EN TORNO A STEPHEN CRANE

Paul Auster acaba de publicar un libro sobre el novelista norteamericano Stephen Crane. Crane — dice el historiador y crítico Marc Saporta— es uno de los niños prodigios de la literatura, uno de esos creadores que aparecen de repente, escribiendo en algunos años una obra decisiva y muriendo pronto, consumido literalmente en su propia llama. ”La roja insignia del valor”, de 1896; aparecería en forma de folletín en el ”Philadelphia Press” y todos los colaboradores del periódico, incluidos los tipógrafos, querían conocer la novela. ¿Qué comportaba esta obra para levantar una inmediata reacción? Para un público poco preparado para las técnicas del realismo, la guerra era la mejor manera de aplicar el proceder. La paradoja es que Stephen Crane no había oído jamas un solo tiro. Sobre todo se había apoyado en los conocimientos de su hermano William, muy versado en la batalla de Chancellorsville y utilizando numerosos relatos de veteranos de la guerra de Secesión. Pero el impresionismo totalmente nuevo del relato, los toques rápidos destinados a recrear la emoción de los reclutas que recién llegados al frente huyen al primer intercambio de balas, poniendo en armonía el fondo y la forma con una gran búsqueda de vocabulario, ése es su acierto.

Stephen Crane, refugiado en Inglaterra, en donde es el autor mejor pagado del siglo ” veinte libras por mil palabras”, vive como un barón Tudor en la mansión de Brede Place, medio desilusionado y proveyendo de champagne a una bohemia de parásitos.”

(Imagen—Nueva York -1911- National Gallery)

LOS OJOS DE MI MARIDO


“En uno de los momentos de desesperación que me sobrevinieron tras la muerte de mi marido — contaba Edith S. Marks, de Nueva York, y lo guardaba por haberlo escuchado como relato verídico Paul Auster en su libro “ Creía que mi padre era Dios” — decidí ir al teatro con la esperanza de animarme un poco. Yo vivía en el East Village y el teatro estaba en la calle Treinta y cuatro. Decidí ir andando. No habían pasado ni cinco minutos cuando un chucho callejero empezó a seguirme. Hacía todas las cosas que un perro suele hacer con su amo, se alejaba a explorar para luego regresar corriendo en busca de su compañero. Aquel animal atrajo mi atención y me incliné para acariciarlo, pero se alejó corriendo. Otros peatones también se fijaron en el perro y lo llamaban para que se acercase, pero él no les hacía ningún caso. Compré un helado y ofrecí al perro un poco de barquillo, pero aquello tampoco sirvió para que se acercase. Cuando estaba llegando al teatro me pregunté qué pasaría con el perro. Justo cuando estaba a punto de entrar, se acercó por fin a mí y me miró.directamente a la cara. Y me encontré mirando a los compasivos ojos de mi marido.”

(Imagen— Velazquez- detalle de “Los hermanos de José”- Flickr- liceo hispánico)

AVIDEZ POR LOS RELATOS

“La narrativa se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos — señalaba Paul Auster—. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansía con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿ A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar?

(…)

El arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿ qué tiene de malo la inutilidad? ¿ Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? El valor del arte reside en la misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente… inútil.”

(Imágenes-1- Auster y su mujer/ 2- puente de Brooklyn- 1998- foto Barbara Mensh- artnet)