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Posts Tagged ‘Azorín’

 

Los retratos de Zuloaga, excelentemente analizados y comentados por Lafuente Ferrari (Dialnet) pueden servir de eficaz acompañamiento a la hora de visitar la actual exposición que sobre el pintor vasco se celebra en Madrid.

 

 

“Para Zuloaga, el carácter lo es todo – recuerda Lafuente Ferrari – , a ese carácter sacrifica detalles, rasgos y delicadezas, y, en cambio, subraya con atroz energía, gesto, acción y mirada. La mirada sobre todo; Andrenio dijo ya, en un pasaje recordado por mí en otra ocasión, que Zuloaga era el pintor de los ojos; pero esos ojos no nos invitan a penetrar en un alma, sino que nos imponen su personal y peculiar carga de fuerza. Carácter y vigor expresivos son, pues, para Zuloaga las notas que interesan en un retrato. (…)  Para Zuloaga, carácter es personalidad; en su representación interesa la energía total con que se manifiesta y no la psicología, es decir, el abanico de un complicado sistema de posibilidades latentes. Lo que atrae en el individuo es aquello que afirma su vida como presencia; como acción, más que la calificación matizada de sus diferencias anímicas. (…)

 

 

En muchos casos sabemos que Zuloaga trabajó sus retratos con el mínimo tiempo de pose del modelo. En 1941 pintó, por ejemplo, el retrato de Azorín. Durante una mañana, la mañana del día 30 de abril de 1941 exactamente, el escritor, sentado frente al mirador de las Vistillas, posó ante el maestro, que dibujó del natural la espléndida cabeza, en una hoja de su álbum. Por la tarde, lejos ya del modelo y sólo con su dibujo, Zuloaga pasó, interpretando y abreviando hasta la síntesis, el dibujo al lienzo en blanco, dispuesto para ejecutar la pintura. No estoy muy seguro de ello; pero es probable que Azorín no pasara muchas más horas ante el artista y hasta es posible que aquella breve sesión de la mañana bastase al maestro para terminar definitivamente el cuadro; si esto no ocurrió así en este caso, algunas veces sucedió, en efecto, y Zuloaga, que no era hombre vanidoso, pero que podía con justicia enorgullecerse de su memoria visual, realizó hazañas semejantes, que alguna vez se complacía en relatar.

 

 

De sus propios labios oí la que sigue: un día, en su estudio de París se presentó, a hora conveniente, un personaje norteamericano, ya conocido de Zuloaga o amigo de amigos, que acudía a saludarle y a expresar su deseo de tener un retrato suyo pintado por el artista vasco. Zuolaga le escuchaba mostrando la aquiescencia vaga que espera oportunidad concreta y compromiso definitivo para la ejecución. Por ello, al decirle que con mucho gusto Zuloaga pintaría la obra, hubo de sorprenderse cuando nuestro expeditivo americano afirmó que no solamente estaba decidido a que Zuloaga le retratase, sino que venía a ello porque embarcaba al día siguiente para su país. Zuloaga, que no gustaba de coacciones ni de prisas, hubo de aceptar la cosa como se le presentaba ; hizo sentar a su modelo y, tras una sesión no muy larga, porque el viaje inmediato no permitía muchos ocios al modelo, quedó fijada por el lápiz del artista la cabeza del hombre de negocios y la silueta de su actitud en el retrato; ante aquel dibujo y sin más contacto con el natural, el artista pintó después su cuadro, con éxito pleno y gran satisfacción del retratado. Probablemente no fue éste uno de los casos más ingratos para el artista, que prefería siempre que se le dejase en libertad para esa final tarea de encajar y componer un retrato sin la tiránica y a veces molesta presencia del modelo; no en balde recordaba siempre Zuloaga aquel dicho de su maestro Degas cuando decía que si el modelo estaba en el tercer piso, había de tener el estudio en el quinto. Entre uno y otro, la tiranía del natural se esfumaba y el pintor quedaba en mayor libertad para la creación.

 

 

Esta anécdota – sigue diciendo Lafuente – nos lleva a recordar otra muy curiosa que he conocido recientemente y que muestra la penetración y la doble vista de Zuloaga, a la vez que su intensa concentración en su modelo cuando pintaba un retrato. Posaba ante él un famoso ingeniero inglés, Mr. Parshall, que después de haber realizado famosas obras hidráulicas en todo el mundo, tales como el famoso barrage del Nilo, junto a la primera catarata en Assuan, había venido a residir en España por estar asociado a importantes compañías extranjeras que proyectaban embalses en los Pirineos. El ingeniero posó sin prisa ante Zuloaga y el retrato avanzaba; un día, el pintor, con pretextos lo interrumpió y, al parecer, no volvió a trabajar en el cuadro, al menos con el modelo delante. El maestro hubo de ser obligado, en la intimidad, a dar una explicación de su aparente arbitrario capricho. «Me era imposible seguir pintando a ese hombredijo D. Ignacio—. He visto la muerte en su rostro». El modelo, en aparente buena salud cuando posaba para el cuadro, moría poco después de rápida e inesperada enfermedad”.

 

 

(Imágenes-1-Zuloaga- retrato del artista con capa- todoesliteratura/ 2-Unamuno/ 3- Azorín- EFE/4- Valle Inclán – El Pasajero/ 5- Mauricio Barrés- wahoart/ 6 -Manuel de Falla- Pinterest)

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“Los días van pasando – escribe Azorín en susMemorias inmemoriales” -; los meses pasan; pasarán los años, naturalmente, si es que yo continúo viviendo. Y aunque no viva: pasarán, muerto yo, para los que sobrevivan. En esta antigua morada me levanto a primera hora, leo, escribo, contemplo el cielo, me extasío, de bruces en la barandilla de madera, ante los dos cipreses y las dos adelfas. Aspiro, ahora en julio, el olor penetrativo de las flores purpúreas. Y dejo que transcurra el tiempo; si no lo dejara, sería lo mismo. Lo que quiero decir es que no me preocupo del paso de las horas. De casa he salido raramente: la calle, una callejita angosta, la conozco bien. Pero, ¿y lo demás? ¿ Y la catedral, las muralllas, el río, los vetustos palacios, la plaza con sus soportales? Tengo cierta voluptuosidad, lo confesaré, en saber que todas estas maravillas están a mi alcance, y no siento curiosidad por conocerlas. Podría escudriñar todos sus escondrijos, no lo hago. Para mí no existe el mundo. ¿Cuánto tiempo podré permanecer en ese dulce no hacer nada ni conocer nada?

(…) Sigue, naturalmente, escribiendo nuestro personaje. No cesa en su empeño. No tiene más confortación en sus desmayos que el pergeñar artículos, cuentos, novelas y comedias. Al hacerlo, pienso en el alfarero que vio algunas veces en su infancia, allá en el pueblo levantino. Se ve él mismo cual otro alfarero, con su rueda, con su arcilla, afanado todo el día en dar y dar vueltas al disco milenario de madera. Y no me pidan ustedes más cuenta de la vida de este caballero. No diré más. Con esto basta y sobra. Ni una palabra más”.

Se recuerdan ahora los cincuenta años del fallecimiento de Azorín. Aquella tarde del 2 de marzo de 1967 – horas después de su muerte – estuve yo en casa del escritor al lado de  su viuda, Julia Guinda Urzanqui. Al día siguiente – tras el sepelio -,  escribí ” Entierro de un pequeño ojo azul”.

 

 

(Imágenes.-1.-Azorín, retratado por Zuloaga- colección privada/ 2-Azorín- libertad digital)

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Conocido por su oposición al flamenquismo y a lo taurino, el escritor Eugenio Noel, forma parte de aquellos autores procedentes del periodismo que poseían un temperamento políticamente radical que se implicaba en un retablo de la España rural y que unía a veces el talante vigoroso con una equívoca complacencia. Como algún otro autor – por ejemplo, José López Pinillos – ha sido visto en alguna de sus obras como un precedente del relato tremendista de posguerra.

Azorín lo elogió por su ardor en la campaña contra el flamenquismo. El espectáculo –dijo de él – de un hombre joven que recorre España en perpetua y caliginosa predicación contra el flamenquismo no puede menos de ser interesante.

Martínez Cachero, al analizar la novela española, recuerda lo que Manuel Orozco dijo de Noel en la revista Insula, en junio de 1967 : no es un patán metido a artista payaso, sino un intelectual verdadero con un desajuste interior afectivo y social. Las obras de Eugenio Noel – Las capeas (1915), Pan y toros (1913) España nervio a nervio (1924), Nervios de la raza (1915), Escritos antitaurinos (1913), Alma de santa (1906), El allegreto de la sinfonía Vll (1916), Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos (1916), Semana Santa en Sevilla (1916), Piel de España (1917), Chamuscón y Tabardillo (1920), Como la palma de la mano de un viejo ( 1921), la novela Las siete Cucas (1927) o Diario íntimo (1962) – se expandieron por muy diversas editoriales y el autor consiguió una enorme popularidad a la vez muy discutida.

Noel (sedudónimo de Eugenio Muñoz), siempre infinitamente pobre, infinitamente escarnecido en su miseria, redactando infinitos artículos, pronunciando infinitas conferencias contra los toros, contra la barbarie española, contra las grandes injusticias sociales, recorrió América entre aplausos y críticas. Eugenio Noel – señaló Ramón Gómez de la Serna en sus Retratos – es la figura representativa del escritor que pudo ser genial; que nació para ser genial; pero el medio se empeñó en no dejarle, en hostilizarle, en hacerle vivir de precario.

Este es el ojo de “este estupendo escritor de raigambre española – decía de él Ramónque, después de haber hecho todos los viajes, de haber conocido todas las experiencias, de haber vivido reciamente para escribir reciamente, muere como inédito, apenas esbozadas sus ideas, con una carpeta monstruosa de diseños, potente y joven, al par que yerto y enmudecido, porque no tuvo tiempo y sosiego para realizar su labor, para poner en fila sus ideas y sus palabras”.

 

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Cuando Noel se asoma a lo que hay que ver en una plaza de toros – así titula uno de sus artículos en Taurinos y antitaurinos – habla del toro como mártir y su prosa se concentra en esa dedicación suya a oponerse a la Fiesta: Ahora, he aquí el edificante castigo – escribe -: seis o siete puyazos en los brazuelos, morrillo y cercanías; noventa lances de capa, en los que las vértebras, cuernos y músculos sufren martirios imponentes al dilatarse, contraerse y moverse sin hallar oposición, en redondo, en semicírculo, de frente, cuarteando, etc; seis u ocho pinchos de banderillas y, por fin, nuevos trasteos de muleta y un pinchazo en hueso, una estocada en el lomo, un descabello, otro descabello, dos estocadas más y lances nuevos de capa en todos los sentidos o puntos cardinales.
Este nobilísimo toro antes de ser martirizado era un bello animal, una fiera poderosa que no se hubiera atrevido a hacer daño a no irritarla nosotros. Su destino era ayudarnos, poner toda esa resistencia pasmosa a nuestro servicio. Nosotros lo entendimos mejor, y le toreamos. El se defendió magníficamente. Nos dio un profundo ejemplo de amar su vida, que vale tanto como la nuestra, aunque algunos superhombres hagan aspavientos. Y fue en la plaza un consumado artista. Poseía la fuerza, la belleza y la fe en sí mismo, sobre todo esto último, que es lo que distingue a los toros.

Francisco de Cossío, en uno de los volúmenes de su obra Los toros , acusa a Noel de buscar sus argumentos en capeas y novilladas, en un momento – dice Cossío – en que están en su apogeo Joselito y Belmonte, porque sabe muy bien que la peor de sus faenas tendría que tomarla en serio.

Si en 1913 inicia una apasionada y titánica campaña antitaurina y antiflamenca a la que dedicó el resto de su vida, al año siguiente (1914) Eugenio Noel fundó el periódico El Flamenco. Semanario antiflamenquista, que más tarde se llamó El Chispero y que desapareció a las seis semanas por falta de medios económicos.

Su tremenda actividad como tenaz polemista y conferenciante en su campaña no se limitó a España, sino que en cuatro ocasiones viajó a la América de habla española, que recorrió prácticamente entera, dando conferencias, publicando artículos periodísticos y provocando siempre la polémica.

Al regreso de su último viaje a América, agotado y enfermo de neumonía, ingresó en el Hospital San Pablo de Barcelona, donde falleció el 25 de abril de 1936, pobre, como vivió siempre, solo y abandonado por todos, excepto por su mujer. Al trascender la noticia, el Ayuntamiento madrileño organizó el traslado por ferrocarril de los restos mortales del escritor, pero el vagón en que viajaban se quedó en una vía muerta de Zaragoza. El cadáver fue recuperado y finalmente enterrado en el cementerio civil de Madrid.

 

noel-bhu-eugenio-noel-la-taberna-del-librero

 

(Imágenes- 1.. Eugenio Noel – el mundo es/ 3- Noel- la taberna del librero)

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pueblos- nhu- Úbeda- Jaén- Walter Bibikov-JAI- Corbis- elperiodico com

 

Los pueblos. Los pueblos son mirados desde las ciudades como reductos de casas blancas, calles estrechas, allí donde se nació o se correteó sobre cuestas persiguiendo al aire, ventanas delgadas y vecinas, murmullos en las puertas, pasos, enseres. El escritor – Azorín en Pueblo – se detiene, por ejemplo, ante el candil : “¿ es esa varilla el garabato, o es el garabato sólo el garfio? Cuestión eterna. Los candiles de Alicante: los candiles mediterráneos, alimentados con aceite de los olivos que se expanden bajo el cielo transparente y en el azul (…) Candil que nos da también una lección de tolerancia: la lección de encontrar siempre, de aceptar siempre, una atenuante a los extravíos humanos (…) El candil colgado de un clavo o con la punta de la varilla clavada en un agujero. El candil símbolo, en su garabato, de las ideas que el pueblo, noblemente, ha servido a lo largo de los siglos sin saber lo que eran”.

 

pueblos- nhu- Ronda- Málaga- elperiódico

 

Los pueblos. Los pueblos quedan bañados por los atardeceres, el sol se ve límpido, se adivinan fulgores y tormentas; por las calles, levantando la mirada, se puede pasear por el cielo. El escritor – Azorín en Pueblo” – se detiene, por ejemplo, ante los cangilones: ” una piedra blanca: al levantarla, un laberinto de diminutas galerías. Con la luz, las hormigas comienzan a correr inquietas, salen y entran presurosas en los agujeros de estas minúsculas minas. Ya no son hormigas; son hombrecitos microscópicos que llevan cada uno su pico y su lámpara. Los cangilones, sobre el fondo verde oscuro del paisaje, sobre lo gris del cielo, van pasando lenta y suavemente. ¿Cuál será el porvenir de todas estas hormigas que ahora se han transformado en mineros? ¿Adónde van? ¿Cómo definen su destino? (…) En el aire denso, en el hondo silencio, en la suprema majestad de este paisaje, los cangilones marchan y tornan pendientes del recio cable. Lo diminuto y lo grande; las hormigas y los mineros lejanos”.

 

pueblos- nhu- Altea- Alicante- Gavin Hellier- Robert Harding- el perodico

 

Los pueblos. Pasa el sol sobre los pueblos en su soledad: el pueblo desierto duerme la siesta antes de que lleguen las tertulias del atardecer, los corrillos y los suspiros. El escritor – Azorín en “Pueblo” – se detiene, por ejemplo, ante la capacha: ” las viejecitas de la capacha están en todas partes: no se sabe de dónde salen; no se sabe dónde viven; no se sabe cómo viven. Con su capacha siempre; la capacha de palma; colgada al brazo. El traje negro, de un negro desteñido; traje de color de ala de mosquito. Encorvadas; andando despacio; como si no quisieran hacer ruido; como si estuvieran velando a un enfermo. En todas partes: en las ventanas; en las callejuelas; en las iglesias; en los pasillos de las casas pobres; en las tiendas pobres. Como si fueran a comprar alguna cosa. Las cosas que compran estas viejecitas. Las cosas que ponen en sus capachas. Impresión de que no compran nada ni ponen nada en sus capachas de palma. Capachas nunca llenas; siempre planas, escurridas. Debe de haber viejecitas de la capacha por los tejados, con los gatos, en las noches de luna”.

 

pueblos- nhy- Albarracin- Teruel- Francesc Muntada-Corbis- el periodico es

 

Los pueblos. Abandonados y secretos pueblos tan queridos. Pueblos en los que habita el tiempo. Un tiempo que nunca parece moverse.

 

pueblos-bbvt- Agreda.-vista desde la carretera de Vozmediano- wikipedia

 

(Imágenes.- 1.-Ubeda- Walter Bibikov- Corbis- elperiodico/ 2.-Ronda- Málaga- elperiódico/ 3.-Altea- Alicante- Gavin Hellier-Robert Hardig- elperiódico/ 4.-Albarracin- Teruel- Frances Muntada- Corbis- elperiódico/ 5.-Agreda- vizmediano- Wikipedia)

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Marañón-hiu- en su biblioteca de El Cigarral- elmundo es

 

De la frase “el trapero del tiempo” y de Gregorio Marañón he hablado en distintos lugares y en muchas ocasiones. Marañón, al que conocí en el entierro de Ortega, siempre me ha enseñado el valor del aprovechamiento del tiempo, la importancia de esos ratos aparentemente perdidos entre quehacer y quehacer que pueden llenarse, paciente y tenazmente, con otro importante quehacer. Son restos de horas que creíamos inservibles y que pueden estar perfectamente colmadas o con esbozos primeros de tareas o con correcciones últimas. Con esos retazos de tiempo, asombrosamente y pieza a pieza, se va construyendo una larga historia. Lo importante es que el reloj no nos tiente con el vacío de sus huecos y que uno logre aprender cuanto antes a “trabajar descansando”.

 

Marañón- mil novecientos treinta y uno- foto Alfonso

 

La muy excelente biografía de Marino Gómez Santos, “Vida de Gregorio Marañón” (Taurus), me ha acompañado muchas  veces. Allí está la vida del médico y del humanista, pero también detalles de extrema delicadeza del protagonista, como cuando, acompañado por su hijo Gregorio, pasea en uno de sus últimos días por la Casa de Campo simulando ante su mujer que ha estado en un Concierto para no preocuparla. “Se puede – escribió Marañón – por arrebatos de la pasión, malbaratar la vida; pero el que quiera guardarla para lo que más nos acerca a Dios, que es la creación, nada tiene que aprender, porque es una ciencia que se aprende sola”.

 

Marañón- nhy- Marañón- Ortega - el doctor Teófilo Hernando- en el Cigarral- foto Miguel Ortega Spottorno

 

Ahora el libro sobre el Cigarral de Toledo (Taurus) que publica Gregorio Marañon Bertrán de Lis nos invita a recorrer el “Cigarral de Menores” – visitado a su vez periodísticamente hace años por Gómez Santos y recogido en sus “Vidas contadas” (Renacimiento) – y entramos en el espacio que ocuparon tantas figuras relevantes en recitales y en tertulias: aquí leyó LorcaBodas de sangre”, aquí estuvieron Valle-Inclán y Galdós, Juan Belmonte, Sebastián Miranda, Azorín, Maurois, Salvador de Madariaga, Fleming, MariaCurie y tantos otros…

 

Marañón- nhy- con Lorca y Francisco Iglesias Braga- en el Cigarral- mil novecientos treinta y uno- foto Alfonso

 

Cuando se recorre la biblioteca que Marañón usaba en este Cigarral un cenicero nunca utilizado nos muestra esta frase: “Señor, bendice a quien no me hace perder tiempo“. Y la voz del escritor-médico parece que volviera: “Soy un trapero del tiempo. Alguno de mis pequeños trabajos están escritos en ese cuarto de hora que tardan en llamarnos a la mesa”.

 

Marañón-nhu- Marañón en su Cigarral abc es- foto Rodríguez

 

(Imágenes.-1.-Marañón en su “Cigarral”-elmundo es/2.-Marañón con Antonio Machado, Ortega y Pérez de Ayala.- 1931- foto Alfonso/ 3.-Marañón con Ortega y el doctor Teófilo Hernando en el “Cigarral”- foto Miguel Ortega Spottorno/ 4.-Marañón con García Lorca y Francisco Iglesias  Braga.-1931- foto Alfonso/ 5.-Marañón en su “Cigarral”- ABC- foto Rodríguez)

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Juan Ramón Jiménez- btr- Platero- escultura en Mguer- elcorreoweb es

 

Siguiendo el hilo de la historia, ¿de qué hablábamos en los años cincuenta abuelo y nieto? Sin duda yo le he contado en una de esas tardes a mi abuelo que dos años antes – en agosto de 1954 – he estado en Moguer, en la tumba de “Platero”. Le he narrado cómo me he acercado hasta Moguer para rendir homenaje – con otros estudiantes – al célebre burro – ya universal – de Juan Ramón Jiménez. Ortiz de Pinedo admira a Juan Ramón: la influencia de Juan Ramón será patente en su poesía, como así lo reconocerá, entre otros muchos, Cansinos Assens. En varias ocasiones escribirá mi abuelo sobre Juan Ramón. Pero en Viejos retratos amigos”, al hablar de los “Poetas del 900”, desciende de manera breve y puntual a los encuentros con el poeta de Moguer en el jardín del sanatorio madrileño donde se encuentra.

 

Juan Ramón Jiménez-rwwe-azulejo sobre Platero en Moguer-huelvaya es

 

 

Me imagino que le proporcionaría también una grata sorpresa leer uno de mis primeros artículos en prensa, “Moguer en Juan Ramón Jiménez”, publicado en el “Amanecer” de Zaragoza en septiembre de 1954, precedido de dos artículos más: uno, el primero de mi vida periodística, sobre los retratos literarios de Gabriel Miró y de Azorín, aparecido en marzo de 1954, y otro, igualmente sobre Gabriel Miró, dos meses después. Por tanto, he aquí que el escritor José Ortiz de Pinedo tiene ante sí en este despacho familiar a un nieto de 20 años que aspira a dedicarse a la literatura, que ama ya la literatura, que sigue por la calle a muchos escritores, sobre todo que sigue y persigue muchas lecturas, que comparte en fin las pasiones de su abuelo y que incluso ha coincidido – sin él saberlo – con autores que Ortiz de Pinedo admira.

 

Madrid-ynu- Alejandro Sawa- traxegnies arrakis es

 

Pienso que todo ello sería para él una grata sorpresa. Yo le había regalado hacía ya tiempo un cuadernito apaisado – parece que aún lo tengo delante –  de tapas azules y con un diminuto broche como cierre en el que le mostraba mis primeras poesías. Estaban escritas con mi letra aún de colegial, una cuidadosa caligrafía con la que intentaba transmitir intentos de poemas. No creo que nos detuviéramos mucho sobre ello. Pero sí en cambio en Galdós  (mi abuelo me mostró la biografía del autor de Fortunata  que estaba leyendo, la biografía escrita por Luis Antón del Olmet y Arturo García Carrafa publicada en 1912). Nos detuvimos, además de en Juan Ramón, en Gómez de la Serna, en Valle- Inclán, en Alejandro Sawa, de los cuales me hablaba. ( En el excelente libro de la profesora granadina Amelina Correa sobre Alejandro Sawa, ella recoge cómo en 1901, al volver de París Manuel Machado, se estableció una tertulia en casa de los Machado, en Fuencarral 148, a la que acudían Valle-Inclán, Villaespesa, Alejandro Sawa y “algunos jóvenes – comenta la profesora Correa – incorporados al mundillo literario, como el poeta jienense José Ortiz de Pinedo, que le dedicará a Sawa un admirativo soneto, que la familia del escritor conservó en su legado con la firma autógrafa de Pinedo) .

 

Valle Inclán - ybbr- arteymadrid com

 

O sea, que en esas reuniones de Fuencarral 148 estaba Ortiz de Pinedo con 21 años, Alejandro Sawa con 39 y Valle-Inclán con 35, meses antes de que Valle – en 1902 -comenzara a publicar en primicia, en “Los Lunes” de “El Liberal”, fragmentos de “Sonata de otoño”, que ya se editará como libro poco tiempo después. Eran años en que Valle asistía ya a la tertulia del teatro Español y a  otras madrileñas. Y yo me pregunto: ¿asistió mi abuelo a alguna de aquellas numerosas tertulias literarias que se extendían por Madrid? Seguramente sí, pero nada me reveló sobre ello. Interesantes aportaciones sobre aquella actividad de los cafés de la capital se han ido publicando a lo largo del tiempo, como, por ejemplo, “Las tertulias de Madrid” de Antonio Espina (en la que se habla, entre otros, de un amigo de mi abuelo, Emilio Carrere, en sus reuniones en el Café Varela, en la calle de Preciados esquina a la de las Fuentes) o, ya más recientemente, el volumen de Miguel Pérez Ferrero, “Tertulias y grupos literarios”. Por mi parte, respecto a los cafés, recuerdo perfectamente – como anécdota que me quedó muy marcada – cómo un día le pedí a Ortiz de Pinedo conocer El café Gijón y allá fuimos los dos, abuelo y nieto. Yo esperaba que él, como escritor, me mostrara el ambiente cálido y literario de las tertulias, pero mi abuelo – desconozco por qué – eligió para verlo la primera hora de la mañana. Estaba el café recién abierto, las mesas vacías, las sillas apartadas, las limpiadoras ejerciendo su oficio. Entramos, y desde el umbral me dijo cariñosamente: “Éste es “El café Gijón”, salimos, y ya no conseguí ver más. Luego, lógicamente, he vuelto por “El Gijón” muchas veces, en alguna ocasión me he encontrado allí con escritores, aunque nunca he asistido a las tertulias. Pero no se me olvidará, sin embargo, aquella mañana en que me asomé con mi abuelo, José Ortiz de Pinedo, ante “El Gijón” vacío.

(una pequeña evocación familiar y literaria – y también madrileña – que de vez en cuando continuará…)

 

cafés- nnyu- café Gijón-sonbuenasnoticias com

 

(Imágenes.-1.-escultura en Moguer sobre “Platero”/ 2.-azulejo en Moguer sobre “Platero y yo”/ 3.-Alejandro Sawa- Wikipedia/ 4.-Valle Inclán- arteymadrid/ 5.- El “Café Gijón”- sonbuenasnoticias)

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Madrid-nnhy- Catalá Roca- alisonmelania wordpress

 

José Ortiz de Pinedo , mi abuelo materno, trabajaba como Secretario de la Tenencia de Alcaldía del Distrito de Palacio, en el barrio madrileño llamado popularmente de La Latina, en la Carrera de San Francisco, antigua y ancha calle que desciende desde la Plaza de la Cebada hasta la Basílica de San Francisco el Grande. Allí, como todas las mañanas, Ortiz de Pinedo tomaba el metro para volver a comer a su casa del barrio de Chamberí.  Como todos los escritores del mundo, me imagino que conforme se iba alejando de su despacho oficial del Ayuntamiento y se iba acercando, entre pasillos, escaleras y transbordos a su pequeño despacho literario de la calle de Raimundo Lulio, las figuras de sus invenciones asaltarían poco a poco su imaginación y los personajes de sus novelas se perfilarían alternándose unos con otros, salpicados también con brotes de poemas. Paul Valèry recuerda al hablar de los mecanismos de la inspiración que “el primer verso se nos ha dado”, es decir, es un don, nos es impuesto, no tenemos más remedio que escribirlo. Luego viene el artista con toda su elaboración costosa, con la habilidad, la experiencia, el esfuerzo creativo, la acabada y a veces muy ardua perfección. Pero ese primer verso de Ortiz de Pinedo – como el que acompaña a tantos poetas del mundo – ya viajaba con él en el metro, se iba desprendiendo en el desván de su memoria de los expedientes e informes burocráticos que no había tenido más remedio que resolver el poeta en las oficinas del Ayuntamiento, y conforme iba dejando atrás los andenes y las estaciones sin duda ese primer verso prevalecía sobre todos los demás temas y preocupaciones, se cuajaba en  primeras líneas de poemas, como así había sucedido años atrás en libros suyos de poesía, tales como “Dolorosas (publicado en 1903) o “Huerto humilde” (de 1907).

Madrid-buun-Catalá Roca- tiempos modernos com

Y fue sin duda otro primer verso – lo recuerdo muy bien – el que hizo brotar otro día – un año antes, en 1955 -una nueva conversación entre Ortiz de Pinedo y yo – entre abuelo y nieto – en el silencio de aquel despachito. Ortiz de Pinedo se levantó una tarde del sillón, y con el cuidado que él tenía para todas sus cosas, me mostró con afecto un libro. Era un libro de poemas de Pío Baroja, “Canciones del suburbio”, publicado por Biblioteca Nueva en 1944. En la dedicatoria se destacaba con la letra clara y menuda del autor de “La busca”: “Al poeta J Ortiz de Pinedo. Cordialmente. Pío Baroja”. Y aquel libro de poesías de Baroja llevaba también un prólogo firmado por Azorín.

 

escritores-nhhu-Baroja- foto Nicolas Muller- mil novecientos cincuenta

 

No sé exactamente si la idea fue de mi abuelo o fue mía, pero lo cierto es que en aquel mismo año de 1955 visité a Baroja. Vivía Don Pío en la madrileña calle Ruiz de Alarcón, en el número 12, a pocos pasos del Museo del Ejército, no lejos de la Academia Española. Recuerdo que me abrió la puerta el destacado historiador, antropólogo y folklorista Julio Caro Baroja, sobrino de Don Pío, que entonces tenía 41 años, y él me hizo pasar a la amplia sala de la célebre mesa camilla barojiana, allí donde el autor de tantas novelas memorables (a pesar de su mala salud, Don Pío moriría en octubre del año siguiente) recibía. Tenía Baroja entonces 83 años, pero recuerdo perfectamente aquella conversación porque fue muy novelesca. Tras presentarme como nieto de Ortiz de Pinedo le comenté que mi abuelo me había enseñado un libro suyo de poemas. Estábamos los dos solos. Baroja cubierto con su famosa boina, calados los lentes, afable, me miró y me preguntó:

  • ¡Ah, ¿pero yo he escrito poesía?

Le contesté que sí.

  • ¿Y cómo se llama el libro? – me insistió con curiosidad.
  • Canciones del suburbio” – contesté.
  • Entonces Don Pío tomó una campanilla que estaba sobre la mesa, la agitó, y pronto apareció Julio Caro en la puerta.
  • – Julio – le dijo -, este chico me dice que yo he escrito poesía. Busca el libro. Tráemelo.

Efectivamente, pronto aquellas “Canciones del suburbio” estuvieron sobre la mesa camilla y Baroja las hojeó complacido y asombrado.

Yo sabía que me encontraba esa tarde ante una de las grandes figuras de las letras españolas, y cuando años después leí “Gente del 98”, el delicioso libro de Ricardo Baroja, el excelente pintor y escritor, hermano de Don Pío, al evocar mis vivencias con Azorín y con Baroja, repasé aquella escena que Ricardo Baroja evoca sobre los dos escritores: “Cuando Martínez Ruiz venía a casa – dice Ricardo Baroja – se sentaba siempre en la silla colocada bajo el cuadro de asunto romano. Allí permanecía durante tres cuartos de hora, interviniendo en la conversación con escasos monosílabos. Martínez Ruiz siempre ha sido parco en palabras.

Se presentó a mi hermano Pío de la siguiente manera:

Martínez Ruiz, que conocía de vista a mi hermano, se le acercó y le dijo:

  • ¿Usted es Pío Baroja?
  • Sí, señor.
  • Yo soy José Martínez Ruiz. Mi seudónimo es Azorín.

Se estrecharon las manos y desde entonces son amigos”.

 

 

Madrid-nbv-Catalá Roca- paseo de Recoletos- Madrid- mil novecientos cincuenta y tres

 

Y ahora estaba yo ante ese mismo Baroja como estaría años después ante el cadáver de Azorín. Son coincidencias – o sin duda búsquedas determinadas, meditadas, muchas de ellas provocadas en mi vida, en Madrid, en Roma, en París – que me han hecho seguir los senderos de la literatura y del arte, caminar y entrar en los talleres de poetas y de músicos, de escultores y pintores, también de directores de cine, preguntando, inquiriendo, interesado siempre por los mecanismos de la creación.

Pero los mecanismos de la creación en Ortiz de Pinedo no fueron revelados entonces – en 1956 – de abuelo a nieto. En primer lugar, por el arco de los años que separaban a los dos: un nieto de 20 años ante un abuelo de 75, y en segundo lugar porque muchas veces los creadores no saben a ciencia cierta qué han creado, simplemente crean, no saben explicarlo, y son después los investigadores, los intérpretes, quienes les revelarán el significado. Muchos ejemplos podrían citarse sobre todo esto en la Historia de la Literatura.  Me limitaré a dos por curiosidad: como he dicho ya en algún sitio, cuando Kafka escribe “La condena” en 1912 le confiesa a su novia Felice Bauer que a ese relato “no le encuentra él ningún sentido” y será meses más tarde la misma Felice en una carta quien le dé una explicación sobre lo que ha escrito. Asimismo, cuando el Premio Nobel, el escritor judío Isaac B. Singer, publica su gran cuento “No visto”, no sabía en realidad qué había escrito y será el profesor y también escritor, el triestino Claudio Magris, quien revele en su libro “Ítaca y más allá de qué forma, años después, paseando un día por los Alpes suizos con Singer, le descubra al autor el sentido de su cuento. “Había escrito una historia – comenta Magris – pero quizá, como Kipling, no habría sabido explicar – y quizá ni siquiera comprender – su significado”.

 

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Si ahora –por un juego de luces y de años – pudiéramos estar juntos otra vez abuelo y nieto en aquel despachito de la calle de Raimundo Lulio sin duda le preguntaría a Ortiz de Pinedo por aquellos versos suyos de “Canciones juveniles”, su libro publicado en 1901. Por un prodigio del recuerdo, parece que lo tuviera aquí delante, en las manos, y lo ha editado la “Imprenta de José S. Quesada”, calle de Olid 8. Está Ortiz de Pinedo sentado ante mí en el tiempo y le leo en voz alta:

 

“Bajo la pantalla verde,

bajo la luz melancólica

de la lámpara que cuelga

en mi estancia silenciosa

¡cuántas veces, trabajando

en muda batalla sorda,

me ha esclavizado el insomnio,

me ha sorprendido la aurora!”.

 

Madrid-bui-Catalá Roca-elmundo es

 

Sí, es esta pantalla verde del despacho donde él trabajaba, este despacho a mitad del pasillo, la que ilumina ahora el recinto de la elaboración, el refugio de la contemplación. Esta pantalla, estos libros, este silencio – la humildad del silencio, hay que añadir – han acompañado siempre a Ortiz de Pinedo. Pero de repente, mientras me entrega el libro,  aparece escondido entre las hojas de “Canciones juveniles”, un recorte amarillento que cae al suelo. Me inclino y lo recojo. Es una tira del periódico “El Liberal”, fechada el 27 de febrero de 1901 y resume en columna necrológica la vida de Manuel Ortiz de Pinedo, tío y tutor del escritor. La lámpara de la pantalla verde nos ilumina en este momento a  abuelo y nieto, pero también ilumina las vidas que se fueron, como ésta que se llevó consigo al periodista y senador Manuel Ortiz de Pinedo, “íntimo de Castelar” – reza la nota de periódico que estoy leyendo -, autor, entre otras obras, de la comedia “Los pobres de Madrid”, estrenada en el Teatro Español. Son esos instantes de la historia menuda familiar, instantes en que “la vida se va” y a la vez la vida viene, viene y se va la vida en este despacho de la calle de Raimundo Lulio, vienen y se van los antepasados de Ortiz de Pinedo, van y vienen los recuerdos.

(una pequeña evocación familiar – y  también madrileña – que de vez en cuando continuará…)

 

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(Imágenes.- 1.-Catalá Roca.-alisonmelanie wordpress/2.-Catalá Roca.-tiemposmodernos com/ 3.-Pío Baroja en el Retiro- foto Nicolas Muller- 1950/ 4.-Catalá Roca- paseo de Recoletos- 1953/ 5.-Catalá Roca- tienda de fabrica com/ 6.- Catalá Roca- la Gran Vía- elmundo es/ 7.-Catalá Roca- lectureinspanish com)

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