ENERO EN ROSALES


Estas primeras pisadas del año procurando no resbalarse con las hojas del calendario me llevan siempre a una feliz soledad, alejado ya de las bengalas y de los brindis. A veces se necesita este tiempo, el silencio de los pasos meditados, o quizá hablar quedamente con alguien amigo, con un libro, como hago esta mañana de enero con Juan Ramón Jiménez por el madrileño paseo de Rosales.
-» Se van, se van, se van todos – me va diciendo Juan Ramón mientras camina – . Mediodía azul, azul, azul, casi sin oro, de un sol azul. Y se queda solo el alto paseo grande, con su acercada sierra de blancos y azules cristales amontonados, cubos de luz sombría al tanto sol. Y lo que parece que se queda solo – y que es todo- es la sierra».
(Yo voy pensando que acabo de empezar un nuevo año). Pero Juan Ramón prosigue:
-«¡ Y ahora, al mediodía de invierno, sola! – me dice mirando a esa Sierra – . Todos están ya comiendo, entre palabra, vino, humo -¡qué mareo!- en sus casas ciegas, calientes y cerradas. Y yo, que no le quito a la sierra, ni ella a mí, la soledad, estándome, hondos mis ojos, del tamaño de ella, la miro, la miro, la miro y casi la acaricio con mi mano, sin hambre de comida ni frío de estufa; y ella, encima de mí ya, me mira, me mira, me mira, libre, mía y blanca».
Se detiene y me pregunta al pasear en qué año estamos, si es ya 1915, el año en que escribió estas cosas que ahora leo.
-No, Juan Ramón. – le corrijo andando con él por Rosales – . Acabamos de entrar en 2008.
Y él se detiene otra vez sorprendido, y me mira, y luego mira al fondo el sol azul del paseo , y a lo lejos la Sierra.

MUJERES Y HOMBRES

Una mujer siempre está sentada a la derecha de ese hombre que escribe, pinta, compone o esculpe y que va y viene por su estudio y por las páginas sorteando sus dudas creadoras y ensimismado en su soledad. La aparición simultánea de dos libros femeninos sobre el escritor norteamericano Raymond Carver -«Así fueron las cosas«(Circe), de Maryann Burk Carver y «Carver y yo» (Bartleby), de Tess Callagher -, supone la entrada en la habitación de los recuerdos de dos miradas distintas, las dos enamoradas, que acompañaron a este hombre de los relatos minimalistas, sumergido durante años en el alcohol, hasta llegar a su irrevocable decisión de cruzar para siempre el umbral del mundo abstemio en la mañana del 2 de junio de 1977 , a los treinta y nueve años de edad. Gracias a su segunda mujer, a la poeta Tess Callagher y a la meditada y comprensiva lectura casi cotidiana de Chejov, nació un Carver nuevo, mucho más humano y profundo, un camino que iniciaría con su relato «Catedral».
Pero no fue sólo Tess Callagher la que le ayudó hasta su muerte vencida por el cáncer. Maryann, su primera mujer, descendió con él las escaleras de los abismos y convivió con Carver todas las alegrías y las tristezas en un sótano de fatigas y de intentos.
Fueron dos amores intensos. Como amores intensos, pacientes y escondidos a la vera de tantos artistas nos llevarían a evocar, en el caso de Solzhenitsin, a su primera mujer Natalia Reschetovskaya – «Mi marido Solzhenitsin» (Sedymar)- y a su segunda y actual mujer, Natasha. Amores comprensivos y callados los de Katia Mann -«Memorias«- escuchando y paseando con el tantas veces atormentado Thomas Mann. Hay una dulzura en Katia, una mirada sosegada, un gran silencio. Dulce también, sonriente y práctica para resolver la intendencencia de la vida fue Zenobia Camprubí en su vida con Juan Ramón. Inteligente y profunda se reveló Raissa Maritain – «Diario» y » «Las grandes amistades«- siempre al lado de su marido.
La lista sería numerosa. Los vacíos que han dejado ciertas mujeres al irse de este mundo – Marisa Madieri, por ejemplo, la autora de «Verde agua«- han intentado cantarse por quienes las acompañaron en el matrimonio, en este caso Claudio Magris.
Quedan siempre grandes mujeres en las penumbras de la creación. Muchas veces también ellas crean y en muchas ocasiones superan al hombre. Quedan allí, entre años y paredes, en una vida escondida y llenas de fe en un proyecto. Quedan sus largos esfuerzos comunes, sus diálogos de ojos, el aliento de una constante comprensión.