«El murmullo de la contemplación le hacía decir a Sábato con sus problemas de vista:» Cuando me leen un fragmento de Los hermanos Karamasovse produce en mí como una vibración física, corporal. Algo que me atraviesa y corre por mi sangre. Pienso que se debe a que la literatura no ha sido para mí una actividad separada de la vida (…) Debería pensarse en esto ahora que la literatura y el arte en general están tan desacralizados. Debería pensarse seriamente el valor que tienen en la vida del hombre las grandes narraciones». Las conflictivas relaciones entre Dmitri, Ivan, Smerdjakov y el adolescente Alëša, los diálogos, las confidencias, las confesiones de los espíritus enfrentados de los Karamasov no pueden liquidarse con esa frase sintética de muchas gentes al concluir un vídeo: “Ya lo he visto”, dicen. Y no volverán a él nunca más. Lo han visto resumidamente, pero es muy probable que no lo hayan contemplado, no se han adentrado, no ya en las descripciones decimonónicas de las habitaciones, sino en los matices de las tormentas humanas. “Ya he visto El Gatopardo”, “ya he visto La muerte en Venecia”, “ya he visto El doctor Zhivago”. Son visiones (a veces excelsas, a veces incluso superiores a las de las obra literarias, a veces no), pero visiones que únicamente recorren la cinta del lenguaje fílmico, el tratamiento del cine, y que deberían completarse con la lectura. La elegante suntuosidad del estilo de Lampedusa, la finura de composición de Thomas Mann, las poesías de Pasternak que Yuri Zhivago dedica a Lara quedan sin contemplación y sin goce, no se asoma el ojo humano para seguir los rasgos de la pluma del escritor, no se aprende a observar literariamente ni a contar historias (además de en la pantalla) sobre el papel, no se demora uno disfrutando con los pliegues de los párrafos, de los diálogos y de las palabras.
Y si nos vamos a la construcción de ciertas escenas literarias que no han sido llevadas al cine y que no han sido transformadas por el movimiento de la cámara, descubriremos en algunos libros hallazgos llenos de matices y (bajo la apariencia de su naturalidad) toda la dificultad y el dominio que supone escribirlos.
Así ocurre, por ejemplo, entre muchos otros, con el relato «En la linde de los árboles (Alianza) del escritor austriaco Thomas Bernhard en el que, en diversos planos, cuenta cómo alguien que está escribiendo una carta a su novia cuenta a la vez lo que está viendo en esos momentos en la sala de la hospedería en la que escribe, y mientras describe lo que ve, piensa en lo que está escribiendo, y (a la vez que piensa), escribe y mira. Y todo eso casi simultáneamente, todo hábilmente entrelazado:
» Al entrar en la sala [está hablando de una pareja que ha entrado en la hospedería] no me habían visto al principio, pero luego, como vi, se sobresaltaron al verme y me saludaron con la cabeza, pero no volvieron a mirarme. Yo acababa de empezar a escribir una carta a mi novia: que era más sensato, escribí, esperar todavía un poco en casa de sus padres, hasta que yo me hubiera aclimatado en Mühlbach; sólo cuando hubiera conseguido fuera de la hospedería, “posiblemente en Tenneck”, escribí, dos habitaciones para nosotros, debía venir ella. Ella me había escrito en su última carta, prescindiendo de las acusaciones contra sus padres, carentes de comprensión, que tenía miedo de Mühlbach, y yo le respondí que su miedo era infundado. Su estado, decía ella, se había vuelto tan enfermizo, que tenía miedo de todo.»
“Al fin y al cabo hay tres hospederías en Mühlbach”, escribí, pero es imprudente escribir eso, pensé, y taché la frase, tratando de hacerla ilegible, y decidí por fin escribir por tercera vez toda la carta. (En los últimos tiempos escribo todas mis cartas tres o cuatro o cinco veces, siempre para contrarrestar mi excitación mientras escribo una carta, tanto en relación con lo que escribo como con mis pensamientos.) La gendarmería era una buena base para los dos, estaba escribiendo precisamente de mi aumento de sueldo, de unos ejercicios de tiro que se harían a finales de otoño en Wels, cuando los dos, curiosamente la muchacha primero y detrás de ella el joven, entraron en la sala; de la mujer del inspector que estaba enferma del pulmón y perdida, y procedía de la Cilli eslovena. Seguía escribiendo, pero me daba cuenta de que tampoco podría enviar esa carta, los dos jóvenes atrajeron desde el primer instante mi atención; comprobé una falta de concentración súbita y completa por mi parte en relación con la carta y con mi novia, pero seguí escribiendo disparates para poder observar mejor a los dos forasteros fingiendo que escribía. Me resultaba agradable ver de pronto rostros nuevos, en esta época del año, como ahora sé, no vienen nunca forasteros a Mühlbach, y por eso era tanto más extraña la aparición de los dos, de los que supuse que él era artesano y ella estudiante, los dos de Carintia. Luego, sin embargo, me di cuenta de que los dos hablaban un dialecto de la Estiria. Recordé una visita a mi primo estirio, que vive en Kapfenberg, y supe que los dos eran de la Estiria, así hablan allí (…)».
Como se ve, hay aquí toda una serie de movimientos en la escena que una cámara cinematográfica relataría con esfuerzo y sin duda con habilidad, pero esta vez la pericia del lenguaje literario no es ni mejor ni peor, sino distinta y al seguir esos movimientos de la pluma del escritor, esos vaivenes entre la interioridad y lo externo, entre los pensamientos y las acciones, se adquiere sin duda un aprendizaje de cómo dominar bien los resortes de una narración. Cómo intentar ceñir con el estilo todos los planos de una situación».
(J. J. Perlado » El ojo y la palabra», págs 167- 170)
(Imágenes: 1.-Claudia Cardinale en «El Gatopardo» de Visconti -1963/ 2.-Pasternak en Peredelkino.-1958.-Cornell Capa/ 3.–Thomas Bernhard/ 4.- «El proceso» de Kafka, película de Orson Welles/ 5.- Anthony Hopkins y Emma Thompson en «Lo que queda del día», basada en la novela de Kazuo Ishiguro)
«Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida – confesaba Paul Auster hace pocos años -: encerrado en una habitación conlapluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe...» De los cuadernos de los escritores como auténticas casas literarias he hablado varias veces en Mi Siglo. Quizá me he referido menos al movimiento de la mano, al vaivén de los dedos, a los roces de la piel de la palma deslizándose sobre la rugosidad o la tersura del papel mientras las articulaciones se comprimen o danzan. Ahora, el popular tabloide alemán « Bild» eleva la alarma sobre el fin de la caligrafía: la escritura manual, es decir, el conjunto de rasgos que caracterizan la escritura de una persona – dice – se extingue.
La mano ha ido modificando cada vez más sus posiciones, las yemas de los dedos han dominado al fin sobre la mano entera y el cerebro deja manar su fluido precipitado hasta la misma punta de los dedos: en las yemas se condensa todo el pensamiento y el sentimiento del autor, y por tanto una vez más cerebro y mano se hermanan aunque ahora de manera distinta, unión que tantas veces ha tenido lugar en el curso de la Historia: no hay más que recordar el excelente ensayo de Benjamín Farrington, «Mano y cerebro en la Grecia antigua» (Ayuso)dedicado al arte de curar, a la evolución de la medicina griega.
Pero el arte de curar las palabras es otra cosa. Los autores han cuidado y curado las palabras durante siglos sobre el papel, más tarde sobre la máquina de escribir, hoy ante el ordenador. Descubrir el proceso de creación se ha complicado más. Hay autores que no han querido dejar rastro de tal proceso. Así García Márquez, célebre por destruir los borradores de sus manuscritos, y al que, como recuerda Gerald Martin en su biografía, el ordenador no sólo ha cambiado por completo el proceso de su creación literaria, sino que además ha hecho más difícil seguir las fases de su desarrollo.
Cuando Martin evoca el fin de» El amor en los tiempos del cólera» agrega que «a García Márquez no sólo le embargaba elentusiasmo de haber terminado la novela, que inauguraba para él una nueva etapa, sino que también atravesaba por la euforia y la angustia de los usuarios del ordenador de aquellos primeros tiempos. ¿Contaba con una copia de seguridad, serían los disquetes de confianza, dónde podía guardarlos sin miedo a que sufrieran daños o se los robaran? Era muy consciente de ser uno de los primeros escritores célebres– tal vez el más famoso del mundo – en escribir una obra importante con ordenador. Acompañado de Mercedes y Gonzalo, además de su sobrina Alexandra Barcha, voló a Nueva York con los disquetes de la novela atados al cuello».
(Imágenes:- 1.-página del «Diario» de Katherine Mansfield del 6 de septiembre de 1911/ 2.-anotaciones de David Foster Wallace a una obra de Don DeLillo.-foto Harr Ransom Center/ 3.- primera pagina del cuaderno de «Watt», de Samuel Beckett/ 4.-manuscrito de 1984, de George Orwell)
«Ahora que pasan los nuevos libros ante la mirada de los viejos lectores, ahora que pasan los libros antiguos bajo el tacto y las yemas de los dedos en sabios conocedores, las páginas que el aire se lleva dejan volar lo efímero en la tarde, las letras parecen saltar desde las frases y los vagones de los párrafos van y vienen capítulo adelante, entran y salen los vocablos en la cuenca de las miradas, los sentidos, el olor del papel, el gusto por la prosa, todas esas invenciones de los poetas, los versos rizados, aquella mayúscula erguida al inicio, esta coma frágil y desamparada, los verbos ampulosos, los hirientes adjetivos, todo el oro de la creación, las fatigas de los escritores, unos desvelos nocturnos al crear, los miedos temiendo el fracaso, los detalles, los remates finales, aquellas gestiones con editores, esa violeta depresión creyendo estar seco, seco, un páramo sin ideas, los amaneceres violentos, los atardeceres ardientes, noches de vigilia buscando el tono, puliendo el estilo, lecturas, lecturas, acariciar los lomos de los clásicos, sortear los índices, sumergirse en documentación, perfilar personajes, hacerlos creíbles, volcar la confesión del alma, todo lo que nunca se dijo y ahora se vierte en desahogos, la infancia, el primer libro que leí, aquella mano de mi madre, mi primera escritura, la última, la que más me costó, aquella otra que salió deprisa y disparada, recién nacida de la pluma, la pluma que corría, recuerdo que yo iba tras ella y nunca la alcanzaba, iba la imaginación delante de la técnica y piensa uno que el último libro va a ser el más fácil y sin embargo es inicio, siempre inicio, siempre recomenzar, intentar continuamente, retocar, se van tallando las hojas que sobran, hojas de adjetivos, hojarasca brillante pero no eficaz, se van cortando las ramas que ocultan al tronco, sale el tronco esbelto, radiante, una historia que parece única, insólita, que nadie aún ha escrito, una historia que jamás se leyó, una historia al fin encuadernada, ilustrada, protegida, cuya cubierta descansa horizontal, abierta al cielo, abierta a todos los ojos, tendida entre los libros del mundo esperando que alguien se acerque en esta Cuesta de Moyano madrileña, vivo cementerio de libros antiguos, y se detenga al pasar».
Así escribí – de los viejos libros al pasar – no hace muchas semanas en Alenarterevista
«Descubro en una librería de viejo – cuenta el siciliano Leonardo Sciasciaen su «Diario» – «Negro sobre negro» (Bruguera) -, un ejemplar de «La condición humana» deAndré Malraux con esta dedicatoria autógrafa: «A la lectora desconocida«. Bajo la firma, tal como Malraux suele hacer, hay un dibujito de pocos trazos, un pájaro que se parece al avestruz de las ediciones Einaudi.
Es un ejemplar de la 40 edición, 1933. Pero la particularidad casi increíble, y que todavía hace más misteriosa la dedicatoria, es la siguiente: está sin abrir. En cuarenta y tres años no ha encontrado «a la lectora desconocida«. Y considerando – prosigueSciascia – que también yo lo dejaré sin abrir ( ¿ y cómo podría atreverme a cortar las páginas, si soy un lector, y sería además un relector ?), el libro se ha convertido en un monumento a la lectora desconocida, a la lectora que no leerá nunca. Se ha convertido, en suma, en un apólogo y un símbolo, ha entrado en la circularidad del libro que persigue a su lector, y que nunca lo alcanza. (…) Hemos llegado al único, exclusivo lector: es inalcanzable».
Es casi el germen de un cuento.
Veo en silencio el estante donde reposa alineado este libro permanentemente cerrado y dedicado a la «lectoradesconocida» y veo también acercarse a esa lectora desconocida que duda si tocar o no ese misterioso libro. Al fin prefiere alejarse. Nunca descubrirá que esa dedicatoria estaba destinada únicamente para ella.
«En la tibieza del atardecer, Luis de Miranda, mitad clérigo y mitad soldado, atraviesa la aldea de Buenos Aires, caballero en su mulo viejo – escribeMujica Láinezen «Misteriosa Buenos Aires«, su bellísimo libro de cuentos donde se extiende la historia de la ciudad -. Va hacia las casas de las mujeres, de aquellas que los conquistadores apodan «las enamoradas», y de vez en cuando, para entonarse, arrima a los labios la bota de vino y hace unas gárgaras sonoras. Por la ropilla entreabierta, en el pecho, le asoman unos grandes papeles. Ha copiado en ellos esta mañana misma, los ciento treinta y dos versos del poema en el cual refiere los afanes y desengaños que sufrieron los venidos con don Pedro de Mendoza. Describe a la ciudad como una hembra traidora que mata a sus maridos. Es el primer canto que inspira Buenos Aires y es canto de amargura. Cuando revive las tristezas que allí evoca, Luis de Miranda hace un pucherillo y vuelve a empinar el cuero que consuela. Tiene los ojos brillantes de lágrimas, un poco por el vino sorbido y otro por los recuerdos; pero está satisfecho de sus estrofas. A la larga los fundadores se lo agradecerán. Nadie ha pintado como él hasta hoy las pruebas que pasaron».
Las ciudades y los escritores, Buenos Aires y los escritores. «Siempre he sentido que hay algo en Buenos Aires que me gusta – le decía Borges a María Esther Vázquez -. Me gusta tanto que no me gusta que le guste a otras personas. Es un amor así, celoso. Cuando yo he estado fuera del país, por ejemplo en los Estados Unidos, y alguien dijo de visitar América del Sur, le he incitado a conocer Colombia, por ejemplo, o le recomiendo Montevideo. Buenos Aires, no. Es una ciudad demasiado gris, demasiado grande, triste – les digo -, pero eso lo hago porque me parece que los otros no tienen derecho de que les guste. Además, generalmente lo que les agrada a los extranjeros es lo que nunca le importa a uno».
Las ciudades y los escritores, Buenos Aires y los escritores.
“Lo que me ha importado al escribir sobre Buenos Aires – me decía hace unos años Mujica Láinez – ha sido tratar de exaltarla, creándole los mitos de los cuales esa ciudad carece, porque las grandes ciudades europeas los tienen hace mucho tiempo; la mía, tenía elementos con los cuales se la podía rodear de un hálito mítico; en los cuentos de Misteriosa Buenos Aires, una de las cosas que busqué fue el vincular esta ciudad tan remota con ciertos temas universales«.
Las ciudades y los fotógrafos, Buenos Aires y los fotógrafos.
«La Quinta Sinfonía» de Schubert –escribe en su «Diario» Julien Green – no puedo oirla sin un poco de melancolía porque me recuerda la juventud y, sobre todo, un momento de embriaguez que tuve bajo el pórtico del antiguo Trocadero cuando yo tenía menos de treinta años. No la noche, no, sino una mañana delante de la ciudad que yo veía extendida a mis pies en todo el resplandor de la luz de abril. Yo sentía mi fuerza, la alegría rebosándome el corazón, la inefable belleza de la vida, de ese don prodigioso cuyo valor solo apreciamos como un relámpago, la gracia de existir habiendo podido no ser, la promesa de felicidad que el cielo y la tierra nos presentan a esa edad. Todo eso lo vuelvo a encontrar en la música, pero ¡ay!, el viejo Trocadero ha desaparecido de manera innoble. Queda la música y queda el recuerdo».
(Música y literatura en la semana en la que se ha celebrado – 21 de junio – la Fiesta de la Música)
(Imagen:- Berthe Morisot.-vista de París desde el Trocadero.-1872.-Museum of Art Santa Bárbara, California)
Cuenta Joan Miróque «Cocteau se encontró un día sentado por casualidad al lado de Giacometti en un café deMontparnasse. A Cocteau le fascinó la cabeza de Giacometti, esa cabeza extraordinaria que tenía. Inició la conversación y Giacometti le dijo que era escultor. Al día siguiente, Cocteau corrió a ver al galerista Pierre Loeb y le dijo que había descubierto un escultor y que debía ponerse inmediatamente en relación con él: que no había visto sus obras y que ignoraba por completo lo que hacía, pero que había visto su cabeza y que esa cabeza no podía engañarle. Para Giacometti así empezó todo: ¡con su cabeza descubierta por Cocteau!«.
Luego esta cabeza afiló y estilizó las cabezas de los demás hombres hasta hacerlas casi un punto sobre el alambre, y el alambre, con sus dos piernas finísimas, echó a andar esbelto – y siempre solitario – por las calles y plazas, tal y como he recordado varias veces en Mi Siglo siguiendo los pasos de este único escultor. «Las célebres plazas de Giacometti – comentó a su vez Raoul- Jean Moulin – son lugareslimitados por un zócalo, donde unos hombres se cruzan y se ignoran, con su paso largo e igual, habitados solo por su soledad, prisioneros de su situación. Pero, más aún que su disposición, decidida sin ser calculada, su naturaleza les obliga a no encontrarse jamás.».
«Desde hace años – confesóGiacometti – creo que mañana seré más avanzado que hoy, que veré más lejos. Todas las esculturas de nuestra época, como las del pasado, un día terminarán hechas pedazos. Entonces es cuando se verá que un fragmento deRodin nos dice tanto, más acaso, que la estatua entera. Así, importar trabajar la obra en los menores repliegues, cargar de vida cada parcela de materia».
(Imágenes:- 1.-Alberto Giacometti.-vincentstrauss wordpres com/ 2.-Giacometti y su madre en su casa.-1960.-foto Ernst Scheidegger/ 3.-Giacometti.-plaza de la ciudad.-1948/ 4.- estudio de Giacometti.- foto Ernst Scheidegger.-Craig Krull Gallery)
«Así el mal público va entrando en casa de todos, uno por uno – recuerdaDemóstenesen su «Discurso sobre la embajada fraudulenta», del año 343 -, y las puertas del patio ya no quieren detenerlo, y por encima salta del elevado muro y en todos los casos encuentra a su presa aunque, huyendo, se halle en el recoveco de una habitación. Eso es lo que mi ánimo me incita a enseñar a los atenienses, que una mala legislación acarrea a la ciudad muchísimos males; en cambio, una buena todo lo hace brillar en orden y buen ajustamiento, y muchas veces a lo injusto pone trabas, alisa lo escabroso, pone fin a la hartura, enfosca la insolencia, seca, según van brotando, las flores del desatino, endereza torcidos veredictos y soberbias obras amansa…»
«En poco tiempo crece la felicidad de los mortales – cantaPíndaro -, pero del mismo modo se derrumba, sacudida por abominable sentencia. ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? El hombre es el sueño de una sombra. Mas cuando llega el don divino de la gloria, se posa en los hombres un luminoso resplandor y una existencia grata».
Releo estos párrafos mientras vuelvo al muy interesante libro de la gran filóloga y helenistaJacqueline de Rommilly, «¿Por qué Grecia?» (Debate), que entrepalabras y leyes, libertades y mitos, me lleva suavemente desde las olas antiguas del tiempo hasta la orilla de la actualidad.
» – Entonces, ¿usted jamás pinta ante el modelo? –le preguntaron aBonnard en 1943 .
– Sí, pero me aparto de él de vez en cuando, examino la pintura, regreso, vuelvo a marcharme más tarde, y no me dejo absorber por el objeto en sí mismo; todo lo hago en mi estudio. En resumen, que se produce un conflicto entre la idea inicial, que es la buena, la del pintor, y el mundo variable y variado del objeto, del tema que ha sido origen de la primera inspiración».
En alguna ocasión he hablado en Mi Siglo de PierreBonnard y en varios momentos me he referido también a ese «paso atrás» en la creación – es decir, alejarse, tomar perspectiva -, tan esencial en el trabajo de escritores y artistas.
«Los pintores que han podido enfrentarse directamente al modelo son escasos – seguía diciendo Bonnard -, y los que han podido escapar a él lo hicieron gracias a sus métodos personales de autodefensa. Cézanne, puesto ante el modelo, tenía una idea sólida de lo que quería hacer, y no tomaba de la naturaleza más que lo que estaba en relación con su idea. A menudo le ocurría que se quedaba quieto, tomando el sol como una lagartija, sin siquiera tocar un pincel. Y así lograba esperar a que las cosas volvieran a ser tal como habían entrado inicialmente en su concepción».
«Renoir pintaba ante todo Renoirs – continuaba explicandoBonnard -. A menudo tenía modelos de piel grisácea, en absoluto anacarada, y él se la pintaba anacarada. Se servía del modelo para un movimiento, para una forma, pero no copiaba; jamás perdió la idea de lo que podia hacer. Me paseaba un día con él, y me dijo: «Bonnard, hay que embellecer».
«Monet, en cambio, pintaba el modelo, pero durante los primeros diez minutos. No daba tiempo al modelo para que llegara a apoderarse de él. Y se incorporaba al trabajo cuando la luz correspondía con lo de su primera visión. Sabía esperar: tenía siempre varios cuadros comenzados».
Apartarse de la creación, alejarse de la obra en curso, adquirir perspectiva, volver luego a ella. Saber esperar. Grandes lecciones para grandes trabajos. Cuestiones quizá para no olvidar.
(Imágenes.-1.-Pierre Bonnard.-un rincón de París.-1905/ 2.-Pierre Bonnard.-taller con mimosa/ 3.-Pierre Bonnard.-Saint Tropez.-1909/ 4.-Pierre Bonnard.-1910/ 5.-Pierre Bonnard/ 7.- Pierre Bonnard en su estudio.-Henti Cartier- Bresson.–1944)
«¡ Y qué triste estaba también Brujas en aquellas últimas horas de la tarde! Es así como él la deseaba. Por esa misma tristeza, la había elegido y había ido a vivir allí después de la gran tragedia. Antes, en los tiempos felices, cuando viajaba con su mujer y juntos llevaban una vida llena de fantasía y un tanto cosmopolita – en París, en el extranjero, junto al mar -. antes había venido con ella, de paso, sin que aquella gran melancolía pudiese influir en su alegría. Pero más tarde, ya solo, se había vuelto a acordar de Brujas y había intuido al instante que a partir de aquel momento, tenía que fijar allí su residencia».
Así lo escribe Georges Rodenbach en su novela lírica y dramática «Brujas, la muerta«, publicada en 1892 (Vaso Roto). Estudiada como uno de los exponentes de la narración de Fin de Siglo,Mallarmé dijo de Rodenbach que era» uno de los artistas más puros y exquisitos. Es un maestro de la sensación. Puede decirse que percibe analogías y descubre relaciones por el tacto y el oído, hasta el punto de que, aunque indiscreto, sería curioso saber si no es la sensación la que sugiere su pensamiento».
¿Era Brujas entonces una ciudad muerta? ¿Es Venecia ahora una ciudad muerta? Byron, Musset, Gautier, Taine y Wagner, entre otros, quisieron comenzar a tejer a finales del XlX el mito de Venecia como ciudad muerta. Muchas veces he hablado de Venecia en Mi Siglo. Pero se han estudiado varias ciudades más como posibles «ciudades muertas«. «Toledo – opina, por ejemplo,Hans Hinterhäuser al comentar las figuras ymitos del Fin de Siglo (Taurus) – es ciudad muerta y lugar místico, aunque de modo diferente a Venecia y con mayor intensidad que Brujas«. Los pasos en Toledo entre Grecos que cruzan van unidos al vaivén de las góndolas ante iglesias y palacios acuáticos y también a las nieblas de Brujas envolviendo a la melancolía.
Las ciudades – y también los campos – se han hermanado siempre con escritores y pintores, pero igualmente con personajes. Steiner separa muy bien la ciudad y el campo en «Ana Karenina» y en «Resurrección«. Julio Caro Baroja ha dedicado importantes trabajos a lugares comunes surgidos en la relación ciudad – campo.
Ciudades muertas, escritores vivos. Escritores vivos resucitando a ciudades que no desean morir.
No la última vez que lo vi – lo he visto después muchas veces -, sino la última vez que viví en la ciudad, a punto ya de dejarla, como escribí entonces, el 1 de abril de 1970, en ABC:
«París, nueve de la noche, siete de la tarde, abril, marzo, domingo, sábado, martes… Dos años traspasados por París, años envueltos en papel parisiense, mojados en tintas de del río de París, tocados con teclas de una máquina por cuya cinta había ido pasando un París azul indefinible, interminable. Capital
sin tiempo en el espacio, me has seguido, te vas; ciudad sin espacios de tiempo, te seguiré, me voy. Despego de la piel de París sobrevolando manchas, veinte distritos, colina de Montmartre de la memoria, orilla izquierda del entendimiento, cuarto de Auteuil de la voluntad. Una conversación de años cruza ahora ese puente del Sena; viene un olor a gas de la Sorbona, un sabor a lágrimas llega del bulevar de L´Hopital. Es entonces cuando mis recuerdos corren. Hace dos años mis recuerdos aprendieron a andar : entré por el ojo del
puente de Saint – Cloud a la hora en que Gabriel Marcel acogía el gran premio de la Villa, en los días en los que un consejo de ministros concedía a la muerte una definición legal; me voy ahora con el cadáver de Adamov, mientras Beckett dialoga con silencios y cuando Mauriac relata cómo un hombre da a luz a su propia agonía.
Hechos de París intensos: horas igual que años, años como días. Mayo de 1968, mes en incendio: humo envuelto en gritos, tos que ahoga los pulmones de Francia, una fiebre ascendiendo, el vahído levantado por ese mal de la mar que se esconde en la tierra. Más tarde, durante mese de convalecencia, en semanas de párpados cerrados, la desconfianza se irá meciendo al vaivén del
sopor. Hechos de París veloces: se trasplantan corazones en Medicina; se trasplantan ambiciones en política. De las elecciones legislativas a las elecciones cantonales, un arco tiende una sombra de noticias. He ahí esa noche del 27 de abril de 1969 de la que Charles De Gaulle se lleva en parte su secreto; he ahí unas elecciones presidenciales colocando a Francia a la entrada de nuevos caminos. Es el periodismo en París, el periodismo de la noticia ardiente, hirviente; no bien se ha pasado la hoja de la actualidad del día, que otra hoja aparece, un hecho mata al otro, las luces cambian, salta el rompecabezas: es el vértigo. Es el tiempo alado, un calendario sin aliento.
Años en París. La larga mancha en piedra que esculpiera Rodin para Balzac, me sigue, me asalta… En la isla de San Luis resuenan pasos de Claudel andando cada mañana a Notre-Dame…, se alza un telón al otro lado del río, y del espacio, pendiendo de un clavo invisible, el cuerpo de Gerardo de Nerval… Rueda el círculo de la geografía, gira la rueda histórica de la ciudad…: suenan instrumentos de música cerca de la Estación de Saint- Lazare, viene un hondo silencio desde el Bois de Boulogne, llega un olor que nace en Montparnasse…
Y luego el río, los ríos de libros que van bajando al costado del Sena… Es la rueda, los ríos, es el libro: libros que van formando el río y montan sus lomos unos contra otros, láminas de páginas, aguas invadidas de letras…Es Paris, el Sena de palabras y cuantas historias se va llevando el Sena. Capital sin espacio, te he seguido, te vas. Ciudad sin tiempo, me seguirás, me voy».