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Archive for the ‘escribir’ Category

Me he ido una de estas tardes al Empordá, en Cataluña, a kilómetro y medio de Palafruguell, al lado de dos o tres carreteras, y poco a poco he llegado al Mas Pla, en Llofriu, he entrado en esta casa de campo escuchando el ladrido de los perros y me he sentado a esperar a que el escritor, bajo la gran campana, terminase de engomar y encender su cigarro ( en la mesa el café y la copa de coñac) antes de hablarle.

– Sabía que usted iba a venir – me dice Pla socarrón bajo su boina – porque, aunque estoy apartado de las nuevas tecnologías, sigo de vez en cuando su blog, por ese hábito de la curiosidad y de lo que se cuece por ahí. ¿Sabe usted ?- me dice mirando a la ventana y a la fuente de fruta que acaban de dejar sobre el mantel -, al mediar de la primavera llegan las primeras, pequeñas fresas de bosque y de jardín, y su perfume parece entremezclarse con el olor de las violetas. Luego aparecen los fresones que coinciden con las carnosas rosas rojas de San Poncio, con sus pétalos grandes y frescos. Las ciruelas aparecen en seguida, con su color de agua dormida, coincidentes con el apasionado y seco perfume del espliego. Y las cerezas, que son de tan diversas clases y de una gama de colorido que va del rojo negruzco a los carmines más evaporados, delicadísimos. Las mejores, ¿sabe usted?, son esas últimas, que llamamos de cor de colom, que tienen la carne dura y prieta. Los pájaros adoran las cerezas y me he entretenido a veces en los huertos contemplando los gorriones metidos en el follaje de los árboles acariciándose su pequeña cabeza en la mejilla de la fruta colgante, antes de hincarles en la carne el pequeño embudo de su pico. Las cerezas llegan con el menudo, morado tomillo y la retama amarillenta.
Después de hablar Jose Pla, de que nos tomáramos un café bajo la campana, de que el escritor diera el toque de gracia a su último cigarro, después de atusarse la boina y otear qué tiempo haría al siguiente amanecer, yo he salido despacio de este Mas Pla por las páginas de su “Viaje a pie“(Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libros), y los pies, sobre cada bellísima página de estas que llevo leyendo, me han llevado hasta aquí, hasta la puerta de Mi Siglo.
Aún continúa detrás de mí el aroma de la fruta.

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Ayer vino a cenar William Saroyan a casa. A la casa del blog. Las cenas en el blog de mi siglo son distintas a cualquier otras porque nos reunimos muertos y vivos, libros y personajes y cada uno habla con libertad de lo que quiere y así nos pueden dar las tantas sabiendo que nuestras conversaciones las escucha toda la blogosfera.
Le pregunté a Saroyan:
-¿Para quién escriben ahora los escritores?
-¿Para quién escribían antes ?- me preguntó a su vez.
-Para el público, desde luego – le contesté.
-Pues también ahora escriben para el público – me respondió-. Pero, ¿está seguro de que alguna vez se ha escrito para el público? Quiero decir con esta expresa particularidad. El escritor empieza por escribir para sí mismo , probablemente porque no sabe cómo escribir y quiere descubrir ese cómo, o descubrir que no sabe. Por ejemplo, yo siempre he creído que si yo puedo leerme, otros podrán leerme también. Así, empiezas por escribir para ti y, si no fracasas, presumes que escribes también para otros. Pero, si aún no te has casado, te das cuenta de que escribes también para tu mujer, dondequiera que ella esté, quien quiera que sea, como quiera que pueda resultar y, desde luego, ello significa que empiezas también a escribir para los chicos que ella va a tener contigo, o que tú esperas que vaya a tener. Empiezas, pues, a escribir para tu propia especie. No rechazas al resto de la especie humana, aunque todos nosotros lo rechacemos alguna vez. Así que tú escribes para la madre de tus hijos, a la que aún no has visto, que tal vez aún no ha nacido, y para los hijos que vais a tener, tu propia especie humana que tú crees va a ser una especie superior. Pero no acaba aquí la cosa – siguió diciendo Saroyan -. Empiezas a escribir para la mujer y los hijos del otro, y también para su nueva especie. Y aún hay más, y esta es la parte más incómoda, incluso en divagaciones de este estilo. Escribes para Dios, lo cual, creo yo, es otra forma de decir algo más. Trate de recordar, si puede, lo que siente un niño pequeño al salir del sueño que, en cierto modo, puede considerarse el cielo. El niño deja su sueño de mala gana, pero no puede seguir durmiendo. Trate de recordar lo que usted sentía acerca de lo que se aproximaba, sobre las cosas que iban a suceder, sobre el mundo…- y así continuó el gran escritor armenio-americano, sentado tranquilamente en mi blog, paladeando lentamente su copa de coñac.
– Pero, ¿qué puede decir un escritor que no haya sido dicho ya?- le pregunté interesado.
– Bueno – dijo Saroyan -, debe decir lo poco que tenga que decir, por poco que sea. Tiene que decirlo y repetirlo, como han hecho todos los escritores, que han dicho lo poco o lo mucho que tuvieran que decir y luego lo han repetido una y otra vez. ¿Y qué han dicho? En realidad, nada, siempre lo mismo, cambiando el nombre del macho y cambiando el nombre de la hembra, pero cada uno de ellos igual a todos los de los otros libros, cada uno de ellos vivo en el tiempo.
Se nos hacía tarde. Le extendí “El atrevido muchacho del trapecio” (Janés), “Cartas desde la rue Taitbout“(Plaza-Janés), “Me llamo Aram” y, sobre todo, “Lo importante es no morir” (Plaza-Janés) para que me los firmara.
-¡ Pero lo importante es no morir!, recuérdelo – me dijo ya en la puerta muy sonriente.
Muerto en 1981, me sorprendió que estuviera tan vivo.

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Hablando ayer tarde con Raymond Chandler me decía que no sabía quién fue el idiota original que le aconsejó a un escritor: “No se moleste por el público. Escriba lo que quiera escribir.” Porque ningún escritor nunca quiere escribir nada. Quiere reproducir o producir ciertos efectos y al comienzo no tiene la más leve idea de cómo hacerlo.

Acariciaba Chandler a su gata mientras el animal reposaba en su regazo

– Hay una cierta cualidad indispensable a la escritura – añadió-, algo que desde mi punto de vista llamo magia, pero que podríamos llamar con otros nombres. Es una suerte de fuerza vital. Por eso yo odio la escritura estudiada, la clase de cosa que se yergue y se admira a sí misma. Supongo que soy un improvisador nato, no calculo nada por anticipado, y creo que por mucho que se haya hecho en el pasado, uno siempre empieza de cero.

Me miraba desde sus gafas de concha y envuelto su labio inferior en la niebla de su pipa humeante.

– Los jóvenes, por ejemplo, que quieren que uno les enseñe cómo escribir – agregó -, les parece que todo lo que escriben tiene que ser, esperan ellos, publicado. No están dispuestos a sacrificar nada para aprender el oficio. Nunca les entra en la cabeza que lo que uno quiere hacer y lo que puede hacer son cosas completamente distintas, que todo escritor que valga la pólvora que se gastaría en mandarlo al infierno a través de un alambre de púas siempre está empezando de cero. No importa lo que pueda haber hecho en el pasado: lo que está tratando de hacer ahora lo devuelve a la juventud, y por mucha habilidad que haya adquirido en la técnica rutinaria, nada le ayudará si no es la pasión y la humildad. Leen un cuento en una revista y se inspiran y empiezan a aporrear la máquina de escribir con energía prestada. Llegan a un cierto punto y ahí se apagan.

Estábamos charlando en una salita anónima, alejada de su habitación y de la mía. Tan sólo una estantería de libros nos acompañaba. Chandler abría sus piernas ante la pequeña mesita que nos separaba y me miraba fijamente.

– Y luego está el estilo – continuó -. No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse. A largo plazo, por poco que uno hable sobre el tema, lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Las ventas se demoran, el agente se burla, el editor no entiende, y se necesitará gente de la que nunca ha oído para convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca individual en lo que escribe siempre dará ganancia.

-¿Pero qué es el estilo?.-le pregunté llenándole la copa.

-La clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla.

-¿Y la concentración al escribir?

– El escritor no tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana, o hacer el pino o retorcerse en el suelo. Pero no debe hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada.

De repente la gata debió oir un ruido finísimo porque escapó eléctricamente. Por la puerta apareció Philip Marlowe. Me apuntó con la pistola. Yo a mi vez apunté a Raymond Chandler. Extendí el cañón de “El simple arte de escribir” (Emecé) y antes de dispararle le obligué a firmarme una dedicatoria.

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Hay cartas que superan el tiempo y que conviene leer de vez en cuando. Rilke, el 17 de febrero de 19o3, escribe estas líneas que se han hecho insuperables:
Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías , y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar: nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón.(…) Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: “¿debo escribir?”. Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta: y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo debo“, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. Después acérquese a la naturaleza. Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde”.
Hoy en Madrid, en esta mañana otoñal de domingo y cruzando el Retiro, todos leíamos esta página de las “Cartas a un joven poeta“. Todos habíamos recibido la misma carta a la misma hora del mismo día. Los que pintamos, los que componenos, los que esculpimos y los que escribimos.

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En el taller de escritura al que asisto lunes, miércoles y viernes, el escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne nos propone el inicio de un cuento para que lo prosigamos. “Un personaje muy fantasioso -nos dice-pide que, al morir, lo entierren en una nube. Ahora debéis continuar hasta el final”. Como los alumnos no sabemos de qué modo seguir, él mismo nos ayuda contándonos cómo la familia , para cumplir tal deseo, no tiene más remedio que detener a una nube que pasa, la aparta de todas las que cruzan – de los cúmulos, de los cirros, de los nimbos, de los estratos- , abre con cuidado una de esas partículas minúsculas de agua suspendidas en la atmósfera, separa todos los pequeños cristales de hielo y allí, en silencioso equilibrio y en el fondo del vapor transparente, coloca aquella vida horizontal tan enamorada de las nubes, a las que que siempre seguía y cortejaba desde el jardín.
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En el taller de escritura al que asisto martes, jueves y sábados, el escritor chino Zhang Hua, nos propone el comienzo de un cuento para que lo continuemos. Nos dice de pie, al lado de la pizarra: “Cuando hay un pelo de un hombre sujeto en el pico de un pájaro que vuela, ese hombre sueña que vuela”. Como tampoco sabemos de qué forma podemos seguir, él mismo nos enseña a ese hombre que duerme en busca del pelo que lleva el pájaro en el pico, nos muestra las evoluciones del vuelo en su sueño y nos hace ver que ese pájaro llegará muy pronto hasta la nube en la que está viajando el hombre del cuento del lunes, miércoles y viernes.
– “Todo queda en el cielo” – nos dice Zhang Hua – “Así podéis decírselo a Nathaniel Hawthorne”.

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“Cierra tus ojos físicos para que veas primero tu cuadro con los ojos del espíritu -me susurra mientras me voy durmiendo Caspar David Friedrich, ese gran pintor del romanticismo alemán-. Luego, haz que aparezca en el día lo que has visto en tu noche, para que su acción se ejerza a su vez sobre otros seres, del exterior hacia el interior”.
– Pero yo lo que quiero es escribir…- protesto casi entre sueños.
– Es que escribir es lo mismo que pintar- me sigue diciendo -. Es la misma operación. El pintor no debe pintar solamente lo que ve ante él, sino lo que ve en él mismo. Si no ve nada en sí mismo que renuncie a pintar lo que ve afuera. En un escritor ocurre igual.
Entonces me doy vueltas en la cama intentando apartar la sábana de la pesadilla, procuro ver qué hora es, cuándo me levantaré a escribir.
Oigo la voz de Poussin en el cuarto:
-La mano de un pintor nunca tiene que trazar una línea que no se haya formado antes en el espíritu.
Me pongo, pues, a escribir todo esto en sueños antes de despertarme. Escribo deprisa que me acabo de acostar y que oigo voces de pintores mezcladas con las de poetas y artistas y consejos de cómo debo escribir.
A la mañana siguiente todo está ya escrito. Me acerco a la mesa y me asombra ver esta página tan llena de palabras creada durante el sueño. Aún tiene un velo de neblina la tinta y un leve color nocturno tiñe el papel.

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Al celebrarse un mes de la aparición de este blog me he asomado en este día al balcón de la noche, a la terraza que domina toda la Globosfera – a esos dominios de las pantallas iluminadas- y he contemplado rostros múltiples, anónimas estrellas que tecleaban blancas palabras, ese universo silencioso de los ordenadores y el pálido recuadro que aguarda el misterioso escribir.
Entonces – y para celebrar este mes primero de comunicación – he lanzado un largo grito desde la pantalla, afilado quejido que no conoce el final, frase que atraviesa mundos instantáneos y he visto a las palabras partir como flechas hacia pantallas desconocidas – nunca se sabe si acogedoras o displicentes-, pantallas como portales escondidos, portales al fondo de habitaciones, habitaciones en lo profundo de las casas.

Escribo en este cielo de la Globosfera sin saber en qué cementerio morirán los mensajes y si acaso morirán alguna vez. Internet no es infinito pero su inmensidad envuelve a esta noche del día de la celebración, y no se escucha más ruido a esta hora que el del pestañeo de los ojos sin párpados, ojos que siguen todo lo que se escribe y roce de las yemas de los dedos pulsando las teclas de las preguntas, monólogos en la distancia que vuelan en busca de diálogos, diálogos breves como correos fulgurantes, contestaciones como chispas, respuestas al otro lado del mundo.
¿Hay alguien ahí, al final del pasillo de la tecnología? Sí, siempre hay una luz encendida en lo más hondo de las casas cuando todos creen haber apagado la última luz.
Con esa luz comparto mi pequeña celebración.
En la intimidad de las habitaciones universales y encima de este mantel simbólico de teclas blancas pongo estas treinta velitas de palabras, soplo la llama del misterio y me voy a dormir.

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