EL CAFÉ DE FLORE Y EL DEUX MAGOTS

cafés-nnwqw-Frank Horvat- cafe de Flore- París mil novecientos cincuenta y nueve

 

«El Café de Flore – cuenta Léon Paul Fargue en su «Peatón de Parīs» ( estamos en 1939) , es conocido entre los parisinos, con toda la razón del mundo, como una de las cunas de la Acción Francesa y de las «Soirées de París» de Apollinaire… Hoy en día, el Café de Flore ha sido abandonado por los cabecillas del movimiento, pero los mercachifles responsables de pegar pasquines por el barrio no han dejado de aparecer por allí: beben a sorbitos el aguardiente con sirope de grosellas de las clases medias y se cruzan con Monsieur Lop, pequeño preceptor de un colegio. La casa se distingue por sus jugadores de bridge y su pelotón de literatos, puros o bohemios, que acarician con la mirada a unos pocos tránsfugas de Lipp, comerciantes letrados que se vieron obligados a emigrar ante la falta de terraza de la brasserie.

Por su parte (seguimos a finales de los años treinta),  el Café de Deux Magots es un establecimiento asaz pretencioso y solemne donde cada consumidor representa un literato para el vecino, donde unas americanas casi ricas y bellas acuden para bostezar e insinuarse a los últimos surrealistas, cuyo nombre salva océanos a pesar de no trascender del bulevar. Como consecuencia de su inmensa terraza, tan agradable con la marea creciente de las mañanas o en el declinar del crepúsculo estival, y del elevado precio de sus consumiciones  – las más caras de todo París -, el Deux Magots es muy codiciado por los esnobs… Cada mañana, Giraudoux tomaba allí su café con leche y recibía al puñado de amigos que no podīan pillarlo en ningún otro momento. A la una de la mañana, los mozos empiezan a empujar las mesas contra la panza de los clientes nocturnos – que a esas horas ya son sólo aguerridos burgueses del distrito Vl -, a pasarles la escoba por los zapatos, a meterles en el ojo los picos de las servilletas. Media hora más tarde, el Deux Magots se cierra como una trampa, sordo a las súplicas murmuradas de dos o tres alemanes que se plantan en el local, atraídos por los cuarenta años de vida literaria y alcoholes políticos del lugar. Pasados unos minutos, el Café de Flore, otra esclusa del cruce, se acurruca también, con los ojos ya legañosos…»

 

café- unu- Les Deus Magots - wikipedia

 

(Imágenes.-1.- Frank Horvat– café de Flore- 1959/ 2.-Les Deux Magots- Wikipedia)

CORRESPONSALES EN PARÍS

El periodismo y las ciudades hacen de repente amigos en el tiempo, ciudades que fueron vistas por ojos observadores, plumas que se inclinaron en hojas volanderas, yemas de dedos pulsando teclados. Los aparatos últimos para los periodistas son eso – simplemente aparatos, máquinas en continua ebullición (como el móvil, la más moderna pantalla, el ordenador ligero y casi transparente, y tantas cosas más). El ojo humano del periodista – si es ojo de verdad – no necesita estar al servicio del aparato sino servirse de él, como uno «se sirve» del automóvil rápido para cruzar los puentes del Sena y casi se olvida de que está conduciendo.

Ahora París – y el tiempo – me traen el recuerdo vivo de un amigo a quien no conozco pero a quien he leído muchas veces en libros y en periódicos, un amigo que cruza conmigo los Grandes Bulevares de París, se sienta a mi lado en la Brasserie Lipp, pasea junto a mis recuerdos y él me cuenta los suyos – acera derecha, acera izquierda – por Saint-Germain-des Pres, y luego los dos, en la noche, nos acodamos ante las barcazas a ver pasar el río. Ahora, ese amigo, Juan Pedro Quiñonero, actual corresponsal de ABC en París, me ha seguido y a la vez me ha precedido en lecturas, en su gran libro «El misterio de Ítaca» (Península), y en vueltas y revueltas por personajes literarios.

Ha tenido la amabilidad y la deferencia de comentar Mi Siglo y mi libro en su magnífico blog Una temporada en el infierno http: //unatemporadaenelinfierno.net/2008/04/25/mayo-68-y-los-corresponsales-espanoles/
Yo se lo agradezco. Paseé por París, estuve por los Grandes Bulevares, tomé una cerveza en la Brasserie Lipp, anduve por Saint-Germain-des-Pres y me acodé a esperar en los puentes del Sena. El tiempo me trajo despacio la amistad de Juan Pedro Quiñonero que venía en la gran barcaza del periodismo desde lo más profundo del río.