MADRID 1830 : LA MAQUETA DE MADRID

 

 

“Así estuve aquella tarde dando vueltas por el Museo de Madrid, en la calle de Fuencarral, y luego descendí a la planta baja,  ya que allí se anunciaban las maquetas que revelaban las diversas etapas por las que había atravesado Madrid. Especialmente me impresionó descubrir una gran sala dispuesta a media luz donde, en su centro, aparecía extendido, bajo un fanal acristalado rectangular, el enorme cuerpo de una maqueta histórica, quizá la más importante de Europa, y de la que yo había oído hablar en muchas ocasiones: el modelo de Madrid construido en 1830 por el ingeniero militar Leon Gil de Palacio, hecho en madera de chopo y elevado un metro sobre el suelo y que mostraba en diez bloques irregulares la extensión de las ocho mil casas de la ciudad de entonces, distribuidas en 540 manzanas, con los espacios libres del interior de las manzanas, y los vericuetos, calles y caminos de una capital sin habitantes, un asombroso escenario fantasmal recreado con absoluta precisión y a la vez vacío, un inmenso y minucioso esqueleto que impresionaba con sus barrios y confluencias, una ejecución admirable que indudablemente suponía una excepcional fuente de información para la iconografía urbana y para la geografía histórica de la ciudad. Largo tiempo estuve siguiendo toda aquella superficie de más de 18 metros cuadrados con especial curiosidad, intentando encontrar a lo largo de aquella maqueta lugares donde yo había vivido o había estado alguna vez, y muchos de ellos los descubrí enseguida, pero además de la admiración ante la reproducción exacta de los edificios, algunos construidos en papel pintado, con ventanas y balcones en cartulina, quise observar también la precisión recreada de las periferias, con los olivares en el norte, los desmontes en el sur y la foresta verde de la Casa de Campo, así como los numerosos conventos, huertas, fuentes, callejuelas y rincones representados en la célebre maqueta y en la que se habían aplicado alambre, hilo y lana para los árboles, seda para los arbustos, tierra y arena para los jardines y metal para los remates de cúpulas, verjas y estatuas. Abarcaba todo aquel mundo tan preciso la zona central del Madrid de 1830, es decir, el espacio entre lo que hoy es la glorieta de Quevedo por el norte,  y la basílica de Nuestra Señora de Atocha, por el Sur, en total unos 4 kilómetros; y por otro lado, del paseo del Prado al Este al Palacio Real, por el Oeste, unos 3,5 kilómetros. El ingeniero Gil de Palacio había dedicado 23 meses para realizar aquella fidelísima copia de la ciudad ayudado por un equipo de topógrafos y carpinteros, y para ello se había subido a la llamada atalaya de Madrid, en la Torre de Santa Cruz, en la calle de Alcalá, y desde allí, en excelente panorámica, había querido contemplar casas, palacios y terrenos antes de comenzar la tarea tal y como se la había encomendado el rey Fernando Vll y tal y como yo ahora la contemplaba en el Museo.”

José Julio Perlado

 

(Imagen—el paseo del Prado -1825 – Wikipedia )

CIUDAD EN EL ESPEJO (6)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (6)

 

“Por las mañanas los médicos aún no tienen la cabeza poblada de enfermos. A decir verdad, los médicos no quedan absorbidos  por los enfermos ni por la mañanas, ni por las tardes, ni siquiera a veces  por las noches: hay una agenda , un recorrido, se sabe que Jacinto Vergel, menudo nombre colocaron los padres a tal apellido, le han logrado al fin sentar en bata, con una bata azul celeste en el extremo de un pasillo del Doctor Jiménez, el sanatorio situado al fin de la calle Méndez y Pelayo, regido por unas monjas. El jardín es pequeño, pero lo que son largas y brumosas, inquietantes y plácidas a la vez son estas avenidas de cristal interior, puros cristales esmerilados en forma de intestinos en donde la luz de las residencias psiquiátricas son un fanal de miel alucinada, las cabezas y las vidas recorren o se quedan quietas en un punto, el punto se agranda, la grandeza adquiere dimensiones irreales y majestuosas. En lo que el cerebro del doctor Martínez Valdés  no se detiene ahora, mientras pasa con su coche al lado de la auténtica Puerta de Hierro de Madrid, la que fuera entrada al camino de acceso al coto real de caza, granito y piedra blanca pulimentada de Colmenar, tiempos aquellos del Rey Fernando Vl, cuando el coto real de El Pardo estaba vallado por un muro, conforme el doctor Valdés está remontando en estos momentos el tráfico por la Ciudad Universitaria, su pensamiento no está en Jacinto Vergel, o en Concha Cañas, o en Aurora Rodríguez Sanjuán, o en Máximo Silvestre, o en Lucía Galán, o en Alicia Madurga, o en Eufrosio López Sevillán, o en Don Pablo Ausin, o en Carmelo Torrent, o en Laureana Bosch, o en Silvia, o en el marqués de

 

 

Brujas. Hay  tantos nombres repartidos, tantos apellidos, se han concebido tantos seres, existen tantas camas, están bordados tantos  números en las solapas de las batas, las lavanderías de los hospitales giran en espuma, los ascensores de los sanatorios huelen a cenas y a comidas, cada uno posee sentimientos y pensamientos, los años pasan sobre la capital de España, una bruma delicada, primero vagorosa, nube enfermiza y doliente, viene muy suave por entre las rendijas del recuerdo y la memoria de Jacinto Vergel, mientras el doctor Martínez Valdés alcanza ya la Moncloa, subirá la Gran Vía hacia la Puerta de Alcalá, el vapor de los automóviles  esconde bajo una castiza capa al rey Carlos lll, el mejor alcalde de Madrid, el que dotó a la ciudad de alcantarillados y pavimento e iluminó sus calles, evocación de Carlos lll, halo misterioso que mirará el doctor desde el edificio de Correos, le llegará  desde el Museo del Prado y desde el Jardín Botánico, silbido oloroso de esta primavera que sube por los vericuetos de las calles desde la Puerta del Sol.

 

 

Jacinto Vergel casi no ha dormido. Al alba, mucho antes de que entraran las monjas en su habitación, ėl mismo se ha puesto la bata azul y ha empezado a caminar muy deprisa por los pasillos, casi siempre está en los pasillos, se acostó muy tarde, tienen que obligarle a que se acueste, acecha a cualquier viajero, interlocutor o trashumante que le escuche, Jacinto Vergel Palomar nació en Manzanares el Real hace setenta y seis años, es hombre flaco, nervudo, tieso, necesita gruesas gafas, parece solamente aldeano y en cambio tiene mucha sabiduría popular, ha leído algo, caminó mucho, es inquieto, sobre todo amoroso, el corazón se le escapa con picardía, guarda una risa seca e irónica como un tic que acompañara a sus silencios, un empujón de sorna igual a una tos. Cuando Jacinto Vergel Palomar se tumba en la cama de su habitación del Doctor Jiménez no puede cerrar los ojos de tanto que anduvo. Tiene en la cabeza todos los caminos de las cercanías de Madrid, sale de Manzanares el Real, al lado mismo del castillo, y echa a andar muy joven, Mire hermana, le dice en cuanto puede a Sor Benigna, Usted se viene conmigo hacia Cerceda, luego nos vamos los dos a Cercedilla, después doblamos tranquilamente a Miraflores y llegamos a Lozoya, a la izquierda dejamos Oteruelo del Valle, Alameda, Pinilla del Valle y Rascafría. A Sor Benigna no le encaja el nombre, es monja alta, austera, con un temple de acero y dirige el sanatorio del Doctor Jiménez con mano firme y sin contemplaciones. Mire, Jacinto, quédese quieto de una vez, usted y yo no nos vamos a ninguna parte, le dice la monja a Jacinto, déjeme en paz que tengo mucho que hacer, y sobre todo deje en paz a  Luisa. Luisa Baldomero González es mujer oronda y de anchas piernas, muy gruesos y encarnados tobillos, rostro redondo, sus varices le hacen caminar despacio por el sanatorio, nunca podrá seguir a Jacinto ni por el Soto del Real, ni llegará a Guadalix de la Sierra, ni menos alcanzará hasta Bustarviejo, ni tocará Valdemanco ni rozará Canencia. Son pueblos estos del noroeste de la provincia madrileña. Mire hermana, le repite incansable Jacinto a Sor Benigna en un rincón del pasillo, Mi padre me enseñó tan bien el castillo de Manzanares, que es como si fuera mío, Usted se coge de mi brazo y nos asomamos juntos a las torres para ver bien limpia la Pedriza, es decir, la piedra, esas paredes enormes que yo he subido hasta con mochila, y como la monja no le contesta y le dice que se calme, Jacinto se va pronto a la parte del sanatorio donde están las mujeres, su corazón sube y baja las escaleras cuantas veces sea necesario, es montañero, asciende escalones, baja peldaños, únicamente con Luisa Baldomero del brazo y con un amor y una dedicación pasmosos, tal como si llevara un cristal a punto de romperse, se mete en el ascensor y la acompaña igual que si fueran a casarse.”

 

 

José Julio Perlado

(Continuará)

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(Imágenes —1-Jerzy Grabowsky/ 2- Louise Bourgeois)