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Posts Tagged ‘creación personal’

 

 

” Recuerdo el movimiento de los peces. La cámara buceaba por mí, no era solamente Cousteau el que buceaba sino todas las cámaras cinematográficas y televisivas que se adentraban y se sumergían deslizándose luego horizontales, giraban en el agua y entre el agua y se revolvían, la revolvían, nuestro visor miraba desde su cristal plano con sus ojos artificiales, avanzaba nuestro cuerpo ágil y escurridizo dentro del traje, nuestros guantes dirigían aquí y allá la cámara, moviéndose y deslizándose con las aletas, el cuerpo todo sensible, estaban todos los corales y todos los arrecifes, eran ciudades de agua las que veíamos, ciudades de colores, las ventanas y las puertas de los edificios eran rocas por donde salían corales blandos en forma de hongos a la manera del Bosco, fragmentos gelatinosos que tomaban el ascensor hasta el cuarto piso, a veces se colaban por grietas y surcos y pasaban de la luz a la sombra siempre en silencio, siempre a toda velocidad, sobre todo atravesando salones de color, un denso color azul de agua profunda entre las rocas, aquellos salientes de las rocas submarinas, continentes enteros que nadie veía, sólo nosotros y algunos más que habían bajado a filmar, corrientes de agua de una gran belleza, no podíamos imaginar desde la superficie que aquí abajo hubiera volcanes dormidos, pasábamos al lado de aquel sueño de los volcanes y atravesábamos e indagábamos otras habitaciones, dormitorios de canales y de túneles, algas rojas que flotaban detrás de las puertas, hierbas marinas saliendo de los cajones, surtidores y pozos y troncos y bloques de coral verde, verde, espumoso verde, una plataforma azul, las crines amarillas de unas hierbas, la luminosidad de las esponjas, y luego todos los peces que iban y venían cruzándose por las ciudades, por los campos, algunos ojos enormes que pasaban enigmáticos rozando nuestras aletas, rozando nuestro visor y desfilando ante nuestros cristales, los veíamos atravesar y esconderse en las esquinas rojas, y pasaban también plateadas escamas de otros cuerpos, algunos transparentes, con una extraña luz que dejaba ver su columna vertebral prolongada en espinas”.

José Julio Perlado – ( del libro “Relámpagos“) (relato inédito)

(Imagen -Utagawa Kuniyoshi)

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“Con todos aquellos recuerdos confundidos en su cabeza y caminando entre las piedras Hisae proseguía adelante su fatigosa ascensión monte arriba. El pintor Hokusai, en dos de sus más interesantes y famosas estampas que hoy puede contemplar todo el mundo, la quiso dibujar así, algo inclinada por el esfuerzo de su caminata, doblando un recodo del monte y subiendo blanca y meditativa, con la belleza que siempre la acompañaba, una belleza sin arrugas, una belleza inmaculada, un rostro que no había padecido el paso de la edad – ni tampoco lo padecería nunca – y al que ahora, en la subida, ni siquiera le influían los vientos del monte. En el primero de aquellos dos dibujos que realizó Hokusai sobre Hisae se la puede ver cómo ella pasa muy cerca de unas grullas, símbolos de la longevidad, diez grullas que mueven las curvas de sus cuellos al ritmo de sus patas y que destacan sobre el Fuji al fondo, y es en ese momento, viendo el dibujo por detrás, cuando se percibe la sombra blanca del kimono de Hisae rozando los picos de aquellos afilados animales plantados en tierra y que de algún modo parecen abrirle el camino a su ascensión. En el segundo de los dibujos, Hisae, sorprendentemente, aparece por primera vez tumbada y refugiada en una especie de cabaña o cueva. Corresponde esa imagen a la titulada por HokusaiEl Fuji de la cueva” y es allí donde el pintor la quiso colocar acostada, medio dormida, para representar sin duda a una Hisae cansada, una mujer fatigada por la subida. Y efectivamente de esa forma ocurrió : Hisae había empezado a notar su cansancio por tanto caminar y fue para ella sin duda una bendición encontrar de repente aquella especie de oquedad. Al entrar en ella descubrió de improviso a varios peregrinos agrupados que hablaban entre sí con murmullos que apenas se oían : algunos parecían campesinos y otros quizá eran leñadores a tenor de su atuendo y de sus pies descalzos y también de sus piernas cubiertas con protectores de paja. Pero sobre todo, y esto sí lo quiso resaltar Hokusai en su dibujo, lo que más impresionó a Hisae al entrar fueron las caras redondas y los ojos vivos de aquellos peregrinos que la miraron intensamente en el momento en que ella cruzó despacio el suelo de la gruta y fue a acurrucarse en un rincón, vencida ya por el cansancio y por el sueño.”

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

 

 

(Imágenes -1 El monte Fuji cubierto por la nieve – foto Toru Hanai-  Reuters time/ 2- Kaigo no Fuji -1834)

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” La primera fotografía de mi padre, recuerdo, la estuvieron preparando a media tarde en el jardín al que acudíamos cada año la familia y es una foto delante del arco de nuestra antigua casa veraniega, una casa señorial con un jardín presidido por un gran olmo. Yo estoy observándolo todo desde lo alto de una buhardilla en donde me he refugiado a escribir, algo que he hecho en todas partes y toda la vida, y entreabriendo la pequeña ventana de esta buhardilla veo desde la altura a mi padre abajo, de pie, junto al olmo. Se alarga una fina línea de sol que ilumina el sendero cruzando el jardín. Está mi padre sonriente junto al árbol, debe de tener unos cincuenta o cincuenta y cinco años, viste una chaquetilla blanca, unos pantalones azules y unos zapatos blancos de verano y esa foto la pasaré luego a mis hermanos y se la comentaré a mis hijos. Pero ya viene al fondo, por el sendero que recorre el jardín, andando muy despacio, la foto de la madre de mi padre, mi abuela paterna, una figura pequeñita apoyada en un bastón, la cara ligeramente inclinada, un moño limpio y cuidadosamente recogido, un vestido negro con fondo de pequeñas flores y sobre todo una bondad andante, una expresión apacible y alegre, la mujer que años antes me enseñó a rezar. El césped del jardín se va abriendo a sus pasos muy cortos y cuando llega frente al olmo y contempla la foto de mi padre se detiene, apoya su bastón en la arenilla y observa despacio a su hijo como todas las madres observan a sus hijos, con una felicidad que la fotografía revelará.

 

 

Todas esas fotos y muchas más que observo desde la buhardilla me parecen fotos muy jóvenes, mantienen esa frescura en papel de los primeros tiempos, antes de enmarcarse, antes de ser recubiertas por cristales, y ahora las veo pasar de mano en mano y oigo cómo las comentan en la tertulia familiar que solemos tener después de comer en verano, al aire libre, mientras unos tomamos café y otros juegan a las cartas. Estoy sentado en una de esas sillas de rejilla esparcidas por el jardín, entra ahora un sol pálido por encima de las tapias y voy viendo que por esas fotos aún no ha pasado el tiempo, aún no se ha abierto ningún cajón para guardarlas, son imágenes que van de mano en mano fijando un instante irrepetible, todas las fotografías lo fijan, van acompañadas de palabras, las yemas de los dedos cuando las rozan resaltan aquí y allá un gesto o un contraluz. Yo aparto un poco la taza de café para extenderlas sobre el mantel, junto a la servilleta y las cucharillas, y me detengo en esa mirada de mi abuela contemplando el olmo y en esa sonrisa de mi padre junto al árbol, madre e hijo en un momento que no volverá a suceder. No volverá a suceder porque los instantes cambian y ese instante de mi padre junto al árbol, en cuanto pase poco tiempo será enmarcado y colocado en el aparador de nuestro comedor como algo irrepetible al lado de una fotografía de mi madre también irrepetible, tomada a contraluz, como si la envolviera una gasa; ella apoya su mejilla en su mano derecha y sonríe, y esos dos instantes de los padres los tendremos como presencia íntima durante años. Pero ahora, de pronto, quiero buscar esta foto de mi padre para escribir algo sobre él y no la encuentro : son los caprichos siempre de estas mudanzas porque el pasillo durante toda esta mañana ha estado invadido de cajas, yo he salido de mi cuarto a buscar la foto y sin querer he ido tropezando una tras otra con pequeñas montañas de libros que aguardan apilados en el suelo, cuatro hombres de la mudanza cargados de trastos me están pidiendo paso entre las cajas, son hombres rudos, hercúleos, intentan como pueden no rozar las patas de los muebles con las esquinas de las puertas, yo logro llegar hasta el comedor pero el comedor ya está vacío, es una habitación desolada e irreconocible, han descolgado cuadros y cortinas, pregunto en el pasillo dónde pueden haber colocado el aparador para salvar la foto de mi padre pero el aparador, me dicen, ya lo bajaron a la calle, ya está metido en el camión. ¿Y la foto?” ( …)

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos“) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes -1- Gustav Klimt/ 2- Raoul Dufy/ 3- Paul Cezánne- la casa de Père Lacroix en Auvers)

 

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“Aquel verano veía también los árboles, eran hayedos y hojas y senderos donde las ruedas de mi coche pasaban hasta encontrar un sitio bajo los hayedos, estaba el tronco, las ramas, un gran silencio al apagar el motor, mi hijo iba detrás, tenía que estudiar alguna asignatura de verano y yo bajaba las ventanillas, era otro agosto, abría mi cuaderno Miquelrius y empezaba o seguía un relato, mi hijo me miraba, yo escribía sentado al lado del volante, entraba el silencio por las ventanillas, si levantaba la mirada veía los libros como árboles, de los árboles sale el papel para los libros, de los árboles sale el papel para los cuadernos Miquelrius, apuraba los bordes de la hoja y escribía, escribía, de vez en cuando hay que parar para leer qué ha hecho el personaje, si lo que está haciendo concuerda con lo que hizo antes y si hay un río de verosimilitud, un sentido común en lo que se escribe. Horas y horas escribiendo como horas y horas está el artesano sobre la madera, sobre el hierro, atenazando y puliendo y encajando los soportes y luego afinando los bordes, procurando que haya un sentido común en la mesa o en el hierro, no les hacen entrevistas a los artesanos, están con su gorra de visera cubriéndoles los ojos para concentrarse en el borde del hierro, en las dificultades del cristal, pasan los periodistas sin detenerse, siguen los artesanos en el fondo de sus talleres, a veces en pequeños huecos al borde de la calle, casi debajo de la calle, parecen zapateros ignorados y constantes en el repiqueteo del martillo sobre la suela, los clavos, la madera, el hierro, son artistas a los que nunca preguntarán, ¿por qué me preguntan a mí?, hay como una fascinación por las palabras, ¿y usted cómo escoge las palabras?, ¿cómo las elige? , ¿prefiere usted más el sonido de las palabras o el fondo de la historia que escribe?, no lo sé, no puedo contestarle, escribo y escribo bajo los hayedos y en estos casos nada puede molestarme, de vez en cuando me distraigo porque un pájaro diminuto, rechoncho, indeciso, viene y va en su paseo junto al árbol, muy cerca de la ventanilla, viene y va y él no sabe que lo estoy metiendo en el relato, viene y va por la imaginación, necesita un nombre, le pondré un nombre, ¿qué voy a contar de esta vida de pájaro?, él me lo irá diciendo o yo se lo iré diciendo a él antes de que se asuste y se dé la vuelta y se ponga a volar, pero ¡ya vuela!, acaba de salir del relato y toma el sendero hacia el árbol y se posa en la rama”.

José Julio Perlado

(Imagen-Arthur Streeton– 1907)

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“Años después, cuantas veces se sentaría por las noches Hisae a contemplar la luna en la primera y pequeña casa que logró al fin adquirir cerca de la villa imperial de Katsura, no lejos de Kyoto – una casa muy modesta, conseguida gracias a sus ahorros por las clases, la casa que sería su primer hogar- , aún permanecía vivo el recuerdo de la cabaña del Fuji donde ella había vivido su personal transformación. Observaba en silencio la noche desde la terraza de aquella casa y repasaba un antiguo poema que era uno de sus favoritos, un poema del período Heian: “No debes recordar el pasado frente a la claridad de la luna – decía el poema -. Estropeará el color de tu rostro y quitará años a tu vida”. Y sin embargo Hisae se quedaba mirando a la luna con miraba imperturbable, como si ella fuera su gran atracción. En ciertas ocasiones se sentaba a contemplar la luna de la cosecha de otoño y en otras la luna de primavera, pero en cualquiera de aquellos momentos, fuera cual fuera la estación, preparaba horas antes con gran cuidado la pequeña plataforma de la veranda tal y como si fuera un escenario teatral en la larga galería de madera que ella también cuidaba al máximo. Sentada allí recordaba las palabras de Sei Shônagon tantas veces leídas en “El libro de la almohada” : ” cuando yo contemplo el claro de luna pienso en aquellos que están lejos, y no existe otro momento en el que me acuerde tanto y tan bien de las cosas del pasado: de las cosas tristes, de las alegres y de aquellas que encuentro agradables”. La luna se acercaba poco a poco hasta la veranda e iba penetrando en el espacio interior y exterior de la terraza, la luna traspasaba también lo exterior y lo interior de Hisae, y a través de su resplandor iluminado tocaba cada una de las habitaciones, penetraba por las persianas de caña hasta la cocina y llegaba hasta el fondo del baño rozando las cortezas de naranja que aromaban el agua”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”)- (relato inédito)

 

 

(Imágenes – 1-  Hasui Kawase/ 2- Shiro Kasamatsu-1934)

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“El vuelo de las gaviotas no conoce esta ciudad desierta, despojada de ruidos, donde los ascensores duermen paralizados, los edificios han sido vaciados, se han apagado móviles y ordenadores, una brecha de soledad señala dónde estuvo una vez el tráfico, aquella orquestación desafinada de motores y prisas, aquel ir y venir de la polución, avenidas de gases, conversaciones, discusiones, preocupaciones, el vuelo de las gaviotas pasa ahora suavemente sobre las rocas y deja embobados a los que han llegado hasta aquí, al borde de los arrecifes coralinos, donde crustáceos y peces del mar tienen su tiempo de silencio, silencio distinto al de las ciudades vacías, la cáscara de los edificios ha ido volcando en el aire timbrazos, irritaciones y gestos, aquella aceleración por los pasillos, parpadeo de pantallas, gestiones, aglomeraciones, infartos de empresas, el vuelo de las gaviotas pasa una y otra vez por los dibujos de colores de los peces mariposa, por las manchas anaranjadas de los corales, el vuelo de las gaviotas no conocerá nunca la dureza de estas aceras solitarias, el desierto de las plazas en las capitales, los jóvenes árboles solteros, los viejos árboles viudos. Hay un silencio por todos estos despachos donde se crisparon conversaciones y se cruzaron órdenes, donde creció la espiga de la envidia y la ambición. El vuelo de las gaviotas pasa ahora lentamente sobre el cangrejo rosáceo  y sobre la aleta transparente del pez azul”.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes.- 1.-Peter  Jones/ 2.-Walter Leistikow)

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“Mi madre es intérprete. No intérprete de teatro sino intérprete de idiomas, es decir, experta en lenguas. Conoce perfectamente el húngaro, el finlandés, el portugués, el  chino, el ruso, por supuesto el alemán y el inglés, naturalmente el italiano y el  francés, tiene nociones muy perfeccionadas de rumano y de checo y, por nacimiento y educación, se desenvuelve en un castellano elegante y  muy correcto.

Mientras en la familia de mi padre los idiomas no han sido nunca una obsesión ni un dominio, si me remonto en cambio a mis ascendientes maternos esa facilidad para manifestarse en otras lenguas es algo sorprendente a lo largo de varias generaciones, aunque a mí, naturalmente, nunca me ha causado el menor asombro. Desde niño he oído a mis abuelos hablar en varios idiomas por la casa, sobre todo he disfrutado de ello en las largas épocas de verano, y cuando hemos viajado todos juntos me he dejado ir con absoluta naturalidad por los países sin preocuparme de límites ni de fronteras,  tal y como si no hubiera salido nunca de nuestro pasillo o de nuestro barrio.

Mi madre, por necesidades de su trabajo profesional, posee un vestuario no muy amplio pero sí distinguido. Es una mujer rubia y esbelta, actualmente con algunas entradas canosas, y suele ir perfectamente arreglada ya que tiene que alternar con jefes de Estado o con Príncipes, participar en reuniones y cenas de gala y escuchar y atender a toda clase de personajes. Ella misma nos ha contado muchas veces cómo empezó su vocación. Siendo niña, su madre, aprovechando un viaje a París, la llevó a visitar el palacio del Elíseo y bajo aquellas arañas suntuosas y caminando por las suaves alfombras, le dijo en  voz baja: “ María, aquí trabajarás tú cuando seas mayor”.

 

Y así ha sido. No sólo se ha sentado junto a los distintos Presidentes de la República sino que lo ha hecho igualmente con los príncipes de Mónaco, la Soberana de Inglaterra, los cancilleres europeos y los sucesivos mandatarios rusos y americanos. Ha viajado por todo el mundo en numerosas ocasiones y lo mismo ha conocido los contrastes de la India  que los desiertos de Arabia o las islas elegidas para celebrar convenciones internacionales. Ha dormido generalmente en lujosos hoteles, pero también ha tenido que sufrir las incomodidades naturales a causa de asambleas inesperadas provocadas por difíciles conflictos.

 

 

Una de las etapas más curiosas de su carrera como intérprete fue, según ella nos contaba, aquella en la que recibió clases para sentarse bien, con la silla dispuesta a poca distancia de la espalda de los comensales y poder en todo momento inclinarse delicadamente entre los asistentes a un  banquete, colocando el respaldo de tal modo que su tronco de mujer pudiera girar una y otra vez hacia uno u otro lado de cada personaje, atenta siempre a los matices de las conversaciones y a no distraerse  nunca  con lo que estaban sirviendo en los platos. Eso no siempre lo ha conseguido .Ella suele cenar o comer antes de su trabajo en una salita contigua, o bien en su hotel, y no le suele preocupar demasiado qué es lo que está ofreciendo a los demás  el lujoso servicio, pero tiene la lógica curiosidad de mujer y además posee  una retentiva prodigiosa para acordarse de los menús; así al llegar a casa nos suele comentar, por ejemplo, y eso sin tener que ayudarse de ninguna anotación: “Ayer en Palacio cenaron un pavo especial, que está hecho con arroz y nuez moscada,  el  martes sirvieron de entremeses guisantes a la francesa, patatas de España al málaga, trufas al champagne y gelatina de ananás a la oriental”. Mi abuela la mira impasible porque la sopa tan sencilla que ella suele tomar por las noches le parece lo más delicioso del mundo y apenas hace el menor comentario sobre tantas variedades gastronómicas, pero mi madre vuelve a insistir: “el jueves pasado, que vino a tomar el té con nosotros el Primer Ministro inglés, ofrecieron  pastelillos con pasas cubiertos por encima con mermelada de arándanos” . Siempre que se refiere a ese “nosotros” yo no sé exactamente si está hablando del invitado de turno o del anfitrión, porque ella está sentada permanentemente entre los dos personajes, y a veces ni siquiera sentada sino que debe esperar de pie, situándose luego entre los dos con gran presteza y colocándose  tras las espaldas de los Jefes de Estado o de los ministros. Esto lo realiza con una enorme facilidad, yo diría que con una facilidad prodigiosa y con una asombrosa agilidad,  porque a pesar de ser alta y esbelta ha mantenido a lo largo de los años una gran elasticidad en sus piernas que marcha paralela a la rapidez de su mente y a su ingenio, atenta siempre a traducir de inmediato palabras o giros complicados, e incluso frases inacabadas (sobre todo cuando debe trabajar con italianos) que se concluyen en el aire con apenas un gesto. Mi padre, cuando aún vivía entre nosotros y antes de ponerse muy enfermo,  siempre se asombraba de esa prodigiosa elasticidad de su esposa.

 

 

Por otro lado, mi madre, cuando prevé que su jornada de trabajo va a ser muy  agitada, se enfunda unos cómodos y elegantes pantalones y destierra la falda para así poder olvidarse en lo posible de su postura y de sus piernas y concentrarse en lo que está haciendo. Nos contaba un día  que sentada en cierta ocasión entre el Presidente polaco y el Secretario de Estado norteamericano, le habían preparado una silla demasiado alta y tiesa y no tuvo más remedio que estar hora y media inclinándose con todo el cuerpo hacia adelante para poder acercarse a  los oídos de los dos dignatarios. Salió muy afectada de aquella entrevista. Pero lo que peor lleva indudablemente  es cuando surge la necesidad en el trabajo de mantener dos intérpretes, uno para cada dignatario, y así  mantener más fluida la conversación. Entonces le colocan a su lado a alguien que siempre se le adelanta interrumpiendo y ella se indigna.  No dice nada, pero luego explota con nosotros en casa. “Creen que los silencios no valen nada.- dice-. Esas gentes no entienden que precisamente son los silencios y las pausas lo que es esencial  en una traducción. No me explico dónde los han podido enseñar  para que hagan eso”. Para ella los silencios son vitales. Conoce de memoria a los grandes personajes de la política y sabe que los primeros momentos de silencio entre los dos visitantes están siempre cubiertos por ellos con una gran dosis de mímica. Al  estrecharse las manos y siempre que el primer encuentro sea al aire libre, bien en escalinatas o bien en umbrales de edificios, los políticos saben subsanar perfectamente esos incómodos minutos rodeados de fotógrafos y no necesitan intérprete alguno. Con un dominio excepcional de los gestos, las dos personalidades que se encuentran, aunque no se hayan visto nunca y, sobre todo, aun sin conocer el uno el idioma del otro, levantan la cabeza y miran sonrientes hacia el cielo, señalando cada uno el paso de las nubes, o el color del día, o haciendo un ademán que podía clasificarse dentro de un lenguaje de mímica internacional, con el que se intenta sugerir al otro qué buena o qué mala está siendo la temperatura del día,  o cuánta  lluvia o viento están sacudiendo ya las horas de esa jornada. Luego entran, y ahí es el momento de mi madre que ha subido deprisa y de dos en dos las escalinatas, se ha colado entre los guardaespaldas y está ya situada en una esquina de la alfombra y muy  preparada para empezar su trabajo. Es un momento difícil ése, siempre nos lo ha dicho, porque tiene que avanzar detrás de los dos personajes, ni muy presurosa ni tampoco muy lenta, atenta al ritmo de los pasos de los otros, deteniéndose si ellos se detienen y, sobre todo, dispuesta a captar el menor atisbo de conversación, porque uno de los dos, por ejemplo, puede comentar algo intrascendente cuando elogia determinado mueble  o comenta cualquier cosa sobre  una cortina o sobre la misma alfombra, y ella tiene que introducir rápidamente su breve traducción, adelantándose un poco entre las dos chaquetas y asomando algo la cabeza, para pronunciar el matiz exacto con una entonación muy suave y ligera porque es consciente de que aún no ha empezado la conversación seria y transcendental..

 

 

Sin embargo, mi madre, lo que muchas veces nos ha confesado en familia cada vez que  ha querido desahogarse con nosotros,  es lo difícil que para ella  resulta traducir  chistes y chascarrillos de un mandatario para que los pueda entender el otro; primero, porque mi madre no tiene mucho sentido del humor,  y segundo porque ella misma no los capta. “Si yo misma no los entiendo muchas veces”, nos protesta mientras come,  “ entonces, ¿cómo los voy a traducir?”. Mi abuela la mira y continúa tomándose la sopa, pero la espía  con ojos  pícaros, ya que ella sí tiene sentido del humor y además le encantan los chismes. “¿Pero qué cuentan, qué cuentan?”, le pregunta curiosa. Mi madre se ofende y no responde. Cree que su madre no valora la importancia de su trabajo y muy pocas veces nos relata algo. Pero hay cosas sobre las que no puede contenerse y entonces sí nos las cuenta. Con respecto a los chistes, nos ha contado en varias ocasiones el del pastor kurdo que se lo oyó a  Sadam Hussein. No es que Sadam  se lo contara a ella sino que el dictador iraquí se lo contaba a todo el mundo y ella lo tenía que traducir. “Había que estar muy atenta – nos dice mi madre – porque Hussein hacía pausas para beber té mientras lo contaba, y además hacía muchas variantes, cada vez lo narraba de una forma, y entonces yo tenía  que coger todos los giros, escuchar bien entre las carcajadas y traducírselo, por ejemplo, al Primer ministro italiano, que no entendía nada, y además hacer todo eso sin quitarle  la gracia”.”¿Y cuál era la gracia? –pregunta  mi abuela tomándose la sopa .” Te lo he contado muchas veces, mamá –dice mi madre – ¿para qué quieres que lo cuente otra vez?”. “Hombre, -contesta mi abuela – porque si lo has tenido que traducir tantas veces y ese señor estaba tan obsesionado con el chiste, pues es que tendrá gracia, aunque yo no se la encuentro mucha”. Entonces mi madre comienza a contar una vez más la historia del pastor kurdo que hemos oído infinidad de veces y que en resumen es así: se trata de un pastor kurdo al que los militares castigan, primero, por dar de comer trigo a sus ovejas; después, por alimentarlas con arroz en tiempos de hambruna. Finamente, cuando el ejército efectúa un tercer control, el hombre, hastiado, responde en el interrogatorio que está dando unos dinares al rebaño para que adquiera en el mercado lo que le venga en gana, y que así le dejen en paz.

Mi abuela no ha entendido nada el chiste, ni siquiera le ha parecido un chiste, no le ha hecho ni pizca de gracia todo aquello y sigue tomándose impertérrita la sopa”.

José Julio Perlado – (del libro inédito “Relámpagos”)

 

 

(Imágenes- 1.- Rolf Hanson/ 2-Robert Motherwell– 1984/ 3- Otto Freundlich -1935/ 4- Franco Costalonga -1977/ 5-macaparana)

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