CIUDAD EN EL ESPEJO (21)

“Pero quien estaba más desolada esta mañana era Ángeles Muñiz Cabal, aislada y sepultada en la zona alta del sanatorio de Menéndez y Pelayo, sola entre la blancura de las cortinas, invadida de tubos, demente senil rezaba el certificado de difuntos preparado ya para cualquier desenlace. Había sido Ángeles Muñiz delgada, morena y graciosa. Sobre todo espontánea, comentaba su hija al doctor Valdés, muy espontánea y decidida, a veces respondona, muy directa y rápida, tan preocupada siempre por las modas. Acaso tuvo muchos disgustos, le había preguntado el médico a la hija, y la hija, María, separada de su marido hacía años, callaba y recordaba. Iba y venía María Cuetos desde su casa de la avenida de losToreros, en las Ventas, hasta el sanatorio de Menéndez y Pelayo, primero con frecuencia, casi todos los días, luego la vida empieza a separar inexplicablemente y el tiempo se hace como arisco, incluso en las intimidades familiares. Mi hija por qué no vendrá, preguntaba al vacío o a su compañera de planta Ángeles Muñiz, de noventa y dos años, había nacido ella entre las brumas de Mieres, en Asturias, al norte de España, conoció un verano en los prados del Puerto de Pajares, prados inclinados e invadidos de verde, a José Cuetos, de Gijón, tardó mucho en decirle que sí a aquella ronda, fue ronda de guiños, de miradas y silencios, Yo he tenido muy mala suerte, doctor, le dijo un día María Cuetos al doctor Valdés, pero mi madre pienso que fue feliz hasta quedarse viuda, mi padre se murió de repente ya viviendo ellos en Oviedo, recién nacida yo le atropelló un automóvil en plena calle de Uria. No tuvo usted hermanos, No, doctor, no los tuve, fui hija única. Plantó cara aquel día al doctor Valdés esta asturiana, María  Cuetos Muñiz, al médico, solía ir muy pintada de cremas y de afeites, los ojos grandes afilados en los bordes de las puntas con un fuerte tono azul y verde, extraño, una marca definida y violenta, como para destacar más, en busca de qué, acaso en busca de la furtiva aventura. Tenía María Cuetos un hijo, también único. A los hijos  únicos, le había dicho una vez el doctor Valdés a su mujer en las confidencias silenciosas del dormitorio, hay que tratarles con especial cuidado porque se malean, se hacen flores de estufa, quizá conviene  agitarlos y mezclarlos con amigos, buscar amigos- hermanos, que no se sientan solos, ni sobre todo especialmente protegidos. María  Cuetos Muñiz comenzó a visitar a su anciana madre cada mañana y cada tarde, se levantaba pronto, hacía la compra, tomaba el autobús, llegaba por la calle de Alcalá hasta la esquina del Retiro y andaba luego rápida y acuciada por las prisas hasta el sanatorio de Menéndez y Pelayo, charlaba con su madre en el jardín. Por qué no vendrá mi hija, por qué no vendrá , empezó a decir un día Ángeles Muñiz, antes de que la subieran a la planta más alta. Tenía Ángeles Muñiz  a sus noventa y dos años unos claros y bellísimos ojos, botones de nácar en el fondo de las pupilas, transparente agua límpida, un tono y una sensación de bondad. Había tenido Ángeles Muñiz un porte esbelto, fue alta, siempre fue delgada, ahora sus hombros se curvaban parcialmente, pero al andar por el pasillo era tal el aire y la distinción que su figura se quedaba clavada en la primera retina que la veía. Qué piensa esta mujer, qué mira tan fijamente, se decía el doctor Valdés en sus soliloquios, piensa quizá en su hija, pensará en su marido. Pero en las soledades de la vejez, en largas horas de mutismo, la ancianidad trae de puntillas recuerdos lejanos y juveniles, allí cuando los padres abrazan o regañan, las nieblas asturianas, la tez de los mineros, el primer diálogo con el primer novio, el beso fugaz, cómo el porte de la familia campesina se deja imponer por la familia ciudadana, de qué modo se atan y desatan conversaciones y juegos infantiles, aquellas onzas de chocolate recién hecho en la fábrica de Cabueñes, a las afueras de Gijón, allí donde el último tranvía, hacía muchos años, el último que quedó, tomaba su última curva antes de volver a la ciudad.

 

Por qué no viene mi hija, por qué no vendrá, repetía la mente de Ángeles Muñiz, su inconsciente, algo blando y vigoroso que apenas se expresaba, pensamientos rumiados como rumiaban cadenciosa y rítmicamente aquellos mansos animales de los prados de Asturias en movimiento interno, las grandes figuras, manchas como mapas en las pieles, el cuerpo inmóvil sobre el campo de la vida, tal era en extraño dibujo el inconsciente si alguien lo dibujara. Cuando subieron el extremo de la vida de Ángeles Muñiz, casi un alambre esquelético, hasta la enfermería del sanatorio de Menéndez y Pelayo, cuando se cayó de bruces de la butaca del vestíbulo y en el momento en que sufrió un derrame interno su cabeza, en lo hondo del cráneo un hilillo invisible abrió en dos su caverna, es decir, la roca de su mente, y la rompió sin ruido alguno, y algo empezó en  Ángeles Muñiz a fluir mansamente, lo que ciertos médicos llamaban “fase terminal” se inició en ella, y esa “fase terminal” era el fin del camino de su vida, las vidas parecen acabar muy pronto pero hay un misterio en cada existencia distinta, unas vidas se quiebran como frágiles vasos en plena juventud y otras  comienzan a quebrarse muy lentamente, las grietas se abren, sí, pero perduran, las arterias de la vejez se endurecen, la ancianidad se inició mucho antes con hábitos, costumbres y manías, y esta “fase terminal” envuelta en velos de fanal en soledades, cual mariposa que se cubre inmóvil, se queda quieta, tal era aquella figura aislada al fondo de la enfermería del sanatorio, tal era Ángeles Muñiz Cabal, casi abandonada, aquellos ojos claros y bellísimos que contemplaban en su niñez Asturias y ahora quedaban extrañamente inexpresivos, mirando al techo, los techos también pueden y deben mirarse, se escudriñan en ellos grietas desconocidas, ciertos enfermos y ciertos techos de habitaciones anónimas se hacen íntimos amigos, mantienen diálogos secretos, y,  juntos pasan en vuelo hasta la eternidad.”

José Julio Perlado — “Ciudad en el espejo”

 

(Continuará)

 

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(Imagen—Park seo bo- 1992)

CIUDAD EN EL ESPEJO (22)

“María Cuetos Muñiz comenzó a ir, como decíamos, en un autobús que solía bajar cada diez minutos por la calle de Alcalá, e iba a ver a su madre. Dejaba el puchero sobre el fogón, cerraba con doble vuelta de llave su estrecho piso de la Avenida de los Toreros, con dos habitaciones, un televisor, dos camas empotradas, sabía que su hijo único, Benigno, estaba en el colegio, corría ella rápida al costado de la verja del Retiro, calle de Menéndez y Pelayo arriba, hasta el sanatorio psiquiátrico. Eso duró meses, eran idas y vueltas excesivas, o es que hay algo excesivo en visitar a una madre, los egoísmos se unen a los cansancios, y lo que fue entrega y amabilidad al principio se hace rutina y pesadez muy pronto. Te he traído este yogur, madre, le decía , es tu postre, cómetelo. Cuando el doctor Valdés se enteró a través de las monjas, no del postre ni de su calidad, sino del tono imperativo con que la hija ordenaba a la madre, la llamó al pequeño despacho, Por qué la trata así, yo no soy quien para meterme en su vida, pero su madre está enferma, sola, la necesita, al menos cuando haga usted visitas, piense que casi no ve nunca a nadie, las monjas le sirven la comida, pero las monjas no son hijas suyas, o no  venga usted, o si viene trátela de otra forma. Fue duro el doctor Valdés, empleó un tono duro, como en pocas ocasiones lo había empleado. Yo lo siento mucho, doctor, usted perdone, le respondió María Cuetos al médico, pero le salió aquel temple agrio que tenía su madre de joven, subió a ella el cansancio, la edad, la soledad, vaya usted a saber qué. Por dentro había una María Cuetos extrañamente harta de su madre, cómo se puede estar harta de una madre, dice el refrán y confirma la misma existencia que madre no hay más que una, pero uno y único es también el cansancio humano, como un polvillo que se acumulara en fatiga sobre mujeres y hombres de modo imperceptible, hay cansancios físicos que nacen del mismo cuerpo, ese cuerpo  echa a a andar y a subir, cubre fatigas, asciende tenazmente kilómetros. Son cansancios buenos, sanos cansancios donde los miembros recorren distancias y no es conveniente pararse,  nunca es aconsejable reposar sino mínimamente, ya que el cuerpo se enfría y entumece. Pero hay otros cansancios extraños y difíciles de remediar, agotamientos de cabeza, darle vueltas a las cosas entre las sienes, estar inmóvil, cavilar, luchar, batallar sin salir del terreno de la casa, es un terreno ese de las habitaciones familiares que tiene pocos lindes, y, sobre todo, ausencia de aire fresco, tan sólo llega a Madrid , de pronto, el aire emponzoñado a veces, cuando, al ventilar los cuartos se abren las hojas de las ventanas y los cristales dejan pasar soplos de vida, alientos, el respirar de las calles invadidas de ruidos, la urbe y no la naturaleza, la ciudad y no el campo, la civilización tan poco civilizada en ocasiones, y no el monte quieto al fondo, o el mar, la transparencia del velo del día entre la ventana y el paisaje, quizá lo transparente, lo primitivo, aquello que entra por los ojos y es admirable percibir. Por tanto, yo le ruego, le había dicho el doctor Valdés a María Cueto, que no trate así a su madre. Nadie me ve, quién me ha delatado, nadie hay por aquí, en estas plantas altas, se dijo la hija. Y prosiguió déspota con Ángeles Muñiz, estaba la enfermería vacía a aquellas horas de la mañana, pasó el mediodía, Madrid  avanzaba las hojas de sus horas en invisibles manecillas, avanzaba el día, la jornada, el tiempo del país, los países, Europa.

 

 

España entraba por caminos inciertos y titubeantes, en un querer y no querer, ente la audacia, la ambición  y el poderío del consumismo, a punto estaba el siglo XX de fenecer entre grietas y humaredas de muerte, apenas un botón apretado y estallaría lo inestable en pedazos, vidas volaban y habían volado en la historia del mundo y eran tantas las existencias quebradas por la violencia y por las muertes naturales que no se sabía cuántas y cuáles eran las vidas que cabían en ese hueco del mundo. Mire usted, doctor, le dirá un día al doctor Valdés, Jacinto Vergel Palomar, natural de Manzanares el Real, alto, fornido y delgado, con los gruesos cristales de sus gafas mirando el mundo, setenta y seis años de andanzas por caminos y vericuetos, gustos y disgustos entremezclados, pero sobre todo su actual amor de viudo hacia la viuda Luisa Baldomero González, oronda y blanda mujer a la que acompañaba por los pasillos, Mire usted, doctor, le dijo una mañana Jacinto Vergel al psiquiatra  Martinez Valdés, cualquier día volamos todos, volará usted mismo, saltará de ese sillón, usted perdone, y se  desintegrará en el espacio. Bien, Jacinto, le contestó el médico, serénese. No le importaba demasiado a Jacinto Vergel que el mundo se hiciera añicos por los aires, él había ya saltado mucho, fue saltarín desde muy pequeño y sobre todo era su corazón el que saltaba en amores, Yo te quiero, Luisa, te lo dije una vez, los hombres  no repiten su amor a las mujeres, es la mujer la empeñada en oírlos. Luisa Baldomero González no supo nunca que su Jacinto había subido una noche hasta la enfermería del sanatorio del doctor Jiménez, casi se mató, ascendió por una estrecha escalera de servicio e iba vestido con su bata, serían las dos o las tres de la madrugada, estaba la enfermería en penumbra, los gruesos cristales de las gafas de Jacinto Vergel atisbaron inciertos espacios, rozaron camas vacías y cortinas echadas, llegaron al fin hasta el cuerpo de Ángeles Muñiz rodeada de tubos y palpó la manta, inclinó la cabeza y la besó en la mano y luego en la mejilla. También en la frente, doctor, le confesó al médico en su día, no fue mi amor por las mujeres, es que estaba completamente sola, don Pedro, yo sabía que ella estaba muy sola toda la noche y que acaso se moría, pero no era por la muerte, don Pedro, era por su soledad.”

 

José Julio Perlado   (“Ciudad en el espejo”)

(continuará)

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(Imagen – Adolph  Gottlieb-1961)

CIUDAD EN EL ESPEJO (23)

“Se quedó aquella jornada sobresaltado el médico. Escuchó y miró a aquel hombre sentado ante él en el pequeño despacho, tanto estudiar libros y pasar exámenes y tanta casuística reunida  para luego encontrar ojos humanos, y caracteres decididos, y voluntades asombrosas, desconocidos cariños inesperados. Estuve allí , don Pedro, discúlpeme, a la luz casi apagada de la enfermería, no sé si dormía o no aquella mujer, viva sí que estaba, que a la mañana siguiente vino su hija desde la Avenida de los Toreros, que yo lo sé  y la vi, sé  dónde vive, a ella se le escapó, eso tiene poca importancia, más importancia tiene el despego y esa falta de cariño que brotan de sus ojos tiznados y pintados, con esa no me casaría yo.

Don Pedro Martínez Valdés ha aprendido su oficio de psiquiatra como todos los seres humanos, de la existencia misma, a golpes de brutales ejemplos tan clavados en su  propia carne y en su mismo pellejo como tatuado está el mapa de la provincia de Madrid en el hombro de don Pablo Ausin Monteverdi, natural de Chinchón. Ángeles Muñiz Cabal poco ha podido hablar con el médico, apenas la han dejado hablar, la abandonaron ya anciana en su silla de ruedas y luego en los altos de la enfermería, y bien se sabe que los viejos cuando ya no pueden moverse, cuando han de estar sometidos a los demás y no dependen ya de sí mismos, parecen igual que muebles, casi son muebles corroídos de carcoma y los finos agujeros de esa carcoma recuerdan a alfileres por donde se clava la puntiaguda memoria, esa antigua memoria plegada en lejanos recuerdos que se hace viva cada vez. Me acuerdo, se decía Ángeles Muñiz ensueños, mejor dicho, entre sueño y vigilia, entre olvido y memoria, Me acuerdo, se repetía a sí misma en la cama de la semidesierta enfermería, el año que yo llegué a Madrid con María, sola, bajando desde Asturias a la capital de España, rehaciendo un hogar, buscando calor y comida para la chiquilla. Pero nunca le has preguntado nada sobre su vida, Pedro, le interrogaba la mujer del psiquiatra al médico en las intimidades del dormitorio o cuando paseaban los dos de tarde en tarde, por las callecitas de Puerta de Hierro. Nada, contestaba Valdés, su hija sólo le lleva el yogur y la acompaña un rato, parece déspota y tiránica con su madre, eso cuando va a verla, que son pocos los días que lo hace, no me preguntes más.

 

No, no se debe preguntar a los médicos, y menos a cuantos se especializan en psiquiatría, psicólogos y psiquiatras son de la misma ralea, buena ralea a veces pero no pueden hablar, no pueden y no quieren, en ocasiones ni quieren ni pueden, hay un secreto profesional que guardan con doble llave y que ni sus mujeres conocen. No, no me preguntes más le había contestado cierto día a su mujer don Pedro Martínez Valdés.

La verdad es que los recuerdos de Ángeles Muñiz Cabal al llegar a Madrid, viuda ya, muy joven, veinte años tenía y ya había sido madre, nunca los confesó a nadie, pero ahora, en la penumbra de la solitaria enfermería aparecían de repente, y de la pared blanca, del fondo de las cortinas recogidas, comenzaban a surgir caballos y coches, sombras apenas esfumadas, oscuros y largos tranvías recorriendo carriles por la calle de Alcalá. Era hacia mil novecientos veinte, a la altura de la Iglesia de las Calatravas, cerca de la Puerta del Sol, Ángeles Muñiz tuvo la suerte de empezar a servir de limpiadora  en el Hotel Regina, pasaba el paño por las mesas de la entrada, acumulaba sábanas en los cuartos del fondo, a veces echaba una mano en el restaurante del Hotel y se hizo muy amiga de la dependienta de al lado, Montserrat Domínguez, que trabajaba pared con pared junto al Hotel, en la tienda de Mantequerías Leonesas. Cómo cambio Madrid, qué calle de Alcalá tan distinta, se había dicho en tantas ocasiones Ángeles  Muñiz estando sola, paseando cuando pudo y tuvo arrestos, que fueron muchos, por aquel  centro y aquella calle de Alcalá que ahora, lo que es la vida, por otro tramo, desde la Avenida de los Toreros hasta Menéndez y Pelayo recorría su hija María algunas mañanas. Cerró los párpados Ángeles Muñiz en el rincón de la enfermería  del sanatorio, oía el zumbar de tubos que la envolvían, no los podía ver, para qué mirarlos, a sus noventa y dos años y aparentemente abandonada de todos, lo que veía bien entre las telarañas de sus cerrados párpados eran aquellos coches de negra capota que le asombraron en su juventud, tranvías como féretros alargados, sus cristales ennegrecidos y ahumados, cerrados en sí mismos, carteles de blanca madera en los que se leía “Puerta del Sol a Ventas”. Había sido una calle de Alcalá la que vivió, cerca de la calle de Peligros que cruzaba, toda ella cubierta de variada confusión, el aire aún palpable, los caballos cruzando de acera a acera en arrastrar de coches públicos, figuras que Ángeles Muñiz Cabal, en la hondura de sus pupilas cerradas que tanto habían visto y escondían nácar de bellezas como si conservaran cristalinas aguas, guardaba en recuerdos aquel ir y venir de sombreros y gabanes oscuros, mozos con espaldas  curvadas transportando sacos enormes, gorras de funcionarios y policías atravesando nieblas o secos fríos madrileños, ventanillas, farolas, bastones, vidas, su hija María jugando entre el aire de mesas y sillas ordenadas en la puerta del Hotel Regina, brillos y oscuridades que emanaban ahora, cerca de la una de la tarde de este ocho de mayo, de la luz y del silencio de la enfermería, las evocaciones antiguas suelen entrar violentas en las memorias. Madrid se rememora ahora, en el rincón de este sanatorio, y la estampa, y el olor, y el  sabor de aquel año veinte asoma en la laguna de los cerrados párpados de esta anciana igual que si la vida volviese, pero ni vida ni existencia dan un paso atrás, es la historia la que pasa las cuentas del rosario del siglo y aquel Madrid que único parecía no volverá jamás a aparecer, carruajes y caballos prosiguen en la pared de esta enfermería, pero tan sólo en la pared, y dan la impresión de que se mueven, aunque estamos  ahora al final del siglo y la vida se va, esta vida arrumbada y solitaria de Ángeles se marcha. No, no puedo contarle nada de ella, le había dicho una tarde, paseando entre las callecitas de Puerta de Hierro, se lo había repetido el psiquiatra a su mujer. Nada o muy poco sé de ella, dijo pensando en la anciana Ángeles Muñiz que tanto había vivido. En verdad, don Pedro Martínez Valdés, bien poco conocía de los secretos de esta vieja asturiana, y aun cuando los hubiera sabido, jamás, nunca, los habría desvelado, los párpados cerrados de la anciana  bien podían quedarse tranquilos.”

 

José Julio Perlado ( “Ciudad en el espejo”)

(Continuará)

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(Imagen— Larry Fox)

CIUDAD EN EL ESPEJO (24)

“ Ahora va acercándose lentamente la una del mediodía, acaba de suspirar entre las sábanas Ángeles Muñiz, su hija María la besa con rapidez, se inclina entre los tubos que rodean a la madre, y deposita el beso en su mejilla, se yergue y contempla un momento ese rostro que parece dormir, recoge el bolso que ha dejado sobre una silla de esta enfermería y se retira. Tengo prisa por llegar a casa, pierdo el autobús, no llego, se va diciendo apresuradamente María Cuetos conforme baja rápida las escaleras de este sanatorio de Menéndez y Pelayo, anchos escalones de vieja madera, barandilla oscura, tablas crujientes. En el momento en que María Cuetos está bajando escalones camino de la puerta, no lejos de allí, en el mismo Madrid, por una zona cercana, es decir, dentro del monumental Museo del Prado, otra escalera, ésta muy firme y de piedra, deja pasar sobre ella el tumulto en rumor de los turistas, los jóvenes colegios de adolescentes, las suelas y los tacones  del gentío que sube incesante desde el vestíbulo central hacia el piso primero donde precisamente esperan los cuadros de Velázquez. Es una escalera que asciende por la izquierda, se dejó atrás la entrada y los vigilantes, los conserjes y aquel ruido mecánico que permite pasar uno a uno, como en una frontera, como en una singular aduana, conforme  van mostrando su entrada los visitantes. Juan Luna Cortés, el amigo de Ricardo Almeida García, que aún desconoce  qué le ha ocurrido al guía, bajó hace dos horas, serían cerca de las once, a tomarse  su cotidiano bocadillo, y al ir con su envuelto paquete hacia el cuarto de los sótanos, cruzó la entrada del Museo y no reparó demasiado en la ausencia de Ricardo Almeida, estaba el grupo de guías oficiales del Prado con sus placas ostensibles en las solapas, sus fotografías, apellidos y nombres, una especie de certificado rectangular y plastificado, algo que recuerda a un diploma, una especie de enseña y de credencial, el título de conocimientos empequeñecido, y allí seguían, aguardando en una esquina, cerca del principio de esta escalera de piedra, al borde mismo del vestíbulo. Parecemos halcones, doctor, le dirá esta tarde Ricardo Almeida al médico, parecemos halcones esperando a la gente, yo mismo soy halcón. Por qué se llama así, le preguntará él psiquiatra, Porque es lo que hago, es como me comporto, somos buitres y no sólo halcones, vigilamos cada movimiento de la entrada, cualquiera puede ser presa, es necesario trabajar, allí estamos todas las mañanas del año Manolo Nicolás, Gaspar Inglés, Ramón Esteban, Cristóbal Valero, y mi mejor amigo, que es Jerónimo Segovia. Esos hombres y esas figuras que siempre acechan de reojo a los turistas son los que ha visto hace apenas dos horas, a las once de la mañana, Juan Luna Cortés, al pasar fugazmente con su bocadillo en la mano. Vió al grupo de los cinco guías del Prado conversando en la entrada, saludó a algunos, pero no se fijó que faltaba Ricardo Almeida, él iba pensando en desayunar, tomar su almuerzo de media mañana, ni se fijó , o si quizá lo hizo no hubo reacción, no lo sabemos.

 

 

Lo que sí sabemos es que a ese grupo de guías del Prado, amigos y enemigos entre sí, competidores, que van a ganar su pan gracias a sus conocimientos del famoso Museo madrileño, Ricardo Almeida siempre los llamó halcones y buitres, y así, con estos nombres, se referirá incluso al hablar de sí mismo, Mire usted, doctor, le dirá esta tarde, Gaspar Inglés es el más listo, pero Manolo Nicolás es el más rápido, ėl conoce muy bien la pintura española, tiene sus gustos, pero todos nosotros, y yo mismo también, he de callarme, los gustos son privados, a mí, por ejemplo, me atraen mucho los perros de Velázquez, sus perros y sus caballos, esas grupas redondas, doctor, que aparecen en “Las Meninas” o en el retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares, o perros que yo explico siempre a los turistas, ese mastín de negra cara que acompaña a Felipe lV cazador, o el perro echado a los pies del príncipe don Baltasar Carlos, pero sobre todo paso la mano sobre ese soberbio gran perro tendido y majestuoso que ocupa la habitación de “Las Meninas”, paso mi mano sobre él, sobre su lomo, y me duermo. Se lo dirá esta misma tarde el guía al médico como en confesión, pero ya lo piensa ahora, a la una del mediodía, cuando está semidormido, abotargado, y ante todo dolorido en un cuarto de este sanatorio y ve todo el Museo en su memoria, la vuelta del caballo que monta el Conde Duque de Olivares gira al fondo, hacia dentro, hacia el campo, en la hondura del cuadro Ricardo Almeida sabe que se divisa Fuenterrabía, lo suele señalar a los visitantes, Miren, observen cómo se ve Fuenterrabía a lo lejos. Sí, está dolorido este hombre. No se mueva, Ricardo,,le dirá esta tarde el doctor Valdés, hábleme procurando no moverse, y le preguntará,  Por qué se hirió, por qué se hizo esas heridas. Ahora, a la una del mediodía, aún  no ha visto al psiquiatra, ni habló aún con él, lo tendieron cuidadosamente en una cama cuando llegó de la Cruz Roja y permanece así. Me gusta el perro, parece de verdad, escucha una voz de las muchas de su vida que contempla en el Prado “Las Meninas”. Hay una atracción, doctor, le dirá dentro de unas horas Ricardo al médico, guarda un imán ese cuadro de Velazquez. Es la fama, le contestará el doctor Valdés, es lo que se ha hablado y se ha escrito del lienzo.  No, no es eso, doctor, le responderá  convencido Ricardo. Hay un imán en esa habitación pintada por Velázquez, porque yo noto las miradas en la sala nada más  entrar, al cruzar el dintel, buscan a “Lss Meninas” con pasión, la familia del Rey atrae enseguida a los turistas, los convoca, congrega las miradas, se queda todo el cuadro mirando a los turistas y los turistas se adentran en el cuadro.”

José Julio Perlado – “Ciudad en el espejo”

( Continuará )

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(Imagen 1- park seo bo – 1992)