ehu)

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Plaza del Conde de Miranda.-1Cuando entra mi cámara en la madrileña  Plaza del Conde de Miranda – al fin de la calle del Codo, cerca de la Plaza de la Villa -, la soledad y el sol son ocupados por la Historia y esa Historia nos hace retroceder hasta nombres y edificios que estuvieron por aquí, andanzas de este barrio antiguo que hubo de llamarse la “Platería” por la cantidad de orfebres y plateros que por estas calles se aposentaron. Por aquí estuvo también la llamada casa de “los Salvajes“, propiedad de don Iñigo Cárdenas, señor de Loeches, Embajador de España en la República de Venecia y en Francia, cuando Enrique lV fue asesinado por Revillac. (Fue el Embajador el primer acusado en París de que él había matado al rey hasta que todo se puso en claro, y tal era la fama de hombre arriesgado que el embajador español tenía – frases altivas y agudas que don Iñigo cruzó con el propio Enrique lV – que el pueblo parisino creyó en un  primer momento que se trataba de una acometida hidalga del español contra el monarca francés)

Pero las cámaras fotográficas modernas no pueden penetrar en la Historia, ni en los recintos del señor de Loeches ni tampoco en los muros donde se descubrieron los siniestros sucesos del lamado “crimen del capitán Sánchez” en 1913. La cámara, antes de salir de la Plaza, observa al fondo el convento de las monjas jerónimas de “Corpus Christi“, denominado de “Las Carboneras“, que, como ilustra Mesonero Romanos en “El antiguo Madrid“, se llama así por una imagen de la Concepción que se venera en él, y que fue extraida de una carbonera. Fundado a principios del XVll, otro ilustre comentarista de Madrid, Diego San José, recuerda que en este convento se celebra diariamente una misa por el alma del Gran Capitán, don Gonzalo de Córdoba, y por su mujer.

Plaza del Conde de Barajas

Luego la cámara ralentiza su paso. Entra en la vecina Plazuela del Conde de Barajas donde, en el actual número 7, vivió hasta 1936  María Zambrano , plaza en la que yo también tuve largas charlas sobre cine con el novelista español Jesús Férnandez Santos.

casa donde vivió María Zambrano (Plaza de Conde de Barajas)

Estas plazuelas irregulares, escondidas, guardan profunda historia. En este espacio vivieron el barón de Riperdá, ministro de Felipe V, el comisario general de Cruzada de Fernando Vll o el general Espartero en 1854. Aquí estuvo el palacio del Conde de Barajas, que dio nombre a esta Plaza, y que fue el dueño de la mayor parte de las casas de la zona. Aparece ya en los célebres planos de Texeira y Espinosa y el aire calmo de agosto que roza los árboles me lleva poco a poco a cruzar los siglos y asomarme a esta tienda de olores, en el número 4, que es “Taller Puntera“. Está la ventana abierta y asoman los colores de esta tienda de trabajo con piel, las pieles acabadas de los bolsos y de las agendas.

escaparate de Taller Puntera.-Plaza Conde Barajas, 4

Trabaja una dependienta al fondo. Entra mi cámara, y entro tras ella. El tacto suave de las pieles me hace abrir unos blancos cuadernos. En Mi Siglo he hablado muchas veces de su magia. Repaso estas páginas inmaculadas, aún sin escribir. Luego miro hacia afuera, hacia la calle,  hacia tantos  sucesos ocurridos en Madrid.  Alguien en estos cuadernos seguirá escribiendo la Historia.

(Imágenes.-Madrid, agosto 2009.-: 1.-Plaza del Conde de miranda/ 2.-Plazuela del Conde de Barajas/3.-casa, en el número 7, en la que vivió María Zambrano/4.-taller de trabajo con piel en el número 4.-fotos JJP)

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