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Archive for the ‘Wagner’ Category

“La culminación del arte – le explicaba Cézanne a Ambroise Vollard – es el rostro”. Los recuerdos que ahora se publican “Ambroise Vollard: escuchando a Cézanne, Degas y Renoir” (Ariel), nos relatan las confidencias del célebre marchante que apostó no sólo por esos tres grandes pintores sino también por Gauguin, Bonnard, Matisse o Picasso. Para pintar el retrato de Vollard, Cézanne colocaba en medio del taller una silla dispuesta sobre una caja, que a su vez se encontraba elevada mediante cuatro soportes muy deficientes. “¡Yo mismo he preparado la silla para el posado! -le decía al modelo realmente asustado – Oh, no corre el menor peligro de caerse, señor Vollard, mientras conserve el equilibrio. ¡Además, cuando uno posa, no lo hace para moverse!”.

Las sesiones comenzaban a las ocho de la mañana y se extendían hasta las once y media. Duraron ciento quince días. Uno de esos días, la inmovilidad de Vollard sobre la silla y encima de la caja le fue conduciendo al sueño y su cabeza, inclinada sobre un hombro, perdió la noción de donde estaba, el equilibrio dejó de existir y la caja y el modelo se precipitaron al suelo
“¡ Destroza usted la pose! – le increpó Cézanne -. Se lo digo de verdad: hay que aguantar como una manzana ¿Acaso se mueven las manzanas?
Cuenta igualmente Vollard que Cézanne usaba unos pinceles muy ligeros, que parecían de marta o de turón y que lavaba después de cada toque en un recipiente lleno de esencia de trementina. Tuviera la cantidad de pinceles que tuviera, los utilizaba todos durante la sesión. No pintaba pastoso, sino que ponía una tras otra unas capas de color tan finas como toques de acuarela, y el color se secaba al instante: así no había que temer – continúa Vollard – ese proceso interior de la pasta que produce grietas al pintar sobre una capa que no está seca del todo.

Fue Vollard retratado también por Renoir. Deseaba el marchante ser pintado en una armonía azul y cuando así se lo pidió al pintor, éste le contestó: “Lo haré cuando tenga usted un traje de un tono azul, que me diga algo; ya sabe, Vollard, ese azul metálico con reflejos de plata”. Renoir – sigue contando Vollard – siempre “atacaba” su tela sin la menor prueba aparente de distribución. Todo eran manchas y más manchas, y súbitamente, unas pinceladas que hacían que “saliera” el tema. Hasta con unos dedos sin vida – concluye – llegaba a hacer como antaño una cabeza en una sesión. ( Y recuerda cómo Renoir se había enfrentado con el retrato de Wagner. El músico, que estaba ocupado en terminar la orquestación de Parsifal y que se negaba a ver a nadie, aceptó que Renoir comenzara a pintarle: “¡Sólo puedo concederle media hora!”, le dijo, y tras posar veinticinco minutos se levantó bruscamente: “¡Ya basta! Estoy cansado”. “Pero yo había tenido tiempo de terminar mi estudio, que a continuación vendí a Robert de Bonnières“, señaló Renoir triunfante.
Singulares historias que cuenta Vollard sobre el retrato. Esa evolución que a veces va en contra del buen parecido. No puede olvidarse la frase de Picasso repintando la cabeza de Gertrude Stein para concederle la apariencia de una máscara basada en las obras del medievo español y la antigua escultura ibérica. A quienes se quejaron de su falta de parecido, les dijo: “Todo el mundo piensa que no se parece en nada a su retrato, pero no importa, al final acabará pareciéndose”.
(Imágenes:Cézanne, “Retrato de Ambroise Vollard”, z.about.com arthistory/ Renoir, “Retrato de Ambroise Vollard”, wikimedia.org/ Picasso, “Gertrude Stein”, metmuseum.org)

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Wagner cuenta en sus Memorias que, tras haber llevado años pensando en Lohengrin, el ímpetu de la creación le arrebató súbitamente y ya no pudo esperar más: “Apenas había entrado en mi baño hacia el mediodía cuando el deseo de anotar Lohengrin se apoderó violentamente de mí. Incapaz de pasar una hora entera en el agua, salté fuera de mi bañera al cabo de pocos minutos; y tomándome a duras penas el tiempo de vestirme, corrí como un loco a mi cuarto para arrojar sobre el papel lo que me oprimía”. Se sabe que en ese momento el agua hirviendo de la música estalló en su cerebro y derramándose por el brazo derecho del compositor, bajó por los ríos de sus venas hasta llegar al puerto de sus manos donde los dedos comenzaron a trazar fragmentos de melodías y los pasos primeros de la ópera en tres actos.
Se sabe también que ese agua salió mansamente del cuarto, el líquido encontró pronto el cauce del pasillo y el agua de la música saltó a la calle, atravesó la ciudad en busca de un teatro y empujando violentamente sus puertas subió con fuerza hasta palcos y escenarios. El agua tocó primero la madera de los violines, entró y salió de las trompetas y golpeó jugetona los platillos. Luego se vio al agua de la música rondar con reverencia las túnicas de los coros y acompañar a las declamaciones dramáticas. Al fin, con brillantez, se despidió.
¿Hay algo en el mundo que se parezca a la música?, me pregunto a veces.
Shakespeare comenta en El mercader de Venecia: “El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música”. También Cervantes dice en El Quijote: “Donde hay música no puede haber cosa mala”.
Y sin embargo en batallas enconadas – en la Segunda Guerra Mundial hubo muchos ejemplos -la música ha sabido mezclarse con las mayores crueldades.

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