NAVIDAD 2020 (1) : DICKENS

 


“Pueden verse las calles de esta ciudad en una mañana navideña — escribía Dickens—en que, a causa del frío del tiempo, producen las gentes una especie de ruda música, pero activa y nada desagradable, barriendo la nieve sobre el pavimento delante de sus casas y haciéndola caer de sus tejados, mientras los chiquillos experimentan un delicioso placer viendo precipitarse sobre la calle esas artificiales y minúsculas avalanchas. El cielo está sombrío y no hay nada de particularmente alegre en el clima o en la vida; pero flota, sin embargo, en la atmósfera un aire de júbilo que tal vez el más bello de los veranos y el más hermoso sol, en vano intentan difundir, ya que las gentes que sobre los tejados se esgrimen con sus palas rebosan de jovialidad. Se lanzan bolas de nieve, riendo de todo corazón si se alcanzan y riéndose igualmente también si yerran.

 

Las tiendas de los pasteleros se hallan a medio abrir y las fruterías están en sus glorias.  Se ven cestos de castañas, grandes, redondos, ventrudos y semejantes a los chalecos de los viejos elegantes, llenos de alegría; se ven peras y manzanas formando altas pirámides, inmensos racimos de uvas suspendidos en medio del  muérdago y el acebo. El droguero — ¡oh!, el droguero — por cuya entreabierta puerta se aperciben higos y ciruelas-pasas, en unas muy adornadas cajas, tan hermosas que los clientes se estrujan en las puertas y olvidan sus compras sobre el mostrador y regresan corriendo a recogerlas, y cometen centenares de pequeñas equivocaciones, todo con el mejor humor posible, mientras que el droguero y sus dependientes parecen tan francos y tan sinceros, que los corazones de brillante cobre, con los que sujetan sus delantales, semejan ser el propio corazón que llevan generosamente fuera, para mostrárselo a todo el mundo.”

 

(Imágenes— 1- Brassai/ 2- Alexandre Benois- 1910 /3- Boris Kustodiev -1920)

LA DESPEDIDA DE MAIGRET

 

“Me siento lleno de remordimientos — decía Simenon en 1973– por haber dejado caer completamente a Maigret tras mi última novela “Maigret et Monsieur Charles”. Es un poco como si uno se despidiera de un amigo sin estrecharle la mano. Si se ha creado, entre un autor y sus personajes, relaciones afectivas, con mayor razón si esta colaboración dura cincuenta años. Leo en ciertos periódicos que yo me he valido de mí mismo para crear el personaje de Maigret y que éste no sería más que una copia.

Rechazo esto. Maigret no ha sido nunca yo. Yo le dejo en las orillas de la Loire donde debe ir para su jubilación, como haré yo mismo. Él trabajará en su jardín, jugará a las cartas, irá a pescar. Pero yo continuaré  ejerciendo el único deporte que aún me estará permitido: caminar. Le deseo una feliz jubilación, como la mía deseo que sea feliz. Los dos hemos trabajado juntos y  la verdad es que yo le debería  haber dedicado un adiós un poco más  emocionado.

 

¿Sabe usted – le decía Simenon a Bernard Pivot en 1981- por qué Maigret no ha tenido hijos? Por una razón muy simple: cuando he creado a Maigret, yo no tenía hijos y me sentía incapaz de crearle a él una vida familiar con un hijo porque en aquel momento yo no tenía ninguno. Después, fue ya demasiado tarde para que yo añadiera al matrimonio Maigret lo de los hijos. Y  los he retratado siempre sin hijos.”

 

(Imágenes—1- Simenon/ 2- Robert Brassai -Montmartre/ 3- Albert Monier 1950)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (14)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (14):   paseos y fotógrafos por París

 

 

—Volviendo a esa primera tarde en el Bois, ¿cómo salió usted de allí? ¿qué impresión le produjo la ciudad de París?

– La verdad es que yo no podría asegurarle ahora exactamente qué más pudo ocurrirme aquella primera tarde en París.. Me imagino que cuando cesó la tremenda lluvia de que le hablé, y ayudado sin duda por un mapa, saldría del Bois de Boulogne y descendería luego con mi coche hasta el muelle Louis Blériot y luego, por la Avenida de New York, por la orilla derecha del Sena, hacia el centro, es decir, hacia el distrito ll, como haría después tantas veces durante los siguientes años ; y continuaría naturalmente tras la fila luminosa de automóviles, para llegar, después de muchas vueltas me imagino porque era el primer día y no conocía la ciudad, hasta la avenida de La Ópera, y buscar más tarde una de sus bocacalles, la pequeña calle Gaillon, allí donde tuve mi domicilio durante los dos primeros meses. París se abría poco a poco aquella noche ante mí aunque yo no me diera exacta cuenta porque uno nunca es consciente de eso al principio, y, como digo, Paris se abría con sus escaparates iluminados, sus cafés bajo toldos multicolores, las gentes que venían o iban por el bulevar de los Capuchinos o de los Italianos, el París de los manteles a cuadros, de los pequeños restaurantes, el mapa de barrios y distritos diversos que encerraban cada uno su pequeño Paris, que así es como yo lo he visto siempre, y abajo o encima de todo ello el gran París de fondo pictórico, musical y literario de siglos anteriores envolviendo las casas y guardado en museos, y del que yo había leído y visto tantas cosas. Si no precisamente aquella primera tarde-noche, puesto que sin duda tendría que ajustar y cerrar asuntos prácticos de mi viaje, sí en las semanas siguientes, al recorrer por primera vez la avenida de la Ópera o iniciar mi bajada a los muelles del Sena, o al adentrarme por el borde de la Isla de la Cité, París se descubría, como así me ha ocurrido cada vez que lo he visitado, como una ciudad de varios niveles, repleta de historia y de arte, y también con varias vidas, unas encima de las otras; una vida al nivel de las aceras y de los quehaceres diarios, es decir, al nivel de la imprescindible existencia rutinaria, y otra vida con un nivel más profundo, rica y desplegada en el tiempo, telón de fondo del primer decorado de autobuses y paseantes, una gran vida concentrada en pinturas, en manuscritos, en páginas, en reflexiones e invenciones. Podría decirse que todo eso puede perfectamente descubrirse en muchas otras ciudades del mundo, y eso es verdad, pero el peso entonces de París en aquellos finales de los sesenta aún se mantenía muy vivo, aun cuando quizás se hubiera empobrecido algo y poco a poco fuera ascendiendo por las paredes del arte ese otro Nueva York que elevaría el foco de la novedad o del gusto. Pero en aquellas fechas que le cuento, y en las que yo viví en París, aún podía uno encontrarse perfectamente con Beckett sentado y solitario ante un café en una terraza cubierta de Montparnasse, o seguir a Ionesco paseando del brazo de su mujer por los bulevares. Estaban luego las famosas librerías de la orilla izquierda, la Shakespeare and Company con el recuerdo de Joyce, o La Hune, muy cerca de los cafés literarios. Y estaban igualmente y sobre todo los paseantes que me habían precedido en mis lecturas, paseantes y pasos de Balzac o de Benjamin, pasos de León- Paul Farge o de Sebastien Mercier, pasos de Simenon. Pasos delante de mí, al lado mío, precediéndome y a la vez siguiéndome por las calles. Ellos, como pasos que conversaban conmigo al andar, me iban explicando cada día Paris, y aún lo hacen hoy cada vez que vuelvo a esa ciudad, porque son los pasos del París del callejeo, del París gris perla bajo una lluvia inesperada, del París de insospechados descubrimientos. Los fotógrafos parecía también que hubieran podido adelantarse a mis pasos y hubieran salido corriendo para apostarse en ángulos, adoptar posturas y enfoques, y mostrarme cualquier encuadre de París desde una esquina, y tengo en mi memoria cómo me sorprendieron muchas veces Brassaï o Robert Desnois, y también Cartier-Bresson o Willy Ronis con algunas de sus extraordinarias fotografías y cómo ellos me iban conduciendo de alguna forma con sus cámaras entre la niebla de las escalinatas del Sena, una niebla como tela de araña en torno a cada poste de luz, para ascender luego de nuevo a la calle y detenernos todos, los fotógrafos y yo, ante un “bistrot”, ellos con sus fotografías y yo simplemente con mi curiosidad, para empujar después la puerta y ver aquellas caras, tantas veces agrietadas por la vida o por el alcohol, reflejadas vagamente en el vaho del cristal y muchas veces pensativas ante un vaso de vino sobre el zinc del mostrador.

 

José Julio Perlado -“ Los cuadernos Miquelrius”  – Memorias

(Continuará)

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