VIAJE A PIE

«A esos muchachos tan simpáticos que encontrándose en el umbral de la puerta de la vida se sienten poseídos del noble impulso de la ambición personal y – yo supongo – del archinoble impulso de la ambición de servir, y preguntan : «¿Qué hemos de hacer? ¿Podría usted tener la amabilidad de darnos una orientación y decirnos lo que podríamos hacer?», yo les aconsejaría un viaje a pie».

Con estas palabras inicia Josep Pla su «Viaje a pie» y con ellas se puede echar andar por la gran prosa de este excelente escritor. Hace pocos días hablé aquí del Mas Pla, sentado yo con él bajo la campana de su casa de campo, contemplando – casi saboreando – las delicias de la fruta. Hoy sólo puedo recomendar un viaje a pie por otro libro suyo, «El cuaderno gris«, que incluso se puede visitar en la pantalla. Las anotaciones de entonces se hacen vida hoy y el pie va caminando por lugares que el tiempo no ha conseguido borrar.

EN EL MAS PLA

Me he ido una de estas tardes al Empordá, en Cataluña, a kilómetro y medio de Palafruguell, al lado de dos o tres carreteras, y poco a poco he llegado al Mas Pla, en Llofriu, he entrado en esta casa de campo escuchando el ladrido de los perros y me he sentado a esperar a que el escritor, bajo la gran campana, terminase de engomar y encender su cigarro ( en la mesa el café y la copa de coñac) antes de hablarle.

– Sabía que usted iba a venir – me dice Pla socarrón bajo su boina – porque, aunque estoy apartado de las nuevas tecnologías, sigo de vez en cuando su blog, por ese hábito de la curiosidad y de lo que se cuece por ahí. ¿Sabe usted ?- me dice mirando a la ventana y a la fuente de fruta que acaban de dejar sobre el mantel -, al mediar de la primavera llegan las primeras, pequeñas fresas de bosque y de jardín, y su perfume parece entremezclarse con el olor de las violetas. Luego aparecen los fresones que coinciden con las carnosas rosas rojas de San Poncio, con sus pétalos grandes y frescos. Las ciruelas aparecen en seguida, con su color de agua dormida, coincidentes con el apasionado y seco perfume del espliego. Y las cerezas, que son de tan diversas clases y de una gama de colorido que va del rojo negruzco a los carmines más evaporados, delicadísimos. Las mejores, ¿sabe usted?, son esas últimas, que llamamos de cor de colom, que tienen la carne dura y prieta. Los pájaros adoran las cerezas y me he entretenido a veces en los huertos contemplando los gorriones metidos en el follaje de los árboles acariciándose su pequeña cabeza en la mejilla de la fruta colgante, antes de hincarles en la carne el pequeño embudo de su pico. Las cerezas llegan con el menudo, morado tomillo y la retama amarillenta.
Después de hablar Jose Pla, de que nos tomáramos un café bajo la campana, de que el escritor diera el toque de gracia a su último cigarro, después de atusarse la boina y otear qué tiempo haría al siguiente amanecer, yo he salido despacio de este Mas Pla por las páginas de su «Viaje a pie«(Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libros), y los pies, sobre cada bellísima página de estas que llevo leyendo, me han llevado hasta aquí, hasta la puerta de Mi Siglo.
Aún continúa detrás de mí el aroma de la fruta.