PARÍS, HISAE, LA MODA


”Durante todo el tiempo en que Hisae Izumi vivió en París se hizo muy conocida entre las gentes, y también muy reconocida gracias a sus kimonos y peinados. Siempre quiso vestir Hisae a la manera tradicional japonesa y aunque al principio muchos parisinos se asombraban y se daban la vuelta para admirar a una casi habitual japonesa cruzando las calles pronto se acostumbraron a ella. La llamaban simplemente ” la japonesa”, o “ahí va la japonesa”, decían al pasar. Vestía Hisae unos kimonos singulares y multicolores, a veces de una finura exquisita. Muchísimos años antes, en 1185, cuando ella paseaba en Japón por las costas de la isla de Dozen, en el archipiélago de Oki, intentando olvidar la muerte de su primer amor el samurai Kiromi Kastase en la batalla de Dan-Nō-ura, muchos la habían ya bautizado como “la dama de los kimonos blancos”, pero ahora, en París, con la ya numerosa variedad de colores sembrados en sus tradicionales vestidos, habría necesitado quizás otro nombre más específico, distinto, que en realidad la retratara mejor. Tal vez “ la Dama”, o quizás “La Dama japonesa”, no se sabría bien qué. Pero lo cierto es que algo parecido le ocurría también con sus peinados. La gente los admiraba al verlos pasar. Eran muy comentados. Vivía entonces Hisae en París en una pequeña calle del centro de la capital, en el distrito ll, en la rue de Notre Dame des Víctoires, y cada mañana, muy temprano, le despertaban los tacones femeninos que resonaban precipitados sobre las aceras desiertas al ritmo de las mujeres que se dirigían al trabajo, muchas de ellas a las oficinas cercanas de la Bolsa o a distintos comercios. Entonces Hisae apartaba un poco los visillos de la ventana y las veía caminar. Le intrigaban aquellas figuras femeninas por su decisión y su ritmo. Le intrigaba la disposición de Occidente para la rapidez y la celeridad, ella que venía de un mundo en donde tantas cosas se realizaban despacio.

Pero luego Hisae se alejaba pronto de la ventana y se disponía a comenzar el laborioso trabajo diario de su peinado. Aunque estaba acostumbrada a ello y era muy hábil con las manos, tenía que poner toda su atención y paciencia en aquellos arreglos femeninos.Tenía, por ejemplo, que estar pendiente de que la parte superior de su cabello se enhebrara hacia atrás ayudada con un enorme peine y que la parte posterior quedara sujeta con una serie de varillas y cintas. Tenía también que estar pendiente de los dos nudos superiores extremadamente altos que debía llevar, y a la vez atenta a la estructura completa del peinado, que en ocasiones pesaba mucho, y que sin embargo debía mantener su frescura y belleza durante horas y a veces durante días enteros.

Para poder conseguir todo ello Hisae había guardado en un armario cerca de su mesilla de noche numerosos peines grandes y pequeños, peinetas, palitos pequeños, cintas y flores, diferentes tipos de moños, distintas varillas para el cabello y toda clase de utensilios que la ayudaran. Sabía que para muchas mujeres occidentales era esencial para poder elegir y decidir, el hojear revistas de modas tanto en peinados como en vestidos o en maquillaje, pero para Hisae Izumi la gran revista de moda era el tiempo, únicamente el tiempo, lo llevaba todo ordenado en su memoria, con solo cerrar los ojos podía pasar las páginas de los siglos, los periodos de la historia de Japón, lecturas y estampas, lo que había ella escuchado o vivido. Muchas mañanas, unos minutos antes de dedicarse a sus arreglos, cerrando los ojos o manteniéndolos abiertos en aquella pequeña habitación de la rue de Notre- Dame des Victoires, evocaba con nostalgia el cabello liso y suelto— y cuanto más largo mejor —, así como las trenzas negras hasta el suelo que habían llevado muchas mujeres nobles hasta 1345, y en ese momento, ciertos días, si estaba de ánimo, se decidía y se ponía a parecerse en algo a ellas, peinándose así, y sabiendo que quizás llamaría luego la atención por las calles de un Paris no acostumbrado a tan insólitos cambios. Pero otros días, sin embargo, recordaba otras etapas distintas de la historia de su país y se aplicaba a enrollar su cabello largo en la parte superior de la cabeza, lo peinaba con cera en la parte delantera y usaba un peine insertado en la parte superior como toque final.

Y así salía a la calle Hisae, impecable y original, y sobre todo elegante. Vivía ella esa temporada en París de las charlas y conferencias que pronunciaba en la Galería de arte de monsieur Bing y también de otros encargos y asesoramientos estéticos que le iban haciendo. Era como una especie de singular embajadora de Oriente en la capital de Francia, en una sociedad en la que muchas veces se unía la vida con el arte. Pronto se hizo amiga de pintores y de artistas o fueron ellos quizá los que antes la buscaron para acercarse a ella. La habían escuchado hablar varías veces en la Galería “L’ Art nouveau’ y muchos de ellos, por ejemplo, Degas, había quedado muy interesado por los temas que trataba. Edgard Degas, como Toulouse – Lautrec y muchos otros, eran coleccionistas de estampas japonesas, intercambiaban conversaciones y estampas sobre diversos motivos – a unos les gustaba más Hokusai, a otros Hiroshige o Utamaro —, y pronto Degas, uno de aquellos días, invitó a Hisae a conocer su taller de la rue Frochot 46 donde enseguida le presentó a una pintora americana, Mary Cassatt, quien en cierto modo colaboraba con él y lo admiraba, y cuyo estudio se encontraba a cinco minutos de allí, en el 19 de la rue Laval. Mary Cassatt, nacida en Pensilvania en una familia acomodada y que llevaba varios años en Paris, que dominaba varías lenguas y había vivido en Londres y en Berlín, se había perfeccionado como copista diaria en el Louvre para mejorar su arte, y pronto se hizo bastante amiga de Hisae Izumi y juntas solían salir muchas tardes por distintos lugares de la ciudad. Formaban una pareja insólita. Hisae con su permanente kimono multicolor y Mary Cassatt con su chaqueta negra y ceñida a la última moda, las manos enguantadas alrededor de un manguito de piel, botas elegantes, un pequeño sombrero y una llamativa bufanda de seda roja. Mary Cassatt era mujer alta, imperiosa, que le apasionaba ver a las gentes de París y contemplar cómo vestían. A veces paseaban por los Grandes Bulevares, admiraban los escaparates, y allí le explicaba Mary Cassatt a Hisae la relación de la moda y el arte en el mundo occidental mientras Hisae le comentaba a su vez la moda japonesa. Una de esas tardes se detuvieron ante el escaparate de una gran galería de arte del Boulevar des les Italiens y a Mary Cassatt se le escapó una exclamación. Allí estaba, ocupando todo el centro de la gran vitrina del comercio, el retrato de una mujer muy bella, con grandes ojos negros profundos, cubierto su peinado con un sombrero negro y con un ramillete de violetas. “Es mi amiga —dijo Mary Cassatt de pronto, sobresaltada y emocionada —-, es Berthe Morisot, pintada por Manet.” Le explicó a Hisae que Berthe Morisot, fallecida no hacía mucho tiempo, a los 54 años, había sido una gran pintora de acusada personalidad, muy valorada por el estudio de sus blancos y por sus pinceladas cortas y rápidas, trazando el movimiento y la caída de la luz con rayas discontinuas con la superficie del pincel y rayando la pintura con el mango.” Nadie en el grupo de los impresionistas— comentó entusiasmada Mary Cassatt — había pintado así.” Impresionada ante aquel escaparate, Mary Cassatt no se cansaba de mirarlo y le confesó a Hisae: “ Yo he visto pintar este cuadro. Nunca me imaginé que lo encontraría aquí. Recuerdo que Manet le dejó sujeto con alfileres en el broche de la chaqueta de Berthe ese ramo de violetas. Quería darle a ella un aire de misterio. Sobre todo le dio a los ojos de Berthe un tratamiento especial. Berthe tenía unos ojos casi verdes y Manet quiso pintarlos de negro puro, grandes y melancólicos, casi misteriosos, llenos de una oscuridad magnífica.”

Estuvieron así toda esa tarde las dos juntas por los Grandes Bulevares. En otra de las tiendas se detuvieron para admirar un elegante vestido de paseo, suave y sólido, con una amplia falda verde de rayas y una serie de pequeños sombreros muy refinados, enriquecidos con flores y brillantes. También unos complementos de guantes, sombrillas y abanicos que iban dirigidos, como le dijo Cassatt a Hisae ante el escaparate, a embellecer aún más lo que Manet le gustaba en llamar “la Parisienne”.


José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”)

(texto inédito)

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(Imágenes—1– Harunobu Suzuki- 1767/ 2- Kaburagi Kiyokata/ 3- Kawano Kaouro/ 4- Manet -Berthe Morisot/ 5- Sciobo – japanese aesthetics)