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Posts Tagged ‘creación literaria’

 

 

“Podemos distinguir – escribe Nabokov enOpiniones contundentes” –  diversos tipos de inspiración que pasan de una forma a otra de manera gradual, al igual que todas las cosas en este fluido e interesante mundo nuestro, al tiempo que se prestan amablemente a un remedo de clasificación. Un resplandor preliminar es algo que el artista aprende a percibir en una fase muy temprana de su vida. Esa sensación de cosquilleo, de bienestar, se ramifica a través de su cuerpo como el rojo y el azul en la imagen de un hombre despellejado bajo el encabezado de Circulación de la Sangre (…) Se expande, resplandece y remite sin revelar su secreto. Mientras tanto, sin embargo, se ha abierto una ventana, ha soplado un viento auroral, los nervios han sentido hormigueo. Al poco todo se disuelve: regresan las preocupaciones habituales y las cejas vuelven a describir su arco de dolor ; el artista sabe que está preparado.

Pasan unos días. La siguiente fase de inspiración es algo que uno espera ardientemente… y ya no es algo desconocido (…) El narrador presiente lo que va a contar. El presentimiento se puede definir como una visión instantánea que se convierte en un veloz discurso (…) El escritor experimentado de inmediato toma nota, y mientras lo hace transforma lo que es poco más que un borrroso discurrir en algo que poco a poco va cobrando sentido, con epítetos y construcciones de frases que crecen tan claros y elegantes como quedarían en la pągina impresa.

(…) Podemos ver la inspiración como algo que acompaña a un autor mientras éste trabaja en su nuevo libro. Lo acompaña mediante unos fogonazos sucesivos a los que el escritor podría acostumbrarse hasta tal punto que cualquier repentino chisporroteo de la iluminación doméstica podría pasar por un acto de traición”.

 

 

(Imágenes -1- Victoria park – 1915 – McCord museum/ 2- Drago persic– engholm gallerie)

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“El vuelo de las gaviotas no conoce esta ciudad desierta, despojada de ruidos, donde los ascensores duermen paralizados, los edificios han sido vaciados, se han apagado móviles y ordenadores, una brecha de soledad señala dónde estuvo una vez el tráfico, aquella orquestación desafinada de motores y prisas, aquel ir y venir de la polución, avenidas de gases, conversaciones, discusiones, preocupaciones, el vuelo de las gaviotas pasa ahora suavemente sobre las rocas y deja embobados a los que han llegado hasta aquí, al borde de los arrecifes coralinos, donde crustáceos y peces del mar tienen su tiempo de silencio, silencio distinto al de las ciudades vacías, la cáscara de los edificios ha ido volcando en el aire timbrazos, irritaciones y gestos, aquella aceleración por los pasillos, parpadeo de pantallas, gestiones, aglomeraciones, infartos de empresas, el vuelo de las gaviotas pasa una y otra vez por los dibujos de colores de los peces mariposa, por las manchas anaranjadas de los corales, el vuelo de las gaviotas no conocerá nunca la dureza de estas aceras solitarias, el desierto de las plazas en las capitales, los jóvenes árboles solteros, los viejos árboles viudos. Hay un silencio por todos estos despachos donde se crisparon conversaciones y se cruzaron órdenes, donde creció la espiga de la envidia y la ambición. El vuelo de las gaviotas pasa ahora lentamente sobre el cangrejo rosáceo  y sobre la aleta transparente del pez azul”.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes.- 1.-Peter  Jones/ 2.-Walter Leistikow)

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“Mañana si todo sale bien, terminarás tu libro: “solo el primer borrador”, pero ya estás mostrando síntomas que indican un término, un final que se parece más a la liberación que a la entrega. Te estás poniendo impaciente e irritable, es probable que pronto te sumerjas en la hosquedad. De hecho, pasado mañana, incluso aunque quede mucho trabajo por hacer, el libro ya no será algo imaginado sino algo escrito. Dejará de ser una gestación para convertirse en un acto logrado; ya no será un conjunto de posibilidades sino una realización particular de ellas. Un niño en el útero significa la vida misma;  una vez afuera, es un mocoso definido y particular. Lo que queda por hacer – alimento y educación – tiene su interés e importancia, pero los padres quedan pegados a un conjunto final de oportunidades para observar y para alentar que se desarrollen. Los sueños de gloria son dejados a un lado frente a pequeños imperativos prácticos. Si alguna vez llega, la gloria vendrá años después, cuando ya no tenga ninguna conexión con la esperanza fácil,  consoladora que el trabajo todavía sin hacer generaba. Ya no podrás esperar el final consumado, el triunfo de tus ansias. Si el final se consuma, o es solo una promesa de consumación, o una desilusión total, dará lo mismo; o al menos no se parecerá en nada a terminar las cosas. Habrás sido vaciado: no habrá nada sobre lo que preocuparse, nada con lo que sentirse seguro, nada que esperar respecto a la absoluta realización de tu poder en el lenguaje. Al mismo tiempo, todo esto es irrelevante, impreciso y ridículamente engañoso”.

Harry Mathews – “Veinte líneas por día”  – 16 de marzo de 1983

(Imagen – Paul Serusier)

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“Nuestra táctica es cruzarnos de brazos y quejarnos de que la televisión ha maleado a los lectores – le decía David Foster Wallace a  David Lipsky (Pálido Fuego) -, cuando en realidad lo que ha hecho es darnos el valiosísimo presente de dificultarnos la labor. Según lo veo yo cuanto más difícil sea que al lector le parezca que merece la pena leer tus cosas, más oportunidades tendrás de crear una verdadera obra de arte. Porque sólo el arte real es capaz de conseguir eso.

Tu labor es enseñar al lector que es mucho más inteligente de lo que él pensaba. Creo que una de las insidiosas lecciones de la televisión es la metalección de que el espectador es tonto. A esto es a lo que llegas, espectador. Esto es fácil, y tú eres la clase de persona cuyo máximo deseo es estar en un sillón sin comerse la cabeza. Cuando en realidad hay partes de nosotros que, de algún modo, son mucho más ambiciosas que eso. Y lo que hace falta, creo yo, y no estoy diciendo que yo sea la persona capaz de lograrlo, pero lo que creo que necesitamos es arte comprometido que se lo tome en serio, capaz de volver a enseñarnos que somos inteligentes. Y que hay cosas que la televisión y las películas – aunque determinadas cosas se les dé fenomenal – no pueden darnos. Pero para eso hay que crear las motivaciones para que queramos hacer el esfuerzo extra de involucrarnos con esas otras clases de arte. Y creo que eso puede verse en las artes visuales, creo que puede verse en la música…”

 

 

(Imágenes – Lee Friedlander–2001-`pinterest)

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” Entre todas las diversas expresiones que pueden traducir uno solo de nuestros pensamientos – recuerda La Bruyere en susCaracteres”- , no hay más que una que sea la buena. No siempre la encontramos al hablar o escribir, y no obstante, es indudable que existe, que cualquiera otra es floja y no satisface a un hombre inteligente que quiere hacerse comprender.

Un autor bueno y que escribe cuidadosamente suele comprobar que la expresión que él buscaba desde hacía tiempo sin encontrarla, y que, al fin, ha encontrado era la más sencilla, la más natural, la que debía haber surgido la primera y sin esfuerzo.

Los que escriben caprichosamente se ven obligados a retocar sus obras; como el capricho no es siempre fijo y varía en ellos según las ocasiones, se desencariñan pronto de las expresiones que más amaron”.

(…)

“Todo escritor, para escribir con claridad debe ponerse en el lugar de los lectores, examinar su propia obra como algo nuevo para el que lo lee por vez primera, en la que no tiene nada que ver y que hubiera sido sometido a su crítica por el autor, y además convencerse de que no le entienden a uno porque uno mismo se entienda, sino porque, en efecto, se es inteligible”.

(…)

“La misma exactitud inteligente que nos lleva a escribir cosas buenas nos hace temer que no lo sean bastante para merecer el ser leídas.

Un talento mediocre cree escribir divinamente; un talento sólido cree escribir razonablemente”.

 

 

En el terreno de las letras hispanas, y para evocar la claridad y la precisión, hay que recordar las palabras de Pla en uno de sus Dietarios: “el adjetivo debe ser, ante todo, inteligible y claro, y luego, si es posible, preciso. A veces el adjetivo surge enseguida; a veces, con mucha más calma ; a menudo, nunca. El adjetivo nunca puede ser excesivamente vulgar – en este punto el lenguaje del pueblo es fuente de muchos errores -, ni puede ser excesivamente erudito y difícil de comprender. Tiene que ser preciso y, si es posible, gracioso. A mi entender, este es el gran problema de la literatura : la adjetivación. En poesía y en prosa.

Hay que escribir con libertad, con gusto, con placer, pero con la máxima observación posible”.

 

 

(Imágenes – 1- foto – : Kevin van Aelst – The New York Times/ 2- bibliotheque tumblr/ 3- página del Diario de Katherine Mansfiel del 6 de septiembre de 1911)

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“Y fue en una de aquellas mañanas, en el inicio de ese otoño, cuando Hisae se encontró con la que sería el principio de una enfermedad que le duraría mucho tiempo. Comenzó a escribir aquella mañana, como solía hacer tantas veces, inclinada sobre su papel y poniendo los cinco sentidos en su pincel y cuando dejó de escribir casi al mediodía y abandonó la habitación sintió como siempre que seguía escribiendo de memoria, que se había llevado las palabras con ella y que ahora andaba por el jardín apartando frases que le venían constantemente a la cabeza, tropezando con ellas, caminando cada vez más deprisa, como si alguien la llamara aceleradamente. Pero no la llamaba nadie. Como ella relataría años más tarde en su libro “El mal de los volcanes”, aquella mañana Hisae, al estar algo fatigada, se recostó en una esquina del jardín mirando al cielo, se apoyó en una pared y cerró levemente los ojos. Vestía Hisae aquella mañana, tal como ella quiso recordarlo, un kimono rojo, de tonos intensos, esfumados a veces en penumbra. Todo aquel vestido estaba distribuido en una especie de grandes marcas cuadradas a las que Hisae siempre había llamado “ventanas” y en las que se reflejaban los colores del día. En cada una de aquellas ventanas el sol daba una tonalidad diferente y a través de aquellas ventanas extendidas sobre la tela, ella podía dedicarse a contemplar y a soñar. Recordaría también muchos años después que aquel kimono rojo siempre le había atraído porque creía ver en él, a través de las aberturas de la tela, lo sucedido en épocas pasadas. Pero aquella mañana para Hisae fue muy distinta. De repente el jardín se le nubló y enseguida por una de aquellas ventanas de su kimono comenzó a salir un hilo de humo blanco, como si la ventana se redondeara y se hundiera en sí misma igual que un cráter, exactamente como un pequeño cráter, y envolviendo toda su orla apareció un tono amarillento que recordaba a los granos de arena, unos granos diminutos que empezaron poco a poco a extenderse y a espolvorear toda la tela. Una delgada columna de gas ascendió de una de las ventanas del kimono y la hizo adormecer. El gas o los gases la llevaron a un sueño profundo que cubrió toda su cabeza y la transformó lentamente en una especie de volcán”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

 

 

(Imágenes.-1- pintura japonesa/ 2- el monte Fuji cubierto de nieve – foto Toru Hanai- Reuters – Time)

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” Recuerdo aquella visión que yo tuve hace años entre los árboles de los montes de Galicia, cuando levanté mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento – me había dicho entonces y ahora lo escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo le preguntaba y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro “Deshoras” y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia, sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera rodeando el automóvil, volvía a escuchar al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su “Diario para un cuento”, un relato incluido en “Deshoras“, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas preguntándoles por sus dudas y dificultades”.

José Julio Perlado – ( del libro inédito “Relámpagos”)

 

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(Imágenes.-1.-Cortázar/ 2.-Luca Pignatelli- 2006)

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