KUROSAWA, EL VIENTO, LA NIEVE

«Desde mi época de ayudante de dirección – contaba Kurosawa en su «Autobiografía» (Fundamentos) – parece que he desarrollado una peculiar relación con el viento. Yama-san me pidió una vez que fuera a rodar las olas de Choshi; tuve que esperar tres días ante un plácido mar. Luego de repente un furioso vendaval agitó las olas en una impresionante marejada, y conseguí con exactitud lo que había ido a buscar. En otra ocasión, en el rodaje de Uma me metí en un tifón y las mangas del impermeable se me rajaron. Durante el rodaje de Nora Inu (1949), el tifón «Kitty» nos hizo añicos todo el decorado de exteriores, y mientras rodábamos en los alrededores del monte Fuji la película Kabushi toride no san-akunin (1958), tres tifones nos azotaron sucesivamente. Los bosques donde habíamos planeado rodar fueron arrasados uno tras otro, y lo que debería haber sido un  rodaje de tres días se transformó en cien».Sobre el viento y su deliciosa melancolía ya había hablado en el siglo X  Sei Shônagon, la gran escritora japonesa, en «El libro de la almohada» (Alianza). «Son sobre todo – decía ella del viento – las hojas del cerezo las que caen en abundancia. En otoño, al día siguiente de un día en que la tempestad ha mostrado su rabia, se nota una extraña impresión de tristeza. Las ventanas hechas de bambú, las sombrillas exteriores, se doblan unas al lado de las otras, y el aspecto del jardín es penoso. Se siente pena contemplando un gran árbol derrumbado, al que el viento le ha quebrado las ramas«.

Era aquel viento del siglo X, antepasado de éste del siglo XX, que sufrirá Akira Kurosawa en 1941, cuando la Naturaleza se le enfrente y él intente dominarla. Fue en 1941, cuando el gran director japonés publicó en la Revista Eiga Hyoron (Crítica cinematográfica) el guión de «Un alemán en el Templo Daruma», el momento en que la Naturaleza en forma de nieve alteró sus planes. En ese año Kurosawa escribe precisamente un guión titulado «Nieve» que fue remitido al Concurso Nacional de Guiones, y apoyado en 1942 por un grupo de revistas cinematográficas japonesas. El asunto de «Nieve» se vincula con la vida de los campesinos en la región N. E. de Honshu, y buena parte del diálogo fue escrito en el dialecto local, conocido como Tohoku. Como se señala en el prólogo al extracto de «Nieve» en «Films que nunca veremos» (Aymá), la naturaleza es también un medio, psicológicamente simbólico, contra el cual se destaca en este guión, como en relieve, un personaje individual. El deslumbrante florecimiento de la primavera con el que termina «Nieve» es una sugestión visual. «Nieve«, y no Sanshiro Sugata (1943) – se dice en ese prólogo -, «pudo haber sido el primer film de Kurosawa, si no hubiera mediado un simple hecho que no pertenecía al arte ni a la política, sino a la botánica. Cuando Kurosawa escribió «Nieve«, la cosecha de arroz en el noroeste era extremadamente vulnerable a las condiciones del clima. Antes de que el film pudiera ser realizado, se había llegado a cultivar un nuevo tipo de arroz que podía resistir a la nieve y al frío. Así «Nieve» se convirtió en una idea anticuada y nunca llegó a ser producida. Pero sigue siendo un embrión de poderoso impacto, y como tal pronostica el estilo cinematográfico que luego se desarrollaría hasta Rashomon y hasta Los siete samuráis«.

Era la nieve sobre Japón, copos sucesores de aquellos otros que cayeron en el siglo X y fueron cantados delicadamente por Sei Shônagon: «Es delicioso – decía entonces la finísima escritora -, cuando lo nieve cubre la tierra como un ligero colchón de plumas. Es encantador también cuando ella se congrega para formar un espeso manto; a la caída del sol, dos o tres amigas se sientan alrededor de un brasero junto a la terraza, en el borde. Mientras que charlan, cae la noche; pero ellas no encienden la lámpara en la habitación, toda iluminada por el blanco resplandor que envía la nieve».

(Pequeña evocación hoy, a los cien años del nacimiento de Akira Kurosawa.-23 de marzo 1910- 2010)

(Imágenes.- 1 y 2.-«Dreams«.-de Akira Kurosawa.-199o -air.bong/3.-Michele Harvey 2000.-Katharina Rich Perlow Gallery.-New York)

AL ENTRAR LA PRIMAVERA

«Cuatro estaciones colman la dimensión del año;

cuatro estaciones obran en la mente del hombre:

su intensa primavera, cuando la fantasía

recoge en su amplio seno todo lo que es belleza;

su verano, en que gusta rumiar plácidamente

ideas juveniles como alimento dulce

de primavera, y estos ensueños le aproximan

lo más cerca del cielo; tranquilas ensenadas

tiene el alma en su otoño, cuando, desocupado,

cierrra el hombre sus alas, contento ante la vista

de las brumas, y deja pasar inadvertidas

las cosas bellas como cuando fluye un arroyo

junto a su puerta. Y tiene su invierno deformado,

pues su naturaleza mortal así lo exige».

John Keats: «Las estaciones humanas»

(Imagen.-«La Primavera».-vidriera.-Eugène Grasset.-cartón Félix Gaudin.-París 1894.-Les Arts Décoratifs)

MELANCOLÍA Y CREATIVIDAD

«¿Por qué todo ser excepcional es melancólico?», se pregunta más o menos con estas mismas palabras Aristóteles. Se nos recuerda que Empédocles, Sócrates y Platón eran melancólicos. Se nos añade que Heracles conoció la locura y las ulceraciones, que Lisandro las úlceras, que Áyax la locura, que Belerofonte recorrió los desiertos. Se nos dice igualmente que el melancólico es un ser agitado, que el silencioso es muy a menudo extático. El color de la melancolía tiene un invisible tono violáceo, dormido en valles de largos horizontes, acostado en sinuosos matices. ¿Qué se ve desde la cumbre de la melancolía? ¿El paso de los años? ¿Aquel sueño que no logramos conquistar? ¿El anhelo de un paraíso perdido? La melancolía se nos escapa a la vuelta del camino de los días, al girar la cabeza hacia un pasado que no vemos, una risa que se esfumó, una mirada disuelta. Erguidos sobre la melancolía aquellos arboles que vemos al fondo se alejan cada vez más y sus ramas acaban en un punto.Pero la melancolía, al parecer, está también aliada con la creatividad, como así lo comenta Jackie Pigeaud en «»El hombre de genio y la melancolía» (Acantilado).

A la melancolía me he referido de una otra forma varias veces en Mi Siglo. Música y melancolía, entre otros motivos Ahora, en este pequeño libro, se repasa la lista de algunos melancólicos: Caton, Tasso, Pascal, Rousseau, Alfieri entre ellos. Otros andan olvidados en pasillos y no se atreven a aparecer, salen por la puerta del recuerdo y caminan algo por su jardín. Asomados a la blanca hoja de la escritura o ante la desnudez del lienzo viene la melancolía a dictarles y a la vez les lleva de la mano suavemente con el pincel. Como decía Rufo de Efeso, médico griego contemporáneo de Trajano, «los melancólicos se entretienen en los lugares solitarios y huyen de los hombres sin razón; lo mismo les ocurre a los hombres con buena salud cuando quieren dedicarse a investigar algo, que toman precauciones respecto a cosas que valen la pena».

Luego la melancolía se va. Deja siempre el perfume de que va a volver.

(Imágenes.-1.-Gary Oldmand, Hollywood.-1992.-Herb Ritt.-artnet/ 2.-Gerhard Richter)

EDITORIALES EN EL SUELO

Como cada vez hay más gente que lee menos periódicos, aparecen en Madrid de vez en cuando editoriales escritos en el suelo. Páginas de piedra ante las que el ojo queda fijo y que los dedos no pueden hojear.

En la madrileña calle de Las Huertas, mientras los pasos lectores avanzan silenciosos por el Barrio de las Letras, Quevedo les recuerda en su primera página de hoy:

«Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía»

(…)

El asfalto, inconmovible, entrega su sabia lección de piedra.

(Imagen.-calle de las Huertas, 13 marzo 2010.-foto JJP)

DELIBES Y EL ABORTO LIBRE

Copio de la Tercera página del ABC de ayer este antiguo artículo de Delibes, varias veces reproducido en la prensa:

Miguel DELIBES de la Real Academia Española
Domingo , 14-03-10
«En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante en este dilema es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.
La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad, habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.
Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para éstos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia.
En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podría atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podría recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: Esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado».
Así concluía Delibes.
A veces en un blog no hay nada más que decir.
(Imagen:1.- Mary Cassatt.-artnet/ 2.- Elisabeth Catlett, 1944.-The Metropolitan Museum)

EL ARTE DEL PODER

Estas armaduras alejadas de los campos de batalla y colocadas estos días en salas de paz o de silencio, muestran ahora en el Museo del Prado aquello que fue un día la protección del poder, guerreros protegidos de cuantos peones les asediaban en tiempo de escaramuzas de infantes, antes de que los arcabuces lanzaran balas contra los hierros. Hoy el poder se resguarda con otro tipo de armaduras más sofisticadas e invisibles y a pesar de tal opresión los escritores frente al poder (Caralt) nos han ido entregando importantes testimonios en el siglo XX, como el de Sabato o Montale , Carlos Fuentes o Heinrich Böll y también de Vassilikos, de Gombrowicz Scorza o Ehrenburg.

Pero en los siglos XVl y XVll los escritores frente al poder no se reunían en libro, aunque las obras indivuales criticaban los abusos de tanto guerrero embozado, sus espaldas de acero,  piernas embutidas en rodilleras, codos escondidos en guardabrazos, manos ocultas en manoplas. Una armadura completa pesaba hasta 48 kilos, pero debajo de esa armadura estaba, bajo las camisas y vestidos, la carne y la sangre, y la sangre tenía, como siempre ha tenido en la historia y en la vida, su indiscutible color rojo.

Ese color de sangre, de un rojo vivo, teñía también la indumentaria del siglo XVl en varios países de Europa, y así del Guardarropa de Enrique Vlll podemos conocer sus jubones de terciopelo azul y rojo, forrados con tela de oro. Era el rojo de siempre manando de las heridas que podían escaparse por las rendijas de aquellas armaduras que no la conseguían detener. A veces las armaduras de los poderosos no lo protegen todo. Los peones que las cercan consiguen penetrar entre cascos y corazas hasta rasgar al fondo bruñidos y damasquinados y llegar a la piel. Es la presión de la libertad. La que oprime con su fuerza láminas movibles. La que hace tambalearse el arte del poder. Un poder que en la Historia ha llenado las plazas de mítines y luego ha querido, con diversas armaduras, perpetuarse.

Imágenes.-1 y 2.-diversas armaduras de la actual exposición en el Museo del Prado/ 3.-cartel de la exposición en Madrid, que estará abierta hasta el 23 de mayo)

DELIBES : SOMBRA ALARGADA SOBRE LA FAMILIA

Ángeles de Castro, la mujer de Miguel Delibes, era más abierta que el gran escritor, más comunicativa. Ella le facilitó su relación con el mundo, y cuando ella faltó Delibes dejó de cantar sobre aquella bicicleta suya lanzada a toda velocidad cuestas de Santander abajo camino de Burgos, frases que iba recogiendo el aire mientras Delibes cantaba: «¡Soy el hombre más felíz, soy el hombre más felíz!».

Lo contaba él mismo en una trenzada entrevista radiofónica con tres de sus hijos – Miguel, Elisa y Adolfo – de los siete que el escritor tuvo, cuatro de ellos biólogos. Delibes inculcó un gran sentido de la austeridad a sus hijos; Adolfo recordaba que el escritor no se dio ni un capricho; pudiendo hacerlo no se compró una buena escopeta ni tampoco un buen coche; Miguel evocaba a su vez  que su padre les dio la lección de no requerir nada que no fuera necesario, les señaló el sentido de valorar mucho a los demás, la realización práctica de la compasión, lo que hoy de algún modo se define como solidaridad.

De carácter fuerte, hombre serio, los nervios, los agobios, ciertas angustias – siempre según sus hijos – le acompañaron siempre. Le costaba dar la razón al contrario, y llevaba consigo al andar por la vida esa retranca de humor que bordeaba su pesimismo vital. Las relaciones de Delibes con la gente (sigo el hilo de lo que a su padre, en la radio, le recordaban sus propios hijos en una conversación entrañable) no eran fáciles: no le gustó ser reconocido durante años y solamente con la edad y con los primeros achaques se resignaba a conversar con quien le detenía en sus paseos por Valladolid.

Fue en uno de estos paseos – la vida está empedrada de anécdotas -, cuando un joven viandante se le acercó. Delibes iba con su hijo Miguel. Decidido, con un cuaderno y una pluma en la mano, aquel que le miraba le pidió un autógrafo: «Perdone que le pare – le dijo el paseante -, pero es usted Azorín«. Delibes, muy serio, le respondió: «Joven, Azorín lleva mucho tiempo criando malvas». Y cuando el personaje se alejó, el escritor le comentó a su hijo: «Hoy cuando llegue a casa le dirá a su madre: «Mamá, he estado con Azorín y él lo ha negado». Es la vida».

Como la vida sigue empedrada de anécdotas,  esta vez un niño, rompiendo las filas de un colegio, se le acercó exultante. «¿a que es usted Miguel Boyer? ¿puede darme un autógrafo?». Delibes miró enternecido a la criatura y le escribió sin dudarlo en la página: «Miguel Boyer«. Pero lo que en cambio se negó a firmar fue la dedicatoria para un perro reiteradamente suplicada por el dueño del animal en la Feria del Libro. Como se ve, las anécdotas son impensables.

Me escribí con Delibes en varias ocasiones, con motivo de su novela «La hoja roja», en 1959, al comentar en «La Estafeta Literaria» aquel excelente libro. Años más tarde, en 1987, nos veríamos largamente con ocasión de su doctorado Honoris Causa en la Facultad de Ciencias de Información. Allí, una vez más, se unió literatura y periodismo en este gran escritor de nuestro tiempo.

Pero entre las perdices rojas, los pájaros y las truchas, entre las madrugadas de caza, entre las ruedas de su bicicleta recorriendo la defensa del Planeta, está el silencio y el trabajo constante de tantos manuscritos minuciosos, tantas consultas sobre lenguaje, tan precisas vestimentas para arropar a personajes, historias de Castilla la Vieja que echaban a andar para «pegar la hebra» de la conversación. Sus hijos guardan el recuerdo de su discrección a la hora de escribir. No conocieron «Señora de rojo sobre fondo gris» mas que cuando estuvo publicada. Ángeles, la mujer de Delibes, era a la que le leía lo que escribía, y cuando ella murió pidió a su hijo mayor que escuchara también: «Lee esto – le dijo – porque antes lo leía tu madre y ahora no está». A una de sus hijas, que se dedicaba a la moda, le pidió detalles para un personaje de «Diario de un jubilado«, un paleto que quería ser pretencioso. «¿Cómo lo puedo vestir?», le preguntó. Y la hija del escritor le habló de modelos de zapatos y de cuellos muy grandes para las camisas, que Delibes apuntó.

Ahora, en el vaivén de cielos y purgatorios que ondula siempre en las Historias de la Literatura, cuando las aguas del tiempo se remansen, la perspectiva, al filo del horizonte, nos mostrará al Delibes que quedará entre tantas lecturas. Le diremos mientras pasan las páginas, «Don Miguel, Dios le guarde«, que era el saludo que más le gustaba cuando daba paseos por las calles de Valladolid.

(Imágenes:-1.-Migel Delibes y su mujer..-foto Efe.-elmundo.es/ 2.-foto el mundo.es/ 3.-apuntes para «El hereje».-foto Carlos Arranz.-el mundo.es/ 4.-foto el mundo.es)

MIGUEL HERNÁNDEZ (2) : LA BOCA

«Boca que arrastra mi boca.

Boca que me has arrastrado,

boca que vienes de lejos

a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches

un resplandor rojo y blanco.

Boca poblada de bocas:

pájaro lleno de pájaros.

Canción que vuelve las alas

hacia arriba y hacia abajo.

Muerte reducida a besos,

a sed de morir despacio,

das a la grama sangrante

dos tremendos aletazos.

El labio de arriba el cielo

y la tierra el otro labio».

(…)

Miguel Hérnández,


«Con dos años, dos flores

cumples ahora.

Dos alondras llenando

toda la aurora.

Niño radiante:

va mi sangre contigo

siempre adelante».

Miguel Hernández, con motivo de los dos años de su hijo.


«Rueda que irás muy lejos.

Ala que irás muy alto.

Torre del día, niño.

Alborear de pájaro».

Miguel Hernández


1910-2010. – el año en que se conmemora al poeta.

(Imágenes:- 1.-Miguel Hernández/.-2.-Miguel Hernández con Josefina Manresa, en Jaen, 1937.-surcultura.info/ 3. Miguel Hernández con Josefina Manresa.- educa. madrid/ 4.-Josefina Manresa.-Orihuelaculltural)


TOROS Y PERIODISMO

Ahora que los tendidos de la vida están divididos entre taurinos y antitaurinos, quizá sea curioso recordar algunas de las cosas que el periodismo recogió en torno a la Fiesta. J López Pinillos (Parmeno) escuchaba de labios de Juan Belmonte –  respetando su acento peculiar sevillano y trasladándolo en lo posible al lenguaje de la entrevista – las palabras del diestro, y así las entregaba a los lectores en «Lo que confiesan los toreros» (Turner):

«¿Mi mayor apuro? El de Tablada. Escuche usté. – le decía Belmonte al periodista – Por entonses yo no había toreao más que en los tentaderos y en los puebleciyos, y pa aprender iba de noche a Tablada con otros muchachos, ensendía unas luses de asetileno que yebábamos de Seviya y me ensayaba con las reses del corralón. Un amigo íntimo de mi padre, Carderón, el banderiyero, que, como por aquella época no toreaba, iba hasia Nimes pa vender porvorones y mantecaos – y por sierto que se comió las muestras en el camino -, me escribió desde Valensia ofresiéndome una corrida, y dos noches antes de emprender el viaje, al salir yo del teatro con mi terno nuevo – que tenía tres temporás -, me encontré a Riverito, a Toboso y a otros amigotes y nos fuimos a Tablada. Tuvimos la suerte de que uno de los bichos embistiera con bravura, y ya habíamos resuelto chaquetearlo hasta que se cansara, cuando se levantó un airaso que apagó las luses, y mis amigos, prudentemente, se fueron. Yo, que, enfrascao toreando, me quedé, le di algunos lanses al bulto – porque no veía más que un bulto – y de pronto sentí un choque, subí como una flecha, caí como un peñón, oí unos resoplíos y aguanté unos trastasos… y al levantarme comprendí que más decentemente entraría en Valensia en carsonsiyos que con la aljofifa que había dejado el toro sobre el cuerpo».

Cuando el entrevistador le pregunta a Belmonte por su toreo, el diestro comenta primero su cogida en Granada y pasa después a explicar lo que para él son las «reglas»:

«Mi cogida en Granada es una cogida que nadie vio cómo fue, y yo, menos que nadie. Estaba toreando de muleta a un toro de Nandín, confiao y seguro; di un lanse, pasó to el bicho debajo de la franela, desde los pitones hasta el rabo, y de pronto ¡purrumpumpúm!, me encontré en el aire, pegué un  guarraso bestial y me recogieron con la ropa hecha trisas ¿Cómo fue?… Yo todavía estoy esperando que me lo expliquen.

Yo no sé las reglas del toreo – sigue diciendo Belmonte -, ni tengo reglas, ni creo en las reglas. Yo «siento» el toreo, y, sin fijarme en reglas, lo ejecuto a mi modo. Eso de los terrenos, el del bicho y el del hombre, me parese una papa. Si el matador domina al toro, to el terreno es del matador. Y si el toro domina al matador, to el terreno es del toro. Esa es la fija. Y lo de templar, mandar, parar y recoger depende de los nervios del tocaor y de la madera de la guitarra ¿Me comprende? Y de cuando en cuando, el toque no le disgusta a uno y no entusiasma al público. Por ejemplo: yo, que no me engrío nunca con lo que hago, el año 15 toreé y maté a mi gusto, en Seviya, un toro de Santa Coloma, y la gente me aplaudió menos que otras tardes que había toreao y matao mejor. Pues ¿y los oles y los aplausos que saca uno si se arrodiya?… Y como casi siempre se arrodiya uno porque la guitarra no le deja tocar bien…».

Ahora que los tendidos de la vida – también los periodísticos – dividen sus opiniones entre taurinos y antitaurinos, volver a «lo que confiesan los toreros» – Joselito, Belmonte, Rafael el Gallo y tantos más – es al menos un ejercicio evocador de originales entrevistas.

(Imágenes:- 1.-Juan Belmonte ( a la derecha) junto a Joselito «el Gallo», en la plaza de Murcia, en abril de 1920.-wikipedia/ 2.-retrato de Belmonte, por Ignacio Zuloaga)

BIBLIOTECAS EN EL MAR

El Titanic llevaba en su interior dos bibliotecas. Una estaba situada sobre el puente «A» y aparecía decorada al estilo Luis XV, con detalles tomados del palacio de Versalles. Los libros habían sido embarcados en Southampton. En segunda clase, sobre el puente «C», viajaba también una biblioteca de doce metros, engalanada al estilo colonial y con sus libros guardados en armarios de cristal que flanqueaban uno de los lados. Cuando el mar se tragó el Titanic, la encuadernación, la paginación, los registros, las filigranas de los grabados, las cubiertas y portadas, los preliminares, los colofones, las marcas, las ilustraciones, las dedicatorias, y sobre todo  párrafos y líneas, las letras con sus pensamientos revelados, la puntuación minuciosa y las anotaciones personales se envolvieron en aguas frías cargadas de sales nutritivas, se perdieron entre húmedos guijarros, descendieron lentamente por el barro hasta llanuras abisales, mezlándose los sentimientos de los autores con arcilla y desmoronándose en el agua parte de sus  argumentos, deslizándose los peces entre páginas incrustadas en conchas de moluscos y colonias de corales, entrando por las paredes de las páginas tierra rojiza y guijarros de cuarzo, soplos de corrientes submarinas, gravas fluidas y aludes de sacudidas sísmicas que fueron derrumbando el poderío de las letras góticas a la vez que descosían cuadernillos y prosa y verso, quedaron sueltos, mecidos al vaivén del océano.

Cuando se lee la historia de la destrucción sin fin de las bibliotecas – «Livres en feu«, de Lucien X Polastron (Denoel) -, se advierte que no es sólo el fuego el que consume los libros, sino también el mar. Unos años antes, la biblioteca de otro barco, el Campania, iba adornada de lámparas eléctricas y  diversas columnas cruzaban muros enriquecidos con pinturas, encontrándose los libros en nichos guardados con puertas de vidrio para mantenerlos seguros en caso de mal tiempo. Los libros del Campania tuvieron la enorme suerte de ser leídos por los pasajeros. Los libros del Titanic fueron devorados por las aguas del océano. Antes, otros naufragios de páginas habían ocurrido: en 1822, ante una tempestad en Irlanda; o en «La Boussole«, en donde ciento diecinueve títulos – obras científicas – (así lo recuerda Caryle) «desaparecieron sin dejar huella en la inmensidad azul».

(Imágenes: 1.-fotografía de la proa del Titanic tomada desde el sumergible ruso MIR.-wikipedia/ 2.- escalera de primera clase del Titanic.-wikipedia)

CENTENARIA GRAN VÍA DE MADRID ( y 4) : PLAZA DEL CALLAO

«En este momento – dirá Moreno Villa al retratar con la literatura una instantánea de Madrid -, Juan Echevarría está pintando su enésimo retrato de Baroja, Ortega prepara su clase de filosofía, Menéndez Pidal redacta su libro «La España del Cid«, Arniches ensaya un sainete, Manuel Machado entra y sale de la Biblioteca del Ayuntamiento, Antonio conversa con Juan de Mairena, Azorín desmenuza la carne de un clásico, don Pío del Río Hortega está sobre el microscopio, Juan Ramón Jiménez discurre algún modo de atrincherarse en el silencio, don Manuel Bartolomé Cossío corrige pruebas de mil cosas, Benavente se fuma su interminable puro, Ramón y Cajal estudia las hormigas, Américo Castro lucha a brazo partido con Santa Teresa, Zubiri, Gaos, Navarro Tomás, García Lorca, Valle Inclán...».

Los nombres de Madrid y en Madrid. Un Madrid eterno. Y en medio de él – desde la calle de Alcalá a la Plaza de España la Gran Vía.

Recorriendo en el tiempo esa Gran Vía se evocan célebres cafés – como el que agrupaba a la tertulia de José María de Cossío -; otro viejo café al que solía acudir Antonio Machado; el estudio del pintor Pancho Cossío;  el Hotel Florida, ocupado por célebres escritoresHemingway, Dos Passos -,  corresponsales en tiempo de guerra. En Gran Vía número 7 – que entonces se llamaba Avenida de Pi y Margall – se encontraba la «Revista de Occidente» y Fernando Vela, primer secretario de la Revista y fundador, con Ortega, de ella, cuenta que «la habitación era muy reducida, sin espacio más que para dos mesas. (…) Todos trabajábamos en todo. El edificio no estaba terminado-era 1923 – y teníamos que entrar por una puerta secundaria de la calle de la Salud y subir por una escalera que todavía estaba sin barandilla. (…) Más tarde, alquilamos dos habitaciones mejores en el mismo edificio, y posteriormente, en el mismo piso, un despacho para Ortega, que llenó de estanterías de libros, y un salón donde desde entonces se reunió la concurrida tertulia a la que acudían todas las tardes artistas, escritores, catedráticos, científicos y políticos». Ramón Gómez de la Serna, en su «Automoribundia» recordó que García Lorca llegó a aquella Revista con su primer manuscrito de versos y la Revista se los editó sin más, siendo uno de los éxitos mayores. A veces iba don Miguel de Unamuno, cuando pasaba por Madrid con motivo de unas oposiciones, y en esa Revista se publicaron las primeras cosas de Kafka, Huxley, Spengler, Jung y Keyserling.

Centenaria Gran Vía de tertulias, de cafés, de Revistas. Centenaria Gran Vía de automóviles, de gentes, de vidas.

Centenaria Gran Vía de recuerdos.

(Imágenes:-1-Gran Vía.- Madrid ayer, hoy y mañana/.2.-Gran Vía.-commons.wikipedia.org/-3.- Madrid.-Las modistillas le piden novio a San Antonio de la Florida.-1933.-foto ALFONSO)

CHOPIN Y DELACROIX

«Hacia las tres y media – cuenta Delacroix en su «Diario» (7 de abril de 1849) – acompañé a Chopin a dar un paseo en coche. Aunque fatigado, me sentía feliz de poderle ser útil en algo… Por la Avenida de los Campos Elíseos, el Arco de la Estrella, la botella de vino en el ventorrillo; parada en las barreras, etc.

Durante el paseo me habló de música, y esto le reanimó. Yo le preguntaba qué era lo que establecía la lógica en música. Me hizo comprender lo que era la armonía y el contrapunto; cómo la fuga es lógica pura en música, y que el conocer bien la fuga, es conocer el elemento de toda razón y de toda consecuencia en la música. Pensé lo feliz que hubiera sido yo de haberme podido instruir en todo eso que atropellan los músicos vulgares. Este sentimiento me ha dado una idea del placer que los sabios dignos de serlo, encuentran en la ciencia. Y es que la verdadera ciencia no es lo que ordinariamente se conoce por esa palabra, es decir, una parte del conocimiento diferente del arte: ¡no! La ciencia examinada así y explicada por un hombre como Chopin, es el arte mismo, y no ese que cree el vulgo que es arte, es decir, especie de inspiración que viene no se sabe de dónde, que anda por casualidad y que no presenta sino el exterior pintoresco de las cosas. El arte es la razón misma engalanada por el genio, pero siguiendo un paso necesario y contenida por las leyes superiores. Esto me llevó a la diferencia entre Mozart y Beethoven. «Allí – me decía – donde este último es oscuro y parece falto de unidad, no es porque una pretendida originalidad – un poco salvaje -, con la que le honran, sea la causa; es que volvió la espalda a principios que son eternos; Mozart no lo hizo nunca. Cada una de las partes musicales tiene su medida, que, acomodándose a todas las demás, forma un canto y le continúan perfectamente: esto es el contrapunto». Me dijo que es costumbre aprender los acordes antes que el contrapunto, es decir, la sucesión de notas que lleva a los acordes…Berlioz coloca los acordes, y luego rellena los intervalos como puede».

Una semana después de este paseo por París entre el pintor y el músico, Delacroix escribe nuevamente en su «Diario«: «Por la tarde fuí a casa de Chopin; lo encontré muy abatido, respirando apenas. Al cabo de algún tiempo, mi presencia lo reanimó. Me dijo que el aburrimiento era para él, el mayor de los tormentos. Le pregunté si no había sentido antes el vacío insoportable que yo suelo sentir algunas veces. Me contestó que sabía ocuparse siempre de alguna cosa, por nimia que fuese; una ocupación llena los momentos y desvía esos vapores. Pero los pesares son cosa distinta».

Chopin moriría en octubre de ese año, y al enterarse Delacroix escribe: «¡Qué gran pérdida! Tanto bribón que sigue en su sitio, mientras que esta bella alma acaba de desaparecer!». Se ha dicho que Chopin y Delacroix tenían el mismo escepticismo ante las multitudes, compartían el gusto por lo clásico y un dios común: Mozart. Chopin admiraba los lienzos de su amigo y Delacroix a su vez las composiciones de Chopin: «Es el artista más verdadero que yo he encontrado decía el pintor – Es de esos, en pequeño número, que se pueden admirar y estimar».


Del «Diario» de Delacroix he hablado alguna vez en Mi Siglo. Música y pintura como música y literatura se enlazan por esos pasillos de la correspondencia de las artes. Entre otros «Diarios» de pintores hay uno, el de Paul Klee, que también dedica grandes espacios a la música; también pasea, aunque no sea físicamente, por avenidas de composición. «Una melancolía me invade – dice Klee – cuando oigo a Schubert«; «la música me ha consolado a menudo y me consolará si es necesario. Es casi insoportable el pensamiento de vivir en una época de epígonos». En febrero de 1906 escribe: «Adquirí un violín Testore del año 1712 y me deshice de mi viejo instrumento de Mittenwald, barnizado con todo amor. Se enamora uno de los violines. Pero los violines de los que uno se deshace no se suicidan. Y eso es cómodo». Y ese mismo día añade: «En el concierto sinfónico tocamos la excelente Sinfonía de César Franck, la Obertura Cellini, de Berlioz y el vals Mefisto de Liszt«. En otro lugar de su «Diario«, en 1905, Klee recoge su impresión de Casals: «En el quinto concierto sinfónico tocó Casals, uno de los músicos más maravillosos que ha habido en el mundo. El sonido de su cello es de una conmovedora nostalgia. A veces hacia fuera, saliendo de las profundidades, a veces hacia dentro, bajando a ellas. Al tocar cierra los ojos, pero su boca interrumpe un poco esta paz (…) La noche del concierto, Casals se hallaba sentado frente a la orquesta que tocaba la introducción, claramente enfadado. El director volvía la cabeza para mirarlo con ojos implorantes y descubrir lo que pensaba acerca del tempo. El español lo soportó exactamente un compás más, y con unos cuantos movimientos de arco creó el orden necesario. (…) Casals interpretó solo una Sarabanda de Bach«.

Paseos y recuerdos, recuerdos y paseos entre pintura y música.

(Pequeña evocación, hoy, uno de marzo, en que se cumplen 200 años del nacimiento de Chopin: 1 de marzo 1810- 1 de marzo 2010)

(Imágenes: 1.-Chopin, retrato por Delacroix.- wikipedia/ 2.-retrato de Chopin.-wikipedia/ 3.-Chopin tocando ante la familia Radziwill.-wikipedia)

WYNDHAM LEWIS Y EL «VORTICISMO»

Los «ismos» en literatura y en arte han ofrecido siempre sorprendentes Manifiestos.

El 20 de junio de 1914, en la Revista «Blast«, Wyndham Lewis – cuyas pinturas se exponen ahora en Madrid, en la Fundación March – definía el «vorticismo» de la forma siguiente:

«Nuestro vórtice está alimentado por vuestros adelantos, hombres: pollos burgueses. Nuestro vórtice está orgulloso de sus superficies pulidas. Nuestro vórtice no escuchará otra cosa que su danza desastrosa y sin relieves. Nuestro vórtice desea el ritmo inmóvil de su rapidez. Nuestro vórtice se arroja como un perro rabioso contra vuestra batahola impresionista. Nuestro vórtice es blanco y abstraído de su cadente rapidez. El vorticista está en el punto máximo de energías cuando más inmóvil está. El vorticista no es esclavo de la conmoción, sino su amo. El vorticista no sorbe la leche de la vida. Deja que la vida conozca su lugar en un universo vorticista. No existe el presente: existen el pasado y el futuro, y existe el arte. Todo momento que no sea débilmente relajado y regresivo, o – por otra parte – optimistamente soñador, es arte. «La Vida de veras», o presunta «Realidad», es una cuarta cantidad, hecha del pasado, del futuro y del arte. Nuestro vórtice desprecia e ignora este impuro presente«.

Firmado por Wyndham Lewis – pintor, novelista y crítico – este manifiesto quedó expresado, según recuerda con su precisa erudición Guillermo de Torre en su «Historia de las literaturas de vanguardia» (Visor), en una hoja tamaño sábana en el primer y único número de la revista «Blast«, donde colaboraban Ezra Pound, el escultor francés Gaudier- Brzeska, Ford Madox Ford, Rebeca West y T. S. Eliot, entre otros.

Precisamente a Eliot – como haría con Ezra Pound – dedicó Lewis uno de los retratos que ahora se exponen en Madrid. Empezó a pintar a Eliot en la primavera de 1949 y le comentó que deseaba que apareciese « con el cuerpo ligeramente inclinado…, como en una resignada anticipación de lo peor«. Cuando terminó Lewis el retrato, Eliot, sin decir nada, le pagó al pintor y escritor muchas más libras de lo convenido, y esa generosidad del gran poeta y dramaturgo permaneció sienmpre oculta, no mencionándose ni siquiera en sus cartas. Las relaciones entre Eliot y Lewis se extenderían  en el tiempo y algunos de los primeros poemas de T. S. Eliot aparecieron en «Blast«.

«Nosotros [los Vorticistas], -había dicho Ezra Pound en 1915 – no gozamos de los arreglos de formas y colores como elementos centrales del Arte, ya que estos arreglos solo son aspectos aislados que existen en la naturaleza. Pero nada existe verdaderamente aislado en la naturaleza. Los arreglos de formas y colores deben ser expresiones del creador, como los arreglos musicales de Mozart no son formas ni colores, sino expresiones«.

El «vorticismo» fue uno de los más efímeros ismos que nunca hayan existido. Parece haber significado una expresión puramente personal de Wyndham Lewis. Predicó una suerte de clasicismo. «Pero ¿cuál? – se pregunta Guillermo de Torre -. Si hubo un»vórtice«, un torbellino, fue, pues de confusión y no de decantaciones». Este movimiento artístico y literario comenzado hacia 1912 perdió vigencia después de 1920.

Ahora varias pinturas de Wyndham Lewis se exponen en Madrid hasta el 16 de mayo. Pinturas del hombre que dejó escrito en la revista «Blast«: «En Inglaterra, lo más cercano a un gran artista francés tradicional es un gran artista inglés revolucionario».

(Imágenes.–Wyndham Lewis: 1.-«Una batería bombardeada» (1919/ 2.-retrato de T. S. Eliot/ 3.-retrato de Ezra Pound/ 4.-Los vorticistas en el restaurante de la Torre Eiffel en 1915.-Tate.-gerrypinturavisual)

EL «DARNIUS COLLEGE»

Varias veces en Mi Siglo he hablado de mi abuelo Dante, el Premio Nobel.

Pero él nunca había desaparecido de casa. Nunca. Y esta vez sí lo ha hecho.

Ha desaparecido. Sí. Realmente ha desaparecido.

Viene desolada mi tía Caterina. Extiende sus cabellos rubios por todo el cuarto. Llora como una Magdalena.

–¡Caterina está llorando como una Magdalena! –avisa mi hermana corriendo por el pasillo.

–¡Llora como una Magdalena! –repite mi otro tío Byron, enormemente asustado.

–¡Está llorando igual que una Magdalena! –insiste mi hermana Amuhka impresiona­da.

Yo oigo los gritos mientras mi madre me está acabando de arreglar para ir al colegio. Hoy es mi primer día de colegio.

–Entras en clase –me dice mi madre estirándome el gran lazo azul que me ha puesto en la pechera de la chaqueta– y te portas bien. Que no tengamos queja de ti.

Yo digo que sí subido en la silla, mientras mi madre me ata los zapatos. Sin embargo, estoy pendiente de los gritos de mi tía Caterina que resuenan por toda la casa.

–¡Llora como una Magdalena! –repite mi tío Byron– ¡Algo habrá que hacer, habrá que calmarla!

–¡Está llorando, la pobre, como una Magdalena! –confirma Blasa desconcertada, yendo de un lado para otro.

Sólo mi madre conserva la tranquilidad. Está representando de repente el papel de Madre total y se ha puesto de pie en medio de los llantos y de las lamentaciones, dirigiendo el tráfico de la emoción.

–¡Vamos a ver! ¿Qué ha pasado aquí?

Pasa, que ha desaparecido mi abuelo. Eso es lo que ha pasado.

Yo me entero a través de la rendija de una puerta, mientras me bajo de la silla, mientras cojo la cartera.

–Tú te vas al colegio ahora mismo –me dice mi madre–. No puedes llegar tarde ya el primer día.

El Darnius College está en las afueras de la ciudad. Voy andando, mirando en la calle los saltimbanquis, entreteniéndome con el circo.

Cuando llego, me asombran los pasillos interminables de este colegio, sus paredes desnudas y frías, las vidrieras altísimas de los ventanales, el eco, cómo se alarga el eco.

Están colgados retratos de famosos ex-alumnos en las paredes del claustro. Enormes retratos en blanco y negro, enmarcados en madera oscura.

–Éste es Franz Kafka, un excelente alumno –me explica un profesor al pasar.

–Éste es Sigmund Freud, que terminó hace años –me señalan otro retrato.

–Éste es Darwin –me dicen de otro. Y enseguida me preguntan–: Tú, por cierto, ¿cómo te llamas?

Darnius. Me llamo Darnius. Juan Darnius –contesto.

–¿Pariente de este Darwin?

–No. Los Darnius sólo somos parientes de los Darnius. Únicamente de ellos.

Ya en clase sigo preocupado por mi abuelo Dante, el escritor. ¿Dónde estará? ¿Qué le habrá pasado? Un Premio Nobel no puede desaparecer así como así. ¿Dónde estará metido?

Es como si esta mosca que vuela encima de mi cuaderno se llamara Dante y volara Dante como una distracción arriba y abajo, adelante y atrás, a izquierda y a derecha, se posara sobre esa bola rapada del chico que tengo delante, el chico se rascara la nuca y Dante empezara a volar otra vez haciendo giros y giros en el aire, cabeza abajo, con los motores apagados, haciendo demostraciones increíbles, sin luces, sin manos, en pura acrobacia hasta llegar a la ventana y aterrizar allí, sobre el cristal, entre el polvo, para comenzar a frotarse las patas.

–¡Darnius! –oigo el grito del profesor– ¡Usted se distrae con el vuelo de una mosca! ¡Mire su libro! ¿Qué estamos leyendo?

Miro el libro. Nado en el libro. Buceo. Voy y vengo afanosamente de la orilla derecha a la orilla izquierda de la página, me hago dos largos con el ojo. Nada. Me pregunto igual que el profesor: «Eso. ¿Qué será lo que estamos leyendo?».

–¿No lo sabe?

–No.

–¡Pues esté más atento!

Pero yo sólo estoy atento a que dé la hora y a que pueda volver corriendo a casa para ver qué le ha podido pasar a mi abuelo.

Cuando llego a casa sigue llorando en el salón mi tía Caterina: todo su pelo rubio está extendido en abanico igual que un pavo real. Llora como una Magdalena.

–El abuelo sigue desaparecido –me dice angustiada mi madre–. No sabemos dónde está. Igual lo han raptado. Es un misterio. ¿Qué tal te ha ido en el colegio?

–Bien –contesto.

Veo en el salón la misma mosca que he visto esta mañana en el pupitre. ¿La misma? Sí, porque es negra, pequeña, despega de pronto de la mano de mi madre, se eleva a la altura de la barbilla de mi tío Byron, toma allí más impulso y evoluciona en acrobacias, con el piloto automático puesto, en torno a la oreja de mi hermana para caer en picado sobre el prado amarillo del pelo rubio de mi tía Caterina que llora como una Magdalena.

–¿Qué miras? –me dice mi madre.

–Nada –contesto.

El día se pasa rápido. Por la noche el llanto de mi tía se hace más dulce, más fluido, el hilo de agua de su llanto encuentra su cauce en las campanadas del reloj del comedor. Se va acunando a cada compás. En las medias, mi tía Caterina llora algo más, en las horas llora menos.

Al siguiente día, en el Darnius College, la mosca asiste conmigo a clase de Matemáticas, a Historia, a Dibujo, falta en Lengua y vuelve a aparecer en Geografía. Es una mosca amiga.

–¿En qué página estamos leyendo, Darnius? –me sobresalta el profesor.

No lo sé. Yo siempre estoy pensando en mi abuelo. ¿Qué le habrá pasado?

Bajamos al comedor al mediodía, en filas interminables, de dos en dos, parecemos hormigas grises con nuestros uniformes iguales.

Bajamos.

Bajamos aún más.

Aún seguimos bajando. ¿Dónde vamos?

Luego empezamos a subir escaleras.

Más escaleras.

Llegamos a la azotea.

Damos la vuelta, de dos en dos, a la azotea del colegio, a la terraza, yo aprovecho para contemplar la ciudad, los tejados, las chimeneas, yo nunca había visto la ciudad desde las terrazas del colegio. Es un espectáculo único.

Luego bajamos.

Por esta parte hay andamios, debemos ir con más cuidado, la fila no debe romperse, yo voy mirando dónde pisa el compañero de delante, en qué charco, cómo apoya la suela en la madera cruzada y en el escalón roto, cómo sortea los cubos de pintura y las herramientas. Le voy marcando el camino al que viene detrás. «No te apoyes en mí –le digo–, que nos caemos, y la fila no puede romperse».

Seguimos bajando.

Bajamos más.

Ahora estamos descendiendo a los sótanos del colegio, esta escalera de caracol es un embudo metálico que resuena bajo nuestros zapatos. Yo miro hacia arriba y veo bajar a todos los que faltan y que son decenas, quizá cientos, todos iguales, todos haciendo ruido en la escalera de caracol.

Bajamos hasta los cimientos del colegio, hasta unos túneles de tierra que sostienen el colegio entero, hasta galerías abiertas en la piedra que apenas tienen luz.

«Está lejos el comedor del Darnius College«, me voy diciendo con hambre. «Sí. Está lejos».

Subimos.

Volvemos a subir por una zona lateral, subimos al primer piso, luego al segundo. Desde allí, por los ventanales, puede verse una magnífica panorámica de la ciudad. Muy distinta a la de las azoteas, pero también apreciable.

Empezamos a recorrer ahora el segundo piso en sentido horizontal, vamos de este a oeste por los claustros, de dos en dos por los pasillos. Luego giramos en redondo, atentos a la palmada del profesor, y volvemos de oeste a este hasta llegar a una esquina, allí emprendemos de norte a sur otro pasillo bajo los enormes cuadros que nos miran, bajamos dos pisos más, llegamos a la planta baja y abrimos la puerta del inmenso comedor.

Estamos todos de pie ante nuestros platos y vasos sobre las mesas desnudas.

–Esto que hemos recorrido –nos dice el profesor de pie, antes de empezar a comer– se llama pasillo kafkiano, en honor de un célebre ex-alumno, Franz Kafka, que aquí estuvo. Pueden comer.

Yo no como. Estoy pensando dónde estará mi abuelo Dante. No me entero ni de lo que comen los demás.

Esa noche, ya en casa, como no veo a mi tía Caterina, pregunto qué ha pasado.

–¿Se ha encontrado al abuelo?

–No –me dice mi madre desolada–. No sabemos dónde está.

–¿Y Caterina?

–Está con tu hermana. Sigue llorando. Tu hermana la hace compañía.

No puedo dormir esa noche. Me es imposible dormir.

Al día siguiente, en el Darnius College, no me entero de nada. «He perdido a mi abuelo, el escritor, para siempre», me digo en el pupitre. «Para siempre. Para siempre. He perdido a mi abuelo para siempre».

Cuando explican en clase el darwinismo y el profesor pregunta si alguno cree descender del mono, no me interesa nada.

Cuando el profesor nos habla de Freud y nos pregunta si alguno se ve freudiano, no me interesa nada.

Cuando al mediodía subo, bajo y vuelvo a subir por los pasillos kafkianos hasta llegar al comedor, nada, absolutamente nada me interesa. Sigo sin apetito. Me niego a comer.

Me interesa sólo ver a mi abuelo. Que aparezca Dante, mi abuelo.

Por la tarde me sacan a la pizarra.

–Vamos a ver, Darnius, ¿qué es el darwinismo?

¡Otra vez! No me interesa nada.

Puesto que ni como ni duermo desde hace dos días veo a la clase emblandecida, caída hacia un lado, como si se escurriera hacia las ventanas.

–Usted, Darnius, ¿no es familia de Darwin?

–No, señor profesor. No soy familia –digo con la tiza en la mano.

–Pues yo creía que los Darnius eran familia de los Darwin –me dice el profesor desde su estrado.

Lo veo caído en su silla al profesor, lo veo líquido.

–Pues no, señor, no somos familia –le contesto.

–Entonces, ya que está usted ahí, en la pizarra, ¿por qué no nos habla de los Darnius? Ustedes, como los Darwin, ¿creen descender de los monos?

–Nosotros no somos familia de los Darwin, profesor, ya se lo he dicho.

–Entonces, ustedes, los Darnius, ¿de quién descienden?

–Nosotros no descendemos de nadie. Nosotros descendemos sólo de los Darnius, señor. Es que somos los Darnius.

–Bien –dice el profesor–. Ya puede volver a su sitio.

Por la noche sigue sin encontrarse a mi abuelo.

Así llevamos tres días.

Se han perdido todas las esperanzas. Absolutamente todas.

Me quedo sentado en la cama, con las rodillas encogidas. Así estoy, entristecido y pensativo, horas y horas.

¿De verdad se han perdido todas las esperanzas?

No, yo no lo creo.»

José Julio Perlado: (del libro «Nosotros, los Darnius«) (relato inédito)

(Imágenes;.-1.-hombre caminando en un edificio de Tokio.-foto Toru Hanai.-Reuters.-TIME/ 2.-Biblioteca do Palacio e Convento de Mafra.-Lisboa.-curiosus expeditions/ 3.-George Peabodys Library.-Baltimore.-USA/ 4.-comedor.-Selwyn College.-sel.cam)

JUGADORES DE CARTAS

«Se quedaba parado ante «Los jugadores de cartas«, atribuido a Le Nain.

-«Así me gustaría pintar a mí…», decía Cézanne.

Me llevaba con frecuencia ante ese cuadro en el que unos soldados de un cuerpo de guardia -uno viejo; otro muy joven y rubio, en postura afectada -están acabando una partida». Así lo cuenta Joachim Gasquet en «Cézanne. Lo que ví y lo que me dijo» (Gadir). » Durante toda su vida – añade – quería sentar en una alquería del Jas, bajo la campana de la chimenea común, en torno a una botella y en sillas rústicas, a unos rústicos jugadores de cartas. (…) Toda la humilde gloria del Jas, toda el alma virgiliana del pintor dialogan en esa pintura para siempre».

Cézannedice por su parte Henri Perruchot al relatar su «Vida»  (Hachette) -, no va a buscar lejos sus modelos: son en general los aldeanos de la granja del Jas, sobre todo uno de ellos, el jardinero Paulet, a quien llaman el tío Alexandre. Su paciencia para soportar, inmóviles y silenciosos, largas poses, colma al pintor. Cézanne ante ellos se anima, se hace expansivo y viviente». Elige al principio una tela de grandes proporciones, con cerca de dos metros de extensión. Pinta en ella cinco personajes: tres de ellos jugando, mientras que los otros dos miran. Pero pronto empieza de nuevo de otra forma. «Toma telas más pequeñas. Reduce el número de personajes, pasando a cuatro, luego a dos. Suprime lo que no es primordial. Se esfuerza en la línea, en el color, en la arquitectura del conjunto, hacia una sobriedad, hacia una sutileza que parecen, una vez adquiridas, divinamente fáciles, pero que jamás se obtienen sino al precio de laboriosas paciencias y de obstinados recomienzos».

Pero las cartas siguen su curso. También sigue su curso la suerte, igualmente la habilidad en las manos, la simulación, la provocación, el desdoblamiento de personalidad en el jugador, ése que finge una aparente seguridad , también el cálculo, el arrojo. Vuelan las múltiples combinaciones ante la mesa, se arrrojan astutamente los naipes y se vuelven a recoger con presteza entre muecas y guiños: todo eso lo estudió muy bien Roger Caillois en su «Teoría de los juegos« (Seix Barral).

El fotógrafo canadiense Jeff Wall ,  por su parte, que suele realizar fotografías manipuladas, creó esta escena en 2006, en «Cézanne y más allá» (Museo de Arte de Filadelfia) , como homenaje al francés. Quiso con ella demostrar que la influencia del gran artista ha perdurado durante más de un siglo, convirtiéndose – dijo – en «el maestro de todos nosotros«, como Matisse señaló.

Céanne absorto ante Le Nain.

Jeff Wall absorto ante Cézanne.

El juego continúa.

(Imágenes:- 1.-jugadores de cartas.-Le Nain/.-2.-jugadores de cartas.-Cézanne/ 3.-jugadores de cartas.-Jeff Wall.-«Cézanne y más allá».- TIME)

«MEMORIAS DE ÁFRICA» : 25 AÑOS

Se cumplen ahora 25 años de la película «Memorias de África« y copio aquí mi reciente artículo en Alenarterevista sobre Isak Dinesen:

Quizá la imagen más representativa de la baronesa Blixen – Isak Dinesen – sea aquella que vimos en la película “Memorias de África” cuando cordiales acompañantes de la fascinante mujer le proponían – en el aire nocturno, a los pies de las fogatas y junto a una tienda de campaña, o en el amable ambiente de una cena – que prosiguiera los arabescos de un cuento creado con una sola palabra, suscitado por un único vocablo: es decir, que la escritora ejerciera su capacidad de fabulación, las mil y una noches inventadas de un relato que recorría el mundo de la fantasía, frases eslabonadas de un texto insospechado.

Quedaban los asistentes atónitos al escucharla, como quedamos asombrados los lectores cuando nos adentramos en sus “Siete cuentos góticos”, publicado en 1934, en sus “Cuentos de invierno”, en “Ehrengard”, en “El festín de Babette”, en “Carnaval” o en “Ultimos cuentos”. Hemingway, al recibir el Premio Nobel, señaló que ese galardón debía haber sido adjudicado a Isak Dinesen, y lo cierto es que su capacidad de invención permitía que sobresaliera de su prosa esa gran pregunta que los niños y los mayores hacen – pero sobre todo los niños – :”Y entonces, ¿qué ocurrió?”, “Y después, ¿qué pasó?”. Porque siempre pasa algo en la vida, que eso es lo que más nos interesa, no sólo lo que está pasando sino lo que va a pasar, la escondida sucesión del presente que estamos viviendo, aquello que aún no ha llegado pero que ya nos espera en la esquina del día, la invención del más allá que sólo un narrador-poeta nos puede revelar

“La baronesa – la retrató Truman Capote -, que pesa como una pluma y es tan frágil como un puñado de conchas, recibe a sus visitantes en un salón amplio y resplandeciente, salpicado de perros dormidos y calentado por una chimenea y una estufa de porcelana; en el salón, como creación imponente surgida de uno de sus propios cuentos góticos, está sentada ella, cubierta de peludas pieles de lobo y tweeds británicos, con botas de piel, medias de lana en sus piernas, delgadas como los muslos de un hortelano, y frágiles bufandas color lila rodeando su redondo cuello, que un anillo sería capaz de abarcar”. Pero esta mujer en apariencia frágil es una escritora de acero. Cuando se le preguntaba si reescribía muchas veces sus cuentos, contestaba: “Oh, sí, lo hago. Es infernal. Una y otra y otra vez”. Es decir, el brote de la idea y su explosión creadora era retocada y pulida y despojada de cuanto no fuera esencial. “Pues sólo si uno es capaz de imaginar lo que ha ocurrido – decía -, de repetirlo en la imaginación, verá las historias, y sólo si tiene la paciencia de contárselas y volvérselas a contar, será capaz de contarlas bien”.

Por tanto esta moderna Sherezade no sólo lanzaba al aire la fabulación sino que en el aire mismo lograba la artesanía del oficio, habilidades de repetición y de corrección, el logro de una seducción conmovedora. Nacida en Dinamarca, en una casa a orillas del mar, a medio camino entre Copenhague y Elsinor, su vida en África– sus amores truncados, la enfermedad, sus experiencias en las plantaciones –  despertarían luego su fascinación imaginativa, la escala de una fantasía prodigiosa. Divertía, entretenía a sus oyentes: las grandes fogatas nocturnas para escucharla podían trasladarse a las pequeñas chimeneas de los despachos en lecturas sosegadas, a la quietud bajo un árbol exótico o al dormitar silencioso de una almohada. Lo importante en Isak Dinesen es ese collar de anécdotas que nos cuenta, la sorpresa que nace de la primera palabra sugerida, y cómo esa palabra llama a sus hermanas en las frases, las frases convocan a los párrafos y los párrafos, corriendo, se acumulan y se desgajan para extender el tapiz de una historia, ese tapiz nos eleva sobre la realidad y volamos de pronto encima de la literatura.

(Imágenes tomadas de Alenarterevista)