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Archive for the ‘“The Paris Review”’ Category

“Durante los años que pasé en África, cuando tenía mi granja en las montañas – le dice Isak Dinesen a Truman Capote -, nunca me imaginé que volvería a vivir en Dinamarca. Cuando supe que iba a perder la granja, cuando estuve segura de que no podría conservarla, empecé a escribir los cuentos: para olvidar lo insoportable”. (Truman Capote: “Retratos”.- Anagrama).
“Cuando era jovencita, ir a África estaba muy alejado de mis pensamientos, y tampoco soñaba con una granja africana como el lugar en el que sería totalmente feliz –le confiesa la baronesa a la entrevistadora deThe Paris Review” -. Eso demuestra que el poder de la imaginación de Dios es mucho mayor y más preciso que el nuestro. Pero en la época en la que estaba prometida para casarme con mi primo Bror Blixen, un tío nuestro se marchó de caza mayor a África y volvió lleno de alabanzas hacia el país. Theodore Roosevelt también había estado cazando allí; se hablaba mucho del África Oriental. Así que Bror y yo nos decidimos a probar suerte allí, y nuestros parientes de ambos lados de la familia nos dieron dinero para comprar una granja, que quedaba en las tierras altas de Kenia, no muy lejos de Nairobi. El día que llegué allí, me encantó el país y me sentí como en casa, aunque estuviera rodeada de flores, árboles y animales que no conocía, y de nubes cambiantes sobre las colinas de Ngong, que no se parecían a ningunas nubes que hubiera visto antes.

Entonces, África Oriental era realmente un paraíso, lo que las pieles rojas llamaban “felices tierras de caza”. En mi juventud me gustaba mucho cazar, pero mi mayor interés durante los muchos años que pasé en África fueron los nativos africanos de todas las tribus, en particular los somalíes y los masai. Eran gente hermosa, noble, intrépida y sabia. La vida no era fácil dirigiendo una plantación de café. Más de cuatro mil hectáreas de labranza, y langostas y sequía… y nos dimos cuenta demasiado tarde de que la meseta donde estábamos ubicados resultaba demasiado elevada para poder cultivar café. Creo que la vida allí era bastante parecida a la Inglaterra del siglo XVlll: a menudo escaseaba el dinero, pero la vida seguía siendo rica en múltiples sentidos, con el maravilloso paisaje, decenas de caballos y perros, y multitud de criados”. (Entrevista en “The Paris Review“.-El Aleph).

“Hoy esperaba al cartero – le sigue diciendo a Capote -. Esperaba que me trajera un nuevo paquete de libros. Leo tan rápidamente, que me es difícil estar abastecida. Lo que le pido al arte es atmósfera, ambiente. Algo que escasea en el menú de hoy. Nunca me canso de los libros que me gustan, puedo leerlos veinte veces. Puedo, y lo he hecho. El rey Lear. Siempre juzgo a una persona según su opinión sobre el rey Lear. Naturalmente, uno quiere una página nueva, un rostro diferente. Tengo un talento especial para la amistad; con lo que más disfruto es con mis amigos: moverme, salir, conocer nuevas personas y ganármelas”.

Parecería que estuviéramos escuchando a Isak Dinesen o a Karen Blixen en el porche de esta casa de campo de África mientras filma el respirar de esta conversación Sidney Pollack, el director que acaba de morir. Merly Streep y Robert Redford, adormilados en este cálido porche, sueñan igual que Karen y que Denys Finch. Pasea lejos un león solitario y la escritora entre sueños murmura:

-Fíjese en los leones de ese sarcófago ¿Cómo pudieron haber conocido los etruscos al león? En África era el animal que más me gustaba.

Luego hay un largo silencio y Carla Svendsen, la entrevistadora de “The Paris Review“, le comenta asombrada la cantidad de libros que Dinesen ha leído en su vida.

– En realidad – dice la escritora con una misteriosa sonrisa – tengo tres mil años y he cenado con Sócrates. Descubrí a Shakespeare muy pronto, y ahora siento que la vida no sería nada sin él.

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“1968 fue un año axial: protestas, tumultos y motines en Praga, Chicago, París, Tokio, Belgrado, Roma, México, Santiago…De la misma manera que las epidemias medievales no respetaban ni las fronteras religiosas ni las jerarquías sociales, la rebelión juvenil anuló las clasificaciones ideológicas”. Esto escribe Octavio Paz en su Postdata a El Laberinto de la soledad (Fondo de Cultura Económica) bajo el título “Olimpiada y Tlatelolco“.

En 1990, en conversación con Alfred Mac Adam para “The Paris Review(El Ateneo), Paz recordaba que “el movimiento estudiantil en México era más ideológico que en Francia o en los Estados Unidos, pero también tenía aspiraciones legítimas. El sistema político mexicano, nacido de la revolución, había sobrevivido pero padecía una suerte de arteriosclerosis histórica. El 2 de octubre de 1968 el gobierno mexicano decidió emplear la violencia para reprimir el movimiento estudiantil. Fue un acto brutal. Sentí que no podía seguir sirviendo al gobierno, así que renuncié al cuerpo diplomático”.

A Elena Poniatowska, que le preguntó también por la matanza de aquel 2 de octubre del 68, Paz le contestó parecidas cosas. Declaró que en aquel momento había renunciado a la Embajada en la India como protesta al haber visto noticiarios internacionales y fotografías de corresponsales extranjeros que se pudieron sacar de México, y Paz, al verlas, señaló en Le Monde que las imágenes no mienten. “La mañana del 3 de octubre me enteré de la represión del día anterior. Decidí – le dijo a Poniatowska – que no podía continuar representando a un gobierno que había obrado de una manera tan abiertamente opuesta a mi manera de pensar “.(“Las palabras del árbol“)( Plaza-Janés).

Como confesaría Octavio Paz en su “Conversación en la Universidad”, Escribir y decir, en 1979, el poeta “inclinado sobre su escritorio, los ojos fijos y vacíos, el poeta-que-no-cree-en-la-inspiración ha terminado ya su primera estrofa, de acuerdo con el plan previamente trazado. Nada ha sido dejado al azar. Cada rima y cada imagen poseen la necesidad rigurosa de un axioma, tanto como la gratitud y ligereza de un juego geométrico. Pero falta una palabra para rematar el endecasílabo final. El poeta consulta el diccionario en busca de la rima rebelde. No la encuentra. Fuma, se levanta, se sienta, vuelve a levantarse. Nada: vacío, esterilidad. Y de pronto, aparece la rima. No la esperada, sino otra – siempre otra – que completa la estrofa de una manera imprevista y acaso contraria al proyecto original. ¿Cómo explicar esta extraña colaboración? No basta decir: el poeta tuvo una ocurrencia, que lo exaltó y puso fuera de sí un instante. Nada viene de nada. Esa palabra ¿en dónde estaba? Y sobre todo, ¿cómo se nos ocurren las “ocurrencias” poéticas?”. (Pasión crítica) (Seix Barral).
Entonces bien podemos imaginar a Octavio Paz encontrando la palabra y la imagen total – esa imagen que le revuelve entero, la imagen que le llega desde la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco – y que recorre sus venas, baja violentamente por su brazo hasta la mano y con los dedos -también lenta o impetuosamente – va escribiendo el poema:
México: Olimpiada de 1968
La limpidez
(quizá valga la pena
escribirlo sobre la limpieza
de esta hoja)
no es límpida:
es una rabia
(amarilla y negra
acumulación de bilis en español)
extendida sobre la página.
¿Por qué?
La vergüenza es ira
vuelta contra uno mismo:
si
una nación entera se avergüenza
es león que se agazapa
para saltar.
(Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios)
Mira ahora,
manchada
antes de haber dicho algo
que valga la pena,
la limpidez.
(Cuando se cumplen diez años de la muerte de Octavio Paz y cuarenta de aquel 1968 bien merece la pena reunir aquí las dos fechas).

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Tenía una voz excepcionalmente grave y oscura, fantasmal, fuerte, irreal. Su acento en danés era casi arcaico, con las vocales abiertas y arrastradas del “viejo Copenhage“. Tenía una idea fija de lo que debía ser un cuento de Isak Dinesen, o una conversación, o una entrevista. Para un pequeño círculo de admiradores Karen Blixen se había convertido en el Viejo Marino, protagonista del famoso poema de Coleridge. Uno de sus invitados solía “darle pie” para que comenzara un cuento, y ella empezaba con su repertorio de gran dama, capaz de seguir y seguir sin una sola pausa y sin preocuparse de ponerse a la altura del que escuchaba. Otro de sus íntimos amigos decía estar dispuesto a echar una moneda a su contador y escuchar. A veces había en sus ojos una concentración total que casi asustaba, la mirada abstraída, en trance, viviendo totalmente en otro espacio y tiempo. Su hablar conpulsivo reflejaba su estado exaltado, estado de ensoñación, no plenamente consciente de dónde se encontraba.
Hablaba como la lluvia.
Convocaba a sus veladas a invitados imaginarios: a Shelley, a la emperatriz de China, a San Francisco.
Sí, hablaba como la lluvia.
En ocasiones era tan realista, tan abnegada y llena de recursos como la diosa china de la compasión y de la astucia femenina.
“Detesto la literatura – dijo -, y en especial la moderna. Leo con el apetito de una muchacha que piensa que va a encontrar el Príncipe Encantador en los libros”.
A quien le entrevistó para The Paris Review (El Aleph), le dijo:
En África ya había aprendido a contar cuentos. Porque, ¿sabe?, tenía al público perfecto. Los blancos ya no escuchan los cuentos recitados. Se mueven inquietos o se quedan adormilados. Pero los nativos siguen teniendo oído. Les explicaba historias todo el tiempo, de todo tipo. Y toda clase de tonterías. Les decía: “Había una vez un hombre que tenía un elefante con dos cabezas…” y enseguida tenían ganas de escuchar más. “¿Ah? Sí, pero memsahib, ¿cómo lo encontró?, y ¿cómo lograba alimentarlo?” o cualquier otra cosa. Les encantaban esas invenciones. Deleitaba a mi gente de allí hablando en verso para ellos; no tienen rima, ¿sabe?, no la habían descubierto. Yo decía cosas como: “Wakamba na kula mamba” (“La tribu wakamba come serpientes”), que en prosa les habría enfurecido, pero que les divertía enormemente en verso. Y después me decían: “Por favor, memsahib, habla como la lluvia”, así que entonces sabía que les había gustado, ya que la lluvia allí era algo muy valioso.
Estos son los cuentos de Isak Dinesen, cuentos góticos y cuentos últimos, cuentos barrocos y cuentos sorprendentes. Caen intermitentemente, palabra a palabra, y caen con la finura de la literatura oral, abren el espacio de los oyentes y dejan en el campo de la atención el olor de la lluvia.

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“Los escritores son a veces como los gatos viejos: desconfían de todos los demás gatos viejos, pero son bondadosos con los gatitos”, decía Malcolm Cowley en el prólogo de Writers at Work – la colección de entrevistas de The Paris Review. Las célebres entrevistas se empezaron a publicar en 1953 y los profesionales fueron de dos en dos a ejercer su oficio después del memorable encuentro que el novelista inglés Forster mantuvo con los que fueron a verle. La revista necesitaba nombres famosos en su portada, pero no disponía de fondos necesarios para pagar sus colaboraciones. George Plimpton, el director, tuvo una idea feliz: “Conversemos con ellos y publiquemos lo que nos digan”.
Ahora acaba de aparecer una nueva serie de las entrevistas de The Paris Review con edición y prólogo de Ignacio Echevarría (El Aleph). Como decía Robert Musil, la entrevista “es la forma artística de nuestra época; la belleza capitalista de este género reside en que el entrevistado hace todo el trabajo espiritual y no recibe nada por él, mientras que el entrevistador no hace en realidad nada pero percibe sus honorarios por ello”. No es exactamente así ni es absolutamente justo calibrar este quehacer periodístico tan superficialmente, pero es indudable que ha habido opiniones para todo. Fellini le decía a Liliana Betti: “¿qué sentido tiene todo este ritual increíble de preguntas y respuestas? La concesión de una entrevista a cualquiera, sobre cualquier cosa, en cualquier ocasión, se está convirtiendo en la forma más pervertida de un sistema informativo que ha asumido proporciones delirantes”. Y contestando a L`Arc en 1971 añadía el director italiano defendiéndose de quienes siempre le preguntaban lo mismo: “Miren, la respuesta número 2005”. Pero quizás el juego del viejo gato y los gatitos en el caso del autor de La Strada se encuentre reflejado de forma fascinante en la entrevista-persecución que hiciera Oriana Fallaci en su diálogo “Famous Italian Director” recogido en su libro Los antipáticos.
Otro de los viejos gatos universales que se ha sabido mover excepcionalmente entre quienes maullaban en torno suyo ha sido García Márquez. “A quien soy incapaz de negar nada- decía el colombiano – es a los periodistas. Yo ejercí periodismo durante muchos años. Siento enorme gratitud por el oficio”. Y sin embargo siempre ha detestado las entrevistas, y cuando una muchacha se presentó con la idea para un libro titulado “250 preguntas a García Márquez“, el escritor se la llevó a tomar café “y le expliqué -decía- que si yo contestara 250 preguntas, el libro sería mío”.
El ronroneo de los viejos gatos negros o blancos, escurridizos o cálidos, erizados, crispados, juguetones, deslizándose misteriosos por alfombras de diálogos no tendría fin. Habría que citar a Tolkien que protestó :”Mi trabajo necesita concentración y paz de ánimo”. Habría que citar a Hemingway: “El hecho de que esté interrumpiendo un trabajo serio para responder a estas preguntas demuestra que soy tan estúpido que debería recibir un severo castigo. Lo recibiré. No se preocupe”, le dijo a George Plimpton.
Habría que citar también a los gatos secretos, aquellos que ocultan o cierran los ojos ante los fotógrafos: Thomas Pynchon, J. D. Salinger. William Styron exageró de Salinger: “Nadie le ha visto nunca. Recientemente se decía que Salinger no existía; que, en realidad, era Mailer. Sí, ha sido Nelson Algren quien ha lanzado este bulo: nunca se les ve juntos. Nelson ha llegado a la conclusión de que Salinger era Mailer disfrazado, o al contrario”.

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