ELOGIO DE LO COTIDIANO

 

gentes-bbgy- vida cotidiana- Maximilien Luce- mil ochocientos noventa y seis

 

«La vida es agradable. La vida es buena. El proceso de la vida, en sí mismo, es satisfactorio. Fijémonos en un hombre normal y corriente que goce de buena salud. Le gusta comer y le gusta dormir. Le gusta respirar aire fresco y caminar a buen paso por la calle. O, en el campo, canta el gallo encaramado en una verja; un potro galopa alrededor de un campo. Siempre hay algo que hacer a continuación. El martes sigue al lunes. El miércoles al martes. Y cada día emite las mismas ondas de bienestar, repite la misma curva de ritmos, cubre con un escalofrío la fresca arena, o se va lentamente con cierta pereza. De esta manera, el ser crea aros, la identidad se robustece. Lo que era ardiente y furtivo como un puñado de grano arrojado al aire, y desperdigado aquí y allá por soplos de vida nacidos en todos los puntos de la rosa de los vientos, es ahora metódico, ordenado y arrojado con un propósito. O así parece.

Señor, ¡qué agradable! ¡Señor, qué bueno! Cuán tolerable es la vida de los tenderos, pensaba, mientras el tren pasaba por los suburbios, y uno veía las luces de las ventanas en los dormitorios…Activos y enérgicos como una multitud de hormigas, me decía en pie ante el cristal, contemplando a los obreros, con la bolsa en la mano, entrando agrupados en la ciudad».

 

vida cotidiana-nuuj-Jeffrey T Larson

 

Estas palabras que escribe Virginia Woolf  en «Las olas» y de las que quise hacerme eco hace poco tiempo en un artículo, nos acompañan en esta sucesión de martes y de lunes, encadenadas horas febriles, engranaje feliz de una vida precisamente porque es vida, simplemente vida y no la nada, hojas de calendario que a veces nos abruman y nos marcan con su peso, pero únicamente hojas, felices hojas de existencia, tablado de gestiones y quehaceres, en ocasiones preocupantes, en ocasiones difíciles, pero siempre hojas, felices hojas de la vida que cada mes trae, se las lleva con el viento y las hace caracolear sobre nuestros días hasta envolvernos por completo.

 

vida cotidiana-ubbb-Elvi Maarni

 

Chejov decía: » la vida es hermosa y, no obstante, sólo lo parece«. Así lo confesaba Irina en «Las tres hermanas», y en otra ocasión y en la misma obra, podemos escuchar: «la felicidad y la paz se instalarán sobre la tierra y quienes nos reemplacen hablarán de nosotros con bondad, y bendecirán a los que viven ahora«.

 

café -innu - interiores- gentes- Jacqueline Osborn

 

Lo cotidiano tiene un secreto que a veces no advertimos. Nos encaja en el orden, en la necesaria sucesión. Ese caminar diario por calles y despachos, entre papeles e imágenes, esconde un valor singular: el descubrimiento de una jornada nueva, cargada de sorpresas, cargada de conflictos, cargada de soluciones. Es el ritmo de la vida, un latido permanente de nuestro pulso, la señal de que estamos vivos y de que luchamos por la existencia.

Lo cotidiano, como caja de sorpresas, es nuestra compañía habitual. El martes sigue al lunes y el miércoles sigue al martes. Ningún tedio. Es el lenguaje de los días. el aprendizaje de la experiencia, todo ese río de fechas enlazadas que arrastra en su cauce la sabiduría.

 

interiores-nhu-vida cotidiana- Henri Lebasque

 

(Imágenes.- 1.-Maximilien Luce– 1896/ 2.-Jeffrey Larson/ 3.-Elvi Maarni/ 4.-Jacqueline Osborn/ 5.-Henri Lebasque)

UN ESPACIO INTERIOR

 

interiores-bhy-ventana- Josef Sudek- mil novecientos cincuenta

 

«Por la mañana me levanto con el sol y me voy a un bosque mío que estoy haciendo talar – le escribía Maquiavelo a Francesco Vettori en diciembre de 1513 – Una vez salido del bosque me voy  a una fuente (…) Por la carretera me dirijo a una posada, hablo con los que pasan, les pido noticias de sus tierras (…) Cuando cae la tarde, vuelvo a casa y entro en mi estudio; en la puerta me quito la ropa de todos los días, llena de barro y suciedad, y me pongo un traje de rey o cortesano; vestido decentemente entro en las cortes de los antiguos, donde, afablemente recibido por ellos, me alimento de esos manjares que son los míos, y para los que nací; y allá no me avergüenzo de hablar con ellos, ni de preguntarles las razones de sus hechos; y ellos me responden con humanidad; y durante cuatro horas no siento ningún tedio, me olvido de toda preocupación, no temo la pobreza, ni me espanta la muerte: me identifico totalmente con ellos».

 

interiores-ugvv-silla- Erich Hartmann- mil novecientos setenta y cuatro

 

Es este el espacio interior que construye Maquiavelo, como lo construirá también Pascal y tantos otros. En tal ambiente íntimo se lee o se relee, se escribe y se medita. Siempre será necesario ese espacio personal para hombres y mujeres – esa independencia -, pero no siempre se consigue. Al hablar de los creadores y de sus distintos espacios interiores – los que de un modo u otro ellos han construido – quise evocar en «El ojo y la palabra»:

» Lo esencial es aprender a escribir en cualquier parte, con incomodidades o comodidad, con mucho o con poco tiempo, a horas distintas, en lugares diversos, en lugares creados por uno mismo, aprovechando retazos del día o de la noche, redactando de pie, en un atril, por problemas de espalda (como Hemingway), o viajando en tren a Chicago, escribiendo el capítulo catorce de Doktor Faustus (como hace Thomas Mann). Naturalmente no en todas partes se puede uno concentrar ni todos los sitios son los más indicados para trabajar de un mismo modo, pero en el arco de un proyecto o en las etapas de un proceso creador hay

 

interiores.-4vbbn.-William MacGregor Paxton.- 1969-1941

 

una fase para los apuntes y esbozos, otra para urdir las historias y sus claves, otra para bautizar personajes o trazar fechas y árboles genealógicos, otra para ampliar, reducir o modificar escenas, otra para pulsar y abocetar estilos que parecen incipientes y toscos pero que al fin madurarán y quedarán, y así podríamos seguir casi infinitamente atravesando las labores de invención y de observación, las habitaciones de cocción y de ajuste, los pasillos de la paciencia y de la perspectiva que, muy poco a poco, nos llevarán hacia el final. Ese célebre párrafo de El Quijote ‑Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía.. no hay que aplicarlo sólo a la dedicación a la lectura (con ser ésta capital e importante), sino también a la dedicación a la escritura, mejor dicho, a la lectura y a la escritura a la vez, y entonces es como si ese capítulo IX de la Primera parte de El Quijote nos dijera: … y como yo soy aficionado a escribir aunque sea en los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación…, y uno prosiguiera diciendo: escribí en cualquier parte, tomé notas, apunté ideas, hice esbozos, redacté diálogos, perfilé personajes…, en fin…, escribí siempre, donde pude y en cuanto pude.

 

lectura-bhhi-interiores- Edmund Tarbell- mil novecientos nueve

 

Los ejemplos son numerosos. Juan Rulfo llevaba en el bolsillo una serie de papelitos verdes, blancos y azules en los que anotaba ‑decía él‑ lo que le dictaba alguien por la calle, cuando salía de su empleo. Al llegar a casa pasaba esas anotaciones a limpio. Así ‑proseguía‑ surgió Pedro Páramo. Es decir, así surgió el germen del sencillo lenguaje hablado en la obra de Rulfo. Esos papeles en que se apuntan cosas diversas, esos pliegos contenidos en una carpeta ‑pues todo eso se abarca en la palabra cartapacio‑es lo que llevaba Stravinsky en sus viajes en avión. En todos sus viajes, tiene siempre a mano ‑cuenta Robert Craft‑ papel pautado, o bolígrafos y papel sin rayar (…) Cualquier trozo de papel, un sobre de carta, el dorso de un menú o de un programa, una servilleta, el margen arrancado de un periódico, todo le sirve para sus anotaciones, y por ello las páginas de las agendas a las que tiene pegados tales bosquejos presentan el aspecto de collages. Stravinsky pone la fecha a cada uno de estos esbozos y hace uso de lápices de colores, debido a que, según dice, si no se hace así resulta muy difícil comprobar los errores, aunque, evidentemente, en el fondo hay algo más que esto, siendo en realidad la manifestación de una poderosa compulsión psicológica que le obliga a ser ordenado.

 

interiores-yvvd-Henry Alexander

 

Todo esto quiere decir que Stravinsky, como tantos otros artistas y creadores, inventa un espacio personal por encima de las paredes físicas y de la habitación propia. El tema ‑la necesidad‑ de tener una habitación propia ‑(esencialmente para la mujer, pero no sólo para la mujer, sino vinculada al quehacer del escritor o del novelista)‑ fue una constante en Virginia Woolf que con ese mismo título publicó un libro en 1929. Si es que podemos profetizar ‑señalaba‑, en el futuro las mujeres escribirán menos novelas, pero mejores, y no sólo escribirán novelas, sino también poesía, crítica e historia. Pero, al decir esto, estamos mirando a lo lejos, a esa dorada y quizás fabulosa época en que las mujeres tendrán lo que durante tanto tiempo les ha sido denegado: tiempo libre, dinero, y un cuarto para ellas. Tres años antes había comentado: [El novelista] debe enfrentarse con la vida, debe arriesgarse a que la vida le haga víctima de sus engaños y le desoriente, debe arrancar su tesoro a la vida (…) Pero, en determinado momento, ha de alejarse de la sociedad, y retirarse, solo, a esta misteriosa habitación en la que su cuerpo se endurece (…)  En una de sus cartas confesaba: cómo me gustaría tener un cuarto enorme para mi sola, sin otra cosa que libros, donde poderme encerrar, y no ver a nadie, y leer hasta encontrar la tranquilidad.

 

interiores-nhyy-Vilhelm Hammershoi

 

 

Pero como Stravinsky con sus servilletas en los aviones ‑aprovechando retazos de tiempo y no esperando a las comodidades‑ el Diario de Virginia Wolf está lleno de anotaciones como ésta: tengo exactamente 5 minutos antes de la cena… (17 de septiembre de 1928); así que puedo llenar la media hora antes de la cena escribiendo (22 de agosto de 1929). Y preocupada por su cocina: Pero lo que me interesa, por supuesto, es mi cocina de petróleo (…) En este momento se está haciendo mi cena en los platos de cristal, perfectamente espero, sin olores, desperdicio ni confusión; uno gira los mandos y hay un termómetro. Y así me veo más libre, más independiente ‑y toda la vida es una lucha por la libertad‑, capaz de venir aquí con unas chuletas en una bolsa y vivir sola. Repaso los platos que prepararé, los ricos estofados, las salsas. Los arriesgados platos extraños con un toque de vino. (…) Ayer por la mañana empecé otra vez Las falenas [Las olas], pero ése no será el título. Y varios problemas claman enseguida pidiendo una solución. ¿Quién lo piensa? ¿Estoy yo fuera del pensador? Se necesita un recurso que no sea un truco. (…) Ahora debo irme a ver cómo mi cocina hace el jamón. (25 de septiembre de 1929).

Por tanto, ella escribe en su habitación ‑(mi nueva habitación tiene ya un metro de altura y los marcos de las ventanas están puestos; bastante horrible, porque tapa el tejado del garaje y los “downs”, ambas vistas más agradables de lo que yo pensaba) (Diario, 5 de noviembre de 1929) ‑o escribe en la cocina o en cualquier parte».

 

escritores.-85fo.-Virginia Woolf.-Gisèle Freund.-1939- Galería Nacional de Retratos. de Londres.-foto.-los Bienes de Gisèle Freund, por cortesía de la Naional Portrait Gallery.-Londres

 

 (Imágenes.- 1.- Josef Sudek.-1950/ 2.-Erick Hartmann- 1964/ 3.-William McGregor Paxton– 1969/ 4.-  Henry Alexander/5.- Vilhelm Hammershoi/ 6.- Virginia Woolf- Gisèle Freund- 1939.-Galería de retratos de Londres- foto: los bienes de Gisèle Freund– por cortesía de la National Portrait Gallery) 

PALABRAS AMARILLLAS, PALABRAS BLANCAS

«Son palabras blancas«, dijo Susan, «como los cantos rodados que se encuentran en la playa».– escribe Virginia Woolf en «Las olas«.

«Mueven la cola a derecha e izquierda cuando les habla», dijo Bernard  (y así se expresa en esa misma novela). «Menean las cola, agitan la cola, se mueven por el aire en rebaño, ahora aquí, ahora hacia allá, avanzan juntas, ahora se separan, ahora se reúnen».

«Son palabras amarillas, son palabras flamígeras», dijo Jinny. «Me gustaría tener un vestido llameante, un vestido amarillo, un vestido leonado, para ponérmelo, para ponérmelo por la noche».

El color destaca en esta novelista inglesa de modo indudable.»Ahora se han ido todos, dijo Louis. «Estoy solo. Todos han entrado en la casa para desayunar, y he quedado en pie junto al muro entre las flores. Es muy temprano, antes de las clases. Flor tras flor puntean la profundidad verde. Los pétalos son arlequines. Los tallos surgen de los negros hoyos. Las flores nadan como peces de luz, en la superficie de las oscuras aguas verdes. Sostengo un tallo en la mano. Soy el tallo. Mis raíces descienden hasta las profundidades del mundo, a través de tierras secas, de roca, a través de húmedas tierras, de vetas de plomo y de plata. Soy todo fibra. Todos los temblores me estremecen, y el peso de la tierra oprime mis costillares. Aquí, mis ojos son hojas verdes que no ven. Soy un chico vestido de franela gris, con un  cinturón de hebilla en forma de serpiente, aquí. Allá, abajo, mis ojos son los ojos sin párpados de una estatua de piedra en un desierto junto al Nilo. Veo mujeres que pasan, con cántaros rojos, camino del río».

Son los colores los que que dan un tono especial a esta novela  de Virginia Woolf, como serán los sonidos en otros paisajes y en diversos novelistas  (se ha hablado, por ejemplo, de «la gran oreja» de la francesa Nathalie Sarraute, – del  rumor que retiene su prosa – o de lo visual en Robbe-Grillet). Paisajes y ciudades quedan apresados por distintos estilos y en el caso de «Las olas»– como recordó el crítico Ralph Freedman – «los poemas en prosa describen simultáneamente un ciclo del alba al anochecer, de la primavera al invierno, del amanecer de la historia a su declinamiento e inminente perdición. (…) El sol pasa por todas las fases en las que, por ejemplo, el calor de la cosecha de verano se identifica con el intenso calor de las primeras horas de la tarde».

Son los sentidos en la literatura: son el ojo, el oído y la voz.

(Imágenes.1.-Norman Bluhm/ 2.-Isaac Layman.-2011.-Frye Art Museum/ 3.-Grace Gollen.-Hampstead Road.-1934.-petipoulailler/4- Giuseppe de Nittis.-/5.--Pete Turner.-Time Square 1958/ VirginiaWoolf en Monk.-Sussex)

EL CANTO DE LOS PÁJAROS O LA MELANCOLÍA Y LA MÚSICA

«La música que debe emplearse para la curación de los temperamentos melancólicos secos – recomendaba ya en el siglo XVll Pierre-Joseph Buchoz – debe comenzar por los tonos más bajos, y elevarse insensiblemente a los más altos; es por medio de esta gradación armónica como las fibras rígidas, habituadas a los diferentes grados de vibración, pueden flexionarse. Por el contrario, un temperamento melancólico húmedo necesita para su curación una música alegre, fuerte, viva, variada, ya que ella siempre está más dispuesta a remover todas las fibras».

Ya escribí hace meses en Mi Siglo sobre la música de los pájaros: sobre sus trinos, ritmos y gorjeos. Pero cuando las melancolías de los tiempos asoman sus recuerdos por las esquinas del año, los pájaros y la música vagan de pronto entrando en las habitaciones de la mente como entraban y vagaban etéreas aquellas polillas que a Virginia Woolf  le inspiraron «Las olas» y que ella reconoce en una carta a su hermana Vanessa Bell. «Si los nervios languidecen y quedan abatidos – seguía diciendo Buchoz en su «Memoria sobre la manera de curar la melancolía con la música» -, si los líquidos son espesos e incapaces de movimientos, si el alma y el cuerpo se encuentran fuertemente afectados, entonces haca falta recurrir a una música simple, sonora, agradable; esta música pellizca el nervio auditivo, fortifica los movimientos y rejuvenece el corazón: de ahí vienen las ideas dulces y agradables y con ello el espíritu se hace más alegre».

Paul Kleecomo ya escribí aquí -decía de Pau Casals que «¡era uno de los más maravillosos músicos que haya  habido jamás! Su tono de cello es de la más conmovedora melancolía. Son ilimitados sus medios de expresión, tan pronto hacia el exterior, pero partiendo de la profundidad, tan pronto hacia el interior en la misma profundidad. Toca con los ojos cerrados, pero su boca se contrae ligeramente en el seno de semejante paz“.

El canto de los pájaros nos picotea estos días en las ventanas del año y los cristales se hacen única e inusitada música.

(Imágenes:- 1.-Vadim Trunov/ 2.-Pau Casals.-por Yousuf Karsh.-1954)

MARIPOSAS Y DISTRACCIONES

mariposa,.AAA.-por Donald Sultan.-1995.-artnet«Después de haber rescatado una hoja – le escribe Vanessa Bell a Virgina Woolf en 1927 -, me he sentado entre unas polillas que revoloteaban furiosas en círculos a mi alrededor y en torno de la lámpara. No puedes imaginarte lo que es. Una noche, cierto animalillo dio unos golpecitos tan sonoros en el cristal que Duncan dijo: «¿Qué es esto?» «Sólo un murciélago», dijo Roger, «o un pájaro», pero no era ni un hombre ni un pájaro sino una inmensa polillla, de medio pie, literalmente, que volaba por el lugar. Pasamos unos momentos terribles». Cinco días después Virginia le contesta: «Por cierto, lo que me cuentas sobre las Polillas me fascina tanto que voy a escribir una historia acerca de ellas. Después de leer tu carta me pasé horas sin poder pensar en otra cosa que en ti y en las polillas». 

Ese fue el germen de la novela «Las olas«. El interés de Virginia Woolf por las mariposas nocturnas venía de muy lejos. Esos etéreos vuelos en la noche, en un esfuerzo indómito e inútil para resistirse a la muerte y a la quietud, simbolizaban, sin ella saberlo, todas las alas de la imaginación creativa, el giro de de una idea que revoloteaba trayendo y llevando por la habitación del cerebro lo que en su día uno podía llegar a escribir.

Pero no siempre las Polillas o mariposas nocturnas acercan la inspiración. A veces la alejan. Hablando de las distracciones y de la concentración al crear Raymond Chandler, del que ya hablé algunas veces en Mi Siglo recordaba que «»el escritor no tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana, o hacer el pino o retorcerse en el suelo. Pero no debe hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada».

Todas las distracciones del momento parece que se unieran para impedirnos crear. Así, entre otros, el mundo de las indecisiones y de las dudas, el ir y venir de las mariposas por la mente mientras uno intenta componer algo, todo eso quiso contarlo el poeta Aníbal Núñez en unos versos reveladores:

Busca en torno (fruta, lápices) tema

Para seguir. Y sigue – sabe bien que no puede –

Haciendo simulacro de afición y coherencia

La escritura parece (paralela, enlazada)

Algo. Un final perdido le reclama

A medias. Fulge el broche de oro en su cerebro

Desplaza al sol extinto

Toma forma, -el escriba cierra los ojos – de

(un moscardón contra el cristal) esquila.

Un rebaño invisible y su tañido escoge

Entre símbolos varios del silencio; e invoca

«mi palabra no manche intervalos de ramas

y de planos: no suene». Terminar el poema.

Aníbal Núñez: «Cuarzo«.

Mariposas de inspiración y de distracción, mariposas que siempre van y vienen.

(Imagen: Donald  Sultan.-1995.-artnet)

AMANTES DE LA LECTURA

leer-vinvian-foto-suzanne-dechillo-the-new-york-times

Recibo el número 88 de la Revista «Turia», nacida en Teruel hace 25 años, un número mágico para una revista literaria cuando estas publicaciones cuentan fatigosamente el tiempo y suben pesarosas la cuesta de la edición creyendo que cada número va a ser el último de su vida. No ha sido así felizmente en el caso de «Turia», dirigida por Raúl Carlos Maícas y Ana María Navales. Logró esta excelente Revista el Premio Nacional al fomento de la lectura y esa lectura viene y va siempre por sus páginas induciéndonos a sumergirnos en las letras, a recostarnos en los párrafos y a pasear entre creaciones y pensamientos. Nada más abrir la presentación de este número se acerca Virginia Woolf a recordarnos: «He soñado a veces – dice la novelista inglesa – que cuando amanezca el día del juicio, y los grandes conquistadores y abogados y juristas y gobernantes se acerquen para recibir su recompensa, el Todopoderoso, al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo, se volverá hacia Pedro y dirá, no sin cierta envidia: «míralos; estos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Son los amantes de la lectura».turia-3-adenes

Son palabras del ensayo de Virginia Woolf  que con el título «¿ Cómo hay que leer un libro?» aparece en «La torre inclinada» (Lumen), una muy interesante recopilación de las reflexiones creadoras que la autora de «Las olas» hizo en su vida.

Allí se complace la escritora inglesa en la atmósfera que puede rodear a la lectura, como en otro sentido se complace Italo Calvino en todo esa intimidad lectora en «Si una noche de invierno un viajero» ( Bruguera), o igualmente analiza o comenta Armando PetrucciHistoria de la lectura en el mundo occidental») de Roger Chartier ( Taurus) hasta las posturas y lugares para leer, muy distintos a los silencios cómodos de Calvino. «Sobre ochenta entrevistados – dirá  Petrucci -, sólo algunos desean leer al aire libre; doce de ellos señalan que prefieren leer sentados ante una mesa o un escritorio; y cuatro indican también la biblioteca como lugar de lectura. De todos modos, el espacio favorito es la casa y dentro de ella su habitación (el que la tiene), mientras que la forma de leer varía entre la cama y el sillón; la mayoría considera el tren como un óptimo lugar para la lectura, prácticamente equivalente al sillón casero».

Pero si nos volvemos al texto de Virginia Woolf descubriremos incluso otros matices. «Podemos leer estos libros – advierte ella – con otra finalidad, que no es la de arrojar luz sobre la literatura, ni la de conocer de cerca a gente famosa, sino la de refrescar y ejercitar nuestra propia capacidad de creación. ¿No está abierta esa ventana a la derecha de la biblioteca? Qué delicia es dejar de leer y mirar hacia fuera. Cuán estimulante es la escena, en su carencia de conciencia, en su trivialidad, en su perpetuo movimiento. Los potros galopan alrededor del campo, la mujer llena el cubo en el pozo, el asno echa la cabeza atrás y emite su largo, acre gemido».

Es el ojo humano el que lee y el que ahora descansa de leer, el que está leyendo la naturaleza y  el que seguramente escribirá sobre ella un libro muy parecido al que está leyendo.

(Imágenes: foto: Suzanne DeChillo.-The New York Times/ portada del número 84 de «Turia»)

SAINT -LAZARE


Como apenas leves polillas – semejantes a las que el 3 de mayo de 1927 entraron en el cuarto de Vanessa Bell y que ella describió a Virginia Woolf en una carta – y que luego serían el germen o idea para la escritora en su novela «Las olas» : («lo que me cuentas sobre las polillas– contestó la escritora cinco días después – me fascina de tal modo, que voy a escribir una historia sobre ellas«) -, así acaba de descubrirse que ocurre en la atmósfera con ese diminuto polvo que suele cabecear transparente y brillante, sobre todo en primavera, y que formando pequeños grumos va y viene sobre nosotros como poso de tiempo. Son hilos sueltos, que sin duda quedaron desgajados de conversaciones anteriores, letras y sílabas de otras épocas, en ocasiones – muy pocas – palabras enteras, muy raramente algún trozo de diálogo que quedó flotando y que ahora vuelve y entra por la ventana igual que las polillas o avanza dubitativo y nebuloso como fleco fantasmal en los jardines, tiempo pasado, o mejor, ecos del tiempo pasado, aquello que se dijo y que se creyó olvidado pensando que las palabras se las llevaba el aire y que nunca el aire las devolvía.

Ahora se ha descubierto que eso existe. No digamos ya en las habitaciones donde se sucedieron las vidas y coloquios de las gentes, sino también en el exterior, en las calles, en Madrid, en Nueva York, en Londres o en París. Muchas de las cosas que se hablaron y muchos gestos que se hicieron hace muchos años retornan ahora impensadamente, vuelan encima de nosotros y navegan blandamente en el aire recordándonos todo lo que significaron y lo que fueron.

El último hallazgo sobre todo esto ha ocurrido en París. Desde hace años, en varios lugares de la estación de Saint-Lazare, las palabras de Claude Monet montando su caballete en enero de 1877, nos hacen revivir la vieja estampa del vapor irisado dando vueltas por encima de las máquinas y las altas fachadas de las casas al fondo. «¡La Saint-Lazare! – se puede oir hoy perfectamente la voz de Monet – La pintaré mientras los trenes entran y salen, en medio de un humo tan espeso que apenas se pueda ver nada. Es una visión fascinante, un auténtico sueño. Les pediré que retrasen el tren de Rúan media hora. La luz será mejor entonces». Se sabe, como dice Sue Roe en «Vida privada de los impresionistas» (Turner), que Monet se vistió ese día de enero con sus mejores galas, se ahuecó los encajes de los puños, y así le vemos venir ahora con su bastón de mango dorado, rumbo a las oficinas de los Ferrocarriles del Oeste. Modestamente presenta al conserje su tarjeta: «el pintor Claude Monet«. Luego oimos de nuevo la voz de Monet hablando con el jefe de estación: «He decidido – le dice– pintar su estación. Durante cierto tiempo, he estado dudando entre ésta y la Gare du Nord, pero creo que la suya tiene más carácter». Entonces, tras concedérsele el permiso, se detienen todos los trenes y se despejan los andenes. En las máquinas se acumula el carbón para que suelte la mayor cantidad de humo posible y Monet – podemos verle muy bien ahora desde distintos sitios- se dedica a componer esa serie de cuadros que le harán célebre.
De Monet, que manifestó a un joven pintor que habría deseado nacer ciego y recuperar repentinamente la vista para no saber nada de los objetos y hallarse en estado virgen ante las apariencias, oiremos también perfectamente su voz en Saint- Lazare cuando diga mirando lo que va a pintar: «En el momento de la salida de los trenes, el humo de las locomotoras es tan denso que casi no se distingue nada. Es maravilloso, una verdadera fantasmagoría».
No es el tren de Turner en su famoso «Lluvia, vapor, velocidad «, no es el tren de la imaginación el que entra en el ojo de Monet, es el tren de la experiencia, que todos podemos ver llegando a la estación mientras nos envuelve el tiempo con estas diminutas y fugaces polillas.
(Fotos: Monet: «La Estación Saint-Lazare» 1877; «Claude Monet con la paleta» por Renoir, 1875 -Louvre.-pucmm-edu.do)