LAS CAMPANADAS DEL SACRISTÁN

 

Hay despertares singulares.

Contaba Elizabeth Carter, la poeta y traductora inglesa del siglo XVlll: “En la cabecera de mi cama tengo una campana atada a un grueso cordel que a su vez está atado a un plomo… que cuelga a través  de una grieta de mi ventana hasta el jardín de abajo, que pertenece al sacristán. Cuando èl se levanta entre las cuatro y las cinco de la mañana, tira del mencionado cordel con la misma fuerza y vehemencia que si estuviera tocando a difuntos. Gracias a este curioso invento me levanto temprano cada mañana, cosa que estúpidamente sería incapaz de lograr si alguien no me llamase. Conozco a algunas personas endiabladas que me han amenazado vilmente con cortar el cordel, lo que supondría mi completa ruina: me quedaría indefectiblemente dormida el verano entero.

 

 

Después de desayunar, mi mayor preocupación es regar los claveles y las rosas que tengo metidas en por lo menos veinte rincones de mi habitación. Una vez terminada esta tarea, me siento ante un clavecín pequeño. Tras dejarme sorda durante media hora con toda clase de ruidos, me dedico a otros pasatiempos que me ocupan aproximadamente el mismo periodo de tiempo, ya que de hecho hay bien pocas actividades a las que dedique más de treinta minutos. Así que entre leer, trabajar, escribir, dar vueltas a los globos terráqueos, subir y bajar las escaleras un millón de veces para saber dónde está todo el mundo y asegurarme de que están bien — lo que me garantiza pequeños intervalos de conversación  —, pocas veces me quedan ganas para hacer negocios o entretenerme.”

 


(Imagenes—1- Constable-1826-Tate gallery/2- Gerard Chowne -1904/ 3-Alexei Antonov)

LLAMAS EN EL CIELO

 

“A veces se ven llamas en el cielo, bien estacionarias, bien en movimiento — escribía Séneca  en su retiro romano en el año  63 o 64 —. Son de diversas formas, algunas como una corona luminosa en cuyo interior  falta el fuego celeste, formando como la entrada a una caverna; otras como una gran cuba luminosa que se mueve de un punto a otro o permanece inmóvil. Otras, incluso, como golfos que parecen emitir llamas escondidas antes en su profundidad. Estos fuegos son de distintos colores: unos de un rojo vívido, otros se asemejan a una débil llama, otros son blancos, otros titilan, otros son de un amarillo uniforme.

Los historiadores recuerdan, con frecuencia, estos fenómenos; en ocasiones estos fuegos son tan altos como para brillar entre las estrellas, a veces tan bajos que parecen el reflejo de un incendio lejano. Así sucedió bajo el reinado de Tiberio, cuando las cohortes acudieron a la colonia de Ostia creyendo que había un incendio. Durante la mayor parte de la noche el cielo permaneció iluminado por una débil luz parecida a un denso humo.”

Así miraba el cielo el ojo de un filósofo. Quince siglos después, los ojos de Leonardo da Vinci observaban las manchas de una pared  y en sus “Cuadernos de notas” apuntaba: “ allí podremos ver incluso batallas y figuras en acción, caras extrañas e infinidad de cosas a las que se puede dar forma. Todo esto aparece en las paredes de un modo confuso, como el sonido de las campanas en cuyo tañido podemos imaginar cualquier nombre o palabra que se nos antoje.”

Tantas veces el ojo humano hace  visible lo invisible.

 

 

(Imágenes : —1- ptxabay/ 2-mfotocomunty)