MÚSICA EN EL AIRE


En ese avión que recorre el contorno de la tierra, ese avión entre luces y sombras, dejando atrás ráfagas y estelas, en ese avión que escapa, que pasa vertiginoso, va sentado Igor Stravinski en la segunda fila de clase preferente, y cuando pasa a su lado la azafata vestida de azul las manos del músico le piden por favor que, del carrito de las bebidas, le permita una pequeña servilleta para ponerse a escribir. Escribe Stravinski en cualquier trozo de papel, si no tiene servilleta en el sobre de una carta, al dorso de un menú o de un programa, lo importante es esbozar, trazar esos primeros rasgos que luego él pegará a las páginas de su agenda, convenientemente ordenado y numerado todo con lápices de colores, de tal modo que ese cuaderno suyo, tan personal, donde la inspiración le arrebata a veces entre las nubes, se vaya transformando en una especie de continuo collage.
Los creadores son así. Las mañanas el autor de El pájaro de fuego las dedica a la invención, las tardes las consagra a la composición. «El talento no se nos concede en propiedad, y tenemos que restituirlo«, suele decir. «Tengo más música dentro de mí, y tengo que darla. No puedo vivir recibiendo vida solamente».
Esta noche, cuando el avión llegue a su destino, Stravinski construirá en el hotel su propio ambiente. Extraerá de su maleta unas litografías que lleva siempre consigo y, quitando las ilustraciones triviales de la habitación anónima, decorará su propio estudio; colocará en su mesita de noche plumas, cartapacios de música, pinzas, secantes, un reloj de la época de los zares y la medalla de la Virgen que el compositor lleva al cuello desde su bautismo. Luego, apagando la luz, soñará en alemán, en inglés, en francés y en ruso con todo lo que le vaya diciendo la música.

NACIMIENTO DE UN LIBRO

Acabo de publicar un libro. El sexto en estos últimos años. La ceremonia de bienvenida la hemos celebrado ayer abriendo el paquete en el que la editorial me enviaba el volumen.
Luego hemos empujado un carrito de bebidas, pero en vez de bebidas hemos puesto unos versos de Dante y de Eliot. Después hemos hecho chocar los primeros ejemplares y el enunciado de los capítulos ha sonado como el cristal bajo el sol. Hemos brindado por la literatura, por las editoriales, por los lectores. Tabucchi, a mi lado, me decía:
-¿Sabes? La página impresa comporta una separación entre la obra y su autor, mientras que la página escrita, sobre todo si está escrita a mano y no a máquina, como en mi caso, conserva unos lazos sentimentales muy intensos.
Es cierto. Esa escritura con la que yo he ido hilvanando este libro, » El artículo literario y periodístico. Paisajes y Personajes«, esos paisajes que he visitado, los personajes que conocí – Baroja, Stravinsky, Ezra Pound -, entraban ahora en la habitación. Paisajes y personajes, sin embargo, se iban alejando también de mis manos y los ojos de los otros comenzaban a leer un libro que ya no era mío.

Salí a la calle. Al entrar en la primera librería que encontré pedí el volumen y de pie entre la gente empecé a leer aquellas páginas. No me reconocía. ¿Cuándo había escrito yo aquello? ¿En qué momento exactamente? Todos aquellos párrafos adquirían poco a poco distancia y las palabras publicadas pisaban a las palabras manuscritas y al fin aquellas palabras me miraron como si yo no fuera su autor.

Pensé en cómo los libros se emancipan. Las bienvenidas se mezclaban con las despedidas y las dos ceremonias secretas estaban ahora mirándome desde el escaparate ante el que acababa de pararse el primer lector.