CÓMO SE VIVÍA EN El SIGLO XXll

“Las máquinas iban tan por delante de los hombres en ese siglo que las máquinas lo decidían todo y declaraban las guerras ellas solas y ellas solas hacían las paces, y marcaban las pautas del amor y de los odios sin la menor consideración para los hombres, que aparecían congregados y asustados en los rincones, sin saber cómo parar a las máquinas ni atreverse a acercarse. Sería muy interesante contar cómo las máquinas succionaban los cuerpos de los pocos hombres que se acercaban a ellas, y tragándoselos, se los pasaban de unas máquinas a otras por unos pasillos blancos como laberintos para reflejarlos luego de pantalla en pantalla y arrojarlos vivos a las tinieblas exteriores.

Había llegado el hastío del amor hasta ese siglo XXll, y ese hastío había llevado a los hombres que allí viven al olvido y a la ignorancia, de tal modo que no pueden recordar ya cómo deben enamorarse ni qué tienen que hacer con su corazón ni con sus sentimientos. Los corazones en siglo XXll están llenos de válvulas y de membranas y cuando los hombres vuelcan su músculo para ver qué hay dentro — para ver si pueden hallar allí algo de amor —, se encuentran con la cáscara del vacío. Pero alguno entonces se preguntará: si el corazón está vacío, ¿de dónde sale la envidia y el rencor y el cariño y el impulso y la compasión y tantas cosas más que todos solemos tener dentro del corazón? De ningún lado, porque allí ya no existen esas cosas, han sido pulverizadas y machacadas y con ellas se han hecho semillas que el viento del siglo XXll ha esparcido, un viento que viene de la puerta entreabierta del siglo y cruza las máquinas en movimiento y vuelve a salir en todas direcciones.”

José Julio Perlado

(Imagen-~Andrew Wyeth- philadelphia museum)

UN PARÍS SILENCIOSO

— Y entonces, ¿ verdad Bob?, notamos algo raro en los Campos Elíseos. Al menos lo noté yo. Era como si a los automóviles les pasara algo. Bajaban en silencio, todos acompasados, como si descendieran en procesión. Y sobre todo, en silencio, sin rozarse, sin ruido de motores.

—¿En silencio total? — preguntó el periodista.

—Ezacto. En silencio total. No se rozaban. No sonaban los cláxones. Parecían de seda. Todos los Campos Elíseos de seda.

— ¿ Y usted los vio?

— Bueno, yo acababa de salir con Bob de un restaurante de los Campos Elíseos. Bajábamos por la acera de la izquierda bajo un sol de justicia. Me impresionó aquel silencio. Un silencio en las casas y en el tráfico, un silencio interior y exterior. No se oía nada en todo París. Una ciudad en completo silencio. Yo diría que era un silencio “resplandeciente”.

—¿ Por qué lo llama “resplandeciente” , señor Asimov?

— Porque era así. Todo París estaba resplandeciente. No solo los Campos Elíseos, sino toda la ciudad, las dos orilllas. No le he visto jamas de esa forma.

—¿Y qué hizo?

— Pues como pude llegué a Montparnasse. Seguía todo en silencio. Duró muchas horas. Yo creo que duraría seis o siete horas todo aquel silencio de París.

—¿ Va usted. a escribir algo sobre ello?

— Sí. Quizás sí. Puede ser el principio de un cuento.”

José Julio Perlado

( del libro “La mirada”)

(Imagen — escena de una película de Bergman)