SONREIR EN UN BLOG (10) : PISA Y VENECIA

 

 

 

 

‘Los alcaldes de Pisa y Venecia se pusieron de acuerdo para contrariar de súbito a los visitantes de sus ciudades, que durante siglos se han sentido por igual encantados, tanto de Pisa como de Venecia, haciendo trasladar y erigir, en secreto y de la noche a la mañana, la Torre de Pisa en Venecia y el Campanile de Venecia en Pisa. Sin embargo, no pudieron mantener secreto su propósito y, la noche misma en que querían transportar la Torre de Pisa a Venecia y el campanile de Venecia a Pisa, fueron internados en un manicomio, como es natural, el alcalde de Pisa en el manicomio de Pisa y el alcalde de Venecia en el manicomio de Venecia. Las autoridades italianas supieron llevar el asunto con toda discreción.”

Thomas Bernhard – “El imitador de voces”

(Imagen – Torre de Pisa – pingtree)

EL AUTOR Y LA OBRA

 

 

“Nuestra admiración por un escritor al que, durante toda la vida, no nos habíamos atrevido a acercarnos estaba indudablemente en su punto más alto cuando, habiéndonos alojado en el mismo hotel en el que vivía hacía ya tiempo el escritor que admirábamos, y por mediación de un amigo, conocimos un día en la terraza del hotel al que reverenciábamos. No recordamos ningún ejemplo mejor del hecho de que una aproximación no significa en realidad más que alejamiento. Después de ese primer encuentro, cuanto más nos acercábamos a nuestro escritor, tanto más y con la misma intensidad nos alejábamos de él, en la misma medida en que penetrábamos en su personalidad nos alejábamos de su obra, cada palabra que pronunciaba en nuestra presencia y cada pensamiento que pensaba en nuestra presencia nos alejaba de su obra en esa misma palabra y en ese mismo pensamiento. Finalmente, nos hizo horrible y nos destrozó y deshizo y arrebató esa obra. Cuando dejamos el hotel, de lo que nos alegramos ya sólo por el hecho de que ahora podríamos estar sin ese escritor, tuvimos la impresión de que, para nosotros, el escritor y su personalidad estaban tan acabados como siempre como su obra. El autor de aquellos cientos de pensamientos e ideas e intuiciones, al que durante decenios servimos con nuestra razón y al que fuimos fieles en nuestro afecto, al no rehusar nuestro trato, sino, finalmente buscarlo en contra de nuestro deseo, nos había aniquilado su obra. Cuando, en lo sucesivo, oíamos su nombre, sentíamos un movimiento de repulsión”.

Thomas Bernhard – “Admiración” – “El imitador de voces”

 

 

(Imágenes- 1-Thomas Bernhard- Viena 1988- foto Sepp Dreissinger/ 2.- Thomas Bernhard- revista Imán)

LOS “PREMIOS” DE THOMAS BERNHARD

BERnhard.-1.-teos.fi

“Al cabo de un rato, la ministra miró a su alrededor y preguntó con voz de arrogancia y estupidez inimitables: Bueno, ¿ dónde está el escritorzuelo? Yo estaba justo al lado de ella, pero no me atreví a darme a conocer”.

Esto cuenta Thomas Bernhard enMis premios” (Alianza Literaria). El autor deEl imitador de voces” logra narrar con su ácida ironía y su humor personal los preliminares – dos horas antes –  de la entrega del Premio Grillparzer de la Academia de Ciencias en Viena, ceremonia en la que muy pronto sería él galardonado. “Mi intención era comprarme, aunque de confección – escribe – el mejor traje de lana pura de color antracita, con unos calcetines a juego, una corbata y una camisa Arrow muy elegante, de rayita gris y azul. Sabida es la dificultad de hacerse comprender en seguida en las, así llamadas, tiendas elegantes, aunque el cliente diga rápidamente y de la forma más precisa lo que quiere, primero lo miran a uno fijamente con incredulidad, hasta que repite lo que desea. Sin embargo, naturalmente, el vendedor interpelado tampoco comprende aún. Por eso, también entonces, en Sir Anthony me hizo falta mucho más tiempo del necesario para ser conducido a las estanterías pertinentes. En realidad, por mis compras de calcetines, conocía ya la disposición de la tienda y sabía mejor que el vendedor dónde encontrar el traje que buscaba. Me dirigí a la estantería del posible traje y señalé uno determinado que el vendedor bajó de la barra para ponérmelo ante los ojos. Examiné la calidad de la tela y me probé el traje en seguida en la cabina. Me incliné unas cuantas veces hacia delante y me eché hacia atrás, y encontré que los pantalones me estaban bien. Me puse la chaqueta, me volví un par de veces ante el espejo, levanté los brazos y los bajé de nuevo: la chaqueta me sentaba igual que los pantalones. Di unos pasos con el traje por la tienda y entre tanto elegí la camisa y los calcetines. Finalmente dije que me quedaría con el traje puesto y que quería ponerme también la camisa y los calcetines. Escogí una corbata, me la anudé, apreté el nudo lo más posible, me miré otra vez en el espejo, pagué y salí”.

Dos horas después tendría lugar la ceremonia en la que al escritor le concedían el Premio. “Creo que la Filarmónica tocó – cuenta Bernhard – una pieza de Mozart. Luego se pronunciaron conferencias más largas o más breves sobre Grillparzer. Cuando la miré una vez, vi que la señora ministra Firnberg, así se llamaba, se había dormido, lo que tampoco se le había escapado al presidente Hunger, porque la ministra roncaba, aunque muy suavemente, roncaba, roncaba con  el suave ronquido de los ministros, conocido en el mundo entero”. 

Después, al despertarse la ministra, vendría la gran interrogación buscando en la sala al autor deMaestros antiguos“:

Bueno, ¿dónde está el escritorzuelo?”.

(Imagen:-Thomas Bernhard.-teos.fi)