EL QUE NOS DICTA EN LA OSCURIDAD


En La vida interior de Martin Frost, la película que ha dirigido Paul Auster, aparece la musa encarnada en mujer, esa aparición inesperada que en la vida de todos los artistas ocurre. ¿Pero la musa o la inspiración existe? ¿No es el trabajo lo que domina? Que la inspiración me coja trabajando, han dicho autores memorables. En mi siglo y en todos los anteriores y posteriores, el primer verso siempre nos ha sido y nos será regalado, como decía Valéry . Otro novelista francés, hoy olvidado, Georges Duhamel, confesaba : «El relato que yo voy a hacer ahora está atravesado en mi garganta desde hace casi un año. Me pesa sobre el pecho. Ya es hora de librarme de él». Alguien, pues, nos dicta en la oscuridad. Conforme caminamos por las calles, cruzamos pasillos, contemplamos paisajes, vemos una película o leemos un libro, alguien detrás de la butaca, detrás de la chaqueta, pisando donde nosotros pisamos, colándose por las conducciones internas de los ojos, de los oídos, de los sentidos, entra inesperadamente en las bodegas del cerebro y nos va dictando el primer verso del primer poema aún sin empezar, el brote de la primera idea para un cuento. Luego nos deja solos. Hemos de trabajar. La inspiración regala la brizna de un pequeño movimiento (musical, literario, plástico), y luego el quehacer – con sus dificultades normales, sus entusiasmos y desalientos – nos lleva a través de lo que alguien llamó la transpiración más que la inspiración. «Quiero dibujar personas con una línea redonda y única. Haré cien dibujos, y si no es bastante haré mil más» escribía Van Gogh a su hermano Theo.
Tenemos conciencia de visitaciones fugaces de ideas y sentimientos, a veces asociados con lugares y personas, a veces concernientes tan sólo a nuestro espíritu – decía Shelley en su Defensa de la poesía -, y siempre surgiendo imprevisibles y partiendo espontáneos, pero nunca sin elevar y deleitar nuestro ánimo más allá de toda expresión.
De repente alguien nos dicta en la oscuridad de la vida corriente, en la encrucijada de ocupaciones y de preocupaciones. Oímos un aliento detrás, que no está detrás sino dentro, que tampoco está dentro sino que nos los trae esa visión de fuera. Nos volvemos y no hay nadie. Ha huido pero existe. Ese rumor, el inicio del verso, esa idea de la cual ya no podremos desprendernos nos lleva hasta la mesa del trabajo. Allí nos espera extendido el quehacer.

LA VIDA PERFECTA

Érase una vez un día perfecto, el único que se recuerda, salió el sol sin nube alguna sobre los campos y carreteras, iluminó suavemente las autopistas, iban dichosos por todas ellas los felices viajeros sin problemas, sin una sombra, sin la menor preocupación. A las ocho, cuando se abrieron las oficinas, los jefes iniciaron un día muy amable, la cordialidad se extendió por pasillos y despachos, funcionaban a pleno rendimiento las máquinas, no arrojaban los teléfonos tensiones ni conflictos, todas las noticias, los diálogos, las historias entrecruzadas, eran constantemente alegres, se comentaba la salud y belleza de los niños encantados de estar en los colegios, la bondad, paciencia y valor de los ancianos, el equilibrio de todos los matrimonios, la dulzura, la suavidad en todas las relaciones, la puntualidad de los transportes, la excelente educación de los ciudadanos. La mañana en todas partes transcurrió tan llena de luz que los telediarios al mediodía recogieron el paso de las horas del día perfecto apareciendo en pantalla las permanentes sonrisas iluminando cada noticia, las alegrías compartidas por los protagonistas, el gozo al extender la felicidad, y así la tarde entró muy pacífica y sosegada, plena de satisfacciones, ya que las horas del día perfecto poseguían radiantes, los parques se llenaron de risas innumerables y a la hora de la cena, tras una jornada memorable, los telediarios volvieron a confirmar que el bienestar más profundo reinaba en todos los hogares y que una paz soberana invadía las existencias de los hombres.
Lo que no se sabe de ese día es que no trabajó ningun artista. Ningun pintor, ningun escultor, ningun músico, ningun escritor. Ese día fue el único en que no se pintó, ni se esculpió, ni se compuso, y nada se escribió.
No hubo inspiración. No había nada que decir. Faltaban todos los contraluces. Todas las sombras.
Sólo se oyó murmurar al final de día, ya muy desolado, lo que decía Tarkovsky, el autor de «Sacrificio», de «La infancia de Iván» y de «Solaris»: «La gente hace arte porque la vida no es perfecta», comentó en voz muy baja.
Felizmente al día siguiente volvió a amanecer el día imperfecto, las horas crispadas, la completa (e incompleta) vida imperfecta, los ruidos, el caos, las inesperadas tensiones y vicisitudes.
Ya muy de mañana se les vio a los artistas en sus talleres – muy inspirados, muy ilusionados -, volviendo a hacer arte.