CIUDAD EN EL ESPEJO (11)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (11)

“Pero él no está aquí para asombrarse sino para discernir, para descubrir. Si alguien entrara ahora con nosotros en esta salita de consulta del sanatorio del doctor Jiménez al final de la madrileña calle de Menéndez y Pelayo, advertirá que don Pedro Martinez Valdés, con su bata blanca y sus gafas de concha, su gran espalda apoyada contra el respaldo del sillón, permanece atento al sufrimiento. Estudió los pliegues del aburrimiento en los seres humanos, intentó conocer lo que es la angustia expectante, también los complejos, esas vueltas y revueltas que suelen dar las distintas conciencias, el carácter de los conflictos, lo que algunos llaman las deficiencias del espíritu, se examinó y obtuvo brillante nota hace muchos años respecto a la frustración existencial, se asomó al pozo en que se hunde la imagen del hombre. Qué es, se pregunta muchas veces cuando está solo, el inconsciente colectivo, cómo atraparlo, de qué modo ver la luz al otro lado de su sombra, cuáles son las mordeduras de los instintos, y sobre todo, cómo abrazar de modo apasionado la libertad humana dejando tan suelto su abrazo que ella quede libre, y así humanidad y libertad se hermanen siempre, qué métodos para aplicar todo esto son los apropiados. Hay tantas cosas en los libros, tantas en la mente, las mentes son tan diversas, la vida luego enseña lo que las letras no dijeron, por ejemplo, que las neurosis no marchan nunca solas, no son singulares, hay neurosis dominicales y neurosis que asoman su cabeza por el alba de días como éste, hubo, y seguirá habiendo neurosis de guerra, las paces también propician neurosis propias, existe el nihilismo en este tiempo de fin de siglo, danzan locas por los vericuetos del cerebro en los hombres las obsesiones más dispares, se escondió el vientre de muchos siglos, el placer y los placeres, pasaron anteriores épocas de psicoanálisis y se prolongan, turbias o claras, eficaces o engañosas, las diversas terapias tan distintas, se alzan tan variadas las psicologías que una llámase analítica , otra de altura, hay una más que denominan profunda, otra aún individual, por fin la psicología psicosomática, y un hermano extraño, quizá bastardo, el psicologismo, y si se sigue en este despacho del sanatorio del doctor Jiménez con el índice del dedo del recuerdo y de la ciencia la tabla de todas las materias, alcanzaremos las psicosis, y luego la psicoterapia dirigida al hombre, porque a quién sí no va a estar dirigida la psicoterapia sino a un humano, y poco a poco nos adentraremos en el racionalismo y con un paso más serio en la razón del ser, y después no olvidaremos nunca, no podrá olvidar el doctor Valdés, la religión, el re-ligare, la relación con Dios. Dios que creó Madrid, y España, y el mundo, y creó la vida de don Pedro Martínez Valdés y la existencia de Lucía Galán Domínguez, y la mantiene y la conserva cada segundo, a pesar de que esta belleza de las negras cerezas en los ojos quiera morirse.

 

 

Pero lo que el doctor Valdés busca en esos ojos de Lucía en cuanto la ve, o mejor aún dentro de esos ojos, en la cavidad de su ser, lo que don Pedro Martínez Valdés indaga en los enfermos, por eso se hizo médico, por ello es psiquiatra y de este modo se encuentra como pez en el agua en este despachito de la consulta, lo que intenta extraer del fondo de los pacientes es el sentido o la carencia de sentido, que de todo hay, respecto a la responsabilidad de la existencia, qué responsabilidad tiene el enfermo, y el hombre mismo, el hombre sano, es que acaso está ausente el individuo de esa responsabilidad, cómo inflamar esa llama de lo responsable, cómo despertar ese pálpito, qué se puede resucitar en lo que parece casi ya moribundo, qué hacer, cómo hacer, cuál es la fórmula más eficaz.

Hay una sensación de falta de sentido  en muchas vidas de Madrid y del mundo, se huye como se puede y en cuanto se puede del sentido del dolor, quién puede señalar hoy, en estos tiempos, cuál es la brújula personal que marca el rumbo para dar  sentido a la vida, cuántos sueños vagan a tientas entre las sombras dormidas de los seres humanos, cuántas sugestiones disfrazadas de sueños, qué imágenes tan grandiosas del super- yo en el recinto de los individuos cuando estos se crecen, qué variadas técnicas para los disimulos y las simulaciones sintiéndose a sí mismos, cuántas transfusiones  de ideas falsas, cómo contar todos los traumas psíquicos que existen si quedan esparcidos y pulverizados en los campos salvajes de los seres que todo lo esconden, que incluso se esconden dentro de ellos mismos, envueltos en una capa negra de mutismo o de interrogación continua, como eso suele hacer Lucía Galán Galíndez, esta belleza de veinte años que ahora mira al doctor Valdés, qué tipo de vacío hay en ella, acaso vacío existencial, se dice el médico, y de qué tipo será ese vacío, cuáles son los valores de Lucía Galán Galíndez  si es que ella tiene escala de valores, cuántos son ellos, en qué orden quedan establecidos los escalones, quizá guarda en su fondo una voluntad de dominio, anida en esta jovencísima mujer una voluntad de placer, tal vez se puede definir en Lucía su voluntad de sentido.

Pero pasa en este momento Sor Benigna, rápida, con cierto nerviosismo, y al lado de la puerta del despacho, se asoma un instante y dice:

—Doctor, en cuanto pueda tiene que ver a Luisa Baldomero.”

José Julio Perlado

(continuará)

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(Imagen —Jasper Johns)

 

 

CIUDAD EN EL ESPEJO (17)

—¿Qué piensa ahora, don Pablo?—pregunta suavemente el psiquiatra, pero no quiere molestarle demasiado –  ¿Ahora qué  piensa? ¿Cómo se encuentra?

Quedan monja y médico sentados ante don Pablo Ausin y el anciano mira frente a sí inmutable, mira hacia el pasillo, en su profundidad, aunque agradece en el fondo esta deferencia. Qué querrán estos que piense, se dice don Pablo, pienso lo que me da la gana, pienso que la vida es triste y corta, que es menester tenerla bien sujeta y que a pesar de ello se escapa, se va, a uno le han ido arrumbando pco a poco, qué me importa que estos pregunten, se lo agradezco, esta monja parece lista y buena persona, tiene mirada aguda, este médico querría que yo me desnudase ante él, nunca lo hice, por qué hacerlo, el silencio vale más que las palabras, sólo Engracia conoció algo de lo que yo llevo dentro y no conoció todo, mi padre Casimiro me enseñó a no hablar, yo escuchaba sus llaves en la puerta con un temblor y temor como un aparecido, igual que viniendo del campo, con el cráneo tostado y arrugado, me fuera a golpear o  a regañar. Todo esto está pensando don Pablo Ausin Monteverdi, es parte mínima de sus soliloquios, mira al pasillo imperturbable y ladea de vez en cuando la cabeza, mueve muy ligeramente los ojos a derecha y a izquierda, hacia la monja y hacia el doctor, pestañea, pero no abre la boca. Aquel martes de mayo don Pedro Martínez Valdés pensó en llamar al hijo de don Pablo, al grueso Agustín Ausin, y decirle, Lléveselo, métalo otra vez en Chinchón, aguante usted a su padre ya que es su hijo, dialogue con él, charle, sáquele sus secretos, sáquele incluso de sus casillas, aquí ya no puede estar más. Los sanatorios psiquiátricos, ya lo dijimos antes, no son para desvelar mutismos ni silencios, acaso fue o ha sido don Pablo Ausin un demente, no, no lo fue, Entonces, se pregunta  Sor Prudencia, la monja de los ojos oscurecidos tras los lentes, qué hace este hombre aquí, qué secreto guarda.

—Vamos, ¿qué tal, don Pablo? —insiste el médico —¿Necesita algo ? ¿ Puedo ayudarle en algo?

Hoy está don Pablo enflaquecido y silenciosamente quejumbroso. Cuando la vida se va, lo hace brusca o sinuosamente, las arterias se han endurecido, la próstata se hizo enorme, el corazón es una caja de sorpresas, latido a latido, ritmo a ritmo, la tensión ascendió durante años con el vino, con las mollejas, con los sesos, con todos los ricos desperdicios de los corderos y de las ovejas, con la sangre cuajada y con el vino convertido en sangre. La mínima de tensión no consiguió bajar durante años y no acudió don Pablo a muchos médicos, no se cuidó, ahora lo paga. Han quedado fijas las pupilas de don Pablo Ausin en el final de este pasillo del sanatorio del doctor Jiménez, son pupilas bañadas en agua, el lloro va por dentro, los ojos grandes son marrones y permanecen inmóviles, parece mentira que este hombre hace treinta años llevará en su cabeza las cuentas y servicios del restaurante de Chinchón, él solo, sin ayuda de nadie ponía velozmente las mesas en la Plaza, se entendía rápido y enérgico con los viajantes, mantuvo el genio vivo con Encarna Lorenza y regañaba muchas veces a Agustín, ayudó a construir la viviente Pasión de cada Semana Santa del pueblo, él fue San Pedro, el de las negaciones, un año hizo de Judas y no le gustó, volvió a ser San Pedro, no se atrevió a hacer de Judas, no le salía. Yo no te negaré nunca, le gritó a Jesús, Y yo te digo, le contestó el hijo del alcalde que hacía ese año de Cristo, que antes de que el gallo cante me negarás tres veces.

 

Todo esto y muchas cosas más, como estrellas, como recuerdos infinitos, pasa por la mente fija y anquilosada como piedra profunda de don Pablo Ausin, piedra anclada en el fondo de su existencia. Las pupilas clavan unas imágenes insólitas que están saliendo del fanal acristalado de este pasillo y la vida de don Pablo pasa ahora a tal velocidad y vértigo, con tan extraña cadencia, que algo está ocurriendo por dentro en la maquinaria humana de este Ausin, nunca se sabe a ciencia cierta en qué momento las ruedas de la muerte dan un brinco más, las muescas del vivir quedan dañadas de forma irreparable.

—¿Nada me dice entonces? —murmura el psiquiatra — ¿Eh, don Pablo? — le palmea con cariño en la fina y endeble rodilla — ¿Está usted enfadado conmigo? —le sonríe —¿ Eh, don Pablo? ¿Qué le he hecho?

Pero don Pablo Ausin Monteverdi gira tan sólo un poco la cabeza y mira al médico intentando ser bueno y benévolo, suavizando ese mirar duro que siempre tuvo, tal y como si contemplara una beatifica visión.

Buena persona es este hombre, se dice muy por dentro don Pablo mientras fija en el psiquiatra sus pupilas, sí, Buena persona parece. Los labios resecos de don Pablo, unas líneas que un día fueron yemas jugosas y hoy son ríos en cuyo extremo asoman brotes de blanca espuma que no se derrite, que pronto se hace sólida, se curvan un poco, tan sólo un poco, y nada dice.

Nada le arrancarán a este hombre, piensa Sor Prudencia, levantándose de la silla, Es tremendo.

Nada le arrancarán por ahora a don Pablo Ausin. Ni una palabra, ni un gesto, ni una insinuación.

Dieron las once, casi las doce, en el reloj del pasillo de este sanatorio de la calle de Menéndez y Pelayo. En el instante en que el psiquiatra se levantó para seguir su ronda con los enfermos, algo ocurría, así es la vida de las ciudades, al otro lado de Madrid.

 

José Julio Perlado  — “Ciudad en el espejo”

(Continuará)

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(Imagen -Sigmar Polke- 2008)

CIUDAD EN EL ESPEJO (22)

“María Cuetos Muñiz comenzó a ir, como decíamos, en un autobús que solía bajar cada diez minutos por la calle de Alcalá, e iba a ver a su madre. Dejaba el puchero sobre el fogón, cerraba con doble vuelta de llave su estrecho piso de la Avenida de los Toreros, con dos habitaciones, un televisor, dos camas empotradas, sabía que su hijo único, Benigno, estaba en el colegio, corría ella rápida al costado de la verja del Retiro, calle de Menéndez y Pelayo arriba, hasta el sanatorio psiquiátrico. Eso duró meses, eran idas y vueltas excesivas, o es que hay algo excesivo en visitar a una madre, los egoísmos se unen a los cansancios, y lo que fue entrega y amabilidad al principio se hace rutina y pesadez muy pronto. Te he traído este yogur, madre, le decía , es tu postre, cómetelo. Cuando el doctor Valdés se enteró a través de las monjas, no del postre ni de su calidad, sino del tono imperativo con que la hija ordenaba a la madre, la llamó al pequeño despacho, Por qué la trata así, yo no soy quien para meterme en su vida, pero su madre está enferma, sola, la necesita, al menos cuando haga usted visitas, piense que casi no ve nunca a nadie, las monjas le sirven la comida, pero las monjas no son hijas suyas, o no  venga usted, o si viene trátela de otra forma. Fue duro el doctor Valdés, empleó un tono duro, como en pocas ocasiones lo había empleado. Yo lo siento mucho, doctor, usted perdone, le respondió María Cuetos al médico, pero le salió aquel temple agrio que tenía su madre de joven, subió a ella el cansancio, la edad, la soledad, vaya usted a saber qué. Por dentro había una María Cuetos extrañamente harta de su madre, cómo se puede estar harta de una madre, dice el refrán y confirma la misma existencia que madre no hay más que una, pero uno y único es también el cansancio humano, como un polvillo que se acumulara en fatiga sobre mujeres y hombres de modo imperceptible, hay cansancios físicos que nacen del mismo cuerpo, ese cuerpo  echa a a andar y a subir, cubre fatigas, asciende tenazmente kilómetros. Son cansancios buenos, sanos cansancios donde los miembros recorren distancias y no es conveniente pararse,  nunca es aconsejable reposar sino mínimamente, ya que el cuerpo se enfría y entumece. Pero hay otros cansancios extraños y difíciles de remediar, agotamientos de cabeza, darle vueltas a las cosas entre las sienes, estar inmóvil, cavilar, luchar, batallar sin salir del terreno de la casa, es un terreno ese de las habitaciones familiares que tiene pocos lindes, y, sobre todo, ausencia de aire fresco, tan sólo llega a Madrid , de pronto, el aire emponzoñado a veces, cuando, al ventilar los cuartos se abren las hojas de las ventanas y los cristales dejan pasar soplos de vida, alientos, el respirar de las calles invadidas de ruidos, la urbe y no la naturaleza, la ciudad y no el campo, la civilización tan poco civilizada en ocasiones, y no el monte quieto al fondo, o el mar, la transparencia del velo del día entre la ventana y el paisaje, quizá lo transparente, lo primitivo, aquello que entra por los ojos y es admirable percibir. Por tanto, yo le ruego, le había dicho el doctor Valdés a María Cueto, que no trate así a su madre. Nadie me ve, quién me ha delatado, nadie hay por aquí, en estas plantas altas, se dijo la hija. Y prosiguió déspota con Ángeles Muñiz, estaba la enfermería vacía a aquellas horas de la mañana, pasó el mediodía, Madrid  avanzaba las hojas de sus horas en invisibles manecillas, avanzaba el día, la jornada, el tiempo del país, los países, Europa.

 

 

España entraba por caminos inciertos y titubeantes, en un querer y no querer, ente la audacia, la ambición  y el poderío del consumismo, a punto estaba el siglo XX de fenecer entre grietas y humaredas de muerte, apenas un botón apretado y estallaría lo inestable en pedazos, vidas volaban y habían volado en la historia del mundo y eran tantas las existencias quebradas por la violencia y por las muertes naturales que no se sabía cuántas y cuáles eran las vidas que cabían en ese hueco del mundo. Mire usted, doctor, le dirá un día al doctor Valdés, Jacinto Vergel Palomar, natural de Manzanares el Real, alto, fornido y delgado, con los gruesos cristales de sus gafas mirando el mundo, setenta y seis años de andanzas por caminos y vericuetos, gustos y disgustos entremezclados, pero sobre todo su actual amor de viudo hacia la viuda Luisa Baldomero González, oronda y blanda mujer a la que acompañaba por los pasillos, Mire usted, doctor, le dijo una mañana Jacinto Vergel al psiquiatra  Martinez Valdés, cualquier día volamos todos, volará usted mismo, saltará de ese sillón, usted perdone, y se  desintegrará en el espacio. Bien, Jacinto, le contestó el médico, serénese. No le importaba demasiado a Jacinto Vergel que el mundo se hiciera añicos por los aires, él había ya saltado mucho, fue saltarín desde muy pequeño y sobre todo era su corazón el que saltaba en amores, Yo te quiero, Luisa, te lo dije una vez, los hombres  no repiten su amor a las mujeres, es la mujer la empeñada en oírlos. Luisa Baldomero González no supo nunca que su Jacinto había subido una noche hasta la enfermería del sanatorio del doctor Jiménez, casi se mató, ascendió por una estrecha escalera de servicio e iba vestido con su bata, serían las dos o las tres de la madrugada, estaba la enfermería en penumbra, los gruesos cristales de las gafas de Jacinto Vergel atisbaron inciertos espacios, rozaron camas vacías y cortinas echadas, llegaron al fin hasta el cuerpo de Ángeles Muñiz rodeada de tubos y palpó la manta, inclinó la cabeza y la besó en la mano y luego en la mejilla. También en la frente, doctor, le confesó al médico en su día, no fue mi amor por las mujeres, es que estaba completamente sola, don Pedro, yo sabía que ella estaba muy sola toda la noche y que acaso se moría, pero no era por la muerte, don Pedro, era por su soledad.”

 

José Julio Perlado   (“Ciudad en el espejo”)

(continuará)

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(Imagen – Adolph  Gottlieb-1961)

CIUDAD EN EL ESPEJO (23)

“Se quedó aquella jornada sobresaltado el médico. Escuchó y miró a aquel hombre sentado ante él en el pequeño despacho, tanto estudiar libros y pasar exámenes y tanta casuística reunida  para luego encontrar ojos humanos, y caracteres decididos, y voluntades asombrosas, desconocidos cariños inesperados. Estuve allí , don Pedro, discúlpeme, a la luz casi apagada de la enfermería, no sé si dormía o no aquella mujer, viva sí que estaba, que a la mañana siguiente vino su hija desde la Avenida de los Toreros, que yo lo sé  y la vi, sé  dónde vive, a ella se le escapó, eso tiene poca importancia, más importancia tiene el despego y esa falta de cariño que brotan de sus ojos tiznados y pintados, con esa no me casaría yo.

Don Pedro Martínez Valdés ha aprendido su oficio de psiquiatra como todos los seres humanos, de la existencia misma, a golpes de brutales ejemplos tan clavados en su  propia carne y en su mismo pellejo como tatuado está el mapa de la provincia de Madrid en el hombro de don Pablo Ausin Monteverdi, natural de Chinchón. Ángeles Muñiz Cabal poco ha podido hablar con el médico, apenas la han dejado hablar, la abandonaron ya anciana en su silla de ruedas y luego en los altos de la enfermería, y bien se sabe que los viejos cuando ya no pueden moverse, cuando han de estar sometidos a los demás y no dependen ya de sí mismos, parecen igual que muebles, casi son muebles corroídos de carcoma y los finos agujeros de esa carcoma recuerdan a alfileres por donde se clava la puntiaguda memoria, esa antigua memoria plegada en lejanos recuerdos que se hace viva cada vez. Me acuerdo, se decía Ángeles Muñiz ensueños, mejor dicho, entre sueño y vigilia, entre olvido y memoria, Me acuerdo, se repetía a sí misma en la cama de la semidesierta enfermería, el año que yo llegué a Madrid con María, sola, bajando desde Asturias a la capital de España, rehaciendo un hogar, buscando calor y comida para la chiquilla. Pero nunca le has preguntado nada sobre su vida, Pedro, le interrogaba la mujer del psiquiatra al médico en las intimidades del dormitorio o cuando paseaban los dos de tarde en tarde, por las callecitas de Puerta de Hierro. Nada, contestaba Valdés, su hija sólo le lleva el yogur y la acompaña un rato, parece déspota y tiránica con su madre, eso cuando va a verla, que son pocos los días que lo hace, no me preguntes más.

 

No, no se debe preguntar a los médicos, y menos a cuantos se especializan en psiquiatría, psicólogos y psiquiatras son de la misma ralea, buena ralea a veces pero no pueden hablar, no pueden y no quieren, en ocasiones ni quieren ni pueden, hay un secreto profesional que guardan con doble llave y que ni sus mujeres conocen. No, no me preguntes más le había contestado cierto día a su mujer don Pedro Martínez Valdés.

La verdad es que los recuerdos de Ángeles Muñiz Cabal al llegar a Madrid, viuda ya, muy joven, veinte años tenía y ya había sido madre, nunca los confesó a nadie, pero ahora, en la penumbra de la solitaria enfermería aparecían de repente, y de la pared blanca, del fondo de las cortinas recogidas, comenzaban a surgir caballos y coches, sombras apenas esfumadas, oscuros y largos tranvías recorriendo carriles por la calle de Alcalá. Era hacia mil novecientos veinte, a la altura de la Iglesia de las Calatravas, cerca de la Puerta del Sol, Ángeles Muñiz tuvo la suerte de empezar a servir de limpiadora  en el Hotel Regina, pasaba el paño por las mesas de la entrada, acumulaba sábanas en los cuartos del fondo, a veces echaba una mano en el restaurante del Hotel y se hizo muy amiga de la dependienta de al lado, Montserrat Domínguez, que trabajaba pared con pared junto al Hotel, en la tienda de Mantequerías Leonesas. Cómo cambio Madrid, qué calle de Alcalá tan distinta, se había dicho en tantas ocasiones Ángeles  Muñiz estando sola, paseando cuando pudo y tuvo arrestos, que fueron muchos, por aquel  centro y aquella calle de Alcalá que ahora, lo que es la vida, por otro tramo, desde la Avenida de los Toreros hasta Menéndez y Pelayo recorría su hija María algunas mañanas. Cerró los párpados Ángeles Muñiz en el rincón de la enfermería  del sanatorio, oía el zumbar de tubos que la envolvían, no los podía ver, para qué mirarlos, a sus noventa y dos años y aparentemente abandonada de todos, lo que veía bien entre las telarañas de sus cerrados párpados eran aquellos coches de negra capota que le asombraron en su juventud, tranvías como féretros alargados, sus cristales ennegrecidos y ahumados, cerrados en sí mismos, carteles de blanca madera en los que se leía “Puerta del Sol a Ventas”. Había sido una calle de Alcalá la que vivió, cerca de la calle de Peligros que cruzaba, toda ella cubierta de variada confusión, el aire aún palpable, los caballos cruzando de acera a acera en arrastrar de coches públicos, figuras que Ángeles Muñiz Cabal, en la hondura de sus pupilas cerradas que tanto habían visto y escondían nácar de bellezas como si conservaran cristalinas aguas, guardaba en recuerdos aquel ir y venir de sombreros y gabanes oscuros, mozos con espaldas  curvadas transportando sacos enormes, gorras de funcionarios y policías atravesando nieblas o secos fríos madrileños, ventanillas, farolas, bastones, vidas, su hija María jugando entre el aire de mesas y sillas ordenadas en la puerta del Hotel Regina, brillos y oscuridades que emanaban ahora, cerca de la una de la tarde de este ocho de mayo, de la luz y del silencio de la enfermería, las evocaciones antiguas suelen entrar violentas en las memorias. Madrid se rememora ahora, en el rincón de este sanatorio, y la estampa, y el olor, y el  sabor de aquel año veinte asoma en la laguna de los cerrados párpados de esta anciana igual que si la vida volviese, pero ni vida ni existencia dan un paso atrás, es la historia la que pasa las cuentas del rosario del siglo y aquel Madrid que único parecía no volverá jamás a aparecer, carruajes y caballos prosiguen en la pared de esta enfermería, pero tan sólo en la pared, y dan la impresión de que se mueven, aunque estamos  ahora al final del siglo y la vida se va, esta vida arrumbada y solitaria de Ángeles se marcha. No, no puedo contarle nada de ella, le había dicho una tarde, paseando entre las callecitas de Puerta de Hierro, se lo había repetido el psiquiatra a su mujer. Nada o muy poco sé de ella, dijo pensando en la anciana Ángeles Muñiz que tanto había vivido. En verdad, don Pedro Martínez Valdés, bien poco conocía de los secretos de esta vieja asturiana, y aun cuando los hubiera sabido, jamás, nunca, los habría desvelado, los párpados cerrados de la anciana  bien podían quedarse tranquilos.”

 

José Julio Perlado ( “Ciudad en el espejo”)

(Continuará)

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(Imagen— Larry Fox)

CIUDAD EN EL ESPEJO (24)

“ Ahora va acercándose lentamente la una del mediodía, acaba de suspirar entre las sábanas Ángeles Muñiz, su hija María la besa con rapidez, se inclina entre los tubos que rodean a la madre, y deposita el beso en su mejilla, se yergue y contempla un momento ese rostro que parece dormir, recoge el bolso que ha dejado sobre una silla de esta enfermería y se retira. Tengo prisa por llegar a casa, pierdo el autobús, no llego, se va diciendo apresuradamente María Cuetos conforme baja rápida las escaleras de este sanatorio de Menéndez y Pelayo, anchos escalones de vieja madera, barandilla oscura, tablas crujientes. En el momento en que María Cuetos está bajando escalones camino de la puerta, no lejos de allí, en el mismo Madrid, por una zona cercana, es decir, dentro del monumental Museo del Prado, otra escalera, ésta muy firme y de piedra, deja pasar sobre ella el tumulto en rumor de los turistas, los jóvenes colegios de adolescentes, las suelas y los tacones  del gentío que sube incesante desde el vestíbulo central hacia el piso primero donde precisamente esperan los cuadros de Velázquez. Es una escalera que asciende por la izquierda, se dejó atrás la entrada y los vigilantes, los conserjes y aquel ruido mecánico que permite pasar uno a uno, como en una frontera, como en una singular aduana, conforme  van mostrando su entrada los visitantes. Juan Luna Cortés, el amigo de Ricardo Almeida García, que aún desconoce  qué le ha ocurrido al guía, bajó hace dos horas, serían cerca de las once, a tomarse  su cotidiano bocadillo, y al ir con su envuelto paquete hacia el cuarto de los sótanos, cruzó la entrada del Museo y no reparó demasiado en la ausencia de Ricardo Almeida, estaba el grupo de guías oficiales del Prado con sus placas ostensibles en las solapas, sus fotografías, apellidos y nombres, una especie de certificado rectangular y plastificado, algo que recuerda a un diploma, una especie de enseña y de credencial, el título de conocimientos empequeñecido, y allí seguían, aguardando en una esquina, cerca del principio de esta escalera de piedra, al borde mismo del vestíbulo. Parecemos halcones, doctor, le dirá esta tarde Ricardo Almeida al médico, parecemos halcones esperando a la gente, yo mismo soy halcón. Por qué se llama así, le preguntará él psiquiatra, Porque es lo que hago, es como me comporto, somos buitres y no sólo halcones, vigilamos cada movimiento de la entrada, cualquiera puede ser presa, es necesario trabajar, allí estamos todas las mañanas del año Manolo Nicolás, Gaspar Inglés, Ramón Esteban, Cristóbal Valero, y mi mejor amigo, que es Jerónimo Segovia. Esos hombres y esas figuras que siempre acechan de reojo a los turistas son los que ha visto hace apenas dos horas, a las once de la mañana, Juan Luna Cortés, al pasar fugazmente con su bocadillo en la mano. Vió al grupo de los cinco guías del Prado conversando en la entrada, saludó a algunos, pero no se fijó que faltaba Ricardo Almeida, él iba pensando en desayunar, tomar su almuerzo de media mañana, ni se fijó , o si quizá lo hizo no hubo reacción, no lo sabemos.

 

 

Lo que sí sabemos es que a ese grupo de guías del Prado, amigos y enemigos entre sí, competidores, que van a ganar su pan gracias a sus conocimientos del famoso Museo madrileño, Ricardo Almeida siempre los llamó halcones y buitres, y así, con estos nombres, se referirá incluso al hablar de sí mismo, Mire usted, doctor, le dirá esta tarde, Gaspar Inglés es el más listo, pero Manolo Nicolás es el más rápido, ėl conoce muy bien la pintura española, tiene sus gustos, pero todos nosotros, y yo mismo también, he de callarme, los gustos son privados, a mí, por ejemplo, me atraen mucho los perros de Velázquez, sus perros y sus caballos, esas grupas redondas, doctor, que aparecen en “Las Meninas” o en el retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares, o perros que yo explico siempre a los turistas, ese mastín de negra cara que acompaña a Felipe lV cazador, o el perro echado a los pies del príncipe don Baltasar Carlos, pero sobre todo paso la mano sobre ese soberbio gran perro tendido y majestuoso que ocupa la habitación de “Las Meninas”, paso mi mano sobre él, sobre su lomo, y me duermo. Se lo dirá esta misma tarde el guía al médico como en confesión, pero ya lo piensa ahora, a la una del mediodía, cuando está semidormido, abotargado, y ante todo dolorido en un cuarto de este sanatorio y ve todo el Museo en su memoria, la vuelta del caballo que monta el Conde Duque de Olivares gira al fondo, hacia dentro, hacia el campo, en la hondura del cuadro Ricardo Almeida sabe que se divisa Fuenterrabía, lo suele señalar a los visitantes, Miren, observen cómo se ve Fuenterrabía a lo lejos. Sí, está dolorido este hombre. No se mueva, Ricardo,,le dirá esta tarde el doctor Valdés, hábleme procurando no moverse, y le preguntará,  Por qué se hirió, por qué se hizo esas heridas. Ahora, a la una del mediodía, aún  no ha visto al psiquiatra, ni habló aún con él, lo tendieron cuidadosamente en una cama cuando llegó de la Cruz Roja y permanece así. Me gusta el perro, parece de verdad, escucha una voz de las muchas de su vida que contempla en el Prado “Las Meninas”. Hay una atracción, doctor, le dirá dentro de unas horas Ricardo al médico, guarda un imán ese cuadro de Velazquez. Es la fama, le contestará el doctor Valdés, es lo que se ha hablado y se ha escrito del lienzo.  No, no es eso, doctor, le responderá  convencido Ricardo. Hay un imán en esa habitación pintada por Velázquez, porque yo noto las miradas en la sala nada más  entrar, al cruzar el dintel, buscan a “Lss Meninas” con pasión, la familia del Rey atrae enseguida a los turistas, los convoca, congrega las miradas, se queda todo el cuadro mirando a los turistas y los turistas se adentran en el cuadro.”

José Julio Perlado – “Ciudad en el espejo”

( Continuará )

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(Imagen 1- park seo bo – 1992)