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Archive for the ‘Mozart’ Category

” – Entonces, ¿cómo fue Mozart? ¿Alegre o triste?

Mozart, en los periodos de trabajo – dice el actor Josef Lange -, desahogaba su profunda obsesión con chanzas y simplezas. Podría haber ocultado su dolor bajo la máscara que producía una extraña impresión de frialdad y distanciamiento.
– ¿Disimulaba, por tanto, su tristeza?
– Nunca olvidaré – interviene el actor Michael O’Kelly, que representó a “Basilio” en “Las Bodas de Fígaro” – su rostro pequeño y animado la noche del estreno de “Las bodas de Fígaro“: brillaba encendido por el genio. Es imposible describirlo, tan imposible como pintar un rayo de sol. Me acuerdo de cómo Mozart con pieles encarnadas y sombrero con galones, estaba en el escenario en el pimer ensayo general y marcaba el compás. Benucci cantó el aire de Fígaro, “Non piu andrai” con la mayor viveza y con toda la potencia de su voz. Yo estaba al lado de Mozart que en voz baja exclamó repetidas veces: “¡ Bravo, bravo, Benucci…!”. Fuera de sí, entusiasmados, exclamaban todos: “¡Bravo, bravo, maestro! ¡Viva, grande Mozart!”.

– Lloraba Mozart…¿no es cierto?

-Sí. Lloró Mozart…¿Más que otros…? Nadie recuerda cuántas veces ha llorado…

(…)
Wolfang lloraba…

Lo que no podemos, no sabemos ni queremos decir; lo que rehusamos confesar a nosotros mismos; los deseos confusos, las penas secretas, los pesares ahogados, las resistencias sordas, los recuerdos imborrables, las emociones combatidas; las tribulaciones ocultas, los temores supersticiosos, los sufrimientos vagos, los presentimientos inquietos; los martirios…, languideces…, multitud de pequeños detalles…, terminan por un enternecimiento…(¿de alegría?…¿de tristeza…?), y éste se concentra en una lágrima…

No pudo concluir su “Lacrymosa“.

– ¿Expiró, entonces, el 5 de diciembre de 1791, a la una de la mañana menos cinco minutos? ¿Se reafirma usted en tal dato?

(HAY UN SILENCIO SIGNIFICATIVO; QUIZÁS UNA AFIRMACIÓN DE CABEZA.)

– Y bien: una última cuestión, y concluyo. Los funerales, si no me equivoco, tuvieron lugar al día siguiente, ¿no es así? (Y SIN AGUARDAR MÁS, PROSIGUE) Pero mi pregunta no es ésa. Mi pregunta es bien concreta. ¿Es cierto que nadie siguió al coche fúnebre? (PAUSA) Sí, ya sé, lo conozco desde hace tiempo: se ha dicho siempre, como razón de esta postura general…, que ese 6 de diciembre hubo una “tempestad de nieve”… Y sin embargo, es realmente curioso: el barón Von Zinzendorf anotó en esa semana y en un pequeño cuaderno: “Tiempo dudoso. Tres o cuatro neblinas por día desde hace unas jornadas”. (PAUSA) Perdón. ¿Fue usted al entierro de Wolfang?

(UN SILENCIO)
– Respeto; respeto su pudor…Ahora sólo deduzco…luego la carroza fúnebre en la que transportaban el cadáver de Mozart, ¿siguió su camino completamente sola?

(SILENCIO) (ESPERA UNOS SEGUNDOS)
– Bien. No deseo molestarle ni un momento más…

-(COMO HABLANDO PARA SÍ) Hay libros que relatan que al coche fúnebre, le siguió alguien, sin embargo…
( Y DE IMPROVISO, MIRANDO A QUIEN PREGUNTA, Y CON ENERGÍA, AÑADE):
– ¿ No es verdad que le iba siguiendo un perro?…”.

( Esto escribí en mi novela “Contramuerte” hace ya muchos años y ahora todo ello me ha vuelto a la memoria escuchando este “Requiem” de Mozart de ondas revueltas, alientos espacios anhelantes, coros expandidos en agua, “requiem” de resignación…aspiración…polifonía…, marcha fúnebre de orquesta llevando en andas cajas de voz…, subidas melancólicas, hirientes; bajadas dulces…”ET…”, salmodias…”ET…LUX…”… suspiros…suspiros de alegría…”ET LUX PERPETUA”…;clarinetes corvos…, el fagot que empuja…, alentar de maderas…, solo de soprano… Contraste: un paso llano, como si ella, portara solitaria, el himno…”TE DECET HYMNUS”…Voces abiertas, cajas abiertas, dando vueltas, redondas, labios girando círculos…, bocas en rueda de vocales…, campanadas de perpetua, lejana, perpetua luz…, descenso suave y cuidadoso, lentísimo, para enterrar doblados los miembros de las sílabas…)

(“Contramuerte“.-Argos-Vergara, Barcelona, páginas 118- 123).
(Fotos: “Requiem” ; Mozart, BCCO Future Programs).

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A veces la invención de la realidad, que es el subtítulo de Mi Siglo, supera la ficción y mezcla sus límites con la verdad, entregándonos auténticas historias que bien podrían figurar como argumentos de novelas.
“Una noche Stalin escucha por la radio el concierto nº 23 de Mozart interpretado por la pianista Maria Yudina y ordena que le traigan el disco al día siguiente para volver a oirlo. Consternación: era en directo y no se había grabado ningún disco. El disco no existía. Se llama a un primer director de orquesta que se esconde enseguida, un segundo director que se desmaya, un tercero que acepta temblando. En resumen, todo el mundo queda aterrorizado menos Yudina, mujer intrépida que adoraba a los gatos y se santiguaba antes de sus conciertos. Al amanecer el disco está grabado y Stalin, maravillado, envía un premio de 20.000 rublos a la pianista, que le responde:

-¡Ofreceré este dinero a mi iglesia y rezaré al Señor para que perdone sus pecados contra nuestro pueblo!

Evidentemente se dispone de inmediato una orden de arresto contra la intérprete pero Stalin no dice nada y Yudina, al fin, queda a salvo.

Pero quizá lo más extraordinario de esta historia – termina el relato – es que Stalin quisiera oir el concierto nº 23 de Mozart“.

Todo esto lo cuenta en un francés cadencioso Marina Vlady o en un inglés perfecto Alexandra Stewart leyendo el texto de Chris Marker para la película “Un día en la vida de Andrei Arsénevich” que Marker dirigió en 1999. En ese interesante film ( la historia real de Stalin se enlaza aquí con el programa de mano de la representación de la figura del “Inocente” del “Godunov” de Mussorgski y su comparación con lo ocurrido con Yudina) se repasa la existencia entera de Andrei Tarkovski y se mezclan imágenes e intimidades de la última enfermedad del gran director, su filmografía, música original, enlaces y revelaciones curiosas. Como cuando Boris Pasternak, por ejemplo, se le apareció a Tarkovski – como así lo confesó él – y le anunció que rodaría siete películas. “¿Solamente?”, le preguntó el director ruso. “Solamente” – le contestó Pasternak -.”Pero serán buenas”. Esas siete películas – sin contar los trabajos primeros de Tarkovski – fueron “La infancia de Iván”, “Andrei Rublev”,Solaris”, “El espejo”, “Stalker”, “Nosthalgia” y “Sacrificio”.

Siete en total antes de que Rostropóvich en 1986 le despidiera en una iglesia de París con los acordes de Bach.

(Foto: “El espejo” de Tarkovski)

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Cuando Picasso pinta un pájaro su mano traza el ojo que nos mira, ese ojo del animal sorprendido al ver que estamos entrando en el sagrado recinto de la creación. En el verano de 1955 el director de cine Henri- Georges Clouzot logró que Picasso accediera a pintar bajo los focos, rodeado de cámaras, técnicos y ayudantes, yendo y viniendo con su pequeño cuerpo bronceado, desnudo de cintura para arriba, la mirada fija en el trazo seguro e inesperado, el pulso firme sobre los cuernos de un toro o sobre el cálido plumón de una paloma que con sólo un rasgo rápido y preciso se transformaba en la mejilla de una mujer.
Clouzot, el director de Las Diabólicas, filmó su documento en los estudios cinematográficos de Niza bajo un calor, se dijo, “que hacía que el sol de afuera pareciera el de Islandia” y consiguió recoger el proceso de creación del pintor gracias a filmar los dibujos por la parte de atrás de un papel absorbente a través del cual las tintas de colores penetraban en el acto, con la ventaja de que la mano de Picasso no ocultaba su trabajo. Una vez trazada, cada línea parecía correcta e inevitable y daba la sensación – como ha dicho Penrose – de que ya estaba allí, pero que era invisible a todos salvo al artista.
En este documento fílmico excepcional, “Le mystère Picasso” – con música de Georges Auric y con montaje de Henri Colpi, que se estrenó en 1956 -, vemos el lápiz del pintor siguiendo a su ojo, el ojo dirigiendo a su mano, y mano y ojo descubriendo lo que hay en la mente, un misterio impenetrable, similar misterio al que existía en la cabeza de Leonardo o de Mozart. Pero, ¿qué cámara puede entrar en las secretas estancias cerebrales y sensoriales de un músico? Se ha dicho que Clouzot debería haber usado un microscopio metafísico de insólita potencia que actuara fuera de los límites de tiempo y espacio y haber dejado a un lado la cámara. Ese microscopio, por ahora, no existe. Vemos ir y venir al pintor, adentrarse en la blanca creación de un lienzo que parece cristal, un cristal que parece papel, un papel desde el que nos mira un pájaro, un pájaro con su ojo sorprendido como si nos preguntara qué hacemos allí, cómo nos hemos atrevido a entrar en el sagrado recinto de la creación.

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Pasó de repente Federico Fellini ante él y le preguntó : ¿ Puede explicarse la fantasía?. Pasó enseguida André Roussin a su lado y le interrogó: ¿Qué es la belleza?. Daba vueltas y vueltas con las preguntas, giraba con todas las cuestiones. Vio que se acercaba Galina Ulanova, la primera bailarina del Bolshoi de Moscú, y le lanzó : ¿Qué sentido tiene bailar?. El gran periodista italiano Enzo Biagi no se cansaba nunca de preguntar. Veía apasionantes respuestas por las calles, en los rostros, en los ojos inteligentes. ¿Por qué yo soy blanco y él negro?, le interrogó un día a Margaret Mead. Como vio que llegaba también a toda velocidad Enzo Ferrari le detuvo un segundo: ¿Por qué el hombre quiere ganar?. Y nada más salir disparado Ferrari hacia las curvas le interesó saber además qué son las ideas, por qué lloran los árboles, cuándo es hermosa una obra de arte o cómo se convence más a los animales, ¿con la dulzura o con la fuerza?

En cuanto le contestaron todos corrió a preguntar más: Por favor, ¿ cree usted que pueden fabricarse Mozart y Einstein?, le consultó a Asimov. ¿ Por qué reímos?, le dijo a Jacques Tati.

No se detenía. Vivió con la curiosidad abierta los ochenta y siete años que ha vivido, muerto ayer en Milán tras una larga carrera de preguntas.
Dicen que al entrar en la eternidad preguntó enseguida : Entonces, ¿ cómo puede definirse la vida?

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ESCUCHANDO A MOZART

Intentaba narrar la música con palabras.

Era media tarde, cerró las ventanas, se sentó en la butaca, cerró los ojos y comenzó a escuchar el Concierto para violín y orquesta nº 3 en sol mayor, K.216 de Mozart.

…Oía, sí, escuchaba ahora, después de tanto tiempo, aquel lento, tenue, espaciado Adagio de ternura después de tantos años, ahora sí volvía a escucharlo muy tenue y muy despacio otra vez, muy pausadamente… Escuchaba, sí, escuchaba el violín desde su cuarto con los ojos cerrados, le iba subiendo ahora, le iba poco a poco ascendiendo aquel lento y suave Adagio otra vez por todo el cuerpo, por todos los miembros, aquel Adagio de ternura por el corazón herido, pasando el violín lentamente sobre su corazón herido, llegando hasta él las cuerdas en sordina, las flautas, las flautas acompasadas, llegando hasta él el violín solitario entre nocturnas, maravillosas cantinelas bajo sus párpados, en los oídos, en los labios, tensado el violín con todo el arco de su columna vertebral, por las yemas de sus labios, por sus sienes, por el pelo, por el cerebro, llegando la ternura hasta tocar su cerebro, pasando su ternura la mano por el cerebro como le había pasado tantas veces la mano su madre en la niñez acariciándole muy despacio el pelo, acariciándole de niño los pensamientos…
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…Oía, sí, seguía escuchando ahora en aquel cuarto aquel gran Adagio de ternura tan lento y tan sereno, el paso de la mano de su madre por el pelo cuando le despedía para ir al colegio, los dedos, los dedos de su madre por las ondas, los violines, los besos, los besos de su madre en las mejillas, las flautas, las flautas acompasadas, aquella dulzura, aquella serenidad de los ojos de su madre mirándole en la puerta al despedirle, aquellos consejos de su madre tan suaves que los violines y las flautas acompañaban ahora, aquellos abrazos al atardecer, aquellos adioses, aquellos adioses de los veranos al anochecer, las noches, aquel gran Adagio de ternura cuando él despedía a sus hijos por las noches, los violines, los violines solitarios, los besos a los niños, aquel entrecerrar despacio la puerta del dormitorio y el apagar suavemente la luz para dar las buenas noches a sus hijos…
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…Y más tarde – ya anochecido- quiso volver otra vez a escuchar en aquel cuarto el lento, solitario y melancólico Larghetto del Concierto para piano y orquesta nº 27 en si bemol mayor de Mozart que ahora venía de nuevo hasta su butaca, aquel Larghetto de teclas blancas y de yemas sonoras y cálidas, la blanca claridad de los dedos y de las teclas a la vez, la potencia de los martillos, los vientos, los suspiros, el respirar, el aspirar, el suspirar de todos los violines al fondo de las montañas, los ríos, los cielos que él había visto durante los veranos, paisajes batidos por la lluvia, cortinas de lluvia punteadas ahora por teclas cristalinas, lunas redondas que iban pisando las yemas de los dedos sobre el piano, la intensidad, la brillantez, la sonoridad de las gotas de agua de las teclas que tocaba el solista y que ahora iba palpando Mozart, la simplicidad, la desnudez de aquel piano solitario doblado al fondo por unas flautas, doblado luego por los primeros violines que bajaban desde las montañas hasta su butaca.

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