STALIN Y LA PIANISTA

A veces la invención de la realidad, que es el subtítulo de Mi Siglo, supera la ficción y mezcla sus límites con la verdad, entregándonos auténticas historias que bien podrían figurar como argumentos de novelas.
«Una noche Stalin escucha por la radio el concierto nº 23 de Mozart interpretado por la pianista Maria Yudina y ordena que le traigan el disco al día siguiente para volver a oirlo. Consternación: era en directo y no se había grabado ningún disco. El disco no existía. Se llama a un primer director de orquesta que se esconde enseguida, un segundo director que se desmaya, un tercero que acepta temblando. En resumen, todo el mundo queda aterrorizado menos Yudina, mujer intrépida que adoraba a los gatos y se santiguaba antes de sus conciertos. Al amanecer el disco está grabado y Stalin, maravillado, envía un premio de 20.000 rublos a la pianista, que le responde:

-¡Ofreceré este dinero a mi iglesia y rezaré al Señor para que perdone sus pecados contra nuestro pueblo!

Evidentemente se dispone de inmediato una orden de arresto contra la intérprete pero Stalin no dice nada y Yudina, al fin, queda a salvo.

Pero quizá lo más extraordinario de esta historia – termina el relato – es que Stalin quisiera oir el concierto nº 23 de Mozart«.

Todo esto lo cuenta en un francés cadencioso Marina Vlady o en un inglés perfecto Alexandra Stewart leyendo el texto de Chris Marker para la película «Un día en la vida de Andrei Arsénevich» que Marker dirigió en 1999. En ese interesante film ( la historia real de Stalin se enlaza aquí con el programa de mano de la representación de la figura del «Inocente» del «Godunov» de Mussorgski y su comparación con lo ocurrido con Yudina) se repasa la existencia entera de Andrei Tarkovski y se mezclan imágenes e intimidades de la última enfermedad del gran director, su filmografía, música original, enlaces y revelaciones curiosas. Como cuando Boris Pasternak, por ejemplo, se le apareció a Tarkovski – como así lo confesó él – y le anunció que rodaría siete películas. «¿Solamente?», le preguntó el director ruso. «Solamente» – le contestó Pasternak -.»Pero serán buenas». Esas siete películas – sin contar los trabajos primeros de Tarkovski – fueron «La infancia de Iván», «Andrei Rublev», «Solaris», «El espejo», «Stalker», «Nosthalgia» y «Sacrificio».

Siete en total antes de que Rostropóvich en 1986 le despidiera en una iglesia de París con los acordes de Bach.

(Foto: «El espejo» de Tarkovski)

VERSOS Y NIEVE EN ZHIVAGO

El cincuenta aniversario de la publicación en Italia del Doctor Zhivago de Pasternak me llevan hasta esta jarra de porcelana mantenida en el aire por el escritor que ha reunido en la pequeña aldea de Peredelkino a sus gentes amigas. Viste Pasternak una amplia chaqueta de amistad y trabajo, una larga y blanca chaqueta o blusón de escultor-escritor, de cincelador diario, con desvaídas solapas y grandes bolsos para guardar papel y cortos lápices. El pelo casi blanquecino cae sobre sus ojos y afirma la línea del mentón. Ese mentón -gloria de una familia de artistas -, ya desde la niñez totalmente distinto a cuantas mandíbulas comenzaban a dibujarse.
Este es el poeta que ha escrito la epopeya de Zhivago. Escribe en el despacho de los silencios graves. Fuera, en el jardín, el escritor pasea. Grandes temporadas se enfunda en un gabán oscuro, de fieltro, y cubre su cabeza con una amplia gorra de visera. Pasea hasta la valla de madera que separa su Datcha de todo Peredelkino. Cuando llegan las nieves (como en la película que todos hemos visto), la casa es un minúsculo refugio blanco entre los árboles. Allí escribe: «Pasarán estos años. Años ricos en sucesos. Yo no estaré más sobre la tierra. Nadie podrá volver sobre el pasado, sobre el tiempo de nuestros padres, de nuestros antepasados. No será ni necesario ni deseable. Después de un largo eclipse, brillará, por fin, una nueva claridad, todo lo que es noble, todo lo que es fecundo, todo lo que es grande. ¡ Oh, qué prodigiosas creaciones enriquecerán este periodo! Vuestra estancia será la más fecunda que se puede concebir«. Luego termina rogando antes de apagar su luz : «Entonces, acordaros de mí».
Pasa un trineo. Se desliza veloz sobre la nieve. En los cristales el hielo se ha endurecido y la cabaña es sólo poesía. Los versos de Zhivago vienen y van en los ojos de Lara.