VERANO 2009 (10) : JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

montaña.-1188.-por Tchah-Sup Kim.-2002.-Art Projets International.-Vorder Orient.-artnet

«La tormenta está encima. ¡Qué tarde! Se ha perdido

la noción de las cosas. Un relámpago. Un trueno…

Las montañas retumban; y las blancas farolas

mojan, bajo la lluvia, su tedio amarillento.

 

¡Otra estación! El cielo va a deshacerse en agua.

Y, desde el diván gris, tras los cristales ciegos,

se ven praderas vagas y pueblos diminutos

que tienen una torre y un verde cementerio.

 

¡Laruns! Al fin! Las puertas son cruces de cal, muestran

húmedos interiores en sombra y en silencio;

y, en el landó forrado de viejo raso malva,

el corazón, saltón, va preparando un beso».

Juan Ramón Jiménez: (Anochecer en los Pirineos)

(Imagen: montaña.-por Tchah – Sup Kim.-2002.-Art Projects International.-New York.-artnet)

RECUERDO DE MI PADRE (y 3)

mujer.-7755k.-foto por Patrick de Warren.-2000.-Sous les etoiles gallery.-New York.-photografie artnet«Y luego estaban mis platos, papá. Te invité a comer muchos días, te invité a mi célebre cocina. Mi célebre cocina tan llena de ensaladas. Mi ensalada fría de pollo. Mi ensalada con salsa de yogur. Mi ensalada tibia de rape. La ensalada de espinacas y salmón. Yo te esperaba a veces poniendo cogollos de lechugas en la soledad del plato, oía música y cantaba. Entonces iba echando mi querida vinagreta despacio sobre los recuerdos, los iba rociando con ella, escuchaba al fondo la voz de Sinatra desde Nueva York, aquella voz que te gustaba tanto, la voz, LA VOZ, aquel New York NEW YORK que tú tarareabas por el pasillo mientras yo iba poniendo los platos encima de la mesa, mientras tú escogías el vino blanco. Entonces yo escurría bien la vinagreta tal como me había enseñado mamá, mi padre me miraba de reojo sentado en una silla de la cocina, lo dos oíamos a Sinatra desde Nueva York, Sinatra nos cantaba, seguía los pasos Sinatra de mi increíble ensalada de cogollos de lechuga desde el mismísimo New York NEW YORK!, ¿te acuerdas papá? Pones medio cogollo en cada plato, rocías bien, hija, con crema líquida fresca (¿me perdonas un momento, papá?, tengo que abrir la nevera). Extendía la crema. ¿Te apetece un poco de mostaza y avellanas tostadas? ¿Y anchoas? ¡Sí, que a tí te gustan mucho las anchoas! Nos sentábamos ante mi ensalada, nos sentábamos ante tu vino blanco. Tú me conocías muy bien. Mi padre me conoce muy bien. La vida está llena de menudencias, de avellanas picadas y tostadas de mi ensalada, no de diálogos transcendentes. Además, me distraigo a mí misma, distraigo a mi padre, ¿es verdad que te distraías, papá? ¿Tú qué crees?, me decías tú. Sonreías. Siempre fuiste un gran «diplomático». Decías que en la familia la diplomacia era observar y escuchar, intervenir muy poco. Te servía más vino. Vamos, papá, un poco más de vino, que luego tienes sorpresa. Enarcabas las cejas. Mi padre levanta las cejas. El mundo se divide en lo salado y en lo dulce y mi padre vive en el reino de lo dulce y de lo frío, en un castillo helado. El helado. Mi padre y el helado. Podría hacer una tesis. Helado con mandarina. Helado de castañas. Helado de café. Helado de fresa, de frambuesa, de cualquier fruta triturada formando estalactitas en el congelador. Tu pequeña cuchara de plata recibía en las tardes de julio no sólo el helado sino también el postre de mamá, la receta de la abuela. Se baten bien las claras duras, hija, me guiaba mi madre, añades ahora el azúcar poco a poco, ¿lo ves?, le das luego color con caramelo o café. Después, en corona untada de mantequilla, se cuece al Baño de María durante media hora. Nuestras comidas. Nuestras comidas, papá. Cuando pase esa media hora, hija, me seguía diciendo mi madre, con las yemas, la leche y con 9 cucharadas de azúcar, se hace una crema así, ¿te fijas?, también al Baño de María, teniendo cuidado de que no se te corte. Nuestras comidas. Nuestras comidas, papá. La tarde llegaba mientras tú sonreías. Y luego, hija – terminaba entonces mamá -, en fuente redonda, se desmoldea la corona, ¿lo ves?, la cubres así con la crema y la espolvoreas con lo que tengas, por ejemplo, con este guirlache picado. Es muy fácil. A tu padre le encanta».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea» (relato inédito)

(Imagen.-foto de Patrick de Warren .–Sous Les Etoiles Gallery.-New York.-artnet)

RECUERDO DE MI PADRE (2)

mujer.-216.-por Henri Matisse.-1920.-Andrew Weiss Gallery.-photografie.-artnet«Y tu mano, esta es tu mano, papá. Retengo estas venas azules, estas manchitas en la piel de tu edad, estas pecas del tiempo, tu piel arrugada, tu vello. Con este dedo índice y con este pulgar de tu mano derecha apretabas la pluma y te deslizabas preciso por el papel. Con esta palma resbalabas suavemente sobre la hoja y yo te oía en silencio. Te he mirado muchas veces desde el pasillo cuando leías en tu despacho, te he mirado muchas veces en el jardín cuando escribías. Leías, escribías. Yo intentaba pintar. No llegué a a ser pintora, me dediqué a dar clases de dibujo. Ahora dibujo en el tiempo esta mano tuya como si lo hiciera sobre papel vegetal, como si te dibujara a tinta china no sólo esta mano sino todo lo que hemos vivido. Tu muñeca. Tu falange. Este hueso del carpo, el metacarpo. Todo eso lo dibujo. Tenías ahí, papá, en el músculo de tu dedo medio, casi en la uña, un montículo o un callo pequeñito formado de tanto apretar la pluma durante años. Una deformación profesional. Cualquier manicura te lo delataría, mamá lo comoce, lo sabes tú. Con esa presión de la pluma tú te esforzabas en la facilidad. Cuando yo estudiaba a Ingres, ¿lo recuerdas?, el pintor me decía en sus «Apuntes«: «Hay que hacer desaparecer las huellas de la facilidad; no son los medios empleados, sino los resultados los que deben aparecer». De eso tuve que examinarme. Eso también has hecho tú. Te he visto durante años escudriñando la dificultad de los textos hasta alcanzar la facilidad. Enarbolabas con sencillez la punta de la facilidad en tu pluma como se levanta un tesoro desde un papel en blanco. «Voy a entrar en el túnel», me decías. Yo te entendía. Entrabas en tu túnel de palabras sin saber a dónde te llevarían las oraciones, a dónde irías entre los bosques de párrafos y parágrafos. Encontrabas la luz de la idea al fin del bosque, es decir, al fin de las horas de trabajo. A veces no la encontrabas y seguías caminando. Yo te entendía porque he hecho lo mismo entre las tizas coloreadas y los lápices rojos, con mis trazos de yesos negros sobre fondo azul. Tú me enseñaste lo que es un apunte, ese toque ligero y apenas esbozado con pluma o con lápiz pinchando el globo de la idea en el aire y bajándola hasta el suelo del papel. Eso es un apunte, me explicabas. Hay que estar muy atento a las ideas, hija, me decías, y fijarlas enseguida con la disciplina, que ella es también creación. Hay que trabajar la imaginación sobre un horario, pulir, barnizar, extender bien, suavemente, la imaginación sobre el papel. Papel verjurado blanco. Papel teñido a verde claro. Papel de color agarbanzado. Papel grueso color beige. Papeles. Hojas. Cartapacios. Cartulinas. El papel recibía toques de tiza blanca para luces, aguardaba la profundidad y la perspectiva, era encendido por los colores, pero sobre todo aguardaba el trabajo. Había que arar sobre un papel árido, arar en un día soleado o lluvioso, con buen o con mal humor, arar, siempre arar. Tú sembrabas tus escritos con verbos y sustantivos y yo con trazos nítidos; tú podabas adjetivos y yo sombras, así siempre nos comprendimos. El despojamiento, papá, la desnudez, la soledad. Nos sentábamos en un sofá, ¿recuerdas?, bajo un gran dibujo académico. Nos rodeaba el blanco de plata de la tarde, un amarillo de árboles y el verde esmeralda de los bancos del parque. Oíamos jugar a unos niños en el jardín. Entonces charlábamos. Yo te hablaba de lápices y acuarelas y tú me hablabas de poesía, tú me hablabas de anécdotas y yo te hablaba de mis minas de plomo y de mis carboncillos. Nos reíamos, sí, nos reíamos y lo pasábamos muy bien».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea» (relato inédito)

(Imagen: retrato de mujer.-Henri Matisse.-1920.-Andrew Weiss Gallery.-  Beverly Hilss, USA -artnet)

RECUERDO DE MI PADRE (1)

mujer dos.-228811.-foto por Douglas Brothers.-1994.-Stephen Trother Fine Arts.-phosogrape artnet«Papá. He puesto ya los vasos, los cubiertos, los platos. He alisado el mantel. Los vasos son azules, la vajilla es azul, los pájaros que bordean estos platos pintan de azul mi infancia, cuando yo era muy niña, cuando ante mi capricho inapetente mi madre decía: «vamos a quitarle esa sopa al pajarito», y a la siguiente cucharada, «y ahora vamos a limpiarle las alas». Y yo comía. «Y ahora el pico». Y yo volvía a comer. «Y esto que le ha quedado en la cola». Y yo abría la boca mirando al pájaro que se iba sacudiendo la sopa de las alas y me miraba comer. Cuando me negaba en redondo, mi madre bailaba en la cocina con el plato en la mano; los domingos, mi madre descansaba en una silla y miraba el teatro de mi padre, el ir y venir del plato en el aire, el vuelo del pájaro en la vajilla azul. Mi padre, mi mago. Siempre lo tuve como mi encantador particular. La magia de mi padre se arrodillaba en el vestíbulo, me recibía con ojos pícaros, yo perseguía a aquellos ojos por el pasillo y él me esperaba en el cuarto de dormir para hacerme un muñeco con la almohada y que la almohada hablase. La almohada se erguía furibunda e increpaba al espejo: «¿Por qué tenemos que dormir, eh? ¿Por qué?. Y la almohada hacía temblar sus plumas y retorciéndose boca abajo, cambiaba de voz y respondía muy ronca: «Sencillamente, espejo, ¡porque ha llegado la hora de dormir!.

Yo me dormía entonces, me dejaba caer hacia un lado obedeciendo a la orden de la almohada, la orden del muñeco, la orden de mi padre. Me duermo ahora como entonces, de pie sin embargo, mientras voy colocando derechos los pájaros de los platos para la comida, mientras igualo los vasos azules, mientras aliso el mantel. Ni una arruga. La luz de las dos menos cuarto de la tarde entra por la ventana del comedor y toca con el dedo el brillo de este hilo dorado. Yo toco el brillo de la luz y como una mágica varita reaparece el año en que pinté este mantel de oro. Tarde de mi Primera Comunión. Estamos mis padres, mis primas, mis amigos. Estamos ahí todos, jugando entre las sillas, yendo y viniendo del cuarto de baño, empujando a las amigas del colegio, estirando mi velo de novia-niña, un velo arrugado ya, cansado de tanta merienda. Me han hecho fotos en la terraza, he venido desde el colegio con los pies cansados, me han hecho fotos en el colegio, ahora me quito los zapatos blancos en una esquina de la terraza. Estoy rendida de tanta ceremonia. Si pudiera me pondría a pintar. Me voy descalza, decidida, por las habitaciones, en medio de las conversaciones y de los invitados. He decidido pintar. Nunca se sabrá lo que es un niño. Cojo de mi cuarto la caja de pinturas, los frascos, los pequeños pinceles y vuelvo a este comedor donde prosiguen las palabras. Apoyada en una esquina de la mesa, vestida de Primera Comunión, apartando tazas de chocolate y tartas sin acabar, tomo el amarillo y el ocre, los colores calientes de este rayo de sol que es el hilo en el mantel de mis padres. He hecho el silencio en mí misma. Siempre he conseguido este hueco, hago el vacío, me voy. Cuando fui mayor, me vi en los cuadros de Klimt como estoy ahora, en esa escena de mi Primera Comunión, el pelo intensamente rubio, la cabeza siempre doblada contra el papel de la vida, los ojos sesgados mirando el día, yo besando la tarde y la tarde besándome a mí. Tomo el amarillo, el ocre, el mosaico de los topacios y de las amatistas, el largo cuello de las huidas melancólicas por donde me escaparé. Siempre me he escapado de la realidad. A veces me he quedado tan absorta en medio de una conversación que me han llamado la atención porque la vida se quemaba y el plato ardía. He reaccionado abandonando mis soledades aguamarinas y volviendo a entrar en la cocina para ayudar a mi madre. Ella me enseñó a cocinar. La concreción de los detalles me ha salvado. Picar la cebolla muy fina. Poner el aceite a calentar. Echar en el aceite caliente  la cebolla y el diente de ajo picados. Refreir hasta que la cebolla se ponga transparente. Esperar. Atender. Agregar harina. Ahora pones, hija, la ramita de perejil y añades un vaso de agua fría mientras yo voy cociendo la merluza. Sacudo constantemente la cacerola de barro duante 15 minutos. Espero. Atiendo. Las rodajas de esperanza a la vasca se van cociendo mientras muevo con cuidado la cacerola sujetándola con un agarrador 15 minutos. Espolvoreo el perejil picado, reparto bien los guisantes, añado los espárragos y el huevo picado. Faltan aún 5 minutos más: debe calentarse. Prueba esta salsa, hija, mira a ver si le hace falta más sal. Ya está. Voy al espejo del cuarto de baño, me arreglo el pelo. Doy otro vistazo al comedor. Todo preparado. Ya sólo falta que venga papá».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea»  (relato inédito)

(Imagen.-«Tilda Swindon».-1994.-foto Douglas Brothers.-Stephen Strother Fine Arts.- Frankfurt-artnet)

VERANO 2009 (9) : PEDRO SALINAS

pájaros.-KKGGK.-por Donald Sultan.-1997.-artnet

«¿El pájaro? ¿Los pájaros?

¿Hay sólo un solo pájaro en el mundo

que vuela con mil alas, y que canta

con incontables trinos, siempre solo?

¿Son tierra y cielo espejos? ¿Es el aire

espejeo del aire, y el gran pájaro

único multiplica

su soledad en apariencias miles?

(¿Y por eso

le llamamos los pájaros?)

 

¿O quizá no hay un pájaro?

¿Y son ellos,

fatal plural inmenso, como el mar,

bandada innúmera, oleaje de alas,

donde la vista busca y quiere el alma

distinguir la verdad del solo pájaro,

de su esencia sin fin, del uno hermoso?»

Pedro Salinas: «Confianza» (1955)

(Imagen.-pájaros, 12 junio 1997.-por Donal Sultan.-artnet)

LO BELLO Y LO BUENO

figuras.-CC4.-por Osang Gwon.-2002.-Arario Gallery.-Beigjing.-Seoul.-Korea.

«La esencia de lo bello. Según mi parecer – le decía el gran historiador del arte norteamericano Bernard Berenson al periodista Umberto Morra -, si se procede indagando, en el fondo de lo bello se encuentra lo bueno, como en el fondo de lo bueno se encuentra lo bello: es una fusión que forma el sentido del destino humano; bello (y bueno) lo que no se contradice, sino que ayuda y acompaña al destino humano, un quid que tiene, por lo tanto, en sí algo heroico y trágico. También la gente común siente este deseo; por lo tanto, lo bello es una cosa eminentemente deseable. Pero la gente está también lista a equivocarse y a correr tras falsos mensajes de belleza; obras falsamente míticas que parecen empapadas de un gran impulso heroico y plenas de destino: éstas son las más fácilmente traducibles».

Todo esto se lo decía Berenson a Morra ( «Coloquio con Berenson«) (Fondo de Cultura) en agosto de 1932, paseando por I Tatti, la villa situada en las colinas de Florencia, pero sobre todo paseando por las reflexiones del arte, como habían paseado también por otras avenidas parecidas el portugués Francisco de Holanda, en Romacon Miguel Ángel, Eckermann con Goethe, James Bosswell con el doctor Samuel Johnson y como lo haría el fotógrafo Brassaï con Picasso, el director de orquesta Robert Craft con Stravinski, Janouch con Kafka, Goldenveizer con Tolstoi o Émile Bernard con Cézanne, por citar algunas grandes conversaciones.

Tales conversaciones y tales palabras eran recogidas en la memoria o en el cuaderno de quienes escuchaban y en esas improvisadas lecciones de sabiduría, confesiones de destilada experiencia, parecía como si el arte, la filosofía y la historia se remansaran y el pensamiento entregara, a cada paso, la síntesis de una meditación.

figuras.-5519k.-foto por Jin-Ya Huang.-2007.-Sous les etoiles gallery.-New York.-photografie artnet

«Leer las cosas nuevas con el solo objeto de «estar al corriente» – le decía también Berenson a Morra en 1931 – es uno de los pecados contra el espíritu. A las cosas nuevas no hay que dedicarles más que la décima parte del propio tiempo y una parte mínima de la propia energía (que es siempre inferior a lo que esperamos) ¿Qué es esta «corriente»? Es un minúsculo río casi subterráneo que aparece en pocos salones; y hay corrientes, o mejor, hay una corriente más verdadera que aquella en que se piensa refiriéndose a la moda. Los periódicos, sí, los lee uno por las «cosas nuevas» que anuncian, pero es una lectura que cuesta poco trabajo especialmente a quien, como yo, tiene una práctica de cinco mil años de crónicas escritas».

Es esa gran cuestión de la reelectura de las cosas esenciales y la lectura esencial de cuantas cosas importantes nos quedan por leer, sin dejar por ello de atender a ciertas novedades.  Es el paseo bajo los árboles de la cultura,  confidencias de un amigo del espíritu.

(Imágenes: 1.-«Black hole».- Osang Gwon.-2000.-Arario Gallery.-Beijing.- Seoul- Korea.-artnet/2.»Guyver, dptych 2007″-.Jin-Ya Huang.–Sous Les Etoiles Gallery.-New York.-artnet)

VERANO 2009 (8) : LUIS CERNUDA

mar.-foto por Simon Schaffer-Goldman.-Kunstewr bei.-artnet«Sombras frágiles, blancas, dormidas en la playa,

dormidas en su amor, en su flor de universo,

el ardiente color de la vida ignorando

sobre un lecho de arena y de azar abolido.

 

Libremente los besos desde sus labios caen

en el mar indomable como perlas inútiles;

perlas grises o acaso cenicientas estrellas

ascendiendo hacia el cielo con luz desvanecida.

 

Bajo la noche el mundo silencioso naufraga;

bajo la noche rostros fijos, muertos, se pierden.

Sólo esas sombras blancas, oh, blancas, sí, tan blancas.

La luz también da sombras,  pero sombras azules.

Luis Cernuda: «Sombras blancas» («Un río, un amor«)  (1929)

(Imagen: «Beach Stream».- foto de Simon Schaffer-Goldman.-Simon Schaffer-Goldman photography.-artnet)

CUANDO KAFKA VINO HACIA MÍ…

Kafka.- 3 .-czech.tv

«La puerta de su habitación estaba siempre abierta. Junto a la puerta se enncontraba el escritorio. Sobre él, los dos tomos de Derecho Romano. Frente a la ventana había un armario. Delante, una bicicleta. Después, la cama, y al lado, una mesilla de noche. Junto a la puerta, una librería y un lavabo. De los libros que por entonces se leían en la familia Kafka, recuerdo uno sobre la tragedia de Mayerling«.Kafka.-7.-elmundo.es

Esto lo cuenta, muchos años después, Anna Pouzarová, que comenzó a trabajar en casa de los Kafka como chica de servicio el 1 de octubre de 1902: Anna tenía veintiún años y Kafka diecinueve. Otro cuarto muy distinto lo describe mucho tiempo más tarde, en la Ciudad Vieja de Praga, Alfred Wolfenstein, colaborador en varias revistas, cuando va a visitar a Kafka: «La habitación en la que entré estaba fría y llena de sombras. Del rincón, en el que él había estado escribiendo o leyendo en una penumbra casi completa, se elevó la larga y esbelta figura del escritor, y por su manera de saludar me di cuenta de que no había comprendido mi nombre«.

Por estas habitaciones y a través de estos encuentros (amigos, vecinos, Milena Jesenská, Dora Diamant, Max Brod, editores, recitadores, bibliotecarios, compañeros de trabajo) , advertimos que más que ir las gentes hacia Kafka es Kafka quien llega hasta ellas recorriendo pasillos y calles en el volumen editado por Hans-Gerd Koch «Cuando Kafka vino hacia mí…» (Acantilado). No es Kafka hacia el que los lectores van, es Kafka quien va hacia los lectores casi sin él quererlo, como cuando el editor Kurt Wolff ( que hasta el volumen «Un artista del hambre» editó todos los libros del escritor) revela que un día de junio de 1912 le escuchó a Kafka una frase que no había escuchado antes ni lo haría después a ningún otro autor, y que quedó ligada para él de manera definitiva. Kafka le dijo: «Le estaré siempre mucho más agradecido por la devolución de mis manuscritos que por su publicación«. 

De Kafka he hablado varias veces en Mi Siglo. Sobre todo, recordando aquella frase suya: » La felicidad excluye a la vejez. Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece«.

Ahora, en este interesante volumen, se evocan muchas actitudes públicas y privadas del escritor: costumbres, carácter, relaciones. A Max Brod le escribe en 1923: «rabia es lo que siente un niño cuando su castillo de naipes se derrumba porque un adulto empuja la mesa. Pero el castillo de naipes no se derrumbó porque alguien empujara la mesa, sino porque se trata de un castillo de naipes. Un verdadero castillo no se derrumba, ni siquiera cuando alguien parte la mesa en trozos para hacer leña. No necesita unos cimientos ajenos. Se trata de cuestiones evidentes, remotas y magníficas«.

Kafka viene hacia mí con su prosa esencial y desnuda, no soy yo el que llega hacia él.

(Imágenes: Franz Kafka.-1.- elmundo.es/ 2.-czech.tv)

VERANO 2009 (7) : JOAN MARAGALL

Pirineos 1.-.-Lleida.-lacomunidad.elpais

«Todo es inmóvil en el Pirineo,

todo, menos la niebla leve y diáfana

que corre como el humo

por valles, faldas, cimas, por doquier.

Es la fría caricia de esas tierras,

de las sierras la niña preferida

por la ancha soledad jugando, triste,

resbalando en las quietas serranías

que enormes le sonríen, arrugadas

con una risa desmayada y seca».

Joan Maragall: «Pirenaicas»

(Imagen.-Pirineo de Lleida.-lacomunidad.el pais)

EL SILENCIO ANTES DEL FRÍO

Como en «El silencio antes de Bach» – la película de Pere Portabella -, el silencio del frío del invierno parece que no hubiera existido nunca y el violonchelo del mar viene y va entre las arenas, con rumores de verano, como si el verano hubiese ocurrido siempre. Pero antes de este verano el frío estuvo entre nosotros y el frío volverá, y con él el trepidante ruido de las calles mezclado con el griterío de los partidos políticos, trufado con el eco de los circos mediáticos, a veces vociferante, a veces insultante. El silencio viaja por los túneles de nuestro vivir, las panzas de los violonchelos recogen la vibración de las cuerdas y la música – a la que muchas veces hacemos poco caso – nos recuerda que hay otra vida de melodías y silencios, el silencio antes de Bach, el silencio después de Bach, Bach mismo reposando en las cantatas que nos acompañan.

El silencio antes del frío del invierno es en estas noches un silencio alargado, iluminado por la luna, pacífico silencio de sueños. Vienen los violonchelos en soledades, bajan de las montañas, llegan al mar.

EL POETA Y EL CINE

szymborska .-1.-umbc.edu

«El poeta está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo – contó Wislawa Szymborska en su discurso al recibir el Premio Nobel -, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada…¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?».

Es cierto. La cámara no puede reflejar en este caso la batalla de la inspiración y el trabajo, la aventura de la creación y el quehacer. Recuerdo el taller madrileño del escultor Pablo Serrano y cómo me iba él mostrando las piezas inacabadas y aún deformes, pero masas tangibles, nacimientos que ya se podían tocar. Recuerdo también el taller a las afueras de Madrid de Juan Barjola y cómo los espejos se ondulaban sobre caballos y toros reventados en plazas retorcidas de colores y cómo enanos distorsionaban la tela, pero aquello era ya pintura y la mano del artista no tenía más que terminar y perfilar. Pero el taller donde se concibe la poesía es otra cosa. La cámara avanza en el silencio del aire y el aire de la creación vive en el misterioso hueco de la imaginación o la memoria:  las manos del poeta esperan a que ese aire descienda suavemente, y ese descendimiento desde la inspiración hasta el trabajo se hace de forma tan silenciosa que no hay cámara cinematográfica que lo pueda recoger.

La cámara, pues, no puede entretener al espectador como logra hacerlo ante un artista plástico.Estudio de pintor.-Matisse.-1903.-Fizwilliam Museum- Cambridge.-Olfga`s Galllery

Al entrar la cámara en el taller de Wislawa Szymborska no sabe cómo reflejar los movimientos de la poesía. Al entrar la cámara en el taller de Octavio Paz sólo le ve inclinado y pensativo:

«Cuando sobre el papel la pluma escribe,

a cualquier hora solitaria,

¿quién la guía?

¿A quién escribe el que escribe por mí,

orilla hecha de labios y de sueño,

quieta colina, golfo,

hombro para olvidar al mundo para siempre?

 

Alguien escribe en mí, mueve mi mano,

escoge una palabra, se detiene,

duda entre el mar azul y el monte verde.

Con un ardor helado

contempla lo que escribo.

Todo lo quema, fuego justiciero.

Pero este juez también es víctima

y al condenarme, se condena:

no escribe a nadie, a nadie llama,

a sí mismo se escribe, en sí se olvida,

y se rescata, y vuelve a ser yo mismo».

«Mientras escribo» («Calamidades y milagos») (Libertad bajo palabra)

Por eso, ante estos talleres de la poesía, la cámara cinematográfica siempre se retira. No sabe bien qué hacer.

(Imágenes:1.- foto de Wislawa Szymborska- umbc.edu/2.-Matisse.- Estudio bajo el tejado.-1903.-Cambridge.-Fitzwilliam Museum)

VERANO 2009 (6) : JOSÉ HIERRO

nubes.-2286.-por Masami Tada.-Soh Gallery.-Tokio.-photographe artnet

LAS    NUBES

«Inútilmente interrogas.

 Tus ojos miran al cielo.

Buscas, detrás de las nubes,

huellas que se llevó el viento.

 

Buscas las manos calientes,

los rostros de los que fueron,

el círculo donde yerran

tocando sus instrumentos.

 

Nubes que eran ritmo, canto

sin final y sin comienzo,

campanas de espumas pálidas

volteando su secreto,

 

palmas de mármol, criaturas

girando al compás del tiempo,

imitándole a la vida

su perpetuo movimiento.

 

Inútilmente interrogas

desde tus párpados ciegos.

¿Qué haces mirando a las nubes,

José Hierro?»

José Hierro: «Cuanto sé de mí» (1974)

(Imagen.-foto de Masami Tada– 2008 .-Soh Gallery.-Tokio.-artnet)

ISLA DE LA PALMA

Paseo botánico.-1

calle Real.-1

 

Se pasea entre las verdes hojas, se pasea sobre el color de las calles, se pasea junto a las laderas, se pasea al costado de las brumas. Como en «El año pasado en Marienbad«, aquella película de las sucesiones y los pasos, aquí los pasos marcan las sucesiones y la orografía de la montaña deja filtrar el agua de las nubes. Se pasea entre el color de las nubes, se pasea entre las rocas de los volcanes, se pasea al borde de los barrancos,  pasos de paseos cruzan verdosas tonalidades y claros amarillos. Se pasea sobre el suelo y la humedad, entre el laurel y el azebiño,  hojas verdes oscuras reciben a palomas y a pinzones. Se pasea junto a los refugios, cuevas y rediles del cielo guardan   vasijas de agua que se vierte en hendiduras de montañas. Se pasea sobre el silencio, se pasea sobre el colorido, el aroma de las flores rosadas nos lleva poco a poco al descanso, a esta canción de esta plazuela. Están los cantantes en piedra, la piedra canta sin ruido, cantan cómo es el aire de  Santa Cruz de La Palma.Plaza S. Cruz.-1

(Imágenes: Santa Cruz de La Palma, La Palma, islas Canarias.- 21 de julio 2009 .-fotos JJP)

ESCRIBIR ANTES DE ESCRIBIR

escribir.-1259.-por Agnes Martin.-1973.-Kornelia Tamm Fine Arts.-photografie.-artnet

Marcel  Proust

«Aquí había proyectado alguien en su cabeza  una gigantesca catedral aún no construida, había colocado ya, cuando aún no había nada, la clave de la bóveda, sabía ya que la última frase del libro que iba a escribir trataría de un libro que aún tenía que escribir, un libro en el que hablaría del lugar que ocupan las personas en el espacio, tan limitado en comparación con el que les está reservado en el tiempo, infinitamente mayor, ya que «tocan simultáneamente, como gigantes sumergidos en los años, épocas tan distantes, entre las cuales han venido a situarse tantos días». (Cees Nooteboom)

Escrito pues en su cabeza todo el libro, desde su inicio hasta el final, Marcel Proust  se inclinó ante sus papeles cada noche y se puso a dictar pacientemente a sí mismo.

 Lo único que tenía que hacer ya era escribir.

(Imagen:  Agnes Martin.-1973.- Kornelia Tamm Fine Arts.-artnet)

VERANO 2009 (4) : CLAUDIO RODRÍGUEZ

mar.-tTTkk.-foto por Benjamin Scott Keith.-2004.-Firs Names Photography.-ftografía.-artnet

ARENA

«La arena, tan desnuda y tan desamparada,

tan acosada,

nunca embustera, ágil,

con su sumisa libertad sin luto,

me está lavando ahora.

 

La vanagloria oscura de la piedra

hela aquí: entre la yema

de mis dedos,

con el susurro de su despedida

y con su olor a ala tempranera.

 

Vuela tú, vuela,

pequeña arena mía,

canta en mi cuerpo, en cada poro, entra

en mi vida, por favor, ahora que necesito

tu cadencia, ya muy latiendo en luz,

con el misterio de la melodía

de tu serenidad,

de tu honda ternura».

Claudio Rodríguez: (fallecido el 22 de julio de 1999, hace hoy diez años) :»El vuelo de la celebración» (1976)

(Imagen: foto: Benjamín Scott Keith.-2004.- 3 First Names photography -artnet)