CORRECCIONES Y ESCRITURA

 

 

“Recuerdo una exposición de manuscritos de Balzac y de Proust en Montevideole decía Onetti a Ramón Chao – Los manuscritos de Proust son laberínticos; cambiaba, añadía doscientas palabras cada vez y de un golpe. Balzac, en cambio, cambiaba una sola palabra, pero en cada frase. Borges decía que había que cambiar ocho veces. Bueno, seguramente era una “boutade”. Para mí fue admirable el que Borges superara la ceguera y siguiera escribiendo, mal o bien. Digo mal o bien porque sus últimas cosas no me gustaron. Pero por lo menos el hombre siguió vivo, cosa que yo no sé  si haría si me quedara ciego. Yo no podría dictar, como hacía él. Para mí, escribir es ver el bolígrafo, o esta pluma estilográfica, dibujando, ver cómo pongo la barra a la efe. Para mí es un placer sensual ver cómo he dibujado la página (…) Anatole France corregía siete veces. Tenía la manía del “queísmo” : quitar todos los qués superfluos. Después se dedicaba a los adjetivos. Yo lo admiro mucho, me parece que ha escrito páginas muy bellas. Al principio yo releía a veces lo que acababa de escribir, pero sin prestar mucha atención, porque tenía miedo a romperlo todo. Después aprendí : lo dejo como queda y jamás releo lo que he publicado, para mí se murió, se acabó. Porque a veces, si por casualidad agarro un libro cualquiera de Onetti y leo al albur, me pueden ocurrir dos tipos de desgracias. Decirme a mí mismo: “Pero qué animal, Onetti; qué lástima, si lo hubieses trabajado mejor, con más paciencia ; aquí hay tanta cosa que mejorar o para embellecer”. Otras veces lo abro igualmente y me digo: “Pero qué  bien escribió esto Onetti; nunca más va a poder escribir así.” Y lo tiro, derrotado por la propia obra.”

(Imagen – Harriet Backer – la biblioteca de Thorvad Boeck)

WILKIE COLLINS Y “LA PIEDRA LUNAR”

 

lectura-bhu-delphin-enjolras

 

“No hay novelista de nuestro tiempo que no pueda aprender  algo de Collins sobre el arte de interesar al lector – aseguraba Eliot – ; mientras perdure la novela, deberían explorarse de tiempo en tiempo las posibilidades del melodrama. La novela de aventuras contemporánea se repite peligrosamente: en el primer capítulo el consabido mayordomo descubre el consabido crimen; en el último, el criminal es descubierto por el consabido detective después de haberlo ya descubierto el consabido lector. Los recursos de Wilkie Collins son, por contraste, inagotables”. La reedición de “La piedra lunar (Navona)  nos lleva a leer el prólogo que escribió Borges para su “Biblioteca personal” y a la vez nos proyecta a secuencias de la vida del autor inglés.

Recordaba  Julian Symons en su “Historia del relato policial” que Collins, al poco tiempo de haber iniciado “La piedra lunar”, pasó por los sinsabores de la enfermedad y muerte de su madre, y que en gran parte de la última fase de la obra se vio sometido a las torturas de la gota, con unos dolores tan intensos que algunos de los jóvenes empleados para escribir al dictado la novela tuvieron que abandonar el puesto por no poder soportar las quejas del autor. Sin embargo, nada de esto se refleja en la narración,  –  y así lo anota Symons –  llevada con una seguridad  y una maestría en las variaciones del estilo y ritmo que admiten parangón con lo mejor de la literatura victoriana.

 

collins-vfr-la-piedra-lunar-wikipedia

 

Elogiada no sólo por Eliot sino también por Chesterton, Swinburne y muchos autores más, uno puede volver a la pregunta que se hacía el gran crítico norteamericano Edmund Wilson: ¿ por qué la gente lee novelas policíacas?. Quizás sea por la atracción del misterio,  o por la atracción de la sorpresa o  por las habilidades del detective. En este caso, el detective Cuff es un maestro de la observación, aparentemente irrelevante. Ante un problema en relación con el cual se inquiere de él cómo hay que proceder, se limpia las uñas o propone  dar una vuelta por el jardín para contemplar las rosas. O cuando le preguntan quién ha podido robar la piedra lunar, contesta con voz suave que no ha sido nadie. La fascinación que sobre nosotros ejercen ese tipo de observaciones – comenta Symons – se debe a que se nos escapa su sentido”.

 

wilkie-collins-wikipedia

 

(Imágenes-1.-Delphin Enjolras/ 2.-La piedra lunar- Wikipedia/ 3.- Wilkie Collins- Wikipedia)

SOBRE LOS ESPEJOS

 

espejos-nyu-robert-campin

 

El espejo en la tradición japonesa aparece relacionado con la revelación de la verdad y también con la pureza, como recuerda Jean Chevalier en su “Diccionario de los símbolos“. Pero el espejo siempre será en todas las literaturas y las artes motivo de  profunda fascinación. Ahora se publica una Antología sobre el tema, “A través del espejo” (Atalanta), y la voz de Chevalier y también la de Cirlot nos lanzan a la profundidad de las interpretaciones. ¿Qué refleja el espejo?, se han preguntado algunos poetas. La verdad, la sinceridad, el contenido del corazón y de la conciencia, cada uno de ellos se ha ido contestando. Se ha escrito sobre los espejos mágicos, sobre el espejo como instrumento de Iluminación, sobre el espejo como símbolo solar. Por otro lado, el espejo proporciona a la realidad una imagen invertida. Símbolo lunar y femenino, el espejo en China, anota Chevalier, es el emblema de la reina. Y por otro lado es el signo de la armonía. Un espejo roto significa la separación. Igualmente el espejo octogonal  en China, es el intermediario entre el espejo redondo ( lo celeste) y el espejo cuadrado ( lo terrestre).

 

interiores-nhu-espejos-prosperie-casa-en-ronces-dos-mil-trece

 

El espejo mágico se corresponde a una de las más antiguas formas de adivinación. Se dice que venía de Persia, y Pitágoras, según una leyenda, poseía un espejo mágico que él presentaba a la faz de la luna para adivinar el porvenir.  El espejo mágico permitía leer el pasado, el presente y el futuro. Bajo otros aspectos muy diversos, el espejo ha sido un tema privilegiado en la filosofía. A veces el espejo ha causado terror porque muestra el conocimiento del yo. Recuerda Cirlot que el espejo es símbolo mágico de la memoria inconsciente y en concreto los espejos de mano son emblemas de la verdad. El espejo, sigue diciendo, sirve para suscitar apariciones, devolviendo las imágenes que aceptara en el pasado o también para anular distancias reflejando lo que un día estuvo frente a él y ahora se halla en la lejanía.

 

espejos-ededed-john-singer-sargent-mil-ochocientos-noventa-y-ocho

 

Se ha relacionado también el espejo con el pensamiento, en cuanto éste – así lo han afirmado varios filósofos – es el órgano de autocontemplación y reflejo del universo. Y si nos acercamos a numerosos escritores de todos los tiempos el espejo se pasea, a veces obsesivamente, por sus páginas.  Ensayos de Umberto Eco sobre el espejo y el signo o capítulos de Alberto Manguel, entre otros, están dedicados a los espejos. Confesaba Borges en una  entrevista que en su niñez no quería estar solo en su habitación porque tenía horror de los espejos. Se sentía inquieto ante el espejo donde su cuerpo estaba triplicado. Volvió a mencionar esta obsesión alrededor de 1977: “Realmente es terrible  –dijo -que haya espejos. Creo que Poe lo sintió también… nos hemos acostumbrado a los espejos, pero hay algo de terrible en esa duplicación visual de la realidad”.

 

espejos-uybb-masahisa-fukase-ipnagogicosentire

 

(Imágenes- 1-Robert Campin/ 2.- prosperie- 2013/ 3.-John Singer Sargent – 1858/ 4.-masahisa fucase- ipnagogicosentire)

CIUDADES LITERARIAS

 

ciudades-yngg-Praga- tranvía- Jakub Schikaneder- mil novecientos diez

 

Cuando releo el delicioso libro de Nuria Amat Viajar es muy difícil” (Anaya & Mario Muchnik) sus páginas me llevan otra vez hasta ciudades literarias de sombras, farolas y adoquines por donde transitan, al costado de Borges o de Kafka, señores con bastón y sombrero, parejas de viudas empobrecidas, empleados de banca, oficiales retirados, funcionarios esquilmados, periodistas hambrientos, oficinistas humillados, y tantos y tantos hombres y mujeres que recorren el mundo. Se cruzan con nosotros gentes que viajan para leer, como Henry James, o que viajan para escribir como Joseph Conrad. “Huidizos, expatriados y perseguidos -comenta Amat-, los escritores no tienen casa propia. Tánger, por ejemplo, es una ciudad literaria debido a los muchos escritores que la visitaron y la hicieron suya. Praga expulsa a sus escritores (Rilke, Kafka, Kundera…) ; Trieste, sin embargo, los cobija (Svevo, Joyce) y mantiene (Magris..) Y lo mismo, o parecido, puede decirse de San Petersburgo, Buenos Aires, Venecia…” En el caso de Viena, y refiriéndose más que a los escritores a los músicos, Allan Janik y Stephen Toulmin en “La Viena de Wittgenstein” recuerdan igualmente que pocas ciudades han sido menos generosas que ésta para reconocer en vida a aquellos hombres a los que proclamaría héroes culturales después de su muerte. Franz Schubert, Arnold Schönberg y Gustav Mahler – al que se celebraba como el más grande de los directores pero se le denunciaba a la vez como compositor corrompido –  vivieron con la ciudad un romance sorprendente e insólito.

 

ciudades.-55g.-Brujas.-cacmalaga org

 

Y es en varias de esas ciudades literarias extendidas en las calles del tiempo – entre cafés y personajes inesperados – donde podremos  oír al fondo el ruido de los tranvías. Nuria Amat habla de ellos. No sólo nuestra imaginación nos lleva con rapidez hasta Lisboa, sino también a otros puntos del mundo. En Buenos Aires, Borges iba y volvía en tranvía desde su casa  a la biblioteca pública de Boedo. Pero la parsimonia del tranvía hará decir a la autora que “el tranvía tiene una apariencia estética alada, celebrada por el poeta: “los suavemente tensos hacia atrás cables del tranvía”, escribió Kavafis. ” El tranvía también, dice Amat, es un anacronismo en sí mismo, una especie de fantasma del mundo industrial. Tan anacrónico, en fin, como la escritura”.

 

ciudades.-8uuhnu.-Viena.-1960-Elfriede Mejchar

 

(Imágenes-1-Praga- Jakob Schikaneder– 1910/ 2.-Brujas -Cacmalaga -eu/ 3.- Viena –  Elfriede Mejchar– 1960)

HABITACIONES DE HOTEL

interiores.-rvgy.-hoteles.-Paul G. Oxborough.-en el Hotel Warwick

 

Los hoteles y la literatura han tenido siempre excelentes relaciones. Escogiendo algunas de ellas, ahí están los hoteles de Agatha Christie o los hoteles provincianos de Maigret, las divagaciones de Paul Auster, las “estancias tenebrosas” de Julien Gracq o los best-sellers antiguos como el del “Grand Hotel” de Vicky Baum. Olivier Rolin (el llamado Georges Perec de las habitaciones de hotel), al escribir sobre el hotel Crystal, anota dimensiones, muros, techos, pinturas, muebles, objetos, cortinas, radiadores, grabados, y luego avanza lentamente sobre piezas anexas, cuartos de baño, ventanas, vistas, y  todo ello con un propósito exhaustivo y preciso, para que sus recuerdos no salgan nunca de estos recintos.

 

interiores- vddtt-Edward Hopper- Hotel Lobby - mil novecientos cuarenta y tres

 

Ahora algún periódico ha querido resucitar los personajes y la historia de  ciertos hoteles célebres de Madrid. Y cuando atravesamos los vestíbulos, subimos a los ascensores, caminamos por las alfombras de los pasillos y metemos la llave en la hendidura de la puerta he aquí que encontramos, por ejemplo en el Palace madrileño,  a Borges y a Alejo Carpentier, a Sinclair Lewis, Emil Ludwig, Keyserling, Paul Morand, Spengler, Brodsky, Dürrenmatt o Hemingway entre tantos otros.

 

periódicos.-879.-Hopper.-1932.-habitación de hotel

 

En los interiores de hoteles pequeños o grandes han transcurrido vidas de paso, retazos de conversaciones y silencios que inmortalizara Hopper, pasillos con pensamientos furtivos

 

interiores.- 53ddv.- Auguste Chabaud.- pasilllo de hotel

 

y vistas desde ventanales irreales con ciudades al fondo que se dejaban contemplar.

 

ciudades.-55tt,--.Boston.-antigua casa de la Aduana de Boston desde la habitacón del hotel.-Abelardo Morell

 

(Imágenes.- 1.- Paul G Oxborugh en el Hotel Warwick/ 2-Edward Hopper- 1943/3.- Edward Hopper- 1932/ 4.-Auguste Chabaud/ 5.-Abelardo Morell)

OLORES

 

objetos.- 83dee.- Hisaji Hara

 

“El sudor de Alejandro Magno desprendía un olor suave, no sólo no olía mal, sino que de forma natural olía bien – cuenta Antoine Compagon en “Un verano con Montaigne -. Según Plutarco, tenía un temperamento caliente, debido al fuego, que cocía y disipaba la humedad de su cuerpo. A Montaigne le encantan estos detalles que recoge en las obras de los historiadores. No le interesan los grandes acontecimientos, las batallas y las conquistas, sino las anécdotas, los tics y las mímicas: Alejando inclinaba la cabeza hacia un lado, César se rascaba la cabeza con un dedo, Cicerón se hurgaba la nariz.”

 

objetos-vvbbh- Takeshi Sano- mil novecientos noventa y siete- Corning Museum of Glass

 

Estos detalles, o estos gestos incontrolados e involuntarios, nos dicen más del hombre que las proezas que les atribuye la leyenda. Montaigne, que tenía como libro de cabecera las ” Vidas paralelas de los hombres ilustres” de Plutarco, anotaba con precisión lo que decía el historiador griego: la causa del olor suave de Alejandro “la indagan Plutarco y otros escribe Montaigne -Pero la forma común de los cuerpos es la contraria; y la mejor condición que alcanzan es estar exentos de olor. Incluso la dulzura de los alientos más puros nada tiene más perfecto que carecer de olor alguno que nos ofenda.”

 

objetos-fgh-Catalina Kehoe

 

Son los detalles de los héroes los que desvelan su intimidad.

En “Diálogos con la cultura” quise recordar las “Vidas imaginarias” de Marcel Schowb a las que ya me referí aquíMarcel Schwob con susVidas imaginarias” – dije entonces – (en las que, como recuerda Borges al prologarlas en su Biblioteca personal,  “los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos) – el sabor peculiar de este volumen está en ese vaivén”, sigue comentando BorgesY aSchwob, en esasVidas imaginariasnos dice que “el día de Waterloo Napoleón estaba enfermo (…), que Alejandro andaba ebrio cuando mató a Klitos, que la fístula de Luis XlV pudo influir en alguna de sus decisiones (…), que Diógenes Laercio nos enseña que Aristóteles llevaba sobre el estómago un odre de aceite caliente (…), que Aubrey, en las “Vidas de las personas eminentes“, nos confiesa que Milton“pronunciaba la r muy dura”, que a Erasmo “no le gustaba el pescado, aunque había nacido en una ciudad de pescadores”, y que en cuanto a Bacon, “ninguno de sus servidores habría osado presentarse ante él con botas que no fueran de cuero de España, pues sentía al instante el olor del cuero de becerro y le resultaba muy desagradable”.

 

objetos.-55ty.-Ben Cauchi.-2007

 

Olores, gestos, detalles que desvelan siempre al hombre.

 (Imágenes.-1.-Hisaji Hara/ 2.-Takeshi Sano– 1997.- corning museum glass/ 3.-Catalina Kehoe/ 4.-Ben Cauchi- 2007)

LA CREACIÓN Y EL SUEÑO

sueños.-98nn.-el hombre dormido.-por Berhnal Greeen.-Victoria Park Gardens

“Todos nosotros somos creadores durante el sueño, y en el fondo, lo mismo que el misterio del sueño, la creación es muchísimas veces vaticinadora, es decir, anticipatoria, reveladora – me decía Rof Carballo en Madrid, en 1977 -. La creación, para mí, es realmente algo que no lo agota el psicoanálisis, ni mucho menos ese mundo vasto e inmenso que es el sueño. La creación es una de las fuerzas curativas más importantes del hombre: es decir, que no se consigue la salud tan sólo por el equilibrio del interior, sino por el despliegue en amplio horizonte de lo superior y la labor creadora ( bien sea en el sueño, o sea en la real actividad de creación). Para mí, el libro creador se ve inmediatamente, puesto que le agarra a uno gracias a la sorpresa; cuando uno encuentra un estilo que le sorprende, unas ideas o una manera de pensar que le asombran, entonces uno se halla ante un creador: uno se siente tan renovado como después de una ducha, o de un baño durante el verano en el océano.”

J.J. Perlado (“Diálogos con la cultura”.-págs 119-120)

sueños.-3dee.-Yoshitaka Amano

“Recuerdo un pasaje de Allisondecía Borges – en el cual él dice que cuando soñamos, somos, a la vez, el teatro, los actores, la pieza y el autor; somos todos a un tiempo. (…) Ahora, si el hecho de soñar fuera una suerte de creación dramática, resultaría que el sueño es el más antiguo de los géneros literarios; y aun anterior a la humanidad porque – como recuerda un poeta latino – los animales sueñan también. Y vendría a ser un hecho de índole dramática; como una pieza en la cual uno es autor, es actor, es el edificio también – es el teatro -. Es decir que, de noche, todos somos dramaturgos de algún modo.”

(Imágenes:- 1.-El hombre dormido.-Berhnal green.-victoria park garden/ 2.- Yoshitaka Amano)

MANUSCRITOS EN PANTALLA

Becquer escribía sus Rimas en prosaicos libros de contabilidad, Galdós, Pereda y Pardo Bazán solían hacerlo en cuartillas apaisadas, a veces reutilizadas en el reverso de otros escritos (en el caso de Galdós se han encontrado apuntes o versiones desechadas de novelas). Otros poetas españoles improvisaban sus composiciones en folios, cuartillas u octavillas de papel de mala calidad. Ramón Gómez de la Serna escribía con tinta roja sobre papeles amarillos y empleando a la vez varias plumas estilográficas sobre distintos borradores. Curiosamente esa tinta roja se utilizó siglos antes para trazar una raya vertical a lo largo de las iniciales, en lo que entonces – en los monasterios – se conocía por rubricar.

¿Es ahora el fin del manuscrito con el teclear ante la pantalla del ordenador? Parece ser que sí. “Las diferencias emotivas entre el texto domesticado y encerrado en el ordenador – recordaba un gran especialista – nos lleva a pensar que la escritura, cuando ésta es manuscrita, traza en su recorrido las etapas sucesivas de la creación, la respiración, el pensamiento del autor, el gesto de su mano, incluso sus arrepentimientos“.

Borges en “El Aleph”, Beckett en “El innombrable“, Keats en sus Cartas o Barrington, por ejemplo, certificando el don de Mozart para la música, nos traen cada uno de ellos el tono del pulso (incluso los ritmos interiores) al oprimir los dedos sobre el papel. Auster confiesa que siempre ha trabajado con cuadernos de espiral y que prefiere las libretas de hojas sueltas. “El cuaderno – declara – es una especie de hogar de las palabras. Como no escribo directamente a máquina, como todo lo escribo a mano, el cuaderno se convierte en mi lugar privado, en un espacio interior…Naturalmente, acabo utilizando la máquina de escribir, pero el primer bosquejo siempre está escrito a mano”. “Con la nieve – dice Beckett en enero de 1959, en su casa de campo de Ussy -, el cuaderno escolar se abre como una puerta para permitir que me abandone en la oscuridad”. Ya desde hace años las grandes Bibliotecas del mundo aceptan en su sección de manuscritos los originales de un autor mecanografiados, puesto que la máquina de escribir se ha considerado siempre un instrumento, igual que la pluma, que el autor ha utilizado según su necesidad, añadiendo luego, de su mano y con pluma, las pertinentes correcciones. Pero el ordenador es distinto: suprime el procedimiento intermedio – el original, el manuscrito – para realizar directamente la impresión.

Hemingway escribía en muchas ocasiones de pie y sobre un atril. También Tabucchi, apoyándose sobre un alto arcón, a causa de sus problemas de espalda. Pero lo importante en este caso no es la postura sino el soporte elegido. Como Auster, Tabucchi confiesa, como tantos otros, que escribe a mano, “en viejos cuadernos de tapas negras, que cada vez tengo más dificultad en encontrar. Los suelo comprar en una vieja papelería de Pisa, pero no siempre los tienen, por lo que debo encargarlos a Lisboa, donde todavía se encuentran en tiendas tradicionales, o bien abastecerme de una buena reserva en mis viajes a Portugal. Escribo en la página de la derecha y dejo la izquierda para posibles correcciones. Utilizo el cuaderno porque no sé escribir a máquina, escribo con un solo dedo. Si escribiera a máquina creo que podría hacer poesía concreta“.

(Imágenes:- 1.-manuscrito de Samuel Beckett.-Biblioteca Nacional Francesa/ 2.-manuscrito de “El Aleph” de Borges.-Biblioteca Nacional.-Madrid/ 3.-manuscrito de John Keats.-silvisky5-files/4.-fragmento de códice de “Las virtudes y las artes” de Nicolo da Bologna.-Biblioteca Ambrosiana de Milán.-divulgamat.ehu)

¿PARA QUÉ SIRVE UNA RESEÑA?

libros.-ttyyv.-por Hein Gorny.-mayo 1929.-SMB Art Library.-Kunstbibliotek“Yo he aprendido más de los ataques que de los elogios. Aun en los más despiadados hay un toque de plausibilidad. Siempre hay algo embarazoso en los elogios incondicionales. Uno sabe, en el fondo de su corazón, que no se lo merece”. Eso le decía uno de los grandes reseñistas de los años veinte, Mencken, en una carta dirigida al novelista americano Theodor Dreiser, y eso lo recoge en un interesante libroEl arte de la distorsión(Alfaguara) el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.

También de Vásquez merece extraerse esta otra frase cuando alude a las reseñas de novedades: “Todos tenemos en mente una o dos firmas cuyo elogio de un libro es razón suficiente para no comprarlo, cuyo desprecio nos propulsa de inmediato a las librerías”. Palabras sorprendentes pero veraces. ¿Para qué sirve – o debería servir – una reseña? Indudablemente para ser verdadera guía de muchos lectores. Un buen crítico, según Steiner, le dice al público: “Esto es de verdad. La razón es ésta. Por favor, léalo”. Por supuesto que la otra tarea del crítico es decir: “Esto es una falsedad, una impostura. La razón es ésta. Por favor, sépalo”. Tanto del gran guía que fue Borges con sus reseñas enEl Hogar” (“Textos cautivos“) (Tusquets) como el también guía excelente que fue Cyril Connolly (“Obra selecta”) (Lumen) ya hablé en Mi Siglo.

libros.-4

Pero siempre es reconfortante volver de nuevo a Borges. Se ve siempre al guía al otro lado de su reseña. Como por ejemplo lo que nos dice en 1939 sobreLas palmeras salvajesde William Faulkner: “En las obras capitales de Faukner – en Luz de agosto, en El sonido y la furia, en Santuario – las novedades técnicas parecen necesarias, inevitables. En The Wild Palms son menos atractivas que incómodas, menos justificables que exasperantes. (…) Es verosímil la afirmación de que William Faulkner es el primer novelista de nuestro tiempo. Para trabar conocimiento con él, la menos apta de sus obras me parece The Wild Palms, pero incluye (como todos los libros de Faulkner) páginas de una intensidad que notoriamente excede las posibilidades de cualquier otro autor”.

Hoy apenas tenemos guías como Borges que nos conduzcan con maestría por los libros. En el volumen “Críticas ejemplares” (Bitzoc) que reúne históricos textos de Proust, Steiner, Lytton Strachey, Edmund Wilson, Manganelli, Raymond Chandler, Benet y el propio Borges, Jean-Francois Fogel se pregunta: “¿Durante cuánto tiempo tendremos que esperar la muerte del crítico? La noticia se demora de una manera inesperada”.

¿Hará falta también hacerse la pregunta interrogando a quienes hoy no escriben una buena reseña?

(Imagénes:-1. foto por Hein Gorny.-mayo 1929.-smb. museum. Art Library.-Kunstibibliotek./-2.-libros en la calle)

IMITADORES DE BORGES

borges-b-uploadwikimedia

“El mismo Borges, en muchas páginas repetitivas, se parece a sus flojos plagiarios –  escribe Claudio Magris en una extraordinaria semblanza recogida en Utopía y desencanto (Anagrama)-; no es ciertamente un intelectual y ni siquiera es verdaderamente culto, porque su enorme erudición es un centón de motivos más acumulados que verdaderamente asimilados, pero sabe ser, a ratos, un gran poeta de lo elemental, de esa sencillez suprapersonal que nos afecta a todos y  cada uno, y sabe expresar la luz de una tarde, la caída de la lluvia, la cercanía del sueño, la sombra de la casa natal o la frescura del agua que regocija en un espléndido relato, las especulaciones de Averroes. (…) Algunos de sus relatos parecen apenas el genial esbozo de un relato que está todavía por escribir (…) Para consolar y engañar a sus imitadores, el actor – (Magris recuerda que en junio de 1986 “los teletipos anunciaron la muerte del actor Borges”, no del autor Borges)  -ha fingido complacerse con el jaque en que la literatura pone a la existencia”.borges-a-bucarestcervanyeses

 Siempre me ha interesado la imaginativa relación entre Borges y sus imitadores, aquellos que seguían sus pasos literarios consciente o inconscientemente y posiblemente para evocarlos escribí hace años este texto:

IMITACIÓN

“Ha contado muchas veces María Kodama, la viuda de Borges, en varias entrevistas por el mundo, que el gran escritor argentino autor de El Aleph dejó un cuento inconcluso. Comenzó a dictarlo la tarde del día de Navidad de 1981, hacia las seis o seis y media, al volver de un almuerzo en casa de Viviana Aguilar, una muchacha de veinticuatro años que desde hacía tiempo ayudaba a Borges en sus trabajos. Sentado en el sofá de la calle Maipú, sin duda algo fatigado, descansando las manos en el mango del bastón y el mentón apoyado a su vez en sus manos, Borges empezó a silabear muy despacio las primeras palabras de un relato mientras sus pupilas vagaban blancas por el techo.

—Este será el último —le susurró a Viviana antes de empezar a dictarle.

No se estremeció. Borges tenía entonces ochenta y dos años.

Aquel cuento careció de título durante mucho tiempo. Para Borges los títulos eran difíciles y éste se le mostró esquivo hasta el mismo día anterior a su muerte, el 13 de junio de 1986, estando enfermo en Ginebra. “Tumbado allí —confesó María Kodama—, en la penumbra de aquel apartamento de la Grande Rue 28, decidió que el relato se titularía Imitación, y añadió sonriendo débilmente, “si es que el cuento se deja terminar”, o “lo dejan terminar”.

Y es que, efectivamente, aquel cuento no se dejaba terminar pero tampoco avanzar y ni siquiera iniciar, aunque a todo aquello Borges estaba muy acostumbrado. Su último relato, La memoria de Shakespeare, había tardado casi dos años en concluirlo con la excusa de los avatares de los viajes, pero éste se le estaba resistiendo desde el principio: las frases huían por las rendijas de su imaginación. Cuenta Viviana Aguilar en sus escuetos Recuerdos publicados en México, que aquella primera tarde del dictado, Borges hizo lo que siempre solía cumplir con ella: como si de un bastón se tratase, los ojos ciegos del escritor, es decir, sus pupilas en niebla, fueron palpando muy despacio el aire desde la orla del párpado hacia arriba, tanteando sus globos oculares aquí y allá aquel cuarto de la calle Maipú y mirando a uno y otro lado por si cruzaban las palabras. Se asombraba Borges de tanto silencio.

Aquella noche el autor de Emma Zunz no durmió. Conocía muy bien los insomnios y pacientemente se dedicó a recitarse a sí mismo una y otra vez la carta que Goethe envió a von Humboldt explicándole la concepción de Fausto, una tarea que llevó encima el alemán sesenta años. Agotado y ya de madrugada intentó enumerar los sueños que había tenido y quedó derrotado. A las siete se levantó y telefoneó a Bioy Casares:

—Adolfito —le dijo tenso, como solía estar Borges en ciertos momentos—, creo que se me está olvidando escribir.

Fue (o pareció) aquello una dolencia pasajera. Pero estuvo sin dictar —lo que él llamaba escribir en la niebla— muchas semanas. “Tengo el cuento entero en la cabeza, su principio y su final, su espantoso final”, le confesó una tarde a Viviana. Ella copió aquello creyendo que ese era el principio del cuento, como tantas otras veces sucedía, pero Borges negó con su mirada perdida y su sonrisa blanda y se lo hizo destruir.

Al cabo de unos meses Borges reanudó sus viajes por el mundo. En 1982, en julio, sentado y solitario en el vestíbulo del Hotel Palace de Madrid, la mano siempre en su bastón, escuchó cómo su memoria le dictaba una vez más aquel cuento aún no escrito, y fue siguiendo y adivinando en el aire las palabras intentando hilvanarlas como cuando de niño le leía su madre. La memoria le iba dictando muy despacio cinco o seis palabras aisladas y él esperaba pacientemente a que la memoria se las repitiese. El índice de la mano derecha de Borges seguía en el aire la página invisible y aguardaba a que la memoria prosiguiera. Pero de repente la memoria cambió. Ahora no sólo le empezaba a dictar el próximo cuento que él debía escribir sino retazos de cuentos que iban a escribir en el futuro sus imitadores. Anillados, fueron saliendo muy despacio del laberinto de su mente trozos de diálogos, rasgos inacabados de personajes, escenas rotas, pero sobre todo un tono borgiano que Borges reconoció enseguida casi como suyo, pero que no era de él. Tan sólo una imitación. Eran pamemas de estilo, lisonjas de adjetivos, pálidos alientos de prosa, temas de cuchillos, espejos y tigres que él conocía muy bien. Convulsionado, se levantó y se fue.

Aquello volvió a ocurrirle aún dos veces más. En una avenida de árboles de Ginebra tuvo que volver la cabeza sorprendido al oír de lejos risas y pastiches de cierta obra suya que el viento le traía entre las ramas. No podía palpar la distancia pero reconocía muy bien a otros Borges futuros y falsos que venían burlándose por la avenida remedando al Borges auténtico. Le sucedió eso sentado en un banco en 1983, en un desapacible noviembre.

Tardó cuatro meses en olvidarlo. El sueño de que le perseguían otros Borges persiguió a sus sueños primeros de Nueva York y éstos a su vez persiguieron a sueños que tuvo después en Nueva Orleans. Unas y otras pesadillas le llevaron al insomnio al principio en Venecia y luego en Tokio. “A veces —le dijo inclinándose un día hacia su amiga María Esther Vázquez— estoy terriblemente fatigado. Casi todos los lugares son iguales y la gente es la misma con ligeras variantes”. Oyó Borges lo que acababa de decir y el eco le devolvió la frase trastocándola: “A veces estoy terriblemente fatigado. Casi todos los sueños son iguales y Borges es el mismo con ligeras variantes”.

La segunda vez que le ocurrió aquello no supo que era la definitiva. Fue en 1986. Tumbado en el apartamento ginebrino de la Grande Rue 28, arrumbados ya hacia un lado su bastón egipcio, su cayado irlandés y el preferido de todos, su bastón rústico, un Borges transparente y consumido por el cáncer intentó fatigosamente levantarse para ir al escritorio. Sentado al fin ante la blanca cuartilla silabeó muy despacio y con gran melancolía: I—mi—ta—ción. Y comenzó débilmente a dictar: Ha contado muchas veces María Kodama Pero de repente oyó detrás de él un pequeño ruido, acaso un estertor, y se detuvo. Apenas volvió la cabeza. Borges en la cama se moría y él no quiso llegar hasta el final”. (“Espéculo”.-Revista de Estudios Literarios.-número 32)

(Imágenes: Borges.-upload.wikimedia/ Borges.-bucarest. cervantes.es)

BANCOS, DINERO Y LIBROS

¿Dónde guardar el dinero?

Repaso lo que estoy leyendo:

“Los libros son como cajas. Guardan en su interior las huellas de los lectores que fuimos.

Hace poco tuve ocasión de ver los libros de Cortázar. Muchos guardaban papeles en su interior: páginas de periódicos, un par de dibujos, un boletín marítimo, el resguardo de una maleta… Me contaron también que habían aparecido billetes de banco.

Borges también guardaba el dinero en los libros. Y Lampedusa, el autor de El Gatopardo. Contaba en broma a sus amigos que los libros eran su mayor tesoro”.

 Leo todo esto antes de introducir entre las páginas del libro un billete de banco. Luego coloco el ejemplar en la biblioteca: Jesús Marchamalo/ Mario Merlino :”Palabras en el Bosque”. Diálogos de Lobos y Preposiciones·(Cuadernos de Mangana. Centro de profesores de Cuenca).

¿Los libros son como cajas?

Dado lo que está ocurriendo me quedo pensativo.

(Imágenes: foto Issei Kati/ Reuters/ photo essays.-Time/ foto: Justin Lane/Epa/ Corbin.-photo essays.-Time)

LOS UNIVERSOS CREATIVOS

Tomo de la página especial del gran fotógrafo argentino Daniel Mordzinski  http://www.danielmordzinski.com/– que en estos día inaugura una exposición en Madrid, en la Casa de América -, estas imágenes de creadores sin apenas comentarlas, porque unas veces los ojos, otras las manos, otras las sombras nos introducen en el taller de los universos creativos, allí donde se compone el verso o la prosa.

Ahí arriba aparece Tabucchi, con sus pupilas cargadas, mirándonos.

Aquí a la izquierda, ilustrada con un paraguas, Amelie Nothomb.

La cámara ha recogido situaciones y posturas, ¿las ha provocado? ¿hay en ellas  ingenuidad o hay cálculo?

Si seguimos adelante por esta galería de rostros encontraremos a Borges fascinado por la luz, palpando con las manos la piel de la oscuridad, intentando ser atraído por los dedos de la luz, apoyado en un bastón invisible.

 

 

 

 

 

 

Pero debemos seguir más adelante y encontrarnos con un Cortázar escuchando una conversación mientras no escucha porque en estos momentos está ya viendo el final de un cuento.

Ese  cuento de Cortázar nada tiene que ver con lo que parece observar a lo lejos García Márquez de perfil, en la altura de unas rocas, viendo cómo los personajes se acercan. Los personajes parecen retar al escritor, el escritor reta a los personajes, no podemos saber cuántos son, no podemos saber cómo vienen vestidos, sólo el escritor conoce a los personajes, sólo el escritor los reconoce. Desde siempre sabe quiénes son y los espera.

Después ya -casi cuando vamos a salir de la galería de Mordzinski – nos mira Octavio Paz desde su libro. Levanta los ojos de la página y nos agradece la visita.

(Imágenes: Tabucchi, Amelie Nothomb, Borges, García Márquez, Octavio Paz, por Daniel Mordzinski)

INTERPRETACIÓN Y TRADUCCIÓN


¿Es cierto que la mejor traducción en nuestra prosa de A la busca del tiempo la hizo Pedro Salinas, como afirma Andrés Ibáñez? ¿Es cierto que gran traducción fue la de Cortázar a las Memorias de Adriano de Yourcenar, la de Alfonso Reyes a Chesterton, la de Borges a Las palmeras salvajes de Faulkner, la de Dámaso Alonso a Retrato del artista adolescente, la de Juan José del Solar a La metamorfosis de Kafka? De todo esto habla y se pregunta un gran traductor como es Miguel Sáenz, que ha vertido al español obras de Brecht, Grass o Thomas Bernhard en un interesantísimo artículo, El castellano bien temperado (“Quimera“, octubre 2007).

Miguel Sáenz – empleando el paralelismo de la traducción con la interpretación musical – confiesa que cuando se sitúa ante un texto ( que normalmente coloca sobre un atril) , se siente como un músico dispuesto a acometer la tarea de descifrar, asimilar y expresar lo que otro compuso. Esta similitud entre interpretación musical y traducción, tan querida a Sáenz, la apoya él, entre otras cosas, en un texto de la finlandesa Oili Suominen que dice: “Todos los traductores de Grass tienen la misma partitura delante, pero cada uno toca su propia interpretación y frasea a su modo, y cada instrumento tiene su propio sonido”.

Viene esto a cuento del amable y muy preciso comentario que he recibido a mi entrada “Traductor, pero no traidor” de hace pocos días. Defiende muy lógicamente quien lo envía, hablando del traductor, “el reconocimiento de un trabajo en la sombra, para que el lector recuerde quién le ha trasladado, o le ha aproximado al carácter de la obra inicial”. Sáenz, refiriéndose a ese valor y a ese reconocimiento, declara que “resulta evidente por qué el nombre del traductor debe figurar en la portada del libro: nadie quiere escuchar simplemente una Novena de Mahler sino una Novena dirigida, por ejemplo, por Abbado“.

“La inteligibilidad del texto, la experiencia y estilo del traductor, que puede permitirse ciertas licencias para justificar su trabajo” , como señala quien me manda el comentario, es algo obvio. El ejemplo de Georges Perec y sus vocales a la hora de traducir es bien palpable. Por otro lado, la musicalidad de los escritores austriacos – de Roth o de Bernhard, entre otros – exige, como dice Sáenz, un buen oído. Son los ritmos, melodías y armonías internos los que mueven tantas veces la lengua. Como en ese artículo se cita, el cantaor Enrique Morente dijo en una ocasión: “Un amigo me habló de un poema que cuenta cómo se sufre traduciendo un poema. Para mí, eso es la esencia del arte: una continua traducción y bastante angustiosa por cierto. Se trata de traducir sentimientos, de plasmar los sentimientos de la tradición, los caminos transitados antes por otros, en tu propio idioma”.

VIDAS IMAGINARIAS


Este blog Mi Siglo lleva como subtítulo la invención de la realidad. Muchos escritores han perforado la realidad inventándola o rodeando con sus inventos creadores las murallas de una realidad que parecía pétrea. Pero la fuerza de la invención es poderosa. Las gentes cruzan las ciudades para adquirir unas invenciones encuadernadas que se llevan a casa para hojear y bucear en ellas. Compran exquisitas mentiras y para ello atraviesan calles de realidades huyendo de ellas, escapando de la monotonía de las horas para refugiarse en las invenciones que otros les cuentan. Otros recorren las avenidas para sentarse ante pantallas de invenciones habladas, en el silencio de salas sumergidas, extasiados ante los movimientos de encantadoras mentiras que actrices y actores declaman o interpretan. En cualquier caso ha habido siempre y siempre habrá inventores de vidas imaginarias que parecen auténticas, creadores del poder de la palabra y de la imagen, magos que cautivan.
Uno de ellos, entre tantos miles, fue Stanislaw Lem. No sólo fue el gran autor polaco de la ciencia-ficción sino aquel que – como Borges o Calvino -escribió prólogos para libros inexistentes y que ya desde niño poseía la afición de fabricar pasaportes de países imaginarios. Creó palabras : “intelectrónica”, “teletaxación”,”cerebromática”, “imitología”, “fantomología”. Además de Solaris, además de Memorias encontradas en una bañera, además de Diarios de las estrellas, además de La invencible o La investigación, redactó sus célebres preámbulos, por ejemplo su “Historia de la literatura bítica” (es decir, la literatura creada por entes no humanos) o el prólogo a Extelopedia Vestrand en 44 Magnetomos (enciclopedia de hechos futuros). Ambas están recogidas en Un valor imaginario (Bruguera) y recuerdan de algún modo a otro libro único y famoso, Vidas imaginarias del francés Marcel Schwob. En este último veinte biografías recorren las vidas de personajes que no existieron y aquí aparecen, por ejemplo, Sufrah, un geomántico, Cecco Angiolieri, un poeta resentido, o el Mayor Stede Bonnet, un pirata por vocación.
Lo imaginario, en fin, fascina. Sus mapas y habitantes pertenecen a una raza tan desconocida como vecina nuestra, esos hombres y mujeres disfrazados de humanos que todos los días nos encontramos en el ascensor.

UNA PARTIDA DE AJEDREZ


Al enterarme hoy de la muerte del gran Bobby Fischer telefoneo al novelista y guionista mejicano Vicente Leñero para que vayamos a casa del también mejicano Juan José Arreola, el autor de Confabulario Personal (Bruguera), gran apasionado del ajedrez.
Comenzamos la partida a media tarde. Es un tablero de palabras, el girar de los dedos mueve las piezas de las preguntas y Leñero, sentado frente a Arreola (yo miro simplemente cómo juegan), va interrogando al escritor mejicano sobre los misterios del ajedrez.
– El ajedrez – dice Arreola– nace al pie de la torre de Babel como una especie de proposición: ¿quieres embarcarte en la aventura espacial más grande que tu razón pueda concebir? ; ¿quieres agotar todos los recursos de tu imaginación? : yo te voy a proponer la trampa mental: el gambito de las 64 casillas. En un espacio limitado de ocho casillas por ocho, que pueden ser de un centímetro o de un metro, el hombre encuentra y captura el infinito.
Siguen jugando y hablando Arreola y Leñero mientras yo observo los movimientos en el tablero.
-El tablero que se encontró al pie de la torre de Babel – continúa Arreola – aparece después en Egipto y se habla de una reina de la decimoctava dinastía tan aficionada al juego del ajedrez, que pide ser envuelta en un sudario de 16 casillas; en los relieves se advierte la imagen de dos personas que juegan sobre un tablero con piezas verticales, no con fichas, ¡con piezas erectas!
Se ha dicho – prosigue el escritor mejicano mientras mueve un caballo – que el ajedrez fue traído a Europa por los cruzados, pero no es cierto. Por el norte africano, el ajedrez llega a Europa con los primeros árabes que ingresan en España. De allí se difunde por todas partes. En Europa el ajedrez es anterior a las Cruzadas. Ya en el siglo nueve existe en Europa un tratado de ajedrez donde se habla de torres, de alfiles, de rey y dama, con detalles interesantísimos: el alfil, por ejemplo, es considerado un ministro; luego, en Inglaterra, se convierte en obispo, mientras que para los franceses siempre es un juglar: el fou: el loco. Con los peones llegan a sutilezas increíbles: se les otorgan especializaciones: el peón de caballo-dama es labrador, el peón de alfil-rey es tejedor. Eso, y la simbología, que continúa válida en nuestro tiempo. Al alfil, por ejemplo, lo podríamos calificar de maquiavélico, porque se mueve siempre de manera oblicua. El alfil es el José Fouché del ajedrez, avieso como político. La torre, en cambio, es un castillo, es recta, sólida.
Veo que poco a poco le está ganando la partida Leñero a Arreola, quizás por el empleo de sus palabras, por el movimiento de sus preguntas.
– Desde luego – continúa Arreola -, por razones psicológicas hay personas que mueven mejor los alfiles que los caballos. Un audaz preferirá jugar con caballos. Una persona prudente tratará de cambiar de inmediato la dama, los alfiles y los caballos para jugar con torres…”Oblicuo alfil y reinas agresoras”, decía Borges.
Curiosamente – sigue diciendo Arreola ( y yo creo que ahora se distrae y que está perdiendo la partida) -,los más grandes enemigos en el ajedrez se buscan el uno al otro, se necesitan mutuamente para confrontarse y para resolver esa querella universal que significa lo antagónico. El más grande drama de Capablanca no fue que Alekhine le arrebatara el campeonato del mundo, fue que Alekine lo eludió, no le dio jamás la revancha y prefirió jugar con Max Euwe, el holandés.
De repente hay jaque mate inesperado y Arreola pierde. Al salir, Leñero y yo hablamos de la muerte de Fischer y recordamos aquella gran partida con Sapssky en 1972. Le pregunto cómo sabe tanto Arreola de ajedrez.
– Todo lo que me ha dicho lo publiqué ya hace muchos años en mi libro Talacha periodística (Diana. Mexico) . Allí lo tienes.
Esta noche leeré entera esa partida de literario-ajedrez tan inolvidable.

TEXTOS CAUTIVOS

Leo que hace dos meses una figura literaria de los Estados Unidos, Steve Wasserman, ha publicado en el Columbia Journalism Review un artículo en el que se lamenta del notable declive de las reseñas literarias en los periódicos y revistas y la reducción del espacio dedicado a ellas. “Esta amenaza a la delicada ecología de la vida literaria y cultural” – escribe -“es causa de considerable alarma”. Es a través de la calidad de las reseñas de libros -sigue diciendo Wasserman – ” que combatimos con las, a menudo, escurridizas fuerzas que nos configuran como individuos y familias, ciudadanos y comunidades, y es a través de nuestros historiadores y científicos, periodistas y ensayistas, que luchamos con cómo hemos vivido, cómo el presente ha llegado a ser, y qué nos puede deparar el futuro”. (Wasserman tiene su propia página con reseñas: http://www.truthdig.com/).
Quienes vieron perfectamente la fuerza y el sentido que podían contener esas reseñas literarias bien hechas, limitadas lógicamente por el espacio de la prensa pero afiladamente escritas, con esa precisión que refleja la sabiduría, fueron, entre otros, dos autores relevantes: Borges, en sus reseñas publicadas en “El Hogar”, la revista bonaerense ( “Ilustración semanal argentina”), en la que escribió desde 1936 a 1939, y en el campo de la literatura inglesa, Cyril Connolly, que ejerció la crítica literaria en diversos periódicos.
“Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer – dijo un día Borges -. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector, o, en todo caso, un sensible y agradecido lector “. Por su parte, Connolly diferenció y dividió muy agudamente a los escritores. “Un gran escritor -dijo- crea un mundo propio y sus lectores se enorgullecen de vivir en él. Un escritor inferior podrá atraerlos durante un momento determinado, pero muy pronto los verá marcharse en fila”.
Las impecables reseñas de Borges en “El Hogar” fueron publicadas en Tusquets bajo el título de “Textos cautivos”. Las extraordinarias reseñas de Connolly aparecieron como “Obra selecta en Lumen. Ninguna de estas entregas de anotadas y pacientes lecturas son textos cautivos. Vuelan de la cautividad recogida en la mente de Connolly o de Borges hasta llegar al borde de la página del libro que estamos leyendo. En vez de elogiarlo gratuitamente o de condenarlo sin razones, la inteligencia unida a la pluma nos va explicando los porqués de todo ello con toda la variedad de sus matices. Dos sabios. Y dos grandes divulgadores. Parecen ser dos islas únicas en un panorama casi desértico.