VIEJO MADRID (92) : TIPOS MADRILEÑOS EN EL TEATRO

 


“Sobre el telón madrileño — escribía la profesora Carmen del Moral al hablar del llamado “género chico’ en el teatro  del siglo XlX—, están  los supuestos habitantes de la ciudad. La galería es muy variada. En primer lugar, están los representantes de ese Madrid preindustrial que está especialmente formado por los trabajadores de artes y oficios, muy numerosos todavía en la ciudad  y que englobaban sectores muy diversos que iban desde el taller artesano de mediano y pequeño tamaño hasta el trabajador autónomo que empleaba singularmente la destreza o la habilidad artesanas. Es rara la obra inspirada en Madrid en la que no salga algún carpintero, sillero, ebanista… Están después los oficios diversos muy ligados a la vida urbana, como sereno, portero, guardia municipal y la inevitable e imprescindible lista de tenderos.

 

 

Esto del lado de la población masculina, que se complementa con unas actividades femeninas en las que junto a las mujeres ocupadas en quehaceres domésticos aparece una enorme serie de mujeres trabajadoras que va de las cigarreras y verduleras a planchadoras, zurcidoras,, peinadoras, costureras, modistas… En general, trabajos que permiten la obtención de un salario sin abandonar la familia ni el hogar. En un renglón aparte las criadas, sin duda alguna por la significación numérica que este sector tenía en la sociedad madrileña de aquellos años.

A medida que el género evoluciona, la galería se completa y amplía (…) Así van apareciendo tímidamente el parado junto al cesante y los grupos marginales de golfos y delincuentes al lado de vagabundos y rateros profesionales.

(…) La ciudad no cambia y tampoco lo hacen sus gentes. Está anclada en los barrios bajos y en la clase baja — como  se titulaba  muy expresivamente una obra del género escrita por Sinesio Delgado y López Silva en 1890 —. Todo lo demás no existe.

 

(…) No habrá ya ni criadas descontentas, ni cigarreras semiproletarizadas, ni jornaleros en paro, ni obreros conscientes. Seguirán existiendo en los libretos unos y otros, pero únicamente atentos a definir materialmente — a través de  palabras  o de frases — la singularidad de sus faenas u oficios y a representar hasta el fin de la obra un papel que desde el principio ya está codificado: a medida que el tiempo pase hasta los propios espectadores sabrán de antemano qué va a decir, qué va a cantar y cómo va a hacerlo. El prototipo funcionará, porque la obra no tendrá por objeto nada más que la idealización de esa sociedad de pequeños trabajadores y trabajadoras urbanos. Esto sólo era posible hacia 1900 en Madrid si uno se apartaba de la realidad, la idealizaba y creaba en el escenario el mito de Madrid. O sea, de Madrid al cielo…, como pregonaba tonta y crédulamente Felipe.”

 

 

(Imágenes—1 – Eduardo Vicente/ 2- José Sancha/ 3 y 4 – Eduardo Vicente)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (23) : CORTÁZAR

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando  desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (23) : Cortázar

 

 

10 mayo

 

– Una curiosidad – me dice hoy, después de varios días, la periodista nada más llegar -: en varias ocasiones me ha hablado usted de que suele escribir en el coche … El otro día, al hablarme de Roma, volvió a recordarme cómo se detenía usted junto a las Termas de Caracalla para escribir…
¿Es eso una manía, una costumbre…? Creí que siempre trabajaba en el despacho…

 

-No, en absoluto. No es una costumbre. Simplemente un aprovechamiento del tiempo. Me gusta crear mis propios “despachos”, un recinto privado en cualquier parte. El automóvil me sirve. Además es un “despacho” que se puede desplazar, que puedo orientarlo a diversos paisajes. Me coloco en el asiento a la derecha del volante, es decir, en lo que se llama el asiento del copiloto, pongo mis libros y cuadernos al alcance de la mano y me dedico a trabajar. Pero yo escribo en cualquier parte, como le digo. He escrito en mil sitios distintos, naturalmente en este despacho en el que estamos, pero también al aire libre, en una gran Biblioteca, en estudios apartados, en carreteras secundarias, en bosques silenciosos, y muchas veces, sí, en el interior del automóvil. En Galicia, por ejemplo, recuerdo que solía conducir muy despacio por un camino de hayedos, en un lugar entre Villagarcía de Arosa y Caldas de Reyes, en Pontevedra, hasta encontrar un mismo lugar como refugio, que era un sitio preciso, un despacho natural, con unos árboles que ya conocía. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando dentro del coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora desde el día en que mantuvimos los dos un coloquio, aún me parecía ver entre aquellos árboles su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. “Un cuento, me había dicho él entonces y ahora lo volvía a escuchar, es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector”. Me impresionaba oír de nuevo su voz en el bosque, dentro del coche, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero igual que me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo se lo había preguntado y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro “Deshoras” y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia y sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera, volvía a oír al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Yo escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su “Diario para un cuento”, un relato incluido en “Deshoras“, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar ahora la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas, como así se lo comentaba a usted el otro día, preguntándoles por sus dudas .

-¿Y qué impresión le causó Cortázar?

-Un hombre afable, cordial, muy cercano, un hombre que dudaba.

-¿Dudaba?

-Sí, dudaba; en ese momento dudaba respecto a sus textos, al menos eso me pareció; siempre le daba muchas vueltas a sus textos, les daba vueltas por todos lados hasta encontrar su forma.

-¿Usted lo había visto antes en París?

-No, en París no coincidí nunca con él. Tampoco lo busqué. Vi a otros escritores pero no a Cortázar. Pero esto de dar vueltas a los propios textos es muy típico del escritor. Bernard Shaw decía, “Demasiado cansado para trabajar, escribo libros”. Lo que pasa es que hay otro tipo de cansancio: el cansancio de cualquier artista intentando lograr una obra aceptable. Como creo que he dicho alguna vez, y eso es una convicción en mí, la labor del escritor es bastante parecida a la que puede ser la de un relojero, es decir, a la de un cuidadoso artesano: un cuidadoso artesano ante una hoja en blanco. Un escritor en su taller o en su despacho toma – lo mismo que hace un relojero- unas lentes de aumento para observar las palabras, emplea a la vez pinzas personales (su lápiz, su pluma, el ordenador en cuyo teclado pone las yemas de los dedos), también con frecuencia utiliza una especie de destornillador íntimo para desarmar primero sus ideas y luego para volver a armarlas, se concentra totalmente, o al menos así debería hacerlo, en la operación que realiza, se sirve y a la vez se olvida de sus herramientas, puesto que si piensa excesivamente en sus herramientas y no se deja llevar por el misterio de la escritura lesionará su creación, y sobre todo y principalmente, debe dedicar muchas horas a escribir. Un escritor ha de permanecer sentado durante mucho tiempo, durante muchas horas, es necesario que permanezca allí trabajando con toda paciencia, atentamente, tenazmente, igual que lo hace el artesano, lo mismo que el relojero cuando instala su minúscula pieza en el mecanismo del reloj.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

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