LA ENFERMEDAD Y SUS REACCIONES

 

Antes de nuestra época  — escribía Susan Sontag en “La enfermedad y sus metáforas” —, se pensaba que el temperamento del paciente  contaba solamente en cuanto a su comportamiento una vez declarada la enfermedad. Como cualquier situación extrema, las enfermedades temidas sacaban a relucir lo mejor y lo peor de la gente. Sin embargo, las crónicas clásicas acerca de las epidemias subrayaban en primer lugar los estragos de la enfermedad en el carácter de las víctimas. Cuanto menos prejuicios tenía el cronista, y cuanto menos la enfermedad era para él el justiciero castigo por alguna iniquidad, tanto mayor era la probabilidad de que su relato acentuara la corrupción moral acarreada por la epidemia. Aunque en los casos en que el cronista no piense que la epidemia haga justicia sobre la comunidad entera, prácticamente sí la hace al desencadenar  el inexorable derrumbe de la moral y las buenas costumbres. Cuenta Tucídides cómo la plaga que se abate sobre Atenas en 430 a. de. Cristo engendra desorden y licencia. “ El placer del momento —escribe —ocupó el lugar del honor y la conveniencia’. (…) La calamidad del mal abre el camino para que discernamos en qué nos hemos engañado toda la vida y cuáles han sido nuestras fallos de carácter. En la película “Ikiru” de Kurosawa, el funcionario sexagenario que en ella aparece presenta su renuncia al enterarse de que sufre un incurable cáncer de estómago. Haciendo suya  la causa de una barriada pobre, lucha contra la misma burocracia a la que servía. Con un año de vida que le queda, Watanabe quiere hacer algo que valga la pena, redimir toda una vida mediocre.”

 

 

 

(Imágenes— Vittorio Ronconi/ Pejman Shosjei)

MAPIA KATEIKA

 

“A sus noventa y seis años, su esposo —Stéfanis Manusos —, abandonando todo quehacer, tomaba el sol cerca de ella, al costado de la sencilla casa solitaria, en un extremo de la aldea donde ya los ruidos de gentes casi no existían. La vida de Mapia Kateika era bien simple: dormía poco, se levantaba al alba. Apoyada en sus dos gruesos bastones, sin encorvarse —arrastrando ligeramente el pie derecho por culpa de dolores desde hacía años —, salía fuera, al aire, a las extensiones, puesto que ella había dicho siempre que “su casa” era todo aquello.., colinas y llanuras, la hilera de árboles y la curva suavidad de los montes… No conocía Atenas. Era la más anciana de todo Corinto, tampoco había viajado nunca por Grecia. De Europa —de todos los continentes y mares, de cuanto Dios había creado y distribuido en el planeta —, Mapia Kateika sólo conocía aquella amplia llanura hacia un lado, a la izquierda.., unos llanos que cambiaban bajo estaciones y climas, como cambiaba la derecha — y ella lo contemplaba, girando sobre sus dos bastones —, el largo lomo de las cimas pobladas de árboles, oscurecidos unas veces tras las cortinas de lluvia, e iluminados otras entre las ráfagas del sol. Aquella era su vivienda: a quien se preguntó luego por sus costumbres, conversaciones y dichos, sólo se pudo responder que Mapia Kateika reconocía como posesión todo aquello que estaba contemplando allí, sentada en medio de su simple pobreza: aquello que dominaba con la vista desde su nacimiento, en lo que ella había crecido y en donde había descubierto el mundo: todo parecía ser “suyo” hasta el fin, “posesión de sus ojos” que allí podían descansar amorosamente, y propiedad de una mirada que distinguía hasta el menor matiz y la más diminuta variación de color. Allí desarrollaba su vida, esencialmente en la vejez, entre los olores de animales y todos los sabores del campo reunidos.”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

 

(Imágenes—1-mujer griega -absolut viajes/ 2- René Burri – 1957)