LABERINTOS DE ESCHER

 

Escher-onnu- relativity

 

«¡ Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, –escribió Borges en «Los dos reyes y los dos laberintos» -, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso».

Los singulares sitios de Escher aparecen ahora en una exposición que incluye más de un centenar de sus obras y sus vueltas y revueltas siguen fascinando. A veces provocan desasosiego. Son esperanzas andantes que suben y bajan escaleras sin esperanza de encontrar su final, figuras escalando espacios, tanteos de vidas, laberintos sin fin. De repente asoma una figura por los resquicios de una puerta, nos mira descolgada sobre el vacío, nos muestra que hace su camino al revés. Son las sorpresas inesperadas, las inquietudes en las esquinas de la vida, las escalinatas de los sueños.

 

Escher-nhhy-mil novecientos cincuenta y cinco- bocamuseum org

 

«El laberinto – recordaba el escritor Marcel Brion – es, esencialmente, un entrecruzamiento de caminos, en los que algunos no tienen salida y a través de los cuales se trata de distinguir la ruta que conduce al centro de esta curiosa tela de araña. La comparación con la tela de araña no es exacta porque ésta es simétrica y regular, mientras que la esencia misma del laberinto es circunscribir en el menor espacio posible la complejidad de los senderos y de este modo retrasar la llegada del viajero al centro que es lo que se espera».

A veces tardamos en encontrar la llave de nuestros laberintos.

 

figuras.-fv7n.-MC Escher.-all-art.org

 

(Imágenes- 1- Escher.- Relativity/ 2.- Escher- 1955- bocamuseum org/ 3.-Escher- all- art- org)

PASEANDO CON BORGES (1)

Cuentan José Edmundo Clemente y Oscar Sbarra Mitre en sus conversaciones-recuerdos sobre el autor de «El Aleph« (Coleccion Fin del Milenio.- Biblioteca Nacional) «que Borges solía dar vueltas por la sala de lectura de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires –en donde estuvo de Director desde 1955 a 1973 -, aquella sala grande, paseándose y hablando solo. Estaba recitándose a sí mismo y corrigiendo su memoria. Y cuando tenía el texto bien armado llamaba a su secretaria y se lo dictaba. Después, la secretaria lo tenía que recitar y él hacía las correcciones que correspondían. Él dependía de su memoria. Estaba tardes enteras dictándole el poema o el cuento (…) Le pedía también a la secretaria que le leyera de tal página a tal página, la chica sabía inglés. O si no le leían en español. Él hablaba también bien el alemán. (…) Borges se acostumbró, por la imposición física –así lo sigue evocando Clemente – al trabajo corto, pequeño, que podía ser memorizado. Solía llegar a la Biblioteca a las cuatro. Se retiraba a las siete, o a veces más tarde. Al llegar abría las puertas de la calle México, entraba a su despacho, que era un despacho de un lujo inmenso, y que había sido pensado para el director de la Lotería Nacional. Entonces abría las ventanas, me llamaba, él tomaba un té, yo tomaba un cafécito, conversábamos un poco, antes de que empezara a trabajar.(…) Había un tipo enfrente, en la calle esa angosta, México, que estaba aprendiendo a tocar el bandoneón. Todos los días tocaba cuatro, cinco, diez compases del tango llamado «El garrón«. Y era muy bruto el tipo porque no pasaba de ahí. Entonces volvía todas las tardes. Y un día Borges me dice: «¡Qué lindo tango! ¡Ojalá nunca lo aprenda a tocar, así sigue siempre probando!». Ese era Borges, el Borges de lo sorpresivo, de lo inesperado, de lo inteligente».

«Tenía buen oído – sigue diciendo Clemente -. Sabía apreciar la música, y con respecto a la música argentina, el que no quería era el tango con letra. Él decía que con la letra moría el tango. Le gustaba el tango viejo, el tango canción, «Las siete palabras» , todos esos tangos viejos . Justamente yo tenía unos discos y se los llevaba para escucharlos en un aparato que teníamos ahí, en la Biblioteca. Eso le gustaba. Y la milonga, porque era de gente valiente, peleadora, camorrera, entregada a la lucha y al valor del hombre. Él encontraba en el compadrito y sobre todo en el malevo peleador una especie de estampa que a él le hubiera gustado quizás tener. En el cuento «El sur» está eso narrado. En «El hombre de la esquina rosada«, el que más peleaba, peleaba solamente para ver si el otro era más guapo que él, no había ningún problema personal, ni de familia ni nada en el medio. Solamente quería saber cuál era el más guapo y nada más. Ese es el coraje que le gustaba a Borges. (…) Borges ha sido un hombre que por razones físicas heredadas, fue físicamente apocado. Ahora, él por dentro era valiente. Él en las declaraciones, con el medio que tenía, que era la palabra, no se callaba nada ante ningún gobierno, decía siempre lo que pensaba. Pero el tema de demostrar físicamente el valor era algo que lo obsesionaba. Ël salía a caminar de noche por las calles con sus amigos y le gustaba visitar los paisajes callejeros de las milongas…»

Borges paseando por el despacho inmenso de la Biblioteca, por las calles estrechas, abiertas a cruzadas peleas. Paseando también por encima de las palabras, bordeándolas, ajustándolas. Palabras afiladas, lanzadas a veces como cuchillos.

Como cuando desde la acera de su ironía dijo de alguien: «es un escritor que a medida que uno lo va leyendo, lo va olvidando».

Imágenes:-1- Borges.-wikipedia / 2–Borges y los gatos.-fílmica.com)

MANUSCRITOS EN PANTALLA

Becquer escribía sus Rimas en prosaicos libros de contabilidad, Galdós, Pereda y Pardo Bazán solían hacerlo en cuartillas apaisadas, a veces reutilizadas en el reverso de otros escritos (en el caso de Galdós se han encontrado apuntes o versiones desechadas de novelas). Otros poetas españoles improvisaban sus composiciones en folios, cuartillas u octavillas de papel de mala calidad. Ramón Gómez de la Serna escribía con tinta roja sobre papeles amarillos y empleando a la vez varias plumas estilográficas sobre distintos borradores. Curiosamente esa tinta roja se utilizó siglos antes para trazar una raya vertical a lo largo de las iniciales, en lo que entonces – en los monasterios – se conocía por rubricar.

¿Es ahora el fin del manuscrito con el teclear ante la pantalla del ordenador? Parece ser que sí. «Las diferencias emotivas entre el texto domesticado y encerrado en el ordenador – recordaba un gran especialista – nos lleva a pensar que la escritura, cuando ésta es manuscrita, traza en su recorrido las etapas sucesivas de la creación, la respiración, el pensamiento del autor, el gesto de su mano, incluso sus arrepentimientos«.

Borges en «El Aleph», Beckett en «El innombrable«, Keats en sus Cartas o Barrington, por ejemplo, certificando el don de Mozart para la música, nos traen cada uno de ellos el tono del pulso (incluso los ritmos interiores) al oprimir los dedos sobre el papel. Auster confiesa que siempre ha trabajado con cuadernos de espiral y que prefiere las libretas de hojas sueltas. «El cuaderno – declara – es una especie de hogar de las palabras. Como no escribo directamente a máquina, como todo lo escribo a mano, el cuaderno se convierte en mi lugar privado, en un espacio interior…Naturalmente, acabo utilizando la máquina de escribir, pero el primer bosquejo siempre está escrito a mano». «Con la nieve – dice Beckett en enero de 1959, en su casa de campo de Ussy -, el cuaderno escolar se abre como una puerta para permitir que me abandone en la oscuridad». Ya desde hace años las grandes Bibliotecas del mundo aceptan en su sección de manuscritos los originales de un autor mecanografiados, puesto que la máquina de escribir se ha considerado siempre un instrumento, igual que la pluma, que el autor ha utilizado según su necesidad, añadiendo luego, de su mano y con pluma, las pertinentes correcciones. Pero el ordenador es distinto: suprime el procedimiento intermedio – el original, el manuscrito – para realizar directamente la impresión.

Hemingway escribía en muchas ocasiones de pie y sobre un atril. También Tabucchi, apoyándose sobre un alto arcón, a causa de sus problemas de espalda. Pero lo importante en este caso no es la postura sino el soporte elegido. Como Auster, Tabucchi confiesa, como tantos otros, que escribe a mano, «en viejos cuadernos de tapas negras, que cada vez tengo más dificultad en encontrar. Los suelo comprar en una vieja papelería de Pisa, pero no siempre los tienen, por lo que debo encargarlos a Lisboa, donde todavía se encuentran en tiendas tradicionales, o bien abastecerme de una buena reserva en mis viajes a Portugal. Escribo en la página de la derecha y dejo la izquierda para posibles correcciones. Utilizo el cuaderno porque no sé escribir a máquina, escribo con un solo dedo. Si escribiera a máquina creo que podría hacer poesía concreta«.

(Imágenes:- 1.-manuscrito de Samuel Beckett.-Biblioteca Nacional Francesa/ 2.-manuscrito de «El Aleph» de Borges.-Biblioteca Nacional.-Madrid/ 3.-manuscrito de John Keats.-silvisky5-files/4.-fragmento de códice de «Las virtudes y las artes» de Nicolo da Bologna.-Biblioteca Ambrosiana de Milán.-divulgamat.ehu)

IMITADORES DE BORGES

borges-b-uploadwikimedia

«El mismo Borges, en muchas páginas repetitivas, se parece a sus flojos plagiarios –  escribe Claudio Magris en una extraordinaria semblanza recogida en Utopía y desencanto (Anagrama)-; no es ciertamente un intelectual y ni siquiera es verdaderamente culto, porque su enorme erudición es un centón de motivos más acumulados que verdaderamente asimilados, pero sabe ser, a ratos, un gran poeta de lo elemental, de esa sencillez suprapersonal que nos afecta a todos y  cada uno, y sabe expresar la luz de una tarde, la caída de la lluvia, la cercanía del sueño, la sombra de la casa natal o la frescura del agua que regocija en un espléndido relato, las especulaciones de Averroes. (…) Algunos de sus relatos parecen apenas el genial esbozo de un relato que está todavía por escribir (…) Para consolar y engañar a sus imitadores, el actor – (Magris recuerda que en junio de 1986 «los teletipos anunciaron la muerte del actor Borges», no del autor Borges)  -ha fingido complacerse con el jaque en que la literatura pone a la existencia».borges-a-bucarestcervanyeses

 Siempre me ha interesado la imaginativa relación entre Borges y sus imitadores, aquellos que seguían sus pasos literarios consciente o inconscientemente y posiblemente para evocarlos escribí hace años este texto:

IMITACIÓN

«Ha contado muchas veces María Kodama, la viuda de Borges, en varias entrevistas por el mundo, que el gran escritor argentino autor de El Aleph dejó un cuento inconcluso. Comenzó a dictarlo la tarde del día de Navidad de 1981, hacia las seis o seis y media, al volver de un almuerzo en casa de Viviana Aguilar, una muchacha de veinticuatro años que desde hacía tiempo ayudaba a Borges en sus trabajos. Sentado en el sofá de la calle Maipú, sin duda algo fatigado, descansando las manos en el mango del bastón y el mentón apoyado a su vez en sus manos, Borges empezó a silabear muy despacio las primeras palabras de un relato mientras sus pupilas vagaban blancas por el techo.

—Este será el último —le susurró a Viviana antes de empezar a dictarle.

No se estremeció. Borges tenía entonces ochenta y dos años.

Aquel cuento careció de título durante mucho tiempo. Para Borges los títulos eran difíciles y éste se le mostró esquivo hasta el mismo día anterior a su muerte, el 13 de junio de 1986, estando enfermo en Ginebra. “Tumbado allí —confesó María Kodama—, en la penumbra de aquel apartamento de la Grande Rue 28, decidió que el relato se titularía Imitación, y añadió sonriendo débilmente, “si es que el cuento se deja terminar”, o “lo dejan terminar”.

Y es que, efectivamente, aquel cuento no se dejaba terminar pero tampoco avanzar y ni siquiera iniciar, aunque a todo aquello Borges estaba muy acostumbrado. Su último relato, La memoria de Shakespeare, había tardado casi dos años en concluirlo con la excusa de los avatares de los viajes, pero éste se le estaba resistiendo desde el principio: las frases huían por las rendijas de su imaginación. Cuenta Viviana Aguilar en sus escuetos Recuerdos publicados en México, que aquella primera tarde del dictado, Borges hizo lo que siempre solía cumplir con ella: como si de un bastón se tratase, los ojos ciegos del escritor, es decir, sus pupilas en niebla, fueron palpando muy despacio el aire desde la orla del párpado hacia arriba, tanteando sus globos oculares aquí y allá aquel cuarto de la calle Maipú y mirando a uno y otro lado por si cruzaban las palabras. Se asombraba Borges de tanto silencio.

Aquella noche el autor de Emma Zunz no durmió. Conocía muy bien los insomnios y pacientemente se dedicó a recitarse a sí mismo una y otra vez la carta que Goethe envió a von Humboldt explicándole la concepción de Fausto, una tarea que llevó encima el alemán sesenta años. Agotado y ya de madrugada intentó enumerar los sueños que había tenido y quedó derrotado. A las siete se levantó y telefoneó a Bioy Casares:

—Adolfito —le dijo tenso, como solía estar Borges en ciertos momentos—, creo que se me está olvidando escribir.

Fue (o pareció) aquello una dolencia pasajera. Pero estuvo sin dictar —lo que él llamaba escribir en la niebla— muchas semanas. “Tengo el cuento entero en la cabeza, su principio y su final, su espantoso final”, le confesó una tarde a Viviana. Ella copió aquello creyendo que ese era el principio del cuento, como tantas otras veces sucedía, pero Borges negó con su mirada perdida y su sonrisa blanda y se lo hizo destruir.

Al cabo de unos meses Borges reanudó sus viajes por el mundo. En 1982, en julio, sentado y solitario en el vestíbulo del Hotel Palace de Madrid, la mano siempre en su bastón, escuchó cómo su memoria le dictaba una vez más aquel cuento aún no escrito, y fue siguiendo y adivinando en el aire las palabras intentando hilvanarlas como cuando de niño le leía su madre. La memoria le iba dictando muy despacio cinco o seis palabras aisladas y él esperaba pacientemente a que la memoria se las repitiese. El índice de la mano derecha de Borges seguía en el aire la página invisible y aguardaba a que la memoria prosiguiera. Pero de repente la memoria cambió. Ahora no sólo le empezaba a dictar el próximo cuento que él debía escribir sino retazos de cuentos que iban a escribir en el futuro sus imitadores. Anillados, fueron saliendo muy despacio del laberinto de su mente trozos de diálogos, rasgos inacabados de personajes, escenas rotas, pero sobre todo un tono borgiano que Borges reconoció enseguida casi como suyo, pero que no era de él. Tan sólo una imitación. Eran pamemas de estilo, lisonjas de adjetivos, pálidos alientos de prosa, temas de cuchillos, espejos y tigres que él conocía muy bien. Convulsionado, se levantó y se fue.

Aquello volvió a ocurrirle aún dos veces más. En una avenida de árboles de Ginebra tuvo que volver la cabeza sorprendido al oír de lejos risas y pastiches de cierta obra suya que el viento le traía entre las ramas. No podía palpar la distancia pero reconocía muy bien a otros Borges futuros y falsos que venían burlándose por la avenida remedando al Borges auténtico. Le sucedió eso sentado en un banco en 1983, en un desapacible noviembre.

Tardó cuatro meses en olvidarlo. El sueño de que le perseguían otros Borges persiguió a sus sueños primeros de Nueva York y éstos a su vez persiguieron a sueños que tuvo después en Nueva Orleans. Unas y otras pesadillas le llevaron al insomnio al principio en Venecia y luego en Tokio. “A veces —le dijo inclinándose un día hacia su amiga María Esther Vázquez— estoy terriblemente fatigado. Casi todos los lugares son iguales y la gente es la misma con ligeras variantes”. Oyó Borges lo que acababa de decir y el eco le devolvió la frase trastocándola: “A veces estoy terriblemente fatigado. Casi todos los sueños son iguales y Borges es el mismo con ligeras variantes”.

La segunda vez que le ocurrió aquello no supo que era la definitiva. Fue en 1986. Tumbado en el apartamento ginebrino de la Grande Rue 28, arrumbados ya hacia un lado su bastón egipcio, su cayado irlandés y el preferido de todos, su bastón rústico, un Borges transparente y consumido por el cáncer intentó fatigosamente levantarse para ir al escritorio. Sentado al fin ante la blanca cuartilla silabeó muy despacio y con gran melancolía: I—mi—ta—ción. Y comenzó débilmente a dictar: Ha contado muchas veces María Kodama Pero de repente oyó detrás de él un pequeño ruido, acaso un estertor, y se detuvo. Apenas volvió la cabeza. Borges en la cama se moría y él no quiso llegar hasta el final». («Espéculo».-Revista de Estudios Literarios.-número 32)

(Imágenes: Borges.-upload.wikimedia/ Borges.-bucarest. cervantes.es)